sábado, 28 de mayo de 2011

CAPITULO 89: THE HURT LOCKER - ZONA DE MIEDO (2009)





Se puede afirmar que Kathryn Bigelow es una directora obsesionada por retratar la acción y la adrenalina. Especializada en encontrar en la acción todos los matices necesarios para reflejarlos con la máxima emoción en una historia cinematográfica. Y, a pesar de una trayectoria elogiable, con algún tropezón perdonable, parece que con su último trabajo, “Zona de Miedo”, ha logrado aproximarse con enorme acierto a transmitir pura adrenalina. Y lo hace con una historia simple, incluso breve, pero suficiente para hacer estallar momentos de gran y emocionante cine. Especialmente gracias a que se detiene en los detalles, rueda con nervio pero con aplastante precisión para transmitir una tensión inusual, y a un nivel como pocas veces estamos acostumbrados a ver en el cine.

Taquicárdica de principio a fin, milimétrica y precisa en sus intenciones y resultados, “Zona de Miedo” ilustra con excelencia su tesis de que la guerra también puede ser una droga para el hombre. En una de las escenas más significativas de este magnífico film, el sargento Will James (Jeremy Renner), tras una celebración con dos miembros de la compañía Delta, les muestra su particular baúl de los recuerdos: los ojos atónitos de sus compañeros contemplan una extensa colección de piezas de artefactos explosivos acumulados a través de su larga experiencia como artificiero; en palabras del propio James, “cosas que casi le matan”, incluido su anillo de compromiso. La secuencia, uno de los escasos descansos que ofrece la cinta de Kathryn Bigelow, aúna los conceptos que la directora introduce: la idea, insuflada por la sentencia inicial del periodista Chris Hedges («La guerra es una droga»), de una representación de la virilidad masculina que va más allá de todo lo previsto, haciendo de Will James un adicto a la adrenalina que sólo concibe su existencia dentro los perímetros de una posible onda expansiva; y la constatación de “Zona de Miedo” como un título apolítico pese a su contextualización en el Iraq de 2004, en palabras de A.O. Scott, retratando «hombres que arriesgan sus vidas cada día en las calles de Bagdad (…) y que están demasiado estresados, ocupados o preocupados por sobrevivir para hacerse preguntas sobre lo que están haciendo allí».

“Zona de Miedo” traslada el drama belico de Bigelow a Iraq, en una derivación bélica subyacente cuyo traslado implica también a una violencia fundacional de sus combatientes que remite a un lugar antaño ocupado por el western. Ya desde el prólogo, Bigelow demuestra un sentido extraordinario de la puesta en escena que se convertirá en elemento indispensable en la construcción de la tensión insostenible que recorre la cinta hasta su misma conclusión: la disposición de escenarios aislados pero vigilados desde la lejanía por las miradas curiosas y, en ocasiones, sospechosas; la alternancia de cámara en mano con precisos planos que determinan la ubicación de los personajes dentro de los círculos de riesgo; y la estética arenosa que se conjuga con un montaje que hace de los puntos de vista continuos puntos de conflicto, de apoyo del suspenso superlativo. Milimétricamente manufacturada, rodada con suma inteligencia y sobriedad, la cinta engarza uno tras otro escenario de desactivación de bombas que destacan individualmente, tanto por sus elaboradas circunstancias particulares (soberbia la escena de la desactivación del coche-bomba) como por la progresión dramática y estadios de los tres soldados sobre los que centra su foco de atención. El resultado global, lejos de acusar las repeticiones de contextos, la demuestra como ejemplar cinta de drama bélico mezclado con suspenso adrenalítico. En ese sentido, “Zona de Miedo” invita a una taquicardia constante, pero también a una inquietante reflexión posterior a su visionado.







