jueves, 30 de junio de 2011

CAPITULO 122: THE SHAWSHANK REDEMPTION - SUEÑOS DE LIBERTAD (1994)





Hay films que le devuelven a uno las ganas de vivir. Así de sencillo. O, más exactamente, el deseo de seguir a ver qué ocurre, con un poco más de esperanza. En su debut, Frank Darabont lo logra con una maestría poco común en un primerizo, filmando uno de los más bellos y emocionantes films de las últimas décadas. Pocas veces puede emplearse lo común, reduccionista en ocasiones y socorrida expresión de “obra maestra” como en el caso rotundo de esta cinta. Quizá la más hermosa de todas las cintas carcelarias de la entera historia del cine, pues en su seno se halla una de las elegías más intensas que se recuerdan en torno a la búsqueda de la libertad personal y espiritual, algo ansiado por la mayoría de los hombres, aunque quizá muchos ni lo sepan. Pero “Sueños de Libertad” es mucho más que eso, incluso.
Adaptación del relato de Stephen King ‘Rita Hayworth y la redención de Shawshank’, relato aparecido en 1982, llevada a cabo por el propio Darabont (quien con la sola excepción de “The Majestic”, sobre un guión de Michael Sloane, ha trabajado en sus largos sobre textos previos del famoso escritor de Maine, una especie de verdadero gurú para él), durante mucho tiempo Darabont se estuvo planteando la posibilidad de debutar con “La Niebla”, cuya adaptación vería la luz en 2007, pero finalmente se decidió por este relato acerca de un convicto acusado de un delito que no ha cometido, y que pasará dos décadas en la cárcel, durante las cuales conocerá a una serie de personajes. Con uno de ellos, Red (Morgan Freeman), iniciará una amistad duradera y profunda, enriquecedora y estimulante para ambos, una amistad en torno a una serie de temas mayores, como lo son la esperanza, la redención, la fraternidad, empeñarse en vivir o empeñarse en morir.
Vayamos primero por los aspectos más anecdóticos para desembocar en detalles de más importancia. Si repasamos muchas obras clásicas, nos daremos cuenta de la prontitud con la que introducían al espectador en la historia. O bien se abrían en mitad de la acción, o bien no se entretenían en presentaciones gratuitas. Y aquella virtud, casi arqueológica la encontramos restituida en “Sueños de Libertad”. En sus primeros minutos, relativos a los títulos de crédito, se nos da cuenta del prólogo de la historia, flash-back incluido: el juicio contra Andy Dufresne (Tim Robbins) por el asesinato de su mujer y el amante de ésta, salpicado de imágenes de Andy en la noche del crimen esperando borracho con una pistola en el coche. Tras el directed by nos trasladamos a la prisión en que también se nos presentará sucintamente el otro gran protagonista de la cinta Red (Morgan Freeman) a quien se le niega la libertad por enésima vez.




