jueves, 2 de junio de 2011

CAPITULO 94: PATHS OF GLORY - PATRULLA INFERNAL (1957)





En la Primera Guerra Mundial, el ejército francés intenta conquistar una posición Alemana.
Unos problemas de logística que malogran el resultado van a provocar un conflicto interno dentro de las milicias galas que concluirá con un consejo de guerra. Una obra maestra del cine en general y del antibelicista en particular, probablemente la mejor cinta del director estadounidense Stanley Kubrick. El tema del antibelicismo es abordado de manera aguda, cínica y crítica, con continuas interacciones entre los oficiales y los soldados rasos, con la parafernalia inútil de un juicio ya visto para sentencia desde las cómodas poltronas de los altos mandos, con el paralelismo en contrapunto con el que Kubrick retrata las distintas estancias de los protagonistas; unas, estrechas, sucias y con olor a pólvora; otras, amplias, espaciosas, limpias, dominadas por un silencio roto en ocasiones por las botas paseantes de generales condecorados.  La agria mirada con que esta materia está realizada resulta insuperable, ofertándonos una maravilla visual en la planificación de sus encuadres, los movimientos precisos de cámara o el talento mostrado en el trabajo fotográfico de Georg Krause, con reminiscencias de documental, que prácticamente aúna a los soldados con el escenario bélico.

Esta dura crítica a la guerra, que más que enfrentar a países y nacionalidades, confronta al poder y la autoridad con sus servidores y subordinados, culmina de manera triste y melancólica, cantando juntos y con lágrimas en sus ojos personas de distintas procedencias, momentos antes de batirse a muerte en el fragor de una lucha injusta e inmoral. Una indeleble muestra de la maestría de Stanley Kubrick, plasmando una vez más su permanente mensaje sobre la deshumanización, labor que alcanza con creces y que inmortaliza en este film antibelicista por excelencia, que a lo largo de su metraje, y en especial en su enternecedor y sublime epílogo, exaltará los hasta entonces invisibles valores de los soldados del regimiento.

Tras el éxito de “Atraco perfecto” de  1956, Stanley Kubrick lo tuvo relativamente fácil para llevar a cabo su siguiente proyecto, la adaptación de una novela que le había impresionado de joven, ‘Paths of Glory’ de Humphrey Cobb. Kirk Douglas, una de las estrellas del momento, había quedado impresionado con la última cinta de Kubrick y mostró su interés por el proyecto, tanto para producirlo como para protagonizarlo. Esto proporcionó a Kubrick la primera oportunidad de contar con actores de primera fila para sus cintas, algo que empezó a suceder a partir de su encuentro con Douglas. Más tarde y a raíz de su colaboración en “Espartaco” de 1960 ambos cineastas se llevaron a matar —Douglas siempre habló horrores de Kubrick como persona—, pero de lo que no hay duda es de que la presencia de Kirk Douglas en la carrera de Kubrick fue absolutamente determinante.

El presupuesto de “Patrulla Infernal” fue de casi un millón de dólares de la época. No era un gran presupuesto pero sí mucho mayor a lo que Kubrick estaba acostumbrado. Volvió a contar con James B. Harris en la producción —Kubrick siempre sostuvo que la productora de Douglas nunca se metió en el proyecto a pesar de estar acreditada— y con Jim Thompson en la construcción del guión en el que también intervino Calder Willilngham cuya carrera posterior habla por sí sola. El resultado fue el que probablemente sea el guión más conciso de toda la filmografía de su director y uno de los puntos más álgidos de su carrera. Una obra maestra del cine bélico, aunque mejor sería decir antibelicista.






Como en la mayor parte de su obra, el relato de “Patrulla Infernal” está dividido en tres actos bien diferenciados que en esta ocasión, gracias a una prodigiosa cohesión, funcionan como unidad en la que todo queda perfectamente cerrado. Eso queda bien patente por un guión perfecto en el que Kubrick y sus dos ayudantes demostrarían una gran capacidad de síntesis, algo que el director no volvería a conseguir en posteriores realizaciones.

El primer bloque muestra como los soldados de un regimiento francés en primera fila de batalla reciben la orden de tomar una colina impracticable. Tras esa acción imposible se esconde la avaricia de un general que incluso presenciando una derrota anunciada ordena disparar contra sus propios hombres que se retiran ante la imposibilidad de avanzar, orden que es rechazada por el oficial de artillería por la gravedad de la misma. Enfadado, el general ordena un consejo de guerra contra sus hombres incapaz de aceptar que la culpa fue suya.

El segundo bloque narra la elección al azar de tres hombres del ejército francés para ser juzgados por cobardía ante el enemigo, una acusación tan ridícula como inevitable. La mayor parte de este bloque es un juicio que resulta toda una pantomima, los tres hombres son juzgados a muerte y ejecutados ante la mirada impasiva de sus compañeros y cómo no, del espectador, que a estas alturas tiene un nudo en la garganta que tardará en deshacerse.

El último bloque corresponde a una escena que estuvo a punto de no realizarse y que supone la principal diferencia con el libro. Un tramo en el que a modo de falsa esperanza el general recibe su merecido y una estremecedora secuencia —probablemente uno de los mejores finales de la historia del cine— se centra en las miradas de unos hombres cansados de luchar a las órdenes de dictadores que dan órdenes desde sus cómodos despachos o desde trincheras protegidas.

