domingo, 5 de junio de 2011

CAPITULO 97: MYSTIC RIVER - RIO MISTICO (2003)


 


Hay raras ocasiones en las que comenzar a escribir una crítica sobre una cinta se convierte en un suplicio porque uno es perfectamente consciente de que necesitaría al menos tres veces el espacio habitual para hacer justicia a la rica complejidad y a lo mucho que hay que analizar de una de las mejores cintas de los últimos años, tanto en el plano puramente formal como en la elaborada construcción de los personajes o la pesimista metáfora de la sociedad americana que “Rio Místico” propone. Por otra parte, uno escribe líneas con la constante sensación de que, diga lo que diga, tampoco conseguirá transmitir con la precisión que sin duda se merece las múltiples sensaciones que provoca este gran film de Clint Eastwood, un director que ha alcanzado algo muy parecido a la plenitud creativa, pareja a su otra gran obra maestra, “Los Imperdonables” de 1992, con esta terrible y estremecedora cinta.
A lo largo de su ya extensa filmografía y muy especialmente a través de los títulos realizados en la década de los noventa, Eastwood ha conseguido dotar a sus cintas de una serie de elementos perfectamente reconocibles, unas casi invisibles pero perceptibles líneas que entrelazan unas cintas con otras y permiten que todas ellas dialoguen entre sí y con el espectador con una especie de música interior que escapa a toda definición, pero que, como variaciones de esas piezas de jazz o blues que tanto gustan al realizador, consiguen que el espectador asista fascinado a una continua demostración de algo de lo que presumen demasiados directores y que en realidad sólo unos pocos poseen: una autoría y estilo propios inconfundibles.
“Rio Místico”, como tantas otras obras de Eastwood, parte de una novela, en este caso un best seller de Dennis Lehane, adaptado con brillantez por Brian, que ha sabido estructurar dicha obra en un guión de enorme complejidad que consigue reflejar las muchas lecturas que pueden hacerse de la misma, algo a lo que Eastwood contribuye con una puesta en escena sutil, elaborada e igualmente compleja que le permite desarrollar todo su potencial dramático y metafórico. “Rio Místico” es, entre otras muchas cosas, una cinta que nos habla principalmente de la pérdida de la inocencia y de la imposibilidad de evitar al destino, de cómo un hecho violento acaecido veinte años atrás marca indeleblemente las vidas de tres personajes y de aquellos que les rodean hasta tal punto que pese al tiempo transcurrido y el deseo por parte de todos ellos de continuar con sus vidas, la fatalidad alcanza de nuevo con su larga m-no las vidas de todos y, como en una tragedia griega contemporánea, vuelve a unir sus destinos en una cruel historia de violencia y sufrimiento.
Tres niños de una barriada obrera de Boston matan el tiempo en la calle y, en uno de esos actos propios de la infancia, escriben sobre el cemento fresco de una acera sus nombres. Cuando el tercero de ellos, Dave, comienza a escribir el suyo, un coche aparece y dos hombres, que se identifican como policías, se llevan a Dave dentro del coche porque, cruel destino, es el único que vive algo alejado de aquella calle. La metáfora del nombre incompleto de Dave en el cemento adquiere todo su terrible significado cuando asistimos con horror a la experiencia traumática del rapto y la posterior violación de Dave, una agresión que trunca la amistad de los tres chicos y cuyas consecuencias se van a extender desde el pasado hasta el presente, veinte años después. Dave ha sobrevivido a aquella experiencia, está casado y es padre de un niño al que adora y protege. El personaje, interpretado en una composición sobrecogedora por Tim Robbins, es no obstante un ser atormentado por el miedo, que se siente mucho más cómodo en la oscuridad y la soledad de la noche que a la luz del día. En una inteligente lectura del personaje, Eastwood visualiza cómo por un lado el personaje se ve a sí mismo fragmentado en dos, incapaz de conciliar su yo actual con el de ese niño que no pudo escapar de sus captores y al que ve como alguien lejano, distinto a él mismo. Como si fuera el portador de una enfermedad incurable, Dave se ve a sí mismo como uno de esos vampiros que mira en el televisor, como una bestia contaminada y marcada, enferma. Dave sabe que puede perder el control, que nunca conseguirá huir del todo de lo que le atormenta pues está dentro, unido a él y que lo único que puede hacer es convivir con el miedo que tiene de sí mismo. Cuando una noche llega a su casa, envuelto en sangre, confuso y asustado, sabemos que ha cruzado la línea.




