martes, 7 de junio de 2011

CAPITULO 99: BLADE RUNNER (1982)





Hablar de “Blade Runner” es hacerlo de varias cosas. Es hablar de la magia del cine, es hablar de arte, es hablar del ser humano, es hablar de una experiencia que transforma al espectador. “Blade Runner” es una cinta que se enmarca tanto en la ciencia ficción como en el cine negro, terrenos ambos donde camina con paso firme y ejemplar, pero sobre todo es una visión pesimista y trágica de la condición humana. El ser humano está en declive, muerto; esto es lo que pone de manifiesto sus creaciones más perfectas, unas “máquinas” que se han desarrollado hasta tal punto que, en contraposición con las personas “reales”, quieren vivir intensa y eternamente. Gracias al precioso envoltorio de ciencia ficción, “Blade Runner” plantea de forma fascinante una pregunta que siempre nos ha acompañado: ¿qué nos hace humanos? Lo orgánico ha perdido todo su sentido y las gentes deambulan sin sentido por calles ruidosas y superpobladas donde la lluvia refleja perfectamente el estado de ánimo que el film quiere transmitir. La fantástica banda sonora de Vangelis, la increíble visión de Scott y unos actores en estado de gracia logran que nos quedemos totalmente pegados a la butaca, independientemente de las veces que hayamos viajado hasta el barroco futuro de los replicantes.
El argumento de “Blade Runner” se centra en Rick Deckard, un policía especializado en cazar replicantes. Los replicantes son algo así como robots biológicos, seres humanos artificiales, creados para cumplir las tareas que los hombres ya no quieren hacer, en lugares donde se necesita una mayor mano de obra. Las nuevas generaciones de replicantes, los Nexus-6, han empezado a desarrollar emociones y llegan a cometer crímenes contra personas, por lo que son declarados ilegales. Los Blade Runners son los ocupados de eliminarlos. Estamos en Los Ángeles, año 2019. Deckard se ve obligado a cumplir con una peligrosa y desagradable misión.
Elegante, sutil, preciosista, perfeccionista… Podríamos usar cualquiera de éstos y más calificativos para referirnos y subrayar la magistral labor de dirección de Ridley Scott en este film. Un señor que lleva el cine en sus venas, como se demuestra en incontables momentos de su envidiable filmografía; un señor que tiene en su haber “Alien”, “Thelma y Louise”, “La Caída del Halcón Negro” y “Gladiador”. Scott nos sitúa siempre dónde hay que estar, imprime el ritmo adecuado para cada momento (nos deja sin aliento con el primer “retiro” y nos relaja con las escenas íntimas de Deckard) y nos sumerge en un oscuro y lluvioso entorno que se muestra tan desolador como bellísimo. En este sentido, el diseño de producción es sublime. Scott se aprovecha de todos los elementos a su disposición para mover la cámara sin que nos demos cuenta, señal inequívoca de que no podía hacerse de otra forma. Por cierto, se suele decir que “el libro siempre va a ser mejor que la cinta”, pero con una cinta tan especial como “Blade Runner” las normas no valen. La obra de Dick no podría lucir mejor en la pantalla, recibiendo una dosis de poética complejidad pocas veces vista. El genial escritor no pudo verla, pero seguro que estaría muy agradecido por esta adaptación. A fin de cuentas, le saca brillo a una de sus novelas menos inspiradas.
Al igual que los temas de Vangelis, los rostros de “Blade Runner” no se olvidan. Inevitablemente, el memorable impresionante y emotivo monólogo final (lo puedes ver mil veces, te eriza la piel siempre) hace que sean Harrison Ford y Rutger Hauer los actores más recordados, pero es también inolvidable la preciosa fragilidad de Sean Young, la salvaje belleza de Daryl Hannah o las extrañas facciones de Edward James Olmos, que encarna a un personaje muy secundario pero tan fascinante como el resto. Pero evidentemente, repito, puestos a destacar, hay que mencionar por encima de todos a Ford y a Hauer, que comparten un duelo que es un prodigio en todos los sentidos, trepidante, oscuro, reflexivo y de maravilloso desenlace. Tanto uno como otro están simplemente perfectos; el primero compone a un detective melancólico, un antihéroe, con el que nos podemos identificar desde el primer fotograma, y el segundo interpreta (y crea) a uno de los mejores villanos que ha dado el cine en toda su Historia. Por cierto, atención a las frases que le dedica el replicante al Blade Runner, ¿se conocían anteriormente? ¿Era Deckard ese sexto replicante que menciona su superior? ¿Por eso Deckard tiene ese reflejo dorado en los ojos? “Blade Runner” pasa por ser una de esas razones por las que amar el cine, uno de los pocos títulos realmente imprescindibles del séptimo arte. Es tal la belleza y la complejidad de la obra que uno se queda casi sin palabras al querer describirla.




