lunes, 6 de junio de 2011

CAPITULO 98: JFK (1991)





Muy pocas veces el cine está a la altura de la música o la literatura, por no decir casi ninguna. Ocupado generalmente, además, en asuntos menores, cuando el cine, como el resto de las artes, tiene la misión de encargarse de asuntos mayores. En humillante desventaja frente al arte más perfecto de todos (la música), y dependiendo generalmente de otro al que ya debería haber superado (como el teatro), pese a todo siguen apareciendo, año tras año, hitos del cine. Uno de ellos es “JFK”, dirigido por el gran Oliver Stone. Luego de estrenada “JFK”, muchos han calificado a Oliver Stone de paranoico y antipatriota, pero cualquier somero análisis sobre la investigación del asesinato de Kennedy arroja coincidencias y hechos tan bizarros que lo que finalmente se muestra en la pantalla es una versión mucho más sobria y sutil de los supuestos sucesos alrededor del trágico evento.

Sin ningún género de dudas, la cinta más completa y más perfecta filmada por Oliver Stone hasta la fecha (y que ya parece muy improbable que pueda superar), “JFK” se erige, además, como el más apasionante y complejo thriller político de la historia del cine, al mismo tiempo documento y aventura, denuncia y parábola del hundimiento social y moral de un país, que en la década de los sesenta comenzó la labor de desguace político y económico en que ahora se ve inmerso. Una cruzada, además, de un hombre bueno y valiente, capaz de enfrentarse al fascismo y la escalofriante indiferencia con que los gobiernos tratan a los gobernados. Y teniendo en cuenta el momento en que estamos, parece más necesaria que nunca.

La cinta comienza con una explicación sobre el panorama económico, político y social del mundo, especialmente de los Estados Unidos, durante la primera mitad de los sesentas. Con su clásico estilo que combina lo documental y los malabares de la cinematografía de MTV, Stone sienta las bases ideológicas de los culpables de la conspiración contra el presidente de los Estados Unidos. A continuación, vemos al protagonista de la historia, Jim Garrison, el fiscal de distrito en Nueva Orleans, reaccionar junto con la nación ante los eventos del 22 de Noviembre de 1963. También vemos que no todas las manifestaciones son de tristeza. Evidentemente las políticas de Kennedy no eran bien vistas por todos, y a más de uno le alegra el trágico suceso. Luego, saltando varios años en el futuro, vemos a Garrison examinando casi obsesivamente el Reporte Warren, producto de la supuestamente exhaustiva investigación que se realizó sobre el magnicidio. Garrison encuentra numerosas inconsistencias, errores y francas muestras de ineptitud que sugieren algo sospechoso en el tratamiento que se dio a la investigación. Así, haciendo acopio de valor, el fiscal decide reabrir el caso y basándose en pistas con años de antigüedad, vuelve a investigar los hechos para llevar a la justicia al culpable o culpables reales. Lo que Garrison no consideró fue el tremendo revuelo que su causa ocasionaría y el peligro que correrían él y sus asistentes al inmiscuirse en asuntos que entidades poderosas, posiblemente gubernamentales, prefieren mantener en la obscuridad. Eventualmente las pesquisas los llevan a dos extraños hombres, David Ferry y Clay Shaw, quienes comparten conexiones muy sospechosas con la CIA, la mafia, exiliados cubanos, Lee Harvey Oswald y su asesino Jack Ruby... en fin, con todos los posibles sospechosos con la capacidad de implementar un golpe como el asesinato de un presidente. El juicio contra Clay Shaw, alejándose un poco de la realidad para beneficio del dramatismo, funciona como motivo para exhibir las pruebas en contra de la clásica teoría del "asesino solitario", es decir, Lee Harvey Oswald, y para ilustrar al juzgado (al público, en realidad), sobre la evidencia de una conspiración que alcanza niveles elevadísimos del gobierno estadounidense.




Desde luego, como la historia misma dicta, los resultados del juicio son deprimentes y tal vez erróneos. Pero el propósito de Stone no era hacer una cinta en la que el héroe triunfa sobre la adversidad. Su propósito era abrir los ojos del espectador e invitarlo a considerar alternativas poco difundidas y hasta ridiculizadas por los medios masivos (ese es su trabajo, desde luego), pero válidas por explorar un ángulo más siniestro, con mejor evidencia y credibilidad, pero tradicionalmente denigrado por el establecimiento.

Y quien no crea un ápice de lo que expone la cinta, no podrá negar que como entretenimiento es extraordinaria. El seco tema legal es elevado por los altos valores de producción, desde la frenética fotografía que da dinamismo a los estériles procedimientos, hasta la cuidadosa dirección de Stone, a la vez exuberante y precisa, regodeándose en excesos estilísticos pero con la mirada fija en el flujo narrativo.

Stone, obsesionado por las grandes figuras políticas de la historia (a las que ha ido ofreciendo importantes trabajos, como “Comandante” del 2003, “Alejandro” del 2004, o la misma “Nixon” de 1995), encuentra en la figura del fiscal Jim Garrison y el mártir John Fitzgerald Kennedy, los faros para acercarse a una época crucial de la historia americana. Esto es: el principio del fin. El asesinato de Kennedy como expresión máxima de la transformación de un país en un gran negocio de guerra, con Vietnam y Laos como máximos exponentes de un imperialismo voraz.

