lunes, 30 de mayo de 2011

CAPITULO 91: FULL METAL JACKET - NACIDO PARA MATAR (1987)






¿Quién no ha oído hablar siquiera de esta cinta? ¿Quién no ha visto el casco que aparecía en la portada con ese mensaje que rezaba "Nacido para matar" bajo el símbolo de la paz?. No estamos hablando de una cinta de guerra al uso. Ni siquiera de una más dentro de la extensa filmografía bélica de nuestra larga historia del Cine. Basada en un libro de Gustav Harford, The Short Timers, en la cual el autor narra sus experiencias durante su proceso preparatorio para ser Marine de los Estados Unidos y a la par, ser moldeado para acudir como un soldado más a la guerra de Vietnam. La única parte común entre el libro y la cinta es el principio. Quizás la parte más recordada es precisamente ésta en la que el sargento Hartman (Lee R. Ermey, un ex-militar reconvertido a actor) instruye, por llamarlo de alguna manera, a sus pupilos durante unos apasionantes seis minutos en los que la moral y la integridad de cada uno de los reclutas queda más que en entredicho. Resulta tremendamente impactante ver esta escena mientras Kubrick nos deleita con uno de sus travelling inversos, al que tanto estamos acostumbrados los que hemos visionado detenidamente sus cintas. Llega a resultar tan impactante que hasta nuestra propia dignidad parece ser atacada cuando el querido sargento se ensaña con cada uno de los que osan hacer algo que va en contra de sus dictámenes. Efectivamente aquí, en esta misma escena, podríamos estar todos incluídos. “Nacido para Matar” está dividida en dos segmentos principales: por un lado tenemos el férreo entrenamiento de los jóvenes marines y por otro lado tenemos la devastadora experiencia en el campo de batalla. Una cinta que demuestra que "En Vietnam el viento no soplaba, apestaba".

Si la violencia es un tema constante en el cine de Kubrick, “Nacido para Matar” aborda el tema de la violencia en su forma más acromegálica e institucionalizada: la guerra. Pero no es ésta otra cinta en la que se retrate el calor pegajoso de la selva vietnamita. Muy al contrario, y muy en la línea de su director, las imágenes son más bien asépticas, se aprecia un orden considerable tanto en la planificación visual, como sonora, como en el montaje, y si uno está atento, puede percibir claramente el sentido coreográfico de su autor (sobre todo en las secuencias de batalla). Nada de batiburrillos reflejando el caos en el que se convirtió la participación americana en Vietnam. Caos no sólo por la incombatible guerra de guerrillas, sino asimismo por la falta de claridad en el objetivo, aspecto presente en la cinta. Mientras la mitad de América creía que estaban en Vietnam ayudando a mantener las reglas del mundo libre en el Sureste asiático, la otra mitad (en ese rasgo aislacionista tan americano), no entendían que se les había perdido allí, ni mucho menos por qué tantos soldados americanos no voluntarios, estaban muriendo en un país del que casi no se sabía ni en qué parte del mapa estaba (fue esta guerra el punto que marca la profesionalización de los ejércitos del mundo).





La dualidad es por lo tanto un factor muy presente en la cinta. Dualidad sobre la propia guerra, porque allí donde hay un enfrentamiento, hay seres humanos creyendo que luchan por una causa justa, pero al mismo tiempo hay un absurdo inherente al propio conflicto. Y no son pocas las secuencias dedicadas a reflejar ese absurdo. La última parte del metraje en la que el grupo de soldados protagonistas se enfrenta a un franco-tirador oculto ante el que van cayendo uno a uno, con la mayor impotencia, es un buen ejemplo de ello. Y dualidad al mismo tiempo en el ser humano (visible en el propio cartel de la cinta), de la cual el recluta Bufón funciona como escaparate. Las personas son capaces de lo mejor y de lo peor, y a veces al mismo tiempo, y a veces sin que se que se pueda distinguir tampoco cuál es cuál.

El film está dividido en dos partes: la segunda desarrolla la presencia del recluta Bufón en Vietnam, y de cómo llegar a matar se puede llegar a traducir en un ejercicio de humanidad. También se emplea este segmento para reflejar distintas posturas de los soldados americanos allí destacados: el cínico, el psicópata, el que sólo quiere volver a casa, y el que cree en la causa que está defendiendo, todos ellos tratados, sin embargo, con la ternura del que asiste a una función escolar. Kubrick aniña en cierta manera a sus personajes y así los descarga de su responsabilidad moral. Porque el director quiere poner el énfasis en los altos mandos, que aparecen retratados como ignorantes máquinas de fabricar máquinas de matar. Son oficiales deshumanizados, muy del gusto de las modernas teorías que sostienen que los miembros del ejército nacen de coliflores y no de padres y madres como el resto de los miembros de la comunidad. Son personajes diferentes, diferenciados y a ellos se les responsabiliza de lo inhumano de una guerra.






