miércoles, 1 de junio de 2011

CAPITULO 93: THE APARTMENT - EL APARTAMENTO (1960)





El empleado de unas grandes oficinas de empresa de seguros C.C. Baxter (Jack Lemmon), condiciona su ascenso a la cesión de su apartamento para que sus superiores puedan disfrutar en el anonimato de sus amantes. A pesar de conseguir un puesto de relevancia en el organigrama de la empresa, C.C. Baxter ha de frecuentar bares y deambular por la calle mientras alquila su apartamento. Durante este perí­odo de impase, Baxter entabla una relación con Fran Kubelik (Shirley MacLaine), una chica que resulta ser la amante de su jefe Jeff D. Sheldrake, aunque no sienta una especial simpatí­a por ella, tal como le explica la noche de Navidad.

¿Qué decir de “El Apartamento”? Rí­os de tinta han corrido desde su estreno en 1960. La crí­tica a favor ha sido unánime, excepto en el momento de proyectarse por primera vez, cuando un sector de opinantes la tildó de “repugnante”, “carente de estilo o de buen gusto” e “inmoral, es decir, deshonesta”. Percata minuta en el recuento global de juicios, pero comprensible si nos atenemos a lo que la sociedad estadounidense consideraba “buena moral”. Y es que el tema se las trae: un simple oficinista ejerce de alcahuete con sus jefes, dejándoles su apartamento por unas horas para que consumen el adulterio a cambio de un ascenso en la compañí­a de seguros donde trabaja. Mirándolo bien quizá sí­ sea un tema inmoral, aunque en manos de Billy Wilder y I.A.L. Diamond, el guión de “El Apartamento” es una amalgama perfecta de drama y comedia, hilvanado todo ello con hilo de pescar y sus correspondientes anzuelos.

Una cinta excepcional del maestro Billy Wilder, que en apariencia es presentada como una comedia pero que en esencia es un drama agridulce, lleno de riqueza en su composición de personajes y temáticas, con una atmósfera repleta de melancolía, nocturnidad y amargura (magnífica fotografía de Joseph Laselle) y un guión satírico que aborda materias como la deshumanización y explotación laboral, la jerarquía social, la soledad, la infidelidad, la honradez, la dignidad o la búsqueda amorosa. El perfilado de los personajes por parte de Wilder y la ejecución interpretativa de los mismos es asombrosa.

Buxter es lo que se conoce como una buena persona, un hombre amable, íntegro y honesto, quien rara vez tiene una palabra negativa para nadie; trata con respeto a todo el mundo aunque su procedimiento arribista le provoque una mala y equivocada fama de conquistador e informal entre sus vecinos, hecho que otorga al film quizá el único punto cómico de la historia, ya que su éxito real con las mujeres es nulo y su situación social es la de un alicaído solitario. La actuación de Lemmon, quien otorga al personaje un cúmulo de matices sensitivos es grandiosa e insuperable, al igual que la del personaje femenino principal, encarnado por una joven y excelente Shirley MacLaine.

Fran es una muchacha sensible, también encantadora en el trato humano, enamorada de un hombre casado, lo que le provoca un sentimiento de malestar, incomodidad y miedo ante un futuro emocional poco claro. Esta situación sirve a Wilder para describir la zozobra que mora en la psicología del amante, su posicionamiento ante la situación conflictiva vista desde una dubitativa perspectiva, alejándose de la usual demonización social del tercero causante de la separación o divorcio matrimonial.





El último vértice del triángulo está incorporado por Fred MacMurray, en un papel muy poco habitual en su carrera, lo que indica la gran variedad de registros interpretativos de este gran actor.  Lo importante en el dibujo de este personaje (y de los demás) es que Billy Wilder evita constantemente la caricatura o el comportamiento caprichoso, actuando siempre los caracteres por motivaciones lógicas, así, las respuestas emocionales del personaje de MacMurray, aunque aprovechadas, pueden ser fácilmente entendibles.

Como muchos sabrán, la idea de la cinta proviene de “Breve Encuentro”  de (1945, David Lean), donde Alec y Laura tienen un fugaz encuentro en un apartamento que les deja un tercer personaje. Sin embargo, todo el romanticismo contenido en la cinta británica se desvanece en esta ocasión en favor de una crí­tica mordaz a las relaciones de pareja y al arribismo salvaje. Ahí­ tenemos a C.C. Baxter (Jack Lemmon) haciendo horas extras en la oficina o esperando en la frí­a noche a que se apaguen las luces de su habitación; ahí­ aparece el semblante risueño de Fran Kubelik (Shirley MacLaine), máscara que oculta la inconveniencia de enamorarse siempre de hombres casados que no dejarán a su mujer. Dos auténticos payasos metidos en el pellejo de unos fracasados en los lances amorosos, ví­ctimas de un sistema mercantilista de los sentimientos, más interesado en ir por el camino fácil que en forjar una auténtica unión.