Comenzamos de manera insuperable, con un prólogo que mezcla, como en numerosas partes de la cinta, imágenes documentales con ficticias, color y blanco y negro, escuchando el discurso de despedida del presidente Dwight D. Eisenhower, y dando paso a las palabras de su sucesor, John F. Kennedy. Ya en estos discursos si prestamos atención, está la semilla del futuro devenir de Estados Unidos, de las razones fundamentales del asesinato de Kennedy, y el espíritu de una época de cambio que, en lugar de ir a mejor, como se esperaba, fue de la peor manera imaginable.





Y tras la magnífica presentación del personaje protagonista, Jim Garrison (Kevin Costner), al que vemos por primera vez cuando le avisan de que han disparado al presidente, y de otros personajes importantes como el de David Ferrie (Joe Pesci), Garrison “dormirá” (según sus propias palabras) durante tres años, para a continuación darse cuenta de que la Comisión Warren sólo había llegado a conclusiones absurdas acerca del atentado mortal. Y al escarbar un poco, encuentra tal cantidad de porquería, que acaba llegando a los tribunales con un caso que, hace más de cuarenta años, demostró una conspiración en torno a Kennedy.

Y en un caso tan complejo (a pesar de que las barbaridades de la Comisión Warren las desmontaría un colegial, tan torpes son los mentirosos que ocupan el poder en Estados Unidos y en cualquier otra parte del mundo) Oliver Stone no se pierde en ningún momento, ni pierde al espectador. Principalmente por escribir, al alimón con Zachary Sklar (periodista y profesor de periodismo, y que había trabajado con Jim Garrison en un manuscrito acerca del asesinato de Kennedy), uno de los guiones más perfectos de los últimos años, en el que nada falta y nada sobra, y que da lugar, luego en la pantalla, a un trenzado de agilidad e intensidad, a una épica verbal y argumental realmente excepcional.

En esa épica seremos testigos del ilimitado coraje de un fiscal, de cómo casi pierde a su familia, de la manera en que el gobierno intenta desacreditarle y emponzoñarle (a un fiscal de Nueva Orleans…), de cómo se zambulle en una espiral de mentiras e intereses económicos, de cómo asiste estupefacto a otros asesinatos, como los de Robert Kennedy o Martin Luther King. En definitiva, de cómo se derrumba un país, la mayor potencia económica del mundo, de cómo lo venden, lo exprimen, lo usan y lo tiran.

Para encontrar algo similar a la colección de rostros de “JFK”, tenemos que buscar ejemplos parecidos a “La Delgada Línea Roja” de 1998. Se citan aquí varios actores portentosos, y es un grupo de intérpretes que firma, quizá, el mejor trabajo de sus vidas. Por encima de todos ellos, posiblemente, el gran Tommy Lee Jones, en un papel complejísimo y muy desagradecido, que debió darle el Oscar. Pero también Joe Pesci, el fallecido John Candy (que borda un papel abyecto), Kevin Costner en el mejor papel de su carrera, la maravillosa Sissy Spacek, un Gary Oldman alucinante que se hizo famoso por su papel de mártir, Michael Rooker, Laurie Metcalf, un sensacional Kevin Bacon, un imperial Donald Sutherland, Vincent D’Onofrio, las apariciones estelares de Jack Lemmon (que está increíble) o Walter Matthau.

Y no sólo eso, sino que Stone se rodeó de un equipo de primerísima línea, como el director de fotografía Robert Richardson (con el que ya había trabajado en varias ocasiones y que aquí firma uno de los mejores trabajos de su dilatada carrera), el músico John Williams (que compone un score inolvidable, íntimo y épico a un tiempo, oscuro y esperanzador), o los montadores Joe Hutshing y Pietro Scalia, que ganaron el Oscar por un montaje que, para muchos, es uno de los más perfectos de la historia del cine.




Paranoica o no, escandalosa y amarillista o valiente y honesta, “JFK” es una cinta única, que merece respeto por sus logros técnicos; y para quien tenga la mente abierta, es un paraíso de especulación fundamentada, que por lo menos nos pondrá a pensar sobre la validez de lo que consideramos "cierto" y de los propósitos ocultos de aquellos que nos gobiernan.
Stone se apoya en estos gigantes y construye una puesta en escena sobria y percutante. Narra a lo grande, a lo Welles, a lo Huston, a lo Ford, mezcla estilos visuales y genéricos (documental, suspenso, thriller, melodrama), inspira y seduce en tres horas de interrogatorios y juicios, es capaz de crear una vida absolutamente veraz (la mujer que saluda y canta con Garrison a la entrada del restaurante, los flirteos del homosexual de Bacon, la camaradería de los ayudantes del fiscal…). Nos arroja un rayo de luz (de esperanza y de conocimiento) mientras certifica las tinieblas que se han apoderado de un país ya enfermo, y ahora muerto y enterrado. Palabras mayores, Cine con mayúsculas, complejo y grande, universal, definitivo, cine que es música en su continuo secuencial, tragedia y verdad. Una excepcional obra maestra.

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