martes, 21 de junio de 2011

CAPITULO 113: THERE WILL BE BLOOD - PETROLEO SANGRIENTO (2007)





Historia épica sobre la familia, la fe, el poder y el petróleo que transcurre en la frontera de California a finales del siglo XIX en pleno boom del petróleo. La pelí­cula es una crónica de la vida y la época de Daniel Plainview, que pasa de ser un minero miserable que tiene que sacar adelante a un hijo sólo, a un magnate del petróleo. Un dí­a a Plainview le llega un misterioso soplo sobre una ciudad al oeste donde un mar de petróleo rezuma hacia el exterior, y allí­ se dirige con su hijo H.W. para probar suerte en la polvorienta Little Boston. En esta ciudad mí­sera, donde la única diversión posible gira en torno a la iglesia que dirige el carismático predicador Eli Sunday, Plainview y H.W. dan su golpe de suerte. Pero ahora que la fortuna empieza a sonreírle, nada volverá a ser igual: surgen los conflictos y todos los valores humanos -amor, esperanza, comunidad, fe, ambición e incluso los lazos entre padre e hijo- son expuestos a la corrupción, la decepción y al flujo del petróleo. Basada en la novela de Upton Sinclair “Petróleo”, escrita en 1927. “Petróleo Sangriento” ganó 2 premios Oscar de la Academia (Mejor Actor Protagonista y Mejor Fotografía), y fue nominada para otros 6, incluyendo Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guion Adaptado. Obtuvo 2 nominaciones a los Globos de Oro (Mejor Película Drama y Mejor Actor Protagonista) triunfando en esta última. Por otro lado para la Academia Británica, obtuvo 9 Nominaciones de las que solo ganó 1 premio BAFTA al (Mejor Actor Protagonista).

Un plano estático del inhabitado paisaje de California, atravesado por una vía de tren, se transforma en un travelling horizontal a la vieja usanza mientras capta el traqueteo de un coche primitivo. Los viejos medios se abandonan por los nuevos, aunque las velocidades parezcan empeorar y el hombre se aferre a dependencias opuestas a la continua búsqueda de libertad y movimiento. Mediante esta sencilla composición, Paul Thomas Anderson resume el manifiesto de su ambicioso proyecto: el de emplear el clasicismo como adorno de una obra más compleja y preocupada por encontrar una nueva expresividad que ya no haya sentido en el pasado, pero tampoco en determinadas corrientes ampulosas que nos rodean y ofrecen tradición revestida de enormes presupuestos.

La forma de interrumpir el relato convencional supone para el director un continuo reto de desafío, perplejidad, extrañamiento, burla y silencio: el incómodo mutis de un autor que no va a poner las cosas fáciles al espectador o de unos personajes desprovistos del arco evolutivo que los conduzca a su comprensión como figuras ficticias. Las enormes proporciones vitales que desprende la cinta en conjunto se oponen a la actitud de farsa que introduce Anderson con sutileza y bronca despedida. Del tono de aventuras al drama familiar nada se completa y el ritmo inconcluso lo marca una banda sonora inquietante, perfecta para desdoblar imágenes hermosas en vomitivos retratos de la desnudez emocional y narrativa –incluso con aspectos kubrickianos: las amenazadoras colinas del comienzo envueltas por unas notas dolorosas y lineales–. La escasa implicación sentimental que se puede haber obtenido durante las dos primeras partes la arrebata un final torturado, que desea pisotear expectativas, formas de ver, maneras de considerar a los personajes, y a éstos mismos. No hay que pasar por alto el detalle de que esta última escena se desarrolle en una sala de juegos.





Con un aire de historia bíblica que lo impregna todo, incluida la turbia relación entre padre e hijo, Paul Thomas Anderson ha construido una cinta hipnótica, detallista, sin concesiones a la comercialidad, que es un descenso a los infiernos de un alma condenada con cada decisión y que, además, ni se arrepiente ni busca otra cosa, en lo que es uno de los finales más perturbadores que nos ha sido dado ver en los últimos años. El único pero que aleja a esta cinta de la perfección quizá sea que, precisamente en ese tramo final, la tendencia al histrionismo de que a veces hace gala Daniel Day-Lewis aparezca más de lo necesario, cuando a lo largo del resto del metraje el director había sabido llevar las riendas con firmeza. Pero es un pero muy pequeño, que desde luego no empaña el resultado final: el de encontrarnos ante una obra extraordinaria, un nuevo triunfo de un director del que resulta totalmente imposible imaginarse siquiera por dónde nos saldrá en su próxima entrega.

El director de “Magnolia” de 1999 baja a los pozos petrolíferos de la California de comienzos del siglo pasado para sacar a la superficie una cinta densa, oscura y sucia, como el “oro negro” que su protagonista busca y que acaba por sepultarle en la mayor de las soledades y amarguras. Cine con sello de autor, construido a partir de la novela “Petróleo” de Upton Sinclair, para contarnos una historia de odio y codicia, de venganza y humillación, de obsesiones y falsedades de dos hombres sin principios ni escrúpulos que construyen una torre o un pozo en torno a sí mismos y a sus intereses.