Normalmente se ha encuadrado la cinta dentro del género “comedia dramática”, al combinar la causticidad de “Una Eva y dos Adanes” de 1959 con la desventura de “Dí­as sin Huella” de 1945. No busca la carcajada, sino la complicidad del espectador para con sus personajes. Aun así­, la historia peca de cierta irrealidad al decidirse Fran por Baxter -decidirse no en el sentido de entregarse en cuerpo y alma, sino en el de hablar y escucharse mutuamente-. Cierto es que la chica ha sufrido mucho -ella cree que ha alcanzado su lí­mite de angustia e intenta suicidarse-, pero Baxter no es ni mucho menos el hombre ideal: un ser simplón como pocos, alcohólico ocasional y cuyo impulso vital son los trepas intereses pecuniarios no parece que se acerque a ningún prototipo de hombre maravilloso. Por mucho que Baxter renuncie al último puesto que se le ofrece, ello no supone la expiación de sus pecados, más bien un momento de lucidez en la cumbre de su ascenso.





En el haber de la cinta, sin embargo, quedan momentos inolvidables para el imaginario colectivo: la oficina interminable ideada por Alexander Trauner, la fotografí­a en blanco y negro de Joseph LaShelle en formato panorámico, lo corrosivo de algunas situaciones -atención a la comparación entre la borracha del bar en Nochebuena con Marilyn Monroe-, el ir y venir de llaves, la tupida agenda de Baxter, los extrañamientos del doctor Dreyfuss y señora, la cama siempre caliente, el billete de cien dólares, el espejo roto y la hoja de afeitar,… Momentos y miradas llenas de tristeza y mezquindad, de ilusión y apasionamiento, como sólo Billy Wilder supo hacerlo.

De todo buen aficionado al cine es bien sabido cuán difí­cil es encontrar una cinta de género químicamente pura -adscribirle a un género concreto de manera inequí­voca y sin el más mí­nimo aditamento o incrustación de un género distinto-: de los films que mezclan, en dosis variadas, elementos de múltiples géneros, hasta aquellos otros que, ateniéndose básicamente a las convenciones de uno en particular – el cual se inscriben-, se trufan o salpican con elementos puntuales de otros diferentes, un altí­simo porcentaje de la producción cinematográfica se atiene a esta premisa. Y también a ella se acoge esta auténtica obra maestra que es “El Apartamento”, una cinta que amalgama en su particular coctelera ingredientes de la que, probablemente, constituya la más explosiva y complicada de esas mixturas: la de la comedia de tintes amargos y románticos, esa probeta que a más de un reputado alquimista le ha estallado entre las manos de forma estrepitosa, mientras que al genial Billy Wilder siempre le ha proporcionado exquisitos brebajes -y éste es, posiblemente, el más delicioso de todos ellos-.

“El Apartamento” -pequeño y coqueto- es el teatro de las operaciones en el que se va erigiendo una montaña de deshonor, un verdadero retablo de las miserias humanas, que, por muy inocuas y disculpables que sean, no dejan de ser miserias. Y su epicentro personal es el bueno de C.C. Baxter, un hombre tranquilo y sencillo al que da vida un Jack Lemmon en auténtico estado de gracia, que obtuvo, gracias a este papel, una nominación al Oscar® como mejor actor protagonista -el premio se lo terminarí­a llevando otro monstruo como Burt Lancaster, por su papel en “El Fuego y la Palabra”-.




Baxter y Fran  -en el fondo, en el más interno de sus privilegios, son ciertamente buenos, muy buenos -y por eso, y por la fuerza arrolladora que sólo un sentimiento como el amor imprime hasta en el más pusilánime de los espí­ritus, ambos serán capaces de redimirse de sus respectivas infamias-, pero eso no puede ocultar cuáles son sus motivaciones y sus aspiraciones -muy poco edificantes, por cierto-. Baxter quiere ascender, aspira a un despacho propio y, los únicos méritos que puede esgrimir - son los de su indigna y servil disposición. Y Fran quiere convertirse en la nueva esposa del jefazo, objetivo en pos del cual no tendrá mayor inconveniente -aun con todo su sufrimiento- en tragar el sapo del desprecio permanente y el trato displicente de su mantenedor.
“El Apartamento” ganó 5 premios Oscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Adaptado, Mejor Montaje y Mejor Dirección Artística en blanco y negro) y fue nominada para otros 5, incluyendo Mejor Actor Protagonista, Mejor Actriz Protagonista y Mejor Fotografía en blanco y negro. Ganó 4 Globos de Oro (Mejor Película Comedia/Musical, Mejor Actor Comedia/Musical y Mejor Actriz Comedia/Musical) y fue nominada para otro Globo de Oro (Mejor Director). Este planteamiento de la trama, desarrollado con una puesta en escena tan sobria como efectiva, un ritmo narrativo fluido y bien medido, unas interpretaciones de sus protagonistas tan entrañables como creí­bles, y una riqueza en los diálogos como sólo la casa “Diamond Wilder” es capaz de proveer, se termina convirtiendo en eso que ya adivinan: un monumento del séptimo arte, no por su grandiosidad, sino por su enorme calidad. Porque éste, y no otro, es el gran cine: el que nos ofrece una baranda desde la cual asomarnos a esas escaleras que suben y bajan por los entresijos de la humana condición, sin resultar cargante -no es necesario aburrir para incitar a la reflexión-. Y eso es lo que nos da “El Apartamento”, una auténtica obra maestra.

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