lunes, 23 de mayo de 2011

CAPITULO 84: JAWS - TIBURON (1975)





Antes del estreno de su irregular “Loca Evasión” de 1974, Steven Spielberg ya había firmado para realizar la adaptación del exitazo de ventas “Tiburón” escrito poco antes por Peter Benchley. La decisión de tomar las riendas de esta arriesgada producción tuvo como resultado un bombazo en las taquillas de todo el mundo, que convertiría a Spielberg en uno de los directores más interesantes de su generación, y que cambiaría el panorama del marketing cinematográfico, creando el concepto (tan dañino a menudo) de blockbuster veraniego.

Pero más allá de estos detalles superficiales, “Tiburón” es, claramente, la mejor cinta que Spielberg dirigió hasta ese momento, y seguramente una de sus cuatro o cinco mejores. Una aventura inigualable, que sólo ha ganado con el paso de los años. Una oscura fantasía de turbio trasfondo marino, tan entretenida como terrorífica, tan costumbrista como gótica. Spielberg había alcanzado la madurez con rotundidad, recogiendo el testigo de los Ford, Walsh y Hawks.

Fue el rodaje más infernal que ha conocido Spielberg, saliéndose con mucho del presupuesto inicial, y llegando a perder los nervios durante las muchas semanas extra que duró el rodaje. La causa principal fue el tiburón mecánico del que llegaron a hacerse tres modelos (uno completo, para tomas acuáticas, y dos con sólo un lado construido, para tomas laterales), pues todos ellos dieron innumerables dolores de cabeza (por mal funcionamiento o porque simplemente se hundían al fondo marino) a un equipo que, además, tuvo que lidiar con las altas temperaturas y con la complejidad que siempre se presenta al rodar en alta mar.





Pero fue el primer grandioso éxito de taquilla que conoció Spielberg, y que hasta la llegada de la fundacional “Star Wars”, dos años después, fue la cinta más exitosa de la historia del cine. Ganó además 3 Premios Oscar de la Academia merecidísimos (Mejor Música, Mejor Montaje y Mejor Sonido) y dejó las playas vacías durante todo el verano, provocando un terror social a los tiburones que todavía persiste, cuando en realidad, estos grandes tiburones sólo atacan al hombre cuando carecen de otras presas. Pero este icónico monstruo (uno de más de la Universal…) había llegado para aterrorizar el subconsciente del espectador.

Podría considerase a “Tiburón” como una visión moderna de “Moby Dick” de 1956, salvando las distancias, claro está. Pero es inevitable rememorar al fiero capitán Ahab en el carácter obsesivo y oscuro de Quint, el misterioso y brutal caza-tiburones cuyo barco será utilizado para dar caza definitiva al monstruo que aterroriza (sobre todo en los bolsillos…) a las playas de Amity. Ahora bien, el film no es, tan sólo, la historia de una cacería. Su fenomenal guión (que multiplica las virtudes de la intensísima novela), firmado por Carl Gottlieb, es una joya que explora las miserias de una comunidad.

De hecho, en un principio, el jefe Ellen Brody tiene a otros enemigos muy distintos al tiburón. En realidad, son otros tiburones. Hablo, claro está, del alcalde de la ciudad y de sus más importantes empresarios, a los cuales Spielberg, con una dirección de actores ya afinadísima y que no teme exagerar un poco los caracteres, no duda en dejar como a una panda de canallas sin escrúpulos, capaces de impedir que se cierren las playas (y así, ofrecer más alimento al tiburón…) con tal de no perder las ganancias de otro verano lleno de turistas.

