miércoles, 29 de junio de 2011

CAPITULO 121: BATMAN BEGINS - BATMAN INICIA (2005)





De entre todos los innumerables superhéroes que el cómic (y por ende, el cine, sobre todo en los últimos años) nos ha ofrecido a lo largo de su historia, Batman siempre ha sido un caso especial. Su innegable atractivo reside en varios aspectos únicos que le distinguen y a la vez le apartan de esos aficionados a los trajes de mallas de brillantes colores que se dedican a luchar contra el mal. Para empezar, Batman carece de superpoderes, una característica más bien inusual en un género cuyos protagonistas adquieren capacidades que les separan de los humanos corrientes y que les permiten llevar a cabo las más increíbles proezas. Pero lo más interesante del personaje es sin duda su complejo perfil psicológico, esa personalidad fragmentada y traumatizada por un episodio de la infancia, el asesinato arbitrario y casual de sus padres, que lleva al heredero de una inmensa fortuna a dedicar su vida a aprender las más variadas artes de lucha cuerpo a cuerpo y a desarrollar sus dotes detectivescas para, enfundado en una especie de traje de murciélago gigante y provisto de los más pintorescos gadgets, combatir la injusticia y dar rienda suelta a su enorme ira a la vez que intenta saciar su sed de venganza. Su inquebrantable determinación, la impresionante fuerza de voluntad que demuestra un personaje como éste y, por supuesto, el lado oscuro que representa en sí mismo, no tanto por el hecho de que se tome la justicia por su mano y al margen de un sistema judicial en el que no confía –rasgo que es común en muchos superhéroes–, sino por su carácter un punto más psicopático de lo habitual y la necesidad de causar terror e intimidar a sus adversarios, son elementos tan atrayentes que resulta natural preguntarse por el origen de Batman, por el proceso de formación de un superhéroe tan alejado de los habituales lugares comunes del género.
Ante una cinta como “Batman Inicia” no cabe más que el asombro. Asombro suscitado por un sinfín de causas y razones que van más allá de su innegable y más que evidente valor cinematográfico. Quienes dábamos por muerto al personaje después del expolio realizado por Joel Schumacher en “Batman por Siempre” de 1995 y la impresentable “Batman y Robin” de 1997 apenas atisbábamos un sendero mínimamente transitable, alguna arista no consumada por la mano maestra de Tim Burton o algún aspecto del personaje que no hubiera sido ya expuesto. “Batman Inicia” no solo hace ver que en el cine no hay nada más erróneo que los prejuicios, sino que demuestra que la inteligencia no se ha alejado definitivamente del cine espectáculo norteamericano.



Ni bien comenzada, en el arranque, se realizan dos desplazamientos que desarticulan cualquier expectativa previa. El primero se puede observar en la segunda imagen de la cinta. Allí, en contraposición a la tradicional visión de la misteriosa oscuridad de Gotham, se muestra a un niño jugando y corriendo en un verde jardín junto a una pequeña amiga. La cámara en movimiento y la música construyen el ritmo de la escena. Él le arrebata a ella un pequeño objeto y corre a esconderse detrás de unas plantas. De repente, el suelo cede y el chico cae en un pozo profundo. Mientras espera ser rescatado por su padre, se producirá un suceso que será determinante en su vida: cientos de murciélagos irrumpirán como desesperados sobre su aterrada humanidad.
El segundo desplazamiento se realiza inmediatamente después. La cámara se transporta a una prisión ubicada en algún país lejano. Allí, Bruce Wayne pelea y saca de combate rápidamente a seis hombres. Como castigo, es enviado a un calabozo donde lo espera un desconocido: será quien le proponga iniciar un largo entrenamiento que le permita al desorientado Wayne estar listo para enfrentar a sus miedos más profundos, a controlar la furia de su enojo. A luchar contra la injusticia del mundo. A encontrar un camino.
Estos dos primeros momentos de la cinta marcan una clara intención narrativa del guión compuesto por quien es también el director, Christopher Nolan, junto a David S. Goyer. A través de esas dos situaciones, alejadas del paisaje netamente urbano que caracteriza a las demás cintas de la saga, se descubren dos de los rasgos de identidad de Bruce Wayne más influyentes para su transformación en Batman. No son los únicos, porque toda la primera trama del film está dedicada a explorar casi en detalle la vida del joven Wayne. Esta decisión de parte de la realización, además de quedarse lejos de saturar o aburrir, por la dinámica con que está contado, por sus permanentes y bien logradas escenas de acción, habilita a una comprensión fundamental del personaje nunca antes desarrollada en los films anteriores. Y también implica un riesgo de los realizadores: el de hacer añicos el aura de misterio e interrogantes que rodeaba al personaje Batman.
Uno de los mayores aciertos de “Batman Inicia” es el alejamiento consciente de la estela de Tim Burton, tanto en las bases visuales como en todo su aparato intencional. El film de Christopher Nolan opta por la oscuridad pero se deshace de los elementos góticos planteados por Burton, para exhibir un halo tétrico, extremo que en más de una ocasión bordea las orillas del cine de terror. Y el aprovechamiento que hace Nolan de la atmósfera es, sencillamente, prodigioso. Casi como una proyección externa de la ambigüedad, las dudas y el temor del superhéroe, la fotografía y los decorados se erigen en elementos fundamentales dentro del propio film, con un sólido significado dramático. El opresor ambiente que se respira en Gotham City (casi una mezcla entre Los Ángeles de Blade Runner y la Metrópolis de Lang) se precipita inmisericorde sobre todos los seres que transitan por ella, marcando sus vidas y destinos. En este punto, la presencia de la ciudad se encuentra mucho más lograda que en la de todos los films anteriores, debido a su utilización como elemento simbólico, a la capacidad de Nolan para transformar el espacio en un personaje más adheriéndolo a la acción (impresionante la importancia que adquiere en el bloque final), otorgando al film una extraña dimensión que establece la diferencia clave entre el Batman de Nolan y los de Tim Burton: mientras que este último se adentraba en el análisis de la psicología del personaje dirigiendo todas sus líneas de acción hacia él, Nolan expande el significado de su obra transformando “Batman Inicia” en una escalofriante alegoría social.



