viernes, 10 de junio de 2011

CAPITULO 102: THE BAD AND THE BEAUTIFUL - CAUTIVOS DEL MAL (1952)




El productor Harry Pebbel (Walter Pidgeon) invita a su despacho a la actriz Gloria Lorrison (Lana Turner), al director Fred Amiel (Barry Sullivan) y al guionista James Lee Bartlow (Dick Powell) para proponerles trabajar juntos en un nuevo proyecto de Jonathan Shields (Kirk Douglas), el dominante jefe del estudio con el que los tres han tenido diversos conflictos profesionales y personales.
Obra maestra de Vincente Minnelli; que aborda el tema de las relaciones de poder en el seno de la industria cinematográfica sumando drama y romance, empleando una óptica cí­nica y cáustica en la representación de una tipologí­a de caracteres muy significativa en el entramado de Hollywood: la gran estrella glamorosa, el director de éxito y el prestigioso guionista, terceto confrontado con un despótico productor, construido en base a las personalidades de Val Lewton, David O. Selznick y Darryl F. Zanuck. La cinta está estructurada en varias historias concéntricas en torno a la figura de un productor sin escrúpulos y su estupendo guión sabe sacar partido a la idea de la ambigüedad de dónde está el bien y el mal gracias a una inspirada realización que desentraña con más cariño que crítica el negocio del cine y los hilos que lo mueven.
La combinación de dramatismo y referencias a personajes famosos del cine confieren a la cinta una frescura y una intensidad que Minelli aprovecha con maestría y buenos resultados. Se incluye referencias al cine de serie B, al cine de monstruos, al cine de terror, a los westerns de bajo presupuesto, a las superproducciones mejicanas, etc. Se denuncian el culto a las falsas apariencias -esa ceremonia fúnebre con figurantes de pago- , el presumir de poder económico, la hipocresía, el abuso de poder, etc. La estructura narrativa descansa en una serie de “flashbacks” que van definiendo y diseccionando desde diferentes perspectivas la psicologí­a y manera de actuar del personaje central, confluyendo en su desarrollo materias como la megalomaní­a, la competitividad, la injerencia, la ambición o la ética.
Rodada en blanco y negro, con un presupuesto de millón y medio de dólares de la época, es un proyecto menor, pero con un gran reparto, que ganó 5 premios Oscar de la Academia (Mejor Actriz de Reparto, Mejor Guion, Mejor Dirección Artística en blanco y negro,  Mejor Fotografía en blanco y negro y Mejor Vestuario en blanco y negro) y fue nominada a otro mas (Mejor Actor Protagonista). Minnelli logra que Lana Turner estuviera espléndida en el film, y marca el comienzo de su fructí­fera colaboración con Kirk Douglas. Las interpretaciones de todo el reparto son excelentes. Kirk Douglas ofrece un recital interpretativo de nivel que, con alguna sobreactuación bien dosificada, contribuye a dar profundidad al drama. Por otro lado, la siempre hierática e inexpresiva Lana Turner está soberbia -como presencia escénica e incluso como actriz-. El resto del reparto hace que el film sume, destacando a Gloria Grahame.
“Cautivos del Mal” comienza con tres teléfonos diferentes sonando, cuyas llamadas son rehusadas por los tres destinatarios de las mismas. Uno de ellos, incluso, se permite mandar al cuerno a su interlocutor. De inmediato, vemos a los mismos tres personajes entrando en una gran mansión al estilo de Hollywood, presidida por un anacrónico y extemporáneo escudo nobiliario de la ¿familia? Shields. Han sido convocados por un productor que intentará convencerles de que vuelvan a trabajar con alguien al que conocieron, respetaron y hasta admiraron en el pasado, pero al que al que ahora odian y desprecian hasta límites insospechados.