Durante más de dos horas y media, asistimos a los comienzos de la industria del crudo, con las primeras perforaciones, explotaciones y conducción por oleoductos en unas tierras de supervivencia, y también a la mentira, mezquindad y corrupción que acompañan a un capitalismo feroz y una ambición desmedida. Es la historia de Daniel Plainview, un minero duro y terco reconvertido en empresario del petróleo gracias a una información confidencial, pero que se irá hundiendo es la oscuridad de un odio y soledad que busca paliar con el dinero y el alcohol. Y es también la historia de Paul/Eli, un visionario-impostor que se aprovecha de la buena fe de su feligresía de la iglesia de la Tercera Revelación para obtener sus propias ganancias. Vidas paralelas en su amargura y falsedad, cuyo primer encuentro es un pulso de inteligencia para ganar la partida empresarial al otro, y los siguientes supondrán una escalada de humillación, venganza y violencia, entre la fatua representación de una empresa familiar o de unas creencias..., porque en el fondo los dos únicamente tienen fe en el dinero y en sí mismos.

El panorama que Paul Thomas Anderson nos presenta es ciertamente desolador, pesimista e infernal, como la fotografía que le permite recrear ambientes turbios y de desconfianza, de intenciones torcidas y engañosas, con fuertes contrastes y espacios angustiosos en la mina o en la oscuridad de la cabaña. Luces duras para dos individuos pétreos y sin raíces familiares, que no generan ninguna simpatía y que parecen destinados a un duelo de autodestrucción. El personaje de Daniel está dibujado con enorme fuerza y dramatismo, su interior alcanza una profundidad casi abisal en su negrura, que aumenta conforme se va conociendo su historia y sus anhelos, para terminar siendo un retrato sobre la desmitificación del sueño americano y del hombre que se hizo a sí mismo desde la nada —está de moda—, y sobre un capitalismo que engendra y destruye hombres de dudosa moral. En la misma línea demoledora de los cimientos de dicha sociedad, se ofrece la figura del falso profeta que vende esperanzas al pueblo crédulo, con auténticos espectáculos de exorcismos, curaciones o bautizos —ridículas escenas con un punto de exageración—que esconden intenciones rastreras en beneficio propio.

Diálogos un poco parcos y directos para unas aparentes verdades que salen de la boca de Daniel, y largos discursos envolventes y escenificaciones patéticas de Eli: dos tácticas que dejan ver sus cartas cuando se encuentran y chocan, cuando se humillan y se retan en combate, cuando Daniel Day-Lewis extrae toda la fuerza de su personaje con una mirada profunda y lúgubre con la que despreciar al resto de los hombres, con unos andares torpes y siniestros. Más cuestionable es la interpretación de Paul Dano, que bordea el estereotipo caricaturesco y cae en lo histriónico al ridiculizar al complejo ¿y esquizofrénico?— personaje de Paul/Eli. Y más que solvente resulta el niño Dillon Freasier como H.W., personaje con el que se apuntala una historia que necesitaba una estocada final. Hablando de desenlaces, aquí no hay un final extraño como en “Magnolia”, pero la firma del director está presente en su carácter ineludiblemente apocalíptico, llevando la maldad de sus personajes a un punto final sin retorno, cuando la perforación en el pozo de la maldad ha llegado a término y todo el fluido negro del odio ha saltado por los aires.




Distrayendo la forma del objetivo, Anderson se ríe de la superproducción que en la superficie encarna su cinta, resquebrajada al mismo paso imparable y decidido de los acontecimientos. En su mezcla de narración originaria, ensayo sociocultural, cuestionamiento ideológico y galería artística reside la virtud de una representación abstracta y ambigua, cuyas líneas maestras se bifurcan en lecturas enriquecedoras, fascinantes en su parcialidad. La desmitificación de los orígenes estadounidenses late en una época de posguerra y colonos, ciudadanos que aman la tierra porque bajo ella fluye la sangre negra de un futuro con olor a dólar. La profecía del título original podría referirse al interior de la historia o a nuestro presente, vistas las consecuencias de contaminar aún más campos muertos y construir pozos que saquen lo peor del hombre, amplios lagos artificiales de petróleo que reflejan las nubes como una falsa promesa de la llegada del paraíso a la tierra. Daniel Plainview es el único que conoce la esencia petrolífera, el único que pretende extraer oro negro porque engendrará más riqueza personal, sin bonitas razones de prosperidad. Pragmático –llama a su hijo mediante iniciales–, elusivo y a la par poderosamente franco, el protagonista destroza los esquemas del héroe e incluso el anti-héroe típicos, y las solas verdades de toda la cinta son las que murmura para sí, ininteligibles a nuestros oídos. La maldad de Anderson alcanza cimas asombrosas al impedir la comunicación directa –el niño sordo y la última conversación padre-hijo mediada por un extraño, aunque sepamos que, tras las discusiones mantenidas con todos los que intentan enseñarle cómo vivir, Daniel es un hombre débil y frágil.