Jimmy, un magistral Sean Penn que hace aquí una de sus interpretaciones más ricas y llenas de matices que se le han visto, ha caminado por senderos distintos. Antiguo delincuente que ha pasado por la cárcel y poseedor de un pasado violento y oscuro, se ha redimido de su anterior vida gracias a su hija Katie, a la que tuvo que criar cuando su madre falleció mientras él estaba en la cárcel y a su mujer Annabeth, que le ha dado dos hijas más. Ahora lleva una tienda de comestibles y, como el personaje de Eastwood en “Los Imperdonables”, ha renunciado a la violencia y dejado atrás su antigua vida mientras ve a su familia crecer. Su hija Katie es su mayor tesoro, pues por ella enderezó su vida al salir de la cárcel, viudo y obligado a convivir con una hija que era lo único que le quedaba y con la que mantiene una relación de complicidad que se pone de manifiesto cuando ella le visita en la tienda antes de salir una noche de marcha y en los reproches que Annabeth le hace sobre su favoritismo respecto a sus otras dos hijas pequeñas. Eastwood construye magníficamente el mecanismo dramático de la tragedia: durante toda la primera hora de la cinta, uno puede sentir el peso sombrío de que algo terrible va a suceder, se anticipa a los hechos que ocurren con la determinación de lo inevitable. Cuando Katie aparece asesinada a la mañana siguiente, el dolor y la furia que invaden al desesperado personaje de Jimmy es tal que uno puede sentir en toda su intensidad el peso de la tragedia que acaba de desencadenarse y que alcanzará a todos y cada uno de los personajes de la cinta.
“¿Qué le digo a Jimmy? ¿Qué Dios tenía una deuda pendiente y que se le ha cobrado?” El autor de esta frase tan elocuente es Sean, un sobrio Kevin Bacon, tercer vértice del triángulo perfecto que Eastwood construye. Sean es el tercer chico que jugaba en aquella calle, ahora convertido en detective de homicidios abandonado por su esposa al que el destino convierte, junto a su compañero Whitey (Lawrence Fishburne, un necesario contrapunto a los tres protagonistas de la historia, el único que observa "desde fuera", como el espectador, la complejidad de la situación) en el encargado de llevar a cabo la investigación del asesinato de la hija de su antiguo amigo. Eastwood ya tiene todos los elementos en juego y comienza entonces a desarrollar lentamente el alma de la cinta. Con la excusa de la investigación policial, ahonda de manera exquisita en los recovecos de la compleja personalidad de todos y cada uno de sus personajes. Junto a los tres protagonistas coloca a dos maravillosas actrices, esenciales para la cinta. Celeste (Marcia Gay Harden) es la prima de Annabeth, la mujer de Jimmy, y está casada con Dave. Sabe que su marido le miente, que algo terrible sucedió aquella noche pero, como le sucede al propio Dave, es incapaz de afrontar sus propios temores y vive en un constante desconsuelo, destrozada por la culpabilidad y atrapada por la desconfianza que siente hacia Dave. Annabeth (una estupenda Laura Linney), por su parte, mantiene una lealtad absoluta hacia Jimmy y se mueve siempre en un segundo plano hasta el final de la cinta, siendo su contribución a la obra tan demoledora como imprescindible.
El dispositivo secuencial de “Rio Místico” camina parejo a la introspección que Eastwood hace de sus personajes. Según avanza la cinta comprendemos más y más las motivaciones y el alma de cada uno de ellos. Y nos parece lógico que, llevado por su desesperación, Jimmy reasuma su ira incontrolable y su antiguo pasado en su búsqueda de la venganza (como le sucedía, una vez más, al protagonista de “Los Imperdonables”) mientras que Sean se sitúe entre sus dos antiguos amigos y se niegue a admitir las evidencias que apuntan a Dave y éste se hunda más y más en sí mismo, perdido entre sus recuerdos de la tragedia que marcó su vida y la incapacidad de asumir los hechos recientes. El poder de sugerencia de la vigorosa puesta en escena de Eastwood es tal que uno absorbe los hechos uno tras otro como una esponja, sin asumir del todo la complejidad de los mismos hasta que se reflexiona sobre ellos. Un buen ejemplo de ello es la secuencia en el balcón durante el funeral de Katie en el que Dave y Jimmy son encuadrados en el plano con un suave contrapicado y según Jimmy comienza a abrirse a su amigo de infancia y a asumir la irreparable pérdida que para él supone la muerte de Katie, Eastwood se acerca más y más a ambos, de tal forma que uno entra de lleno tanto en el enorme dolor de un Sean Penn espléndido como en la comprensión que Dave siente hacia su dolor. Es sólo un ejemplo, pero hay cientos más (el plano de Jimmy y Sean ya adultos, viendo alejarse de nuevo en la misma calle el coche que veinte años antes se llevó al verdadero Dave de sus vidas) en una cinta que cuida de forma especial su ambientación de tal forma que uno entra hasta el fondo de esas vidas y esa historia sin apenas notarlo pero sin pausa.