De “Blade Runner” se ha escrito absolutamente de todo, para bien y para mal. Los análisis pormenorizados del film abundan en la literatura cinematográfica y la diversidad de interpretaciones que la cinta suscita son profusamente debatidas en enorme cantidad de monográficos. La obra de Ridley Scott se ha convertido, a 29 años de su discreto estreno, en un paradigma referencial, no ya únicamente del cine moderno sino de la estética social contemporánea. “Blade Runner” es, por consiguiente, uno de esos pocos films que consiguen traspasar las fronteras de todo cuanto las rodea y convertirse en piezas singulares que de establecer un hito generacional, el tiempo se encarga de situarlas en una posición única.
“Blade Runner” queda como un raro milagro fílmico. Una cinta plena en la que todos y cada uno de sus participantes se encuentran en un insólito estado de gracia; una obra, según parece, nacida por sí misma, con el estigma de la maestría adornando (y deslumbrando) desde todos y cada uno de los planos que la conforman. Ahora bien, ¿qué es Blade Runner y cuál es su aportación fundamental a un género que, en 1982, se encontraba plenamente edificado en el panorama cinematográfico? Básicamente, la respuesta es la siguiente: si “2001: Odisea del Espacio” (1968,Stanley Kubrick) dio un giro de ciento ochenta grados a los cánones esenciales de la ciencia-ficción (por entonces un campo cinematográfico con más detractores que defensores) haciéndola trascendente, aportando profundidad filosófica; y “La Guerra de las Galaxias” (1977,George Lucas) revivió la estética del cómic más superficial, retrotrayendo al cine espectáculo puro y duro una potente imaginería visual que chocaba con todo lo visto anteriormente; “Blade Runner”, por decirlo de alguna manera, es la plena conjunción de ambas fórmulas. No únicamente ostenta un poderío formal que, aún hoy, sigue impactando por su condición visionaria y su extrema verosimilitud (las urbes cosmopolitas de nuestros días cada vez están más cercanas a los decorados del film), sino que integra, además, un contenido complejo y con tal multiplicidad de lecturas que la acerca, ineludiblemente, a la epopeya kubrickiana.
Ahora bien, mientras Kubrick barajaba los argumentos de su cinta sobre un trasfondo netamente abstracto en el que reflexionar, con la mirada puesta en Darwin y Niezstche, sobre el origen del Hombre; Scott abarca estrictamente la condición humana desde un prisma existencial en el que todos los personajes que forman el microcosmos de ésta Los Ángeles futurista parecen abocados a una (in)existencia que les infunde una indescriptible aprehensión general hacia todo. El clima de lasitud con el que la cinta está narrada (con un ritmo extrañamente pausado para un film de ciencia-ficción, es decir de género), es la proyección externa del temor de los replicantes ante el paso inexorable del tiempo, ante la agonía que produce contemplar la consumición de los últimos días de vida. Ello conlleva a la rebeldía, al desacato de los designios divinos, a un enfrentamiento con la propia condición y, en última instancia, a un escalofriante deicidio que emparenta las intenciones del film directamente con Niezstche. De la misma forma, la extrema humanización de los replicantes, continentes de todas las dudas vitales que el Hombre se ha ido formulando desde su aparición en la Tierra y en directa antítesis con la frialdad del resto de humanos, además de echar sus raíces en una de las constantes de Kubrick (los rasgos humanos en lo mecánico y los rasgos mecánicos en lo humano), elevan las finalidades de la obra hacia una investigación moral, de todo punto inimaginable en el discurrir de la ciencia-ficción.





