miércoles, 8 de junio de 2011

CAPITULO 100: ALIEN - ALIEN: EL OCTAVO PASAJERO (1979)






El estilo visual que despliega Ridley Scott en sus cintas es incuestionable (no en vano, se trata de un publicista nato). Sin embargo, esto no es suficiente como para considerar a un director como autor. Scott es dueño de un estilo visual preciosista, que en “Alien: El Octavo Pasajero” se reforzó gracias a un presupuesto holgado. Lo que en su opera prima era un cúmulo de meditada belleza a partir de grandes exteriores e iluminados paisajes, en “Alien: El Octavo Pasajero” se convertía en el terror claustrofóbico y biomecánico de una nave espacial. Existen artesanos con estilo, como Carol Reed o Michael Curtiz; y en el caso de Ridley Scott, está claro que pertenece a esa raza de directores que, aun careciendo de obras personales, han sido capaces de realizar cintas con cierta impronta autoral dentro del sistema industrial. Y es que, como sucede con “Blade Runner”, “Alien: El Octavo Pasajero” es una obra colectiva que se beneficia del buen trabajo de un equipo creativo excelente. Los diseños de Giger, la participación del dibujante de cómics Moebius, la influencia en el guión de Joseph Conrad, etc. conformaron un material que Ridley Scott supo orquestar magistralmente.
Ridley Scott nunca estuvo tan inspirado en la utilización de los espacios y la atmósfera, logrando plasmar un ambiente de opresión único, que estrangula poco a poco, primero a los personajes y con ellos al espectador —la hazaña la repetiría en “Blade Runner” de 1982 aunque con fines totalmente diferentes—; Scott sacaba el máximo partido a su obsesión por la estética, convirtiendo una nave espacial llena de silenciosos y metálicos pasillos en un laberíntico paisaje de horror. Por supuesto nada habría sido lo mismo si Scott no hubiese contado con la inestimable colaboración en el campo de diseño del film, de gente como Moebius, y sobre todo H.R. Giger, quien se encargó de crear al alienígena más famoso de la historia —al lado de Superman y E.T., evidentemente—, convirtiéndolo en algo más que eso, en la representación de nuestros miedos a lo desconocido, una criatura ausente de sentimientos, que se adapta a cualquier ambiente con el único interés de sobrevivir, una forma de vida perfecta.
La historia de “Alien: El Octavo Pasajero” es muy bien conocida: una nave espacial de comercio, llamada ‘Nostromo’ —en lo que es un homenaje de Scott a la famosa obra de Joseph Conrad— varía su rumbo de vuelta a la Tierra para acudir a lo que parece una llamada de socorro que proviene de un planeta. Allí darán con una sorpresa que hará que varias de las secuencias posteriores al encuentro hayan quedado grabadas en la memoria colectiva, convirtiéndose por derecho propio en algunos de los momentos más impactantes de la historia del Cine, dentro del género de terror. Porque “Alien: El Octavo Pasajero” es, sobre todo, una cinta que se sumerge en la misma esencia del miedo; a través de una historia vestida de Sci-Fi, se alimenta el sentimiento general del temor a lo desconocido.
La historia desarrollada en “Alien: El Octavo Pasajero” funciona con la precisión de un reloj suizo. El crescendo dramático funciona a la perfección, empezando con la descripción de una nave espacial, definiéndola en cada uno de sus rincones y a cada uno de sus siete tripulantes, seguida de dos puntos de inflexión muy importantes: la aparición de una nave extraterrestre, seguida de la del inesperado visitante. A partir de ahí, el film acentúa sus sombras, los tranquilos pasillos de la nave se convierten en la morada del Alien, aparece el horror en su pura esencia, culminando en dos clímax inolvidables. Uno sería el propiamente dicho, el de la explosión de la Nostromo, y el segundo —que casi parece un anticlímax—, lo sucedido posteriormente en el vehículo auxiliar, en la que Scott consigue lo que el espectador pensaba evitaría: el enfrentamiento real al miedo en sí mismo. Ripley se desnuda tanto física como psicológicamente, y queda prácticamente indefensa ante el Alien, una terrorífica secuencia de connotaciones sexuales, que lleva al espectador al límite. Y todo ello con las notas de Jerry Goldsmith, que estampan el horror en nuestros oídos.