A través de tres majestuosos flash backs sabremos cómo fue la relación de Jonathan Shields, primero, con el director Fred Amiel. Después, con la actriz Georgia Lorrison (interpretada por una bellísima Lana Turner) y, finalmente, con el guionista James Lee Bartlow.
Al principio de la historia, Shields y Amiel son jóvenes, vitalistas, valientes y desprejuiciados. Filman mucho y filman barato. Y filman bien. Hacen un buen equipo. Hasta que el director le sirve al personaje magníficamente interpretado por un portentoso Kirk Douglas un precioso guión. En bandeja de plata. Es la adaptación de uno de sus libros de cabecera, en la que ha trabajado mucho tiempo. Con la pasión desaforada y la ilusión salvaje de quiénes no tienen nada que perder, entre los dos ponen en marcha el proyecto. Pero cuando consiguen venderlo a un estudio, Shields no dudará en firmar un contrato por el que la película sería dirigida por otra persona más veterana.
Lo de Georgia es peor, si cabe. Tras el éxito cosechado con la película “birlada” a su amigo, Shields se empeña en rehabilitar a uno de esos frecuentes juguetes rotos de Hollywood: la hija de un famoso cineasta que ha heredado, además de su pasión por el cine, su gusto por la bebida. Le hace una prueba, convence a todos de que la contraten y, cuando ve cómo se desmorona, simula estar enamorado de ella para llevarla con riendas firmes durante la filmación de otra de las películas que le terminarán aupando al Olimpo de los Dioses.  Shields, un odioso manipulador que no dudará en arrojar a la esposa de un prometedor guionista a los brazos de un galán para que deje de molestar e interrumpir el trabajo de su marido. Una relación que acabará teniendo funestas consecuencias.
Minnelli se muestra particularmente orgulloso de una escena, que repetirá diez años después en “Dos Semanas en otra Ciudad” de 1962, la cinta en gran medida paralela a ésta, también producida por Houseman, escrita por Charles Schnee y protagonizada por Kirk Douglas, sobre el trabajo de un grupo de hombres de cine norteamericanos en decadencia en Roma. Es aquélla donde Georgia Lorrison, tras el apoteósico estreno de su cinta, va a casa de Jonathan Shields a buscarlo, lo encuentra con otra y se vuelve desesperada en su automóvil envuelta en llanto y lluvia. Rodada en dos impecables y complejos planos, con el automóvil situado sobre una plataforma móvil, mientras la cámara se mueve a su alrededor, está concebida como un ballet y supone una gran novedad.
“Cautivos del Mal” no sólo es un excelente melodrama, posiblemente el mejor film de Minnelli, sino también un interesante documento sobre Hollywood y su manera de hacer cine. El trabajo del productor, el director, el guionista, los actores, queda muy claramente definido. Se ve cómo trabajan sobre los guiones, eligen el reparto, arreglan problemas de decorados y vestuario, ruedan diferentes escenas, ven proyección de ellas, para conseguir pelí­culas acordes con el lema “Non. Sans. Droit” del anagrama de Shields Pictures, Inc.