Hay obras que nacen proféticas. Que nos advierten de los modos y maneras que, en tiempos no tan lejanos, adquiriremos. Obras visionarias poseedoras de un sexto sentido que les aporta, además, un pleno conocimiento del estado futuro (es decir, presente) del ser humano, el ente más perfecto y al mismo tiempo más nocivo de toda la Creación, que conlleva a que podamos replantearnos si los derroteros por los que transitamos son o no los más adecuados. Dicho de otra forma, hay obras que no se deben tomar a la ligera y que significan un grito de alerta ante la situación contemporánea. Ante ello pocos géneros adquieren la libertad creativa y simbólica de la ciencia-ficción, inmejorable infraestructura para exponer los múltiples defectos y las muy escasas virtudes del tiempo en que vivimos, convenientemente tamizadas por el disfraz de la anticipación. George Orwell, por ejemplo, era consciente de ello y en 1984 plasmó una sociedad a la que nos vamos dirigiendo a pasos agigantados; también lo era Franklyn J. Schaffner al adaptar la obra de Pierre Boullé y convertir “El Planeta de los Simios” de 1968 en una de las más escalofriantes representaciones del pesimismo antropológico; asimismo, Ridley Scott también lo fue al transcribir a imágenes la espléndida obra de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas? y lograr una de las cumbres del cine.
Es curioso cómo algunas cintas que en su momento fueron un monumental fracaso, con el paso del tiempo se convierten en clásicos indiscutibles del Séptimo Arte. Es exactamente lo que ocurrió con “Blade Runner”. Aun habiendo sido interpretada por un actor en alza y dirigida por un cineasta muy bien considerado en sus inicios, fue ignorada por la taquilla de una manera desconcertante. Harrison Ford acababa de protagonizar dos súper taquillazos como “La Guerra de las Galaxias” (1977) de George Lucas y “Los Cazadores del Arca Perdida” (1981) de Steven Spielberg; indiscutiblemente era el actor del momento. Ridley Scott asombró propios y extraños con dos obras de la categoría de “Los Duelistas” de 1977 y “Alien: El Octavo Pasajero” de 1979, erigiéndose como uno de los cineastas emergentes de finales de los 70.
Parece ser que 1982 no era un buen momento para que “Blade Runner” calara en los espectadores de una década dominada por las superproducciones palomiteras y en la que los directores echaron a perder todo el poder que habían conseguido en los 70. La libertad creativa se había ido a la deriva, ya que los productores no volvieron a soltar este poder viendo las terribles consecuencias que tenía dar rienda suelta a mentes tan volátiles como la de un director de cine genial. Afortunadamente, por aquel entonces Ridley Scott era un director repleto de ideas para salvar escasez presupuestaria a la que se iba a enfrentar “Blade Runner”, provocada por un argumento medio filosófico, medio existencial, que pocos querían financiar.




Lo que Scott plantea en su cinta podría ser trasladado perfectamente a los sentimientos que muchos seres humanos experimentan al pensar que su destino está escrito. Pero en el caso de los Nexus 6, se trata de una muerte programada, una existencia con fecha de caducidad. Al ver la cinta una y otra vez, hay un pensamiento que no podemos eludir: ¿cómo me sentiría si supiera exactamente cuándo voy a morir? ¿Haría algo para evitarlo? Precisamente ésta es una de las cualidades de la novela de Philip K. Dick; en ella no hay buenos ni malos, hay una lucha feroz por la superviviencia y el deseo de trascender. Esta circunstancia dota a la cinta de una nueva dimensión. Pero a pesar de no poder culpar a los replicantes de sus actos desesperados, nos ponemos del lado de Deckard. Podríamos culpar a la industria que construye esos engendros dotados de una peligrosa inteligencia artificial y sentimientos, pero decidimos apoyar a los nuestros, a los seres humanos. La atmósfera que construye Ridley Scott desde el principio es determinante para provocar en el espectador un estado de ánimo idóneo para disfrutar pausadamente de cada uno de los detalles que inundan el metraje de esta cinta. Un futuro frío, lleno de luces artificiales, mojado por una lluvia incesante y globalizado hasta la saciedad, y un personaje como Deckard, solitario, sin ilusiones, que vive el día a día sin saber cómo acabará sus días…o ¿tal vez sí lo sabe?
Afortunadamente, el tiempo ha hecho justicia a esta obra maestra y a día de hoy es considerada una de las mejores obras de ciencia ficción de todos los tiempos. Su estética vanguardista; un diseño de producción que, una vez visto, es imposible de olvidar; una mundo repleto de luces, pero sobre todo de sombras, como cada uno de sus habitantes; una realidad llena de contradicciones, no solo en los personajes que la habitan, sino en la interpretación que el espectador hace de los sucesos que acontecen en ella. Para la historia queda ese apoteósico e imprevisible desenlace, rematado por un plano y un discurso final ya legendarios. Todos estos elementos hacen de “Blade Runner” una obra maestra absoluta de obligado visionado y revisionado.

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