“¿Por qué murciélagos?”, preguntó el genial mayordomo Alfred, interpretado por un no menos genial Michael Caine, mientras su adorado Bruce le señalaba el símbolo que había elegido para representarlo. “Porque me asustan y quiero compartir ese temor”, respondió el inminente Batman. En este pasaje, queda claro el riesgo del director: apuesta a explicitar lo que siempre constituyó una de las características más intrigantes del personaje. A medida que se desarrolla, la trama se va encargando de completar los baches históricos que no explicaban por qué Batman es Batman, y si bien en ese pasaje se pierde de alguna forma el misterio de no saber, y con eso la posibilidad de cada uno de imaginar qué había pasado, esa pérdida de misterio en definitiva no sólo no aplaca sino que potencia el poder místico del personaje, apoyado justamente en su pasado neblinoso y sobrecargado de rabia.
La paciencia con que se va hilando el relato, y la fluidez casi natural entre escena y escena, completan el espacio y las imágenes, aumentando paulatinamente la tensión narrativa. Luego de un primer tramo dedicado a la génesis de Batman, se empieza a intercalar su entrenamiento y preparación con imágenes de la ciudad gótica, sus problemas, sus villanos. Detener la corrupción es el objetivo que moviliza el accionar del hombre murciélago. No faltan escenas de acción, no faltan los detalles del fabuloso equipo de objetos que usa Batman —siempre aliado de la última tecnología— ni una fabulosa ambientación de la ciudad, casi atemporal. Tampoco se extrañan los momentos dedicados a conocer los movimientos del perverso doctor que se convertirá en un gran enemigo. No faltan los momentos en que Bruce Wayne se burla de su mundo, para enfrentar su soledad y su apariencia, y se vuelve a conectar con el imperio creado por su padre. Sin embargo, todo eso es ubicado en un plano secundario, en pos de la creación de una atmósfera que va incrementando en oscuridad momento a momento, generando a veces tramos verdaderamente hipnóticos, a veces otros escalofriantes. Quizás ese sea uno de los principales méritos de Nolan, su habilidad para captar en plenitud la oscuridad de Gotham, de la mansión Wayne, de los murciélagos y de los villanos. Y principalmente de Batman. Como si todos formaran parte, de alguna forma, de una misma cosa.
Por otra parte, las participaciones de Gary Oldman y Morgan Freeman, sumadas a la ya mencionada de Caine, son sobresalientes. Sus personajes aportan frescura y una buena cuota de humor que sirve para compensar en alguna medida cierta dureza del nuevo nombre que encarna a Batman: el ex Psicópata Americano Christian Bale.
La película nunca se diluye. Pese a sus más de dos horas de duración, transcurre casi sin perder consistencia de principio a fin. Una de las razones es que la intención del guión de explorar los rincones más profundos del personaje principal, sus miedos, su furia, está más que bien lograda y construida, siempre correspondiéndose, por otra parte, con los climas que logran construirse en cada pasaje del film. Porque de alguna manera, la evolución del personaje Batman, lenta, gradual, siempre intensa, podría tomarse como el termómetro de los sucesos de la cinta.




