domingo, 22 de mayo de 2011

CAPITULO 83: THE LAST CRUSADE - LA ULTIMA CRUZADA (1989)





Estaba bastante claro que íbamos a conocer una tercera parte de las aventuras de Indiana Jones (lo que no estaba tan claro es que algún día llegase la cuarta…), por lo que la aparición, a finales de la década, de esta cinta fue algo poco sorprendente para todos. Lo que sí sorprendió fue que, al menos para muchos cinéfilos, se trató de la mejor de todas ellas de lejos, pues no sólo es la más emocionante, y en la que Spielberg dirige con una mayor perfección, si no que es difícil encontrar una cinta de aventuras de esta calidad en la historia del cine. Así de sencillo.

“Encuentre a ese hombre y encontrará el Grial”. Ésa es la frase, inteligentemente metida en el guión, que resume la esencia de “Última Cruzada”, la tercera aventura de nuestro arqueólogo favorito. Llegó en 1989, cinco años después del “El Templo de la Perdición”, y tal vez en un momento en el que la gente se había olvidado un poco de Indiana Jones, que por aquel entonces formaba ya parte de nuestros recuerdos cinéfilos. Pero como la idea era hacer tres cintas con el personaje, se lanzaron con la que probablemente sea la más íntima de todas. Si en la primera teníamos la presentación del héroe, en la segunda descendía a los infiernos, la tercera cerraba el círculo con una búsqueda de los orígenes. No se trata de encontrar el Grial, si no de encontrarse a sí mismo, de reconocer su procedencia, todo ello representado en la relación con su padre, indudablemente uno de los mejores personajes de la saga, pero que al mismo tiempo representaba un inconveniente.

¿Y quién mejor que Sean Connery para aparecer en una saga que en cierto modo es un homenaje a las aventuras de James Bond? Pues el mejor Bond de todos, demostrando la clase de actor que es, y el enorme carisma que tiene. Connery es, o más bien era, ya que dice estar retirado del cine, uno de esos actores cuya sola presencia llegaba para justificar el visionado de una cinta. Henry Jones representa el origen de Indiana, en la cinta que se suponía cerraba un ciclo. Spielberg volvía a demostrar que en cine de aventuras es el número uno, aunque esta tercera entrega beba en demasía de sus predecesoras, sobre todo de “Los Cazadores del Arca Pedida” de 1981.





Esta vez, y tras un prólogo extraordinario donde se nos presenta a un joven Indiana ya metido en apuros y en el que vemos cómo nacen sus aficiones y fobias, respectivamente, al látigo y a las serpientes, nuestro héroe es contratado para ir en busca del Santo Grial, la pieza de arqueología que durante años obsesionó a su padre. Cuando Indiana se entera de que su padre ha desaparecido en plena búsqueda, decide aceptar el encargo para ayudarle, y de paso encontrar la copa que concede la eterna juventud. Así pues, tras el paréntesis que supuso “El Templo de la Perdición” volvemos a tener un objeto de claras resonancias religiosas. El cáliz de la sangre de Cristo es la nueva meta, la sangre de la vida. Al igual que con el Arca de la Alianza el público estaba más predispuesto que con las piedras de la segunda entrega, de abierto carácter ficticio. Sin embargo, piezas que pudieron existir realmente llaman más la atención, y si además se les salpica con un poco de misticismo, pues mejor que mejor.

Poquísima importancia reviste, por tanto, que nos expliquen, en una secuencia de acción absolutamente magnífica por cierto (con un comienzo que es un homenaje al western, y más concretamente a John Ford), de dónde viene el sombrero, la cicatriz, el látigo, o la fobia a las serpientes del protagonista. Esos chistes privados comienzan a perfilar este relato como un homenaje a la saga, corporeizados en la figura del malogrado River Phoenix, en un registro de comedia loca desconocido en él. De forma coherente, por cierto, Steven Spielberg de momento no muestra el rostro del padre, tan solo sus manos, en una presentación idéntica a la de su hijo, del que en primer lugar siempre vemos sus manos. Muchos años más tarde, Indiana logra recuperar la Cruz de Coronado, convirtiéndose en la primera reliquia que vemos recuperar a Indiana, pues siempre se contentaba con salvar la vida en sus aventuras previas.

Lo interesante, en verdad, es que este prólogo siembra la semilla de lo que va a ser la cinta, que no es otra cosa que la relación de Indiana con Henry Jones, un padre que al dejarle toda libertad se distanció de su hijo irremediablemente. Este es el corazón del relato, con un guión soberbio (sin duda el más redondo de todos los de la saga, el que más y mejor juega con situaciones y personajes, el que mejores diálogos posee, el de mayor progresión, escrito por el profesional Jeffrey Boam), muy del gusto de Spielberg, que filmó sin mucha gana “El Templo de La Perdición”, aventura que en gran parte le desagradó por su oscuridad, pero que aquí se siente muy cerca de la historia por contar algo que le interesa, y es que el maestro había aprendido que lo que importa en la aventura son los sentimientos e intereses vitales de los personajes.