Estructurada en tres “flashbacks”, subrayados por las correspondientes voces en “off” de los tres puntos de vista que encierran, más un prólogo y un epí­logo que le dan un tono simétrico, se sitúa en la lí­nea que va de “La Malvada” de 1950 a “Carta a Tres Esposas” de 1949, de Joseph L. Mankiewicz. A pesar de tener unos diálogos tan brillantes como aquéllas, no está tan apoyada en ellos, la imagen tiene una mayor importancia y además juega con mucha audacia con el tiempo al desarrollarse cada “flash-back” en un instante. Cada uno de los tres “flash-back” define la personalidad de su narrador, da su versión de la de Jonathan Shields, introduce algunos elementos para el desarrollo del siguiente y también constituye el sucesivo escalón dramático. Una moderna y perfecta estructura que Minnelli aprovecha con gran habilidad para dar una nueva faceta de su caracterí­stico héroe soñador que hace todo lo posible para hacer realidad sus sueños. Con la diferencia de que en esta ocasión, por centrarse la historia en el mundo del cine, es un ambicioso que no duda en aprovecharse de los demás para conseguirlo.
Rodada en largos planos, a veces en complejos planos-secuencia con múltiples movimientos de cámara, “Cautivos del Mal”, narra también tres historias de amor muy diferentes. La feliz del realizador Fred Amiel con su mujer Kay (Vanessa Brown), la infeliz de la actriz Georgia Lorrison con el productor Jonathan Shields y la trágica del guionista James Lee Bartlow con su mujer Rosemary, pero sin subrayarlas, dejándolas en un efectivo segundo plano. Además Minnelli sigue insistiendo en su teorí­a de que los decorados reflejen la personalidad de los personajes, algo que en esta ocasión queda especialmente claro en el santuario creado por Georgia Lorrison a la memoria de su padre. La actuación de Kirk Douglas es extraordinaria.
“Cautivos del Mal” es una cinta bien narrada, bien fotografiada (Robert Surtees) y bien ambientada, al viejo estilo de Hollywood, justo en aquella época donde estaba de moda contar historias sobre el bello sueño americano inspirado en Holywood. Todaví­a recordamos a Jonathan Shields (Kirk Douglas), aquel productor de raza en sus duros inicios, cuando tras la muerte de su padre Hugo Shields, un famoso productor arruinado, tuvo que reinventar la depauperada productora Shields, asociándose con aquel otro productor ejecutivo Harry Pebbel (Walter Pidgeon), buscando las tres figuras claves del éxito cinematográfico; el director, la actriz (y/o actor) con nombre, y el guionista que le proporcionaran el emblema mágico del éxito, fenomenalmente reflejado en aquella consigna que no paraba de repetir a sus empleados; “…no quiero conseguir alabos de mi obra, sólo necesito hacer films que acaben con un beso y que me reporten grandes beneficios…”.
Y cómo posteriormente irá desmarcándose de las promesas e intenciones iniciales, dejándose llevar por sus agresivas intuiciones y altivo carácter… haciendo las cosas a su manera y sin tener en cuenta los intereses y motivos de los demás… llegando incluso en un alarde de soberbia a jugar el papel de director de sus propias cintas y sintiéndose frustrado por el resultado… saboreando las mieles del triunfo y finalmente, escupiendo las heces del fracaso, la soberbia y el olvido en forma de indiferencia.
Tres relaciones entre lo personal y lo profesional. Tres traiciones. Tres eslabones en la escalera hacia el cielo que Shields fue esculpiendo… y por la que paradójicamente también escalaron, a su rebufo, las tres personas que le ayudaron en su empeño y que quedaron tiradas, apartadas, como colillas usadas.
Porque director, actriz y guionista, tras su relación con el maquiavélico personaje interpretado por Douglas, ganarían varios Óscar y Pulitzer, entre otros galardones. Porque Shields era un villano, un manipulador y un traidor, pero también era un trabajador infatigable, apasionado y adicto al cine. Un genio.



“Cautivos del mal” es para el crítico Carlos Boyero: "Una de las diez mejores películas de la historia del cine. (...) Es una película en la que todo funciona a la perfección, con aroma, con un privilegiado sentido del cine." Y es una de las cintas que mejor permiten apreciar al espectador el importantísimo papel que juegan los productores a la hora de filmar una cinta: para qué sirven, qué hacen, qué papel desempeñan.
El final de la cinta, abierto, es uno de esos finales grandiosos de Vicente Minelli, cargado de poesía y posibilidades. Una película que sirve como exorcismo, como ajuste de cuentas del director para con un mundo que tiene que ser tan excitante como exigente, duro y descarnado.
En cualquier caso una maravillosa cinta sobre los misterios de aquel Hollywood sobrevalorado, donde detrás de bambalinas habí­a tanta miseria disfrazada de hipocresí­a como en cualquier otro campo más profano y menos glamuroso. La música envuelve y eleva los recurrentes estallidos de dramatismo, y la fotografía, de Robert Surtees en blanco y negro, aporta un estupendo trabajo de cámara y una narración realista, sincera y austera, aderezada con acertados toques de humor visual.
Por todo esto “Cautivos del Mal” es un clásico incontestable de los años 50, en el que quizás un poco más de acidez y espíritu crítico no hubiesen venido mal, pero que pese a todo es visualmente esplendorosa y argumentalmente apasionante. Con todo una obra imprescindible, fácil de ver y apenas sin fisuras de comienzo a fin. Todo un ejemplo del mejor cine de los estudios americanos de la época y prueba indiscutible del gran talento de Minelli en el género melodramático.

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