Igualmente precisa en la construcción de sus personajes, la cineasta prescinde tanto como puede de subtramas y meandros que desvíen la atención más allá de su triada protagonista y su rutina diaria en el territorio iraquí: el sargento J.T. Sanborn (Anthony Mackie) se aferra a los procedimientos ordinarios como mejor baza para sobrevivir un día más, mientras que Will James siente la necesidad de la improvisación, de la frontera misma del acecho de la explosión para la inspiración, aún a costa de la seguridad ajena; entre ambos, Owen Eldridge (Brian Geraghty) supone el componente naíf del grupo, a caballo entre la cordura del primero y la admiración hacia el segundo. Bigelow, por supuesto, acaba enfatizando a James no sólo como el elemento inspirador de su grupo, sino de la misma cinta: él es quien supone la constatación de la última (y muy estimulante) evolución del héroe de drama y acción, ya nunca más superado por sus debilidades o por la masculinidad revocada, sino esclavo enfermizo de la adicción al peligro que le define.

Quizás el acierto ha sido no sumergirse demasiado en un argumento complicado, sino en un relato quizás demasiado llano, pero idóneo para llevar a cabo su verdadera intención: retratar la adicción al peligro con verosimilitud pero sin renunciar a la espectacularidad. Bigelow acude en “Zona de Miedo” a un material que fácilmente provoca tensión: el momento de desactivar una bomba. Es cierto que ver a un personaje, luchando con tensión y valentía, por elegir el cable correcto para desactivar un detonador, provoca con facilidad una emoción de lo más intensa. Pero Bigelow ha conseguido extraer la máxima esencia a este sencillo recurso.

De hecho, la cinta funciona como una auténtica bomba, gracias a las escenas donde un artefacto explosivo es el verdadero protagonista. Suficientemente bien ambientada, con una excelente puesta en escena y contada para que no podamos evitar despegar los ojos de la pantalla hasta saber si finalmente estallará antes de que sea demasiado tarde.

No es esta cinta, sin embargo, un retrato certero de la guerra y más concretamente de una que tenemos muy próxima, especialmente en la memoria “Redacted” del 2007. Bigelow no entra en disquisiciones políticas ni éticas, no quiere entrar en el debate habitual. Simplemente ambienta en un terreno hostil situaciones extremadamente tensas, hasta el punto de que generan una adicción al peligro, que es su verdadero tema. Así, la historia se traslada al Bagdad para que conozcamos a la Compañía Bravo, destinada a la desactivación de explosivos. La pérdida drástica del líder del comando plantea una situación, nada agradable y los días para el relevo de personal cada vez parecen más lejanos.

Hasta que el encargado de erigirse en el nuevo líder da un vuelco en las vidas de sus integrantes. Un hombre impredecible, insurrecto, suicida y demasiado temerario que pone en peligro a sus compañeros en cada acción. Si ya de por si la situación genera un estrés y una tensión elevada, la presencia del desactivador que actúa bajo su propio instinto, motivado por un entusiasta empuje y casi placer en su cometido (guarda recuerdos de cada bomba desactivada bajo su cama), sirven a Bigelow para que el espectador sienta con más fuerza una desconcertante y emocionante narración.







Este personaje, magníficamente retratado e interpretado por Jeremy Renner, es el epicentro de la historia. Es el ejemplo máximo de hasta dónde la guerra puede aniquilar cualquier vestigio de tu vida, dejándote con la adrenalina como único sentido. El hecho de pasearse con semejante atrevimiento en la delgada línea de la vida y la muerte, contado con el detalle y el realismo adecuados, provoca que sea el protagonista el verdadero artífice de la tensión alcanzada (y transmitida) en el film.