De ahí que la primera parte de la cinta (la más potente), aquella dedicada al período de instrucción del recluta Bufón en los marines, recuerde tanto a otras obras como "Naranja Mecánica" de 1971, por lo que de distorsión de la persona tienen. Este acto está rodado con una pulcritud absoluta sin renunciar a la estilización propia del autor, también en los diálogos, todos ellos memorables. Es tan incomprensible a ciertas horas del día la preparación de estos marines, que la cinta goza de un humor subterráneo muy rayano en el absurdo. Sin embargo, más allá del chascarrillo filosófico, al llegar al metraje desarrollado en Vietnam, se llega a entender por qué otro tipo de preparación sería inútil y por lo tanto ridícula. En el recinto de instrucción, podemos contemplar a Vincent D'Onofrio, quien engordó 32 kilos para este trabajo, y en cuya cara podremos ver expresiones que ya vimos en el Malcolm McDowell de “Naranja Mecánica” y en el Jack Nicholson de “El Resplandor”.

A medida que va transcurriendo la cinta, vemos la progresión de todos los personajes, especialmente la del recluta Patoso (Vincent D’Onofrio) el cual acaba, llevado por la locura, con una solución más que drástica. Anteriormente, y como antecedente, la sesión de insultos sigue hasta extenuar a todos los reclutas. Algunos personajes van tomando cuerpo. Tal es el caso del recluta Bufón (Matthew Modine) o de Rompetechos, los cuales acabarán formando parte de un cuerpo de Prensa y fotografía escribiendo para una revista norteamericana llamada Barras y Estrellas.

Los surasiáticos casi no aparecen reflejados si no es para vender a sus mujeres para la prostitución, afición que parece que mantienen y a la que, según los periódicos, el público en general no le hace ningún asco y el asunto de despachos, drogas, repercusiones en USA, y vuelta a casa, simplemente no existen en “Nacido para Matar”. Como todas las cintas de Kubrick, no habla de un hecho en concreto, sino que accede a un plano de abstracción apoyándose en un hecho concreto. Todo el film mantiene una atmósfera espacial y distante, remarcado por la banda sonora original y para que se distinga lo que es un buen director, pese a incluir canciones pop/rock íntegras en el metraje, éstas no sólo no molestan, sino que potencian el sentido de todas y cada una de las escenas, unos años antes de que lo hiciera Tarantino.





La cinta, en su estreno en 1987, costó 17 millones de dólares. A los dos meses de su primera proyección, obtuvo 50 millones de recaudación en taquilla. Sin embargo, quedó eclipsada por Pelotón, sin embargo "Nacido para Matar" sólo obtuvo una nominación a los Premios Oscar de la Academia (Mejor Guión Adaptado). En los Globos de Oro, una merecidísima nominación al mejor actor de reparto a Lee Ermey por su impresionante interpretación.

Pero ¿qué es lo que hace diferente a esta cinta de las demás que se han hecho sobre Vietnam? Pues que mientras la sensación de las demás hacia la guerra es de horror y queda claro un mensaje de denuncia hacia las administraciones que introdujeron al país en semejante despropósito, "Nacido para Matar" emite un punto de vista mucho más objetivo y simplemente retrata a unos personajes dentro de un conflicto a la vez que vemos sus dispares evoluciones. Al final el espectador queda con una sensación de desconcierto ante la brutalidad de las escenas vistas.

Para finalizar, tenemos un contrapunto para el antimilitarismo de "La Patrulla Infernal" de 1957 en la que Kubrick retrata a unos inocentes en un mundo de locos, en un sinsentido que solo manejan unos cuantos poderosos, que para colmo, ni siquiera están en el campo de batalla. Haciendo un paralelismo, el espíritu de "Nacido para Matar" fue rescatado en 1998 para realizar la espectacular "La Delgada Línea Roja", por supuesto salvando las distancias entre la temática de cada una de ellas, su reparto y algunos aspectos técnicos. Pero el espíritu de denuncia y ese afán por desarrollar a un grupo de soldados dentro de una guerra es el elemento común.

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