En “Sueños de Libertad” se da además la increíble paradoja de que, teniendo absolutamente todos los tópicos del cine carcelario mantiene la atención hasta el final, gracias a su habilidad de ir jalonando el metraje con personajes y temas secundarios que redimensionan el film a modo de capítulos literarios. Como todo microcosmos, la cárcel se revela como un lugar reducido pero complejo en su interior, donde los presos han de encontrar su lugar. A partir de su entrada en la prisión, no hay más mundo ni vida que ése. Y precisamente esa tarea, la de encontrar un espacio propio, se convierte en un peligroso círculo vicioso cuando llega la hora de la libertad. El ejemplo más claro es el de Brooks, interpretado por el veterano James Whitmore, reponsable de la biblioteca que amenaza con asesinar a un compañero cuando se le comunica su libertad. Cincuenta años en la cárcel, como dice Red, significan la institucionalización. El mundo exterior ha cambiado lentamente pero para quien, paradójicamente, sale del cascarón a la tercera edad, como Brooks, lo percibe como un cambio enorme y terrible.
Red también ha encontrado su lugar y conseguido el respeto de los demás presos: «si necesitas algo, recurre a Red». Y Andy, callado al principio, poco a poco, se convertirá en la admiración de los que le rodean e, incluso, será requerido por el alcalde y los guardias, a causa de su habilidad para estafar al Estado. Podemos ver cómo estos detalles configuran la construcción del héroe que va tejiendo Darabont: el primer beneficio que pide Andy a cambio de su sabiduría sobre el fraude fiscal consiste en unas botellas de cerveza para sus compañeros, con los que hasta el momento no tenía mucha comunicación. La inteligencia, la diferencia, la sonrisa del triunfo conforman un personaje central que se rige por las normas elementales del respeto. Ese acto de solidaridad para con sus nuevos amigos apela a la bondad de un hombre diferente a los demás. Donde el resto es impulsivo, él es reflexivo. Y culto: será el sustituto de Brooks en la Biblioteca y la convertirá en un gran centro de consulta para los reclusos. Parece que Andy tiene todo lo que se puede pedir en su situación: respeto, protección –recordemos el capítulo de "las hermanas"– y prestigio. Pero le falta la libertad, lo que se percibe en una de las mejores escenas de la cinta, perteneciente ya a una hipotética antología de imágenes geniales de la década de los 90: los presos extasiados en el patio de la cárcel por el fragmento de "Las bodas de Fígaro", de Mozart, que acaba de poner Andy después de usurpar el lugar de un guardia con problemas intestinales. Esa pequeña rebeldía le cuesta un castigo mínimo, pero no es más que un aviso de lo que puede pasar en el futuro. Y ese futuro es el joven preso que descubre la verdadera identidad del asesino de la mujer de Andy. El alcaide, desconfiado, evitará como sea cualquier intento de llevar la verdad hasta el final. No dudará en ordenar el asesinato del recién llegado.
Y ahí tenemos a Andy, culto, refinado, respetuoso, bueno, inteligente... enfrentado a la realidad perversa de un mundo de intereses. Rompe con todos sus principios y decide entrar en el juego que, indirectamente, le propone el alcaide. Bien claro se lo dice a Red: ha empezado a ser un delincuente dentro de la cárcel. Pero sigue siendo un dechado de virtudes: no le explica nada a Red sobre la fuga para no comprometerle. Y en el colmo de la perfección ha pensado también en el reencuentro con su camarada cuando éste salga de la cárcel.
No vamos a engañarnos ni a sorprendernos: Darabont se ha convertido en uno de los grandes manipuladores del cine de Hollywood. El esquematismo maniqueísta del que hacía gala en la excelente “Milagros Inesperados” de 1999 también está presente en “Sueños de Libertad”, aunque a diferencia de aquella, aquí se muestra más elegante y comedido, excelente de inteligente. Por un lado, juega con una serie de prejuicios asimilados por el espectador: no nos choca que el alcaide sea un bastardo rematado ni que el personaje protagonista sea casi perfecto –decimos lo del casi, porque, en realidad, sí pensó en matar a su mujer–. Por otra, el contexto agreste de una cárcel protegida por guardias violentos, comandadas por un alcaide cínico y que entre sus paredes contiene a sodomitas que se encaprichan con nuestro héroe refuerza la sensación de verosimilitud y coherencia. No hay nada que nos haga dudar de la credibilidad de las situaciones.



Pero lo más importante de la cinta, lo que hace de ella una verdadera joya es la sensación de estar viendo un producto reposado, que se toma su tiempo, que apuesta por una manera más tranquila y reflexiva de pensar la vida. Hay muchos grandes momentos en la cinta: el suicidio de Brooks, el paralelismo de Brooks y Red, la sonrisa de triunfo de Andy cuando ha conseguido las cervezas para sus compañeros, Red caminado por Buxton en busca del árbol descrito por Andy, el embelesamiento de "Las bodas de Fígaro"... Detengámonos en estas dos últimas escenas: Darabont ha conseguido la medida perfecta y fija su atención en los gestos de los actores sin importarle que sean vistos como innecesarios desde una óptica actual. Primero, Red descubriendo el secreto guardado por Andy en el campo de heno. Antes de descubrir lo que hay en la caja, levanta la mirada para ver si alguien espía. Y cuando descubre qué hay, otra vez lo mismo. Ese detalle y su repetición no sólo nos revelan la inexperiencia de Red en un mundo de libertad, sino también una declaración de principios del director. La captación de ese gesto, nos dice, por insignificante que sea representa también una actitud de enfrentarse al cine y la vida: no nos hemos de perder en el marasmo del pragmatismo y la inmediatez, sino percibir también aquellos pequeños gestos que nos identifican como personas y que vienen marcados por nuestro pasado. Como también lo es el gesto de duda, primero, y reafirmación, después, de Andy cuando el alcaide le ordena que apague la música de Mozart.
Pero hay más, hay una ética representada en el protagonista que parece impregnar toda la cinta. Recojamos otra vez la sonrisa de Andy. Dufresne busca en la vida conceptos tan idealistas como la paz y la libertad. No entiende cómo hay gente que se opone a la consecución de estos objetivos. ¿Por qué asesinaron a su esposa? ¿Por qué el alcaide se niega a concederle una nueva oportunidad para probar su inocencia? La sonrisa de Andy en el capítulo de las cervezas, acompañada de la espléndida banda sonora de Thomas Newman, es una declaración de principios. Él sólo quiere la libertad, vivir y dejar vivir -cuando se lo impidan, entonces mostrará sus cartas.
Él será, además, quien insuflará vida a Red cuando éste salga de la cárcel. Red es igual que Brooks: lleva cuarenta años en la cárcel, se sorprende de cómo avanza su alrededor, vive en la misma habitación que vivió Brooks y trabaja donde éste trabajó... La única diferencia es Andy. Red tiene a Andy, tiene en el exterior una amistad forjada durante dieciocho años. Y sólo le separa de él unos cuantos kilómetros. Un pueblo junto al Pacífico, que no tiene memoria. El Pacífico representa para Andy, una nueva vida, un borrón y cuenta nueva. Una vida en la que por fin sentirse bien con él mismo y con el resto. Una vida que sólo tiene cabida para una persona de la etapa anterior: Red.
La perfección del guión de Darabont, que durante ciento cuarenta y dos minutos de metraje no pierde el hilo de sus numerosas criaturas en ningún momento, y que es capaz de narrar, sin el menor desmayo de ritmo o intensidad, dos décadas en las que sus personajes van envejeciendo y cayendo embrujados por los muros de piedra de la enorme prisión, según las propias palabras de Red. Y ya en labores propias de dirección (puesta en escena y dirección de actores) Darabont se revela como un consumado artista, un grandísimo cineasta para el que las difíciles tareas del timo, el tono, la atmósfera, son mera cuestión de elegancia y humildad. Parece, sinceramente, que este film no ha sido realmente valorado como se merece, a pesar de ostentar el primer lugar del ranking del archifamoso IMDb. Si “Sueños de Libertad” fuera un film de los años cincuenta (y bien podría serlo) se codearía hoy, en renombre, con “El Ocaso de una Vida”, (1950, Billy Wilder) o “Rio Bravo” (1959, Howard Hawks).