De todos es sabida la manía de perfeccionista que tenía Stanley Kubrick, quien era capaz de repetir más de 60 veces una toma hasta quedar contento, lo cual provocaba el enfado de muchos de sus actores. Pero de independientemente de que esta forma de trabajo sea mejor o peor —realmente nos importan los resultados—, si de toda su obra tenemos que anotar aquella cinta en la que el uso de la cámara está muy presente, no sólo como recurso meramente estético, sino como elemento narrativo y dramático, pues “Patrulla Infernal” es el ejemplo máximo de esta cualidad. Y son varios los momentos en los que podemos verlo.






Baste citar los impresionantes travellings que recorren el paseo del general por las trincheras infundiendo un valor de mentira a sus hombres, y más tarde a Dax (Kirk Douglas) antes de salir a una muerte segura. La posterior batalla haría las delicias del Spielberg de “Rescatando al Soldado Ryan”, cámara al hombro y uso del zoom para enfocar las reacciones de Dax, todo ello enlazado con uno de los travellings laterales más impresionantes que se hayan visto. La masacre de los hombres del ejército francés que avanzan ante un enemigo que jamás vemos porque no es necesario, de forma realista y contundente. Pocas cintas han retratado el horror del combate con tanta precisión como ésta.

En la escena del juicio Kubrick se vale de un gran salón filmado de forma imponente, aumentando la amenaza que se cierne sobre los tres infelices que son juzgados por cobardía para dar ejemplo al ejército. Un gran tablero de ajedrez en la que se juega sin compasión, y por motivos absolutamente ridículos, con la vida de los tres acusados, meros peones dentro de la dictadura militar. En el momento del discurso del abogado defensor, papel que toma Dax, Kubrick sitúa la cámara detrás de los acusados y con un cuidado barrido de cámara enfoca a Douglas quien recita su inútil discurso teniendo en mente únicamente a sus tres protegidos. Para el fiscal y los jueces la vida de aquéllos no tiene importancia, sólo el honor y la dignidad —mal entendido— del ejército francés.

La ya comentada escena final, la del canto de la joven muchacha alemana —interpretada por Christiane Harlan que se convertiría en esposa de Kubrick—, es un prodigio de montaje. A través de primeros y medios planos vemos como un grupo de soldados franceses se divierten en un bar tal vez por última vez antes de salir de nuevo a combatir. El dueño del local presenta a una asustada joven para que interprete una canción. Los soldados como locos silban y gritan alterados por la presencia de una mujer guapa mientras ésta comienza muy débilmente una cancioncilla alemana que poco a poco va convirtiéndose en la principal protagonista. Los soldados se van callando y uno a uno van uniéndose a la muchacha en el canto. Es el dolor de un pueblo hundido y herido que ve el mismo dolor en el enemigo. Primeros planos de algunos de ellos llorando no pueden ser más descriptivos. Dax observa la escena desde afuera, y antes de irse esboza una sonrisa comprendiendo que en el ejército hay espacio para la humanidad, muy pequeño, muy breve.





En el cine de Kubrick es muy fácil encontrarse con excelentes interpretaciones en el elenco de actores y evidentemente “Patrulla Infernal” no es la excepción. En todo su reparto, perfecto como pocos, sobresale un terceto de intérpretes, el que componen Kirk Douglas, Adolphe Menjou y George Macready, los tres vértices del triángulo que encierra a todos los personajes. Douglas realiza uno de sus mejores trabajos —realizado en la que posiblemente sea su mejor época como actor—, el del coronel Dax, militar intachable pero que posee una dignidad y sensibilidad que le diferencia del resto de mandos. Como uno de sus superiores le indica es un idealista, y Kubrick lo resalta como la única voz sensata entre los altos cargos franceses. George Macready da vida al General Mireau, que ávido por conseguir un buen puesto manda a sus hombres a la muerte y luego trata de justificarse apelando a la cobardía. Kubrick acentuó una cicatriz que el actor tenía en la cara debido a un accidente, y lo cierto es que los resultados son escalofriantes. Aunque a primera vista pueda parecer que Mireau es el auténtico villano de la función, parece que este papel le corresponde al General Broulard, interpretado por Adolphe Menjou. Sus decisiones y manipulaciones esconden una maldad más imprevisible —y por ello, más temible— que la del General Mireau.

“Patrulla Infernal” es abiertamente antimilitarista y esto no gustó a demasiada gente. En Francia se sintieron ofendidos por la imagen que se daba del ejército francés y el estreno de la cinta no tuvo lugar hasta 1975. En algunos países europeos y en los latinoamericanos, amante de la democracia y enemigo de la censura, un señor bajito y de bigote prohibió el estreno del film, y éste no se produjo hasta once años después de su muerte.
Es imposible ver “Patrulla Infernal” y que algo no se altere por dentro de uno. Remueve conciencias y estampa la verdad en la cara sin concesiones ni florituras de ningún tipo. Kubrick siempre declaró que era una cinta que hablaba de sentimientos y ésa es precisamente una de sus virtudes. Cine visceral en forma y contenido salido del fondo del alma. Puede que el término “obra maestra” se use a veces con demasiada alegría, pero en el caso de “Patrulla Infernal” parece que esas palabras se quedan cortas. Sin lugar a dudas toda una bocanada de sentimientos a flor de piel, de miseria, ingratitud, furia, y aflicción; al final del infernal calvario bélico y la indiferencia frente al prójimo, vendrá el regocijo. Una cinta inolvidable.

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