Los actores logran sacar de sus aparentemente planos personajes, matices que los visten y logran que nos importen, a pesar de que Scott mantiene cierta distancia sobre ellos, una frialdad tal vez influenciada por Kubrick y su “2001: Odisea del Espacio” de 1968, film que según palabras del propio Scott, tuvo muy presente a la hora de realizar “Alien: El Octavo Pasajero” —las otras dos fueron “La Guerra de las Galaxias” (1977, George Lucas) y “Masacre en Texas” (1974, Tobe Hooper)—. Tom Skerritt, como Dallas, que protagoniza una de las escenas de mayor tensión del film, la de los conductos de ventilación; John Hurt, como Kane, el padre del Alien; Veronica Cartwright, como Lambert, actriz que demuestra una vez más que llora como nadie en pantalla —lo lleva haciendo desde que hizo su debut en “Los pájaros” (1963, Alfred Hitchcock)—; Harry Dean Stanton, como Brett, y Yaphet Kotto, como Parker, representan el aspecto social del film, en el futuro los problemas de contratación, las diferencias entre trabajadores y la empresa, siguen vigentes. Ian Holm, como Ash, fascinante personaje que desvela su verdadera cara en un momento que parece gore puro. Y cómo no, una excelente Sigourney Weaver, en su primer papel importante en una cinta, como Ripley, personaje en principio pensado para un hombre —incluso se pensó en Paul Newman para interpretarlo—. Y un precioso y observador gato, detalle en el que no debieron fijarse los encargados de titular la cinta en nuestro país, ya que por el minino el film tendría que haberse titulado “Alien: El Noveno Pasajero”.
En el 2003, Ridley Scott cayó en una nueva tentación de retocar una de sus cintas, recuperando parte de metraje desestimado en 1979, mostrando algunas cosas que en el momento de su estreno se consideraron demasiado explícitas, como por ejemplo, el descubrimiento por parte de Ripley, de Dallas y Brett, en el tramo final del film, instante tan impactante —James Cameron lo aprovecharía en la secuela, “Aliens: El Regreso” de 1986, como innecesario. Dicho descubrimiento tapa la sensación de suspenso de cara a un espectador que siempre se preguntó cuál fue el destino de Dallas. Ahora, tanta obviedad esconde parte de las intenciones del film: transmitir el miedo por lo desconocido. Dos o tres secuencias más, un par de planos aquí y allá, uno de ellos imperdonable al mostrar al Alien en todo su esplendor. Si hay un acierto en el tratamiento de la criatura por parte de Scott, ése es precisamente no mostrarla más de lo debido, consiguiendo un efecto que se estropea un poco en el mencionado montaje.

Aún así es imposible empañar la calidad de “Alien: El Octavo Pasajero”, film cumbre en el género de terror y la Sci-Fi. El miedo trasladado al espacio, ese lugar tan alejado, y al mismo tiempo atrayente y desconocido. Scott no volvería a adentrarse en el terror como aquí, y sólo una vez más en la Sci-Fi, con resultados igualmente satisfactorios. Ahora que su nombre ya está confirmado para dirigir la precuela de esta mítica cinta, veremos nuestros deseos cumplidos de volver a ver a Scott metido en el terreno que le dio la condición de grande.
Alien: El Octavo Pasajero” fue el primer trabajo en Hollywood para Ridley Scott. Seguramente este gran film no habría existido, si once años antes Stanley Kubrick no hubiese estrenado “2001: Odisea del Espacio”. Ambas cintas conseguían ofrecer un cine de ciencia-ficción bañado de una temática que —por calificarlo de alguna manera— podríamos definir como más adulta. “Alien: El Octavo Pasajero” retoma de su precedente la perfección técnica, que consigue hacer creíble y verosímil todo lo que vemos, y un guión poco dado a los desbarres de cómic más increíbles —el hecho de que el Alien sea un ser mutante, capaz de tomar diferentes formas y tamaños podría ser uno de ellos; aunque a la postre se trata de uno de los mejores hallazgos del film por la dosis de suspenso que proporciona al film— que, en contrapartida, se convertía en un cauce para la reflexión del ser humano en relación a su futura evolución. De hecho, una de las lecturas finales de Alien, muy evidente además, es una amarga denuncia de un sistema de explotación capitalista que desprecia la vida humana, una acusación directa a una compañía que guiada por sus intereses no vacila en arrastrar a la muerte a la tripulación del "Nostromo".