Pero, a pesar de un epílogo sublime y demoledor, no se puede uno dejar arrastrar por la emoción hasta el punto de no ver que “Zona de Miedo” es una gran cinta, porque demuestra que la guerra puede ser una adicción, tal como advierte la leyenda con la que arranca esta historia. Una adicción que, como su propio nombre indica, puede controlar la vida de uno hasta ponerla en peligro. Con ayuda del estupendo operador Barry Ackroyd, sentimos la fragilidad de los cuerpos y la intensidad de los momentos muertos que preceden a la tempestad, gracias a unas imágenes que parecen captadas por un cámara privilegiado al que han dejado meter las narices en los asuntos, nunca nobles ni dignos de alabanza, de unos soldados hastiados, más preocupados, desde la guerra de Vietnam, de ir de salvadores rockeros del mundo que de morir con un mínimo de valentía en las venas.

En ocasiones, las cintas o novelas de guerra que mejor tratan el tema son aquellas que no muestran escenas bélicas, sino que se quedan con lo que ocurre antes o después de las batallas o a varios metros de ellas. Ésta es la manera de mostrar el absurdo de las contiendas y con ello lograr un mensaje antibelicista. Como decía Kurt Vonnegut en su obra maestra —el libro, ‘Matadero 5’, lo importante es restarles toda la épica. Si incluyes épica, la guerra puede percibirse como algo atrayente y positivo, la engrandeces, la conviertes en heroica. Demostrar los sinsentidos de muchas acciones las despoja por completo de este sentimiento.

En “Zona de Miedo”, nos encontramos en uno de esos momentos: los soldados norteamericanos protegen al pueblo iraquí de los ataques de sus propios insurgentes, sin participar activamente en ninguna ofensiva. No estamos en plena guerra, sino en meses posteriores en los que las vidas de los estadounidenses se arriesgan para que una situación poco sostenible no explote por completo. No se percibe solución inmediata o siquiera posible al problema y, a pesar de ello, se mantiene allí a las tropas. Sin que haya discursos políticos ni se hable siquiera del asunto, la cinta deja muy claro que la situación es absurda.

“The Hurt Locker” es una expresión de la jerga militar que aparecía ya en los artículos de Mark Boal, autor del guión. “To put someone in the hurt locker” que significa causarle dolor. Literalmente podría traducirse como “la taquilla del dolor” y eso es más o menos lo que quiere decir: habla de todo el daño concentrado y encerrado. Las bombas pueden ser esos artilugios que concentran dolor y destrucción. Nos encontramos aquí ante un caso clarísimo donde el verdadero mérito del film recae en Bigelow: los valores de la cinta radican casi exclusivamente en la forma en la que está dirigida.






La tensión es la sensación que predomina en “Zona de Miedo”. Bigelow sabe crearla de maravilla. Divide el film en escenas muy extensas que tienen su proceso de crecimiento con una estructura igual a la que arma las cintas. Va entrando en ellas de manera casual, incluso con algún chiste, haciendo planos generales que nos sitúan. Introduce entonces un conflicto, una dificultad. Comenzamos a sentir tensión. Se va desarrollando, a base de un crescendo, el peligro al que se someten los personajes y finalmente, la solución, positiva o negativa, rompe ese sentimiento de tensión. Tras ello, existe el instante en el que nos damos cuenta de lo que estaba ocurriendo, cuando ha llegado la calma.

La herramienta del suspenso la maneja Bigelow como una maestra. Dilata las situaciones todo lo que es posible para aumentar nuestro nerviosismo. Emplea planos insertos que cortan el fluir en tiempo real y alargan la duración del proceso. Utiliza los encuadres subjetivos para que comprendamos el miedo que tienen los soldados ante cualquier presencia cercana y se nos contagie. La amenaza está presente y cada vez es más inminente, cual espada de Damocles. Juega con nosotros, nos manipula expandiendo esos momentos, pero lo disfrutamos, como el protagonista disfruta la adrenalina.