Capitalistas e idealistas mienten, y sus representantes parecen dibujados por Frank Norris incluso en el alcance de los años veinte, despojados hasta del sucio esplendor de un Scott Fitzgerald. Se ha invocado el cine de Erich von Stroheim al analizar “Petróleo Sangriento”, y la evidente conexión de parajes calurosos, como si el viento enajenante hubiese arrancado todo de cuajo, también la razón de las personas, permite al director rememorar recursos del cine mudo –el trabajo de Daniel en un pozo solitario, la inexpresividad de los extras– para marcar el inicio de un repaso historiográfico cargado de odio y admiración. La trampa clásica ya no merece importancia y es inútil entender lo incomprensible mediante el recurso que antes lo aclaraba todo: el flashback –Daniel jugando con los niños– separa la seriedad del siguiente tono teatral, satírico y patético. Se trata de un retazo de la memoria del protagonista que no tiene nada que ver con su pasado ni su futuro, tal vez una pesadilla de un loco encerrado en su caserón, frío ante las añoranzas y los rencores. Final impactante que se escapa un poco de las manos de Anderson –«no te rías», debe decir el protagonista cuando hasta ahora no ordenaba, sino que actuaba o conducía hábilmente en parcas palabras–, exagerado Daniel –el personaje, no Day-Lewis, pues conocidos son sus papeles más bien sobrios en otros largometrajes y los justificados accesos de soberbia en papeles al límite–, alegoría verbal y visual que escupe en todas las expectativas creadas a la vez que la actitud teatral confirma la farsa de farsas, quizá también la del director al tomarse en serio el resto del metraje –no por casualidad los créditos de cierre recuperan como un golpe helado el anacronismo de la tipografía y una pieza musical alejada de la tensión de los acordes de Jonny Greenwood–.

Imposible confiar en nadie, la dimensión cinematográfica de la vida desaparece para dinamitar todos los ríos ocultos de las superproducciones bigger than life hollywoodienses. Como era de esperar, bajo las falsas esperanzas y las hermosas historias que nos vendieron no había nada; mujeres borrosas, hombres despiadados y saltos temporales bruscos: de la pluma a la estilográfica, de la soledad absoluta a la radio de fondo. Siempre aislada de contexto, la puesta en escena parece un devenir ajeno a los personajes, desnuda como sus almas, sus engañosas iglesias y sus implicaciones con el desarrollo del país y la comunidad, lo falso del viejo cartón-piedra presente en la impersonalidad de las perfectas recreaciones actuales. No llega a cuajar la metáfora de la sordera padre-hijo y la inevitable herencia del destino común, representada en esas interrupciones del sonido aleatorias y prontas abandonadas, pero la tragedia añade entidad al empaque bíblico del relato, curiosamente en un plantel ateo que da voz a un Dios que odia y ansía tanto como ellos.





No cabría hablar de belleza ni sublimación, acaso alcanzadas mediante el desapego, la repugnancia y el obstáculo continuo para quien observa y para una narrativa que no desea idealizar el oficio cinematográfico ni la liturgia de las historias visuales, pero que termina siendo bella, sublime y honrosa para el imaginario fílmico. Logro que no tendría sentido sin las raíces de fangosa suciedad, nihilismo y carácter amoral sobre las que el fuego de Anderson ilumina la vasta oscuridad que no queríamos conocer. Los bajos fondos del cine y del evolucionismo humano tienen una imperfecta –como no había de ser de otro modo– reflexión en “Petróleo Sangriento”, tan aparatosa, grandilocuente y turbia como las otras cuatro maravillas de Paul Thomas Anderson. Un joven cineasta que se ha atrevido a bautizarse con el sacramento del petróleo, como el bebé del principio, falsa inocencia de un discurso molesto, moderno, sucio, tocado por la loca verborrea de los sabios.

Anderson nos ofrece una especie de anti-western de gran fuerza visual y cuidada planificación, y una música de cámara con acordes de sello tan presente en su deseo de marcar la gravedad de la historia que por momentos aparece excesivamente subrayada y externa a la acción, procurando incidir artificiosamente en el ánimo del espectador. Narrativamente, la primera parte avanza con ritmo medido y resulta precisa y equilibrada, con unos primeros minutos impecables en el uso de la imagen y el sonido para generar la angustia y dureza de las primeras perforaciones; en cambio, la parte final sufre algunos saltos y descompensaciones, seguramente debido a los cortes de montaje tras su primer y desmedido metraje.
Una buena cinta con una espléndida y metafórica fotografía y una gran interpretación de Daniel Day-Lewis. Pero también con algún exceso y pérdida de mesura —en la caricatura del predicador, en su enfática música, en su duración—, y con aires un poco pretenciosos y solemnes en su afán crítico y desmitificador. Una visión triste y negra de un par de antihéroes trágicos que se devoraron a sí mismos y a quienes se cruzaban en su camino —aunque fueran hijos, padres o hermanos, en el fondo todos competidores—, que profundizaron un poco más en su soledad y amargura a medida que el petróleo brotaba y manchaba sus tierras, que vendían su alma al capitalismo.

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