El jefe Brody es, de hecho, el ser más noble que se nos presenta en la cinta: el que no teme afrontar sus responsabilidades, el que no lame la suela a los poderosos, el que a pesar de su miedo al agua se ofrece para salir a acabar con la pesadilla. El ya fallecido Roy Scheider da cuerpo a este personaje con gran humanidad, sin querer lucirse y viviendo siempre de manera muy intensa la secuencia. Como el David Mann de la serie “Reto a la Muerte” de 1971, el Roy Neary de “Encuentros cercanos del Tercer Tipo” de 1977, o el Oskar Schindler de “La Lista de Schindler” de 1993, es un personaje al que le superan las circunstancias, pero que dando todo lo que tiene dentro sale milagrosamente con vida, él y sus seres queridos.




Al igual que en otros relatos magistrales de horror, anteriores y posteriores, como “Los Pájaros” de 1963 del gran Hitchcock o “Aliens” de 1986, (Cameron), Spielberg deja lo mejor para el final, después de haber dado un buen repaso a la raza humana, y haber escogido al más recto (Brody) al más inteligente y leal (Matt Hooper, interpretado con gran veracidad por el Richard Dreyfuss) y al más salvaje y valiente (Quint, Robert Shaw en otro papel memorable para él, cuatro años antes de morir de un ataque al corazón).

Si con “Reto a la Muerte”, Spielberg había demostrado un vigor narrativo asombroso para su edad y su experiencia, con “Tiburón” alcanza la maestría absoluta en un relato con algunos puntos de conexión con aquella, sobre todo en lo relativo a una oscura fuerza destructiva cuyas razones y motivos nunca quedan claros. Tanto el camión de aquélla como el gigantesco carnívoro de ésta, son parábolas de nuestros miedos más ocultos e irrefrenables, a los que Spielberg dota de una malevolencia y una inteligencia asombrosa, mostrándolos, sin embargo, con estilos diferentes.

Todo lo referido de los problemas de producción con la criatura mecánica, dio lugar a un cambio, dicen, en muchas ideas de la puesta en escena, teniendo como resultado mostrar mucho menos a la amenaza marina. Sea cierto o no, el tiburón da tanto miedo cuando no está en la superficie como cuando se deja ver, impresionándonos con su tamaño y su fuerza. Spielberg logra un admirable crescendo basado sobre todo en la creciente desesperación del trío protagonista, que se va dando cuenta paulatinamente de que su adversario no sólo es más fuerte, sino también más inteligente que ellos.

Si el espectador presta atención, verá que gran parte de las secuencias de la primera parte de la cinta están filmadas en planos-secuencia, máximo dos, con excepcional uso del scope y en una altura más baja que la mirada humana, concretamente la cadera, de modo que los actores miran por encima de cámara. Esto se mantiene en la parte final, a bordo del barco, con la diferencia de que los personajes observan a menudo al mar, es decir por debajo de la cámara o a ras de ella. Pareciera que el tiburón les obliga a bajar, a descender, a aceptar su inferioridad.




Tres secuencias magistrales, por lo menos, anteceden al largo y superlativo viaje en barco. Primero la del segundo ataque del tiburón, que tiene como resultado la muerte de un niño, que Spielberg filma de manera ejemplar, nunca mostrando al tiburón, sino con planos muy cortos de la carnicería (propios de la mirada del niño) o muy largos, propios del policía, culminando una larga escena de suspenso en la que no sabemos nunca qué va a ocurrir; el tercer ataque, después de una falsa alarma, en el que casi muere el propio hijo del policía; y el viaje nocturno en busca de pruebas para cerrar las playas, en el que Hopper se pega un susto de muerte.
El dominio del tiempo y del suspenso en estas tres secuencias, que algunos han tildado de hitchcockiano, es absoluto, y acreditan a Spielberg como un narrador de primerísima fila, pero es que las formidables secuencias de los barriles de oxígeno, de la narración de lo ocurrido con el USS Indianápolis por parte de Quint, o la caza de la presa a los cazadores en la parte final, con un clímax que no importa cuántas veces veas pues siempre te subes a las paredes por su inusitado salvajismo y su profunda emoción, todo ello iluminado con gran destreza por Bill Butler, un operador que empezó con Coppola y que desarrolló después una interesante carrera que aún, octogenario, continúa.

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