“Sueños de Libertad” viaja en latitudes similares a aquellas cintas. La pegada emocional, el mazazo de sus imágenes, compite con ellas. Que Red consiga la condicional después de treinta años en la cárcel, viva durante un tiempo en el cuchitril en el que se suicidó su compañero Brooks Hatlen (interpretado por el legendario y ya fallecido James Whitmore), decida violar la condicional, y se encamine al enorme árbol en el que su amigo Andy le dejó una carta, es mucho más que lo que simplemente se ve. Bajo la (plácida y serena) apariencia de la imagen de Red acercándose al árbol subyace la conmoción principal de la cinta: el hombre caminando hacia una esperanza por fin recobrada, nunca desaparecida pero quizás sí ignorada. Se revela así el verdadero poder del cine: que la imagen contiene su anverso y su reverso, y que el primero se explica con el segundo y viceversa. Culmina ahí el viaje por el infierno de la cárcel de dos hombres tan vivos y tan reales que da miedo verlos.
Pero no obtenemos esa esperanza sin antes asistir al breve episodio (un cortometraje magistral en sí mismo) en el que a Brooks le sueltan tras cincuenta años convicto. Un episodio al que accedemos arrasados de emoción, testigos de la infinita capacidad de soledad y desesperanza del ser humano, más aún cuando es anciano y olvidado. Ni el menor rastro de manipulación melodramática, ni de lugares comunes. Sólo la cruda y atroz realidad, verificada por una vida malgastada. Pocas veces en el cine se ha asistido al milagro de la dignidad del hombre así representada, en sus últimos días de existencia, esperando que el pájaro que convivió tantos años con él en la cárcel le visite y le diga hola en el exterior. Pero esta clase de milagros sólo pueden suceder cuando se tiene el privilegio de contar con este grupo de actores, muchos de los cuales formarán algo así como la compañía de actores habitual en Darabont, entre los que destacan dos colosos, dos monstruos como Tim Robbins y Morgan Freeman, los cuales recibirían, cosa curiosa, el Oscar al mejor actor de reparto en sendos papeles para Clint Eastwood.
Pero también contó con el genial montador Richard Francis-Bruce, que hace maravillas temporales y rítmicas en este largo relato, y con la fotografía del habitual operador de los Coen Roger Deakins, que aquí firma quizá su mejor trabajo, y con la música de un enorme Thomas Newman, sin la cual es imposible comprender esta obra magistral. Dice Darabont que dentro de un tiempo se considerará a Stephen King como el Dickens de nuestra época. Pero no es necesario que pase mucho tiempo más para considerar a este grupo de fenomenales artistas como lo que son, fenomenales, y a esta cinta irrepetible como lo que es. Independientemente de todo lo demás, porque habla del hombre, a la altura de la mirada humana, sin perderse jamás en las veleidades de un medio tan propenso a no respetarse a sí mismo.

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