jueves, 16 de junio de 2011

CAPITULO 108: CHINATOWN - BARRIO CHINO (1974)





“Gittes: ¿Por qué hace esto? ¿Cuánto mejor puede comer? ¿Qué puede comprar que todavía no le pertenezca?/Noah Cross: El futuro, Señor Gittes, el futuro.” Este breve diálogo resume, como un zarpazo terrible y verdadero, todo el espíritu de esta desoladora cinta, que sin el menor miramiento hacia el espectador, profundiza en la invencible capacidad de algunos canallas (verdaderos monstruos) por salirse con la suya, enriqueciéndose mientras aquellos a los que pisotean les perciben como personas respetables. Pocas veces el cine norteamericano ha llegado tan lejos en la crónica de la perfidia de los poderosos. Tuvo que llegar un pequeño (sólo por su tamaño) cineasta europeo y contarnos la cruzada de J.J. Gittes.
Los Ángeles, en la década de 1930, Hollis Mulwray es un ingeniero que trabaja en la compañía de aguas. Su esposa acude al investigador privado, especializado en adulterios, Jake Gittes pidiéndole que averigüe lo que ella sospecha sobre sus actividades adúlteras. Gittes inicia la investigación y descubre que Mulwray tiene un encuentro con una jovencita. Toma fotografías y éstas aparecen en la prensa con el consiguiente escándalo. Poco después la cosa se complica cuando una mujer que afirma ser la verdadera Sra. Mulwray se presenta en el despacho de Gittes dispuesta a denunciarle. Además Mulwray aparece asesinado en las obras de la presa que se pretende construir. Gittes decide investigar el crimen y se entera de muchas más cosas de lo que esperaba. Descubre un plan fraudulento para adquirir terrenos económicos de secano, llevar agua allí y revenderlos a un alto precio. En 1937, Los Angeles pasa por una angustiosa carencia de agua potable. Inexplicablemente, las reservas de los depósitos sufren mermas cada vez más cuantiosas, que no se ajustan al gasto real de los mismos. La alarma salta a primer plano en el departamento de agua y electricidad del municipio, cuyo ingeniero jefe, Hollis Mulwray, sospecha que estos vertidos fraudulentos son una medida de presión llevada a cabo por un grupo de contratistas a los que Mulwray ha echado abajo el proyecto de construcción de una nueva presa que, según ellos, asegura el abastecimiento a la gran ciudad, aunque el ingeniero tiene la evidencia de que son distintas sus intenciones. Mulwray se opone a la construcción de la presa del Alto Vallejo, por sus escasas ventajas y por los desastres que puede ocasionar.
Gittes no tarda en descubrir que la mujer no es su esposa Evelyn, sino Ida Sessions, que ha sido contratada a su vez por el ingeniero Yelburton, para echar a Mulwray de su puesto y poder así construir la presa. El plan está orquestado por el propio padre de Evelyn y socio de Hollis, Noah Cross. Todo se complica cuando Gittes descubre que, en plena sequía, alguien abre los aliviaderos y deja que se pierdan grandes cantidades de agua. A pesar de las presiones a las que se ve sometido, Gittes decide continuar con su investigación, a la vez que entabla una pasional relación con Evelyn.
“Chinatown” podría haberse alzado con numerosos Premios Oscar, pues estaba nominada a 11 de ellos. Su problema fue que se enfrentó a una fuerza de la naturaleza llamada F.F. Coppola y a la segunda parte de “El Padrino”. Pero si la cinta de Polanski hubiera vencido a ésta, nadie podría haberse rasgado las vestiduras. Su único Oscar, para el guión de Robert Towne (que escribió, sin acreditar, una secuencia crucial en la primera cinta de los Corleone), guión que ha sido elegido por especialistas y escritores de cine como uno de los más perfectos del cine norteamericano.