El argumento, ya un clásico, narra la trágica historia de la astronave mercantil Nostromo (nombre elegido por Scott en honor a su admirado Joseph Conrad), quienes reciben lo que parece una llamada de auxilio de un desconocido planeta. Una vez allí­, encuentran los restos de lo que parece una nave aliení­gena, donde uno de los tripulantes es infectado por un extraño parásito. El infectado se repone para poco después morir al dar a luz a una repulsiva criatura que ha gestado en su interior, la cual rápidamente crece en tamaño y ferocidad. Pronto descubrirán que todo obedece a un complot de la corporación para la que trabajan, que busca hacerse con la criatura, quien comienza a liquidar uno por uno a los tripulantes, hasta que sólo la oficial de vuelo Ellen Ripley puede plantarle cara.
La trama no es excesivamente original. Sin embargo, este argumento, puesto en manos de uno de los equipos de profesionales más talentosos del séptimo arte, y ejecutado por un reparto soberbio sin excepción (todos ellos dirigidos al uní­sono por la talentosa mano de Scott) da lugar a uno de los puntales del género que gracias al tono realista (pese a lo fantástico del asunto) con el que está tratada la trama y los personajes, atrapa al espectador colocándole en el pellejo de los aterrados tripulantes de la Nostromo, beneficiado este hecho por el motivo de que el pánico mostrado en pantalla tampoco era del todo fingido. Esto último obedece a que, hasta llegar al rodaje, el director procuró que cuanto menos supiese el reparto de la criatura, mejor. El más claro ejemplo de esto lo supone la escena del alumbramiento del Alien, en la que el reparto (exceptuando claro está a John Hurt, sufrido padre de la criatura) llegaron al plató sin una idea clara de lo que iban a ver. El sobresalto que se llevaron los actores al ser testigos del parto fue tan grande como efectivo, lo cual se trasladó al espectador.
Casi toda la acción del film transcurre en los pasillos de la nave comercial "Nostromo" y viene a describir el encuentro de siete individuos con el terror más absoluto. Un pánico que, si bien se encarna en el Alien, parece emerger de dentro de ellos mismos, como una vivencia interior que tan bien expresara Joseph Conrad en sus obras —y a quien el film homenajea con el nombre de la nave comercial—. Para Joseph Conrad, la aventura era ante todo una odisea interior, una trágica proyección del hombre perdido en el misterio de un mundo inescrutable, que lo arrebata en una búsqueda desesperada del ser y lo coloca, generalmente, ante la muerte y la frustración. Los héroes de Conrad viven casi siempre en el mar o en las islas de los archipiélagos asiáticos, pero esos escenarios no suelen ser connotaciones ambientales pintorescas, sino la última línea de un vagabundeo existencial. Todo en la cinta se dirige a este propósito. La mezcla de miedo metafísico, de angustia del hombre ante las coordenadas infinitas del tiempo y el espacio, se unen al más nauseabundo e instintivo provocado por el Alien.




Ya se ha apuntado anteriormente, pero conviene insistir en que uno de los pilares de la cinta reside en los decorados. Ideados por Moebius, Giber y Cobb, rompen con la concepción aséptica de otras cintas para crear un espacio recargado y barroco, poblado de cables y objetos. Un espacio que, en ocasiones, se encuentra a medio camino de la biología y la mecánica, como sucede en la nave del extraterrestre. Los protagonistas se mueven a través de una nave muy funcional en su cabina de mando pero la nave va pareciéndose cada vez más a un garaje abandonado a medida que uno se acerca a la zona de mantenimiento y la sala de máquinas. Será precisamente a través de los conductos del aire donde se esconda y se mueva el Alien.
Un aspecto magnífico de “Alien: El Octavo Pasajero” es el uso que Scott hace de la banda sonora. Ésta, con una cantidad y calidad de canales excepcional, utiliza diferentes tipos de música y, sobretodo, sonidos que tienen sentido por ellos mismos y que participan y hacen participar en la acción. Está claro que toda gran obra, y este film lo es, trasciende su significado más allá de los ideado por su creador —quizás en el caso que nos ocupa sea mejor hablar de "creadores"—. Una línea de análisis que ha cogido fuerza en los últimos tiempos es la de ver “Alien: El Octavo Pasajero” como un mito de la iniciación femenina. En este sentido, la saga, mostraría la función procreadora femenina como un fenómeno parasitario mortal que amenaza a la humanidad, mientras que la protagonista, la teniente Ripley, es una heroína redentora que vive una aventura comparable a un mito iniciático. La lucha entre el Alien y Ripley simbolizaría el combate entre la mujer y su función reproductora, exteriorizada y convertida en monstruo, y funciona como una alegoría de la iniciación femenina.
El film, complementado por la inquietante partitura de Jerry Goldsmith, se estrenó en mayo de 1979 con gran éxito de crí­tica y público en todo el mundo, recaudando 40 millones en EE.UU. y unos 100 a lo largo y ancho del globo, y recibiendo un merecido Oscar a los mejores efectos especiales. ¿Nos hemos preguntado qué harí­amos si realmente existiera un ser completamente monstruoso y nos encontráramos con él cara a cara? ¿Nos serí­a suficiente gritar y correr, o nos conformarí­amos con cerrar los ojos para no ver cuán horrible es y lo que serí­a capaz de hacernos? Es decir, nos podrí­amos encontrar con un ser tan diferente a todo lo que hemos visto, que su presencia nos serí­a totalmente increí­ble. Tan espeluznante es, que definitivamente no darí­amos crédito a lo que ven nuestros ojos.

1 comentario:

  1. Para mí, lecturas como estas enriquecen más la experiencia de amar películas como Alien.

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