Eastwood juega constantemente con esos dos recursos narrativos: grandes planos generales en tomas aéreas sobre el barrio, el enorme río que cruza la ciudad de Boston (“El río que lava y entierra nuestros pecados”) o los espacios cerrados de tal forma que podamos obtener una continua visión del conjunto mientras el director toma distancia con los hechos y, a la vez, acercamientos suaves y elegantes a los rostros de los actores cuando quiere que sintamos lo que ellos sienten, cuando quiere que comprendamos sus motivaciones y nos acerquemos más y más a su interior. Por supuesto, Clint filma con su aliento clásico habitual, se toma su tiempo para desarrollar pacientemente la historia de ese pequeño microcosmos que tiene entre las manos y demuestra una maestría en el encuadre y el montaje (mérito de Joel Cox, su colaborador habitual) que permite que lo que en realidad menos interesa a Eastwood, que es la resolución de la trama criminal de la cinta, camine parejo a los gritos de angustia de esos personajes atrapados en un destino, en una fatalidad que, como les sucedía a los protagonistas de las tragedias griegas, apenas pueden controlar.
El pesimismo que invade toda la cinta es tal que resulta inevitable no hacer una lectura de “Rio Místico” como certera imagen de una sociedad que, como hacen los personajes de la cinta, esconde y entierra sus pecados donde nadie pueda verlos, con las terribles consecuencias que ello conlleva. Una sociedad carcomida por la violencia que sin duda ha ayudado a construirla, una violencia que no agota sus efectos en los hechos puntuales que suceden en su momento sino que extiende sus ramificaciones a lo largo del espacio y el tiempo, atrapando por igual en su espesa e inevitable telaraña tanto a los que ejercen esa violencia como a los que son víctimas de ella. Esa metáfora cobra toda su fuerza en la secuencia final de la cinta, ambientada con certera precisión en las celebraciones del cuatro de julio, que conmemora los orígenes de la nación y que reúne a todos los protagonistas de la cinta en una contundente y escalofriante consecuencia que va desde el silencio cómplice que oculta que siempre quedan cosas pendientes de resolver y sacar a la luz, al aislamiento y soledad de uno de los personajes contrapuesto a la reafirmación del apoyo familiar como manera de encubrir los hechos y evitar que el cáncer salga a la luz y, sobre todo, el rostro de un niño tan perdido en medio de esas celebraciones y con un futuro tan incierto como el que se abría ante esos tres personajes veinte años atrás.





Clint Eastwood ha construido una película luminosa, consiguiendo extraer grandeza de una historia que se sustenta en los entresijos de dos actos de extrema violencia –la violación de un niño y el asesinato de una adolescente– que el realizador trata con sutileza e infinito respeto, sin hurgar ni por un segundo en la sordidez de los mismos y fijando su atención en las consecuencias que deparan, como los círculos concéntricos que se extienden de una piedra arrojada al agua y que no dejan de crecer aun cuando ya no podemos percibirlos. Resulta casi increíble comprobar la sintonía que hay entre la sórdida, durísima historia que se nos cuenta y la casi impecable factura visual con la que se representa en la pantalla, apoyada con un maravilloso trabajo de unos actores (todos, sin excepciones) en perpetuo estado de gracia que se hunden en el abismo de sus personajes y nos los presentan en toda su complejidad, mostrando a las claras sus infinitas debilidades, tan propias, parece decir el director, de la condición humana.
Si “Rio Místico”, indiscutible obra maestra personalísima de un autor en su mejor momento, (posiblemente el último de los grandes directores clásicos del cine que nos quedan hoy en día), ha puesto el listón endiabladamente alto para cualquier obra posterior que aspire a esa condición, pues esto es Cine con mayúsculas, cine de gran alcance que toca con facilidad el alma del espectador, poseído por un raro aliento a la vez profundamente trágico y poético que tiene en sus múltiples y complejas lecturas el sello de la grandeza que se reserva a las cintas destinadas a ser obras clave de este arte.

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