Un guión que propone un relato de época (ambientado en los años 30) y una investigación criminal inspirada (como aseguraba el propio Polanski) más en la literatura negra que en los films de ese género que, precisamente, entre los años 30 y 50, tanta y tan notable presencia conocieron en el cine norteamericano. Los referentes de Polanski, por tanto, no son tanto Hawks o Lang, como Hammett y Chandler. En ese sentido, el cinéfilo Polanski no tiende a la mímesis ni al homenaje, sino que se posiciona tras la cámara con una mezcla de humildad y descaro juvenil, dispuesto a superar a algunos maestros. Pues definitivamente lo consiguió, pues mientras otros grandes cineastas abrieron las ventanas futuras que hacen posible este “Chinatown”, el polaco Polanski se adueña del género sin someterse a él.
Y se adueña de él adoptando, con una escrupulosidad ascética, el punto de vista del detective hasta en los más mínimos detalles. No sólo la totalidad de las secuencias están protagonizadas por Gittes, sino que la puesta en escena, así como el relato en última instancia, es un estudio de la mirada. La mayoría de las escenas comienzan con su punto de vista (falso, o auténtico o ambos) y muchas de ellas mantienen ese punto de vista o vuelven a él. Mejor dicho lo que ve la cámara, el espectador, es tal cual lo que ve Gittes, y si luego ese plano panoramiza, puede hacerlo al rostro del detective para luego volver a convertirse en su mirada. Para ello se hizo uso, casi en exclusiva, de un objetivo de 40 mm., cuya imagen es muy similar a lo que se supone percibe el ojo humano.
Pero acomete esta empresa sin cansar al espectador, sin abusar de este procedimiento narrativo, haciendo gala de una gran elegancia y criterio, colocando siempre la cámara a la altura de la mirada del personaje correspondiente, siempre muy encima de los actores. Si en “La Danza de los Vampiros” de 1967 seguía a sus cazadores de vampiros con la cámara en el hombro de los intérpretes, y en “El Bebe de Rosemary” sus planos se acercaban y se alejaban del rostro de los mismos a gran velocidad, aquí la ley (que rompe cuando quiere pero siempre por una buena razón) es otorgar prioridad a qué ve Gittes y qué obtiene con ello. Y una empresa estética de este calibre no hubiera llegado a buen puerto sin un operador soberbio como John A. Alonzo.
Este director de fotografía, ya fallecido, logró su cumbre con la luz que creó para esta cinta, que ha sido elegida por sus colegas de profesión en numerosas ocasiones como una de las fotografías más bellas y exquisitas de la entera historia del cine, por su insuperable riesgo formal y dificultad de ejecución. Pero no es una fotografía preciosista o que busque llamar la atención sobre sí misma (como ocurre a veces en este género), sino contenida y sutil, basada casi en su totalidad en fuentes de luz naturales. Además, el fabuloso diseño de producción de Richard Sylbert (una leyenda de su oficio, también fallecido) potencia esos tonos amarillos y ocres que hacen del aspecto de esta cinta algo tan inquietante y tan realista.



Y, para colmo, redondeamos la aportación de los más estrechos colaboradores del director (fotografía, diseño de producción y ahora música) con la soberbia música que el genio Jerry Goldsmith compuso a tal efecto. Una música cuya delicadeza y languidez es clave para situarnos, ya incluso en los créditos, con la debida disposición anímica. La trompeta de Goldsmith parece hablarnos de un mundo de gran riqueza material, pero de absoluta pobreza interior. También de la fatalidad del destino, de la imposibilidad de olvidar y superar el pasado. Pero ante todo transmite una indescriptible melancolía.
El problema del agua es el fondo de la cuestión, claro. Una investigación que comienza como una banal historia de celos y de matrimonios problemáticos y que acaba derivando en un caso de grandísima complejidad e importancia social. En un principio el protagonista (interpretado con gran variedad de registros por el gran Nicholson) no es más que un investigador enriquecido con las miserias de los demás. Pero pronto descubriremos que es un tipo bastante noble, dispuesto a llegar hasta el final, porque sabe que se cosen asuntos muy importantes que, sólo por casualidad, le han convertido en marioneta ocasional, en un instrumento más para la consecución de ambiciosos objetivos.
Pero Gittes, aunque inteligente y capaz, se verá en todo momento desbordado por los acontecimientos y la enmarañada red de personajes e intereses, de víctimas y verdugos. En un principio, genial idea, casi pierde la nariz (una metáfora de la capacidad “olfateadora” del investigador) por meterla en temas demasiado grandes, y al final no podrá creerse cuántas atrocidades pueden cometerse para “comprar el futuro”, y cuánta falta de humanidad tienen algunos seres humanos. No es esta una cinta “para pasarlo bien”, sino para enfrentarse a la cruda realidad, para constatar que el diablo es muy terrenal, y que su genio es incuestionable. Tiene Polanski la mirada amarga y sombría, pero al menos puede crear belleza con ella. Eso nos queda.
Noah Cross (inconmensurable John Huston, en el papel de su vida) da vida a uno de los personajes más abyectos y luctuosos del cine americano. Pero ya se sabe, lo hermoso se encuentra más puro encerrado en lo terrible. Y Polanksi no escatima esfuerzos en viajar a un infierno metafórico, carente de agua y de sentimientos, que junto con el “infierno cotidiano” de “El Bebe de Rosemary” forma un díptico insuperable, y las únicas dos cintas netamente norteamericanas del director. Pocos directores norteamericanos pueden alcanzar en toda una carrera, esta calidad. El pequeño polaco acertó plenamente, con talento de maestro, en dos de dos ocasiones.



Estamos ante un homenaje increíble al cine negro americano de los años 30. Cuando vemos al detective Gittes, nos acordamos sin querer de Sam Spade o de Philip Marlowe. En los años 30 la sociedad americana estaba en plena depresión y los negocios turbios estaban a la orden del día. Las tramas se desarrollaban en barrios oscuros llenos de ambición, miedo y traiciones. Los personajes escondían debilidades y miedos que condicionaban sus vidas. La historia, como debe ser, es típica del cine negro: detective envuelto en un caso turbio, chica guapa misteriosa, corrupción, pasiones y poder. Es francamente pesimista y oculta en su interior una profunda violencia, que culminarán en la escena final. Pero además de violencia, lo que más trasciende una vez la has visto, es la sensación de impotencia. No hay nada que hacer, estamos en Chinatown o estamos en este mundo imperfecto donde siempre ganan los poderosos.

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