Es impresionante también cómo están rodados los disparos y las explosiones. En la primera escena, esa cámara lenta —o rápida, según si hablamos de cómo se filma o cómo se percibe— que hace saltar las partículas de óxido y las piedrecitas es espectacular. Podría ir secuencia por secuencia, mencionando aquellas que me han parecido portentosas, pero mejor que las vean sin saber nada sobre ellas. Entre las grandes escenas de tensión, encontramos instantes relajados en los que los protagonistas necesitan liberar su testosterona. Aunque son los menos potentes de una cinta que, quizá por ellos, es larga; no carecen de interés y se aderezan con la curiosidad de que sea una mujer quien refleje esos desahogos tan característicos masculinos, como son los insultos y las peleas sin objeto.

El contenido profundo de esta cinta es la evolución de los personajes y de la relación entre ellos y eso sí muestra una progresión. El sargento Sanborn ha perdido a un amigo y recibe a un nuevo jefe de artificieros con tremenda buena fe, pero le choca encontrar que es un hombre más temerario que valiente y que desobedece las indicaciones que él le da para protegerle. El sargento James es un adicto a la adrenalina que se comporta como si no tuviese nada que perder. Su actitud, sorprendente e indiferente, da un aliciente a la cinta en el momento en el que aparentaba que no iba a ser sino escenas de acción. El espectador pasa por el mismo proceso de evolución que este personaje: disfruta de la tensión y la adrenalina de las escenas del inicio como si fuesen una pura atracción entretenida, pero más adelante no puede seguir viéndolo todo de forma fría. Existe un punto a partir del cual cambia la actitud y ya es difícil que vuelva atrás. Son escenas muy asiladas, pero la suma de ellas no es igual al conjunto que forman. El orden en el que están situadas obedece a un sentido.








En la recepción que tuvo “Zona de Miedo” después de su grandioso estreno podemos notar las tremendas aclamaciones que recibió: "Entra en el panteón de las grandes películas de guerra americanas", asegura Nick Lasalle del San Francisco Chronicle. El veterano y reputado crítico del Chicago Sun-Times Roger Ebert afirma “The Hurt Locker es un filme grandioso e inteligente, donde sabemos exactamente quién es quién, qué está haciendo, donde está y por qué lo hace.". Asimismo lo considera como el segundo mejor film de la década. Según el crítico Dana Stevens de Slate: "Todo el mundo recordará el nombre de Jeremy Renner", en alusión al protagonista del film. "Las escenas de acción están rodadas concluyéndolas con una fuerte tensión", relata Deborah Young de The Hollywood Reporter. "Aquí está la película sobre la guerra de Irak para aquellos que no les gustan las películas sobre las guerras de Irak", valora Peter Travers de la revista Rolling Stone. A su vez, de "extraordinaria" la califica Lisa Schwarzbaum de Entertaiment Weekly y "ansiosa" por volver a verla se declara Ann Hornaday de The Washington Post. A. O. Scott del New York Times afirma "Sales agitado de ver The Hurt Locker, agotado y lleno de emociones, pero igualmente te hace pensar." Por igual asegura que es el mejor film que se ha hecho sobre la guerra de Iraq. El famoso The New York Times se suma a la larga lista de opiniones favorables y afirma: “The Hurt Locker, es el film estadounidense mejor aclamado del año.” La acogida que le dispensó la crítica norteamericana se suma a la estupenda recepción que obtuvo en el Festival de Toronto o la ovación de 10 minutos en el Festival de Venecia, donde además se alzó con 4 premios, entre ellos el galardón especial por los derechos humanos.
Zona de Miedo” ganó 6 premios Oscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Original, Mejor Montaje, Mejor Sonido y Mejor Montaje Sonido) y fue nominada para otros 3 (Mejor Actor Protagonista, Mejor Fotografía y Mejor Banda Sonora Original), Derrotando a la gran “Avatar” de James Cameron. Por otro lado para la Academia Británica, ganó 6 premios BAFTA (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Original, Mejor Fotografía, Mejor Montaje y Mejor Sonido). De 119 nominaciones en total, la cinta ganó 48 premios en total.

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