¿Y que es, por consiguiente, lo que refleja el film de Nolan a lo largo de sus casi dos horas y media de duración? La respuesta se halla en la escisión en dos partes en la que la obra está estructurada. La primera de ellas, de ritmo pausado e inquietante, muestra la obsesión de Bruce Wayne por consumar la venganza, castigado por un obsesivo sentimiento de culpa al creerse el causante de la muerte de sus padres, y dedicado en cuerpo y alma a un entrenamiento brutal al que es sometido por Ducard. La clave de esta parte se encuentra en la ambigüedad que se extenderá y dominará todo el resto del film: la misión auto impuesta de Ducard es la de acabar con toda la delincuencia que campa a sus anchas por el planeta, imponiendo a la fuerza la ley del "ojo por ojo" que Wayne, teóricamente, rechazará. Sin embargo, a lo largo del violento, frenético y fascinante segundo bloque, Wayne se irá convirtiendo gradualmente en una especie de Levitán hobbesiano, que lo encauzará por una rabiosa lucha interior que, finalmente, acabará fagocitando a Wayne. La cinta describe un mundo en perpétuo estado de esa "guerra de todos contra todos" de la que hablaba el filósofo inglés a mediados del S. XVII, una sociedad carente de valores, en el que los cuerpos de seguridad son corrompidos con pasmosa facilidad dejando al descubierto las flaquezas de un sistema que se destruye a sí mismo. Y de este sistema es de donde surge una figura que no entiende otra manera de instaurar el orden más que por la fuerza. Wayne, por ello, acaba convirtiéndose en lo que más detestaba durante su entrenamiento, un émulo de Ducard. Por mucho que su enfrentamiento final esté teñido de un falso maniqueísmo, Batman acaba transfigurándose y convirtiéndose en el único ser que puede enfrentarse a la violencia intrínseca en el ser humano, dando rienda suelta a su propia violencia interna. La maestría de Nolan consiste en reflejar tamaña situación desde la perspectiva de un personaje que, inevitablemente, sirve de identificación al espectador. Dicho de otra forma, la crítica a un mundo atemorizado, no únicamente por sus propios monstruos, sino por el monstruo que los mantiene a raya, explota en las mismas narices del espectador al estar contenida en la figura del superhéroe.
De todas maneras, la clave para entender “Batman Inicia” como una de las mejores de todas las otras secuelas, es el riesgo que toman guión y dirección para apostar por la sorpresa, para desequilibrar varios de los puntos comunes del género y, sobre todo, para hacerse cargo, con mucha responsabilidad y verosimilitud, de los matices que construyen la personalidad del superhéroe. En este sentido, esto implicaba una apuesta nada sencilla: por un lado, sacrificar algo de la cuota del misterio e intriga que aporta el no saber, para poder, por el otro, elevar el aura místico de un personaje sin igual.
Nolan ha sabido sentar unas bases ciertamente sólidas para futuras continuaciones del personaje y no es extraño que, desde esa seguridad, el plano final de la cinta sea, además de un guiño extraído directamente de las páginas de la estupenda saga “Batman: Year One” de Frank Miller (obra a la que “Batman Inicia” homenajea abiertamente en no pocos pasajes), un serio aviso de que quizás no haya nada intocable en esas entregas. Nolan ya ha demostrado de sobra con esta magnífica cinta ser algo más que un digno sucesor de Tim Burton.



Un gran acierto increíble es también la banda sonora original de la cinta haya sabido, al igual que Nolan respecto de Tim Burton, alejarse de la pesada sombra de las maravillosas composiciones que en su día concibió el genial Danny Elfman, consiguiendo conjugar dos talentos en principio tan opuestos como el de Hans Zimmer y James Newton Howard en una música que ambienta y complementa a la perfección el tono oscuro de la cinta.
“Batman Inicia”, en definitiva, es una complejísima, apasionante obra cuyos innumerables valores resultan imposibles de asimilar en un único visionado. Una pieza soberbia, al borde de la perfección, que no hace más que confirmar el talento de uno de los mejores cineastas que hay actualmente en Estados Unidos.

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