Regresamos, por tanto, al tono de folletín de los años treinta de la primera cinta, a algunos de los personajes de la misma (Sallah, Brody), y se inicia un desarrollo de la humanidad de Indiana Jones, que en la segunda había mostrado, por así decirlo, su lado oscuro. Los escenarios del relato son aquí más numerosos que en las otras dos juntas, con Venecia, Austria, Berlín, Hatay e incluso Utah entre ellas. Pero, sobre todo, se introduce un tono de misticismo y de mitología ya perfilado en la primera aventura, pero que aquí va a influir de manera conmovedora en las peripecias de los personajes.






En el momento de filmar este proyecto, Harrison Ford contaba cuarenta y seis años, y no podemos dejar de admirar su presencia, su esfuerzo en la acción y su inigualable instinto interpretativo. Cierto que es un personaje que interpretaba por tercera vez, pero aquí es capaz de restarle cinismo y añadirle compasión con toda naturalidad, mientras despliega el habitual estoicismo físico. Pero, además, en cuanto aparece Connery, pierde el control y la voluntad férreas de las otras entregas, aunque sin perder nada de interés ni coherencia. Siempre se ha pensado que Harrison Ford es un actor soberbio, que controla de manera ejemplar su fisicidad, a la vez que muy creíble y muy carismático. Este podría ser su mejor papel, o uno de los mejores.

A su lado Sean Connery es una presencia extraordinaria. Si Spielberg hizo Indiana Jones como respuesta a la frustración de no poder hacer James Bond, el padre del personaje debía ser el mismo James Bond. Por suerte para el cine, el actor aceptó el papel y ofreció una dimensión impagable a la cinta. Sólo doce años mayor que Ford, a sabiendas de que por entonces era ya una leyenda del cine, es imposible no enamorarse de este personaje, y Connery logra una insuperable fusión entre torpeza y habilidad, entre inteligencia y testarudez. Ambos, Ford y Connery, forman un dúo que es de lo mejor que Spielberg ha tenido jamás en sus manos.

El resto del reparto se muestra igualmente a la altura, en una cohesión que muy pocos han sabido, o querido, apreciar. Tanto Julian Glover (el astuto y fascinante Walter Donovan), como Alison Doody (Elsa, una estupenda femme fatale) como Michael Byrne (el cruel alemán de turno, llamado Vogel) o Kevork Malikyan (dando vida al equívoco Kazim) forman un grupo de actores en estado de gracia, dirigidos por Spielberg con mano maestra, elaborando con ellos traición, pasiones, maldades, sorpresas y frágiles alianzas.





Si en la primera parte había propuesto una revisión de los viejos seriales de aventuras, logrando un delicado equilibrio, y en la segunda parte había tirado por la borda ese equilibrio en favor del frenesí y el caos, en esta tercera parte Spielberg se muestra más sólido que nunca, olvidando la mixtura genérica, y entregándose con vehemencia a la mitología del personaje, consciente de que ya no necesita mirarse en otros espejos más que en el que él, y Lucas, crearon.

De tal forma que, por supuesto, tenemos acción, pero tenemos el que quizá es el más afortunado tono humorístico de toda su carrera. Así, Indiana y su padre forman un dúo en la mejor tradición de la “screwball comedy” norteamericana. Es mérito de Spielberg alcanzar a mezclar ese tono con en el de un relato sobre la fe religiosa, sin la menor fisura en su desarrollo. Las aventuras con Jones padre pueden llegar a ser desternillantes, pero también de gran ingenio y dinamismo. Ejemplos hay muchos, y sólo el genio de Connery como intérprete asegura su eficacia: intentando quemar sus ligaduras, provoca un incendio; encontrando una salida secreta, provoca que su hijo caiga aparatosamente por las escaleras.

Por otra parte, decir que Spielberg narra portentosamente la acción, a estas alturas resulta un eufemismo. Hay varias persecuciones (en lancha, en moto, en avión) que pueden ser, fácilmente, de lo mejor del género. Pero mención especial merece la del dirigible, con el graciosísimo chiste de “más peligroso imposible” pronunciado por Connery, justo cuando una bomba les cae casi encima y destruye su automóvil. Hay una alegría y un amor de Spielberg por sus personajes en el momento de la playa que resulta difícil de describir. Desde el mismo principio, padre e hijo se han mostrado dolorosamente divergentes, comenzando por la brillante broma del jarrón, y con el clímax de la conversación en el dirigible. Pero la demostración de audacia con el avión que está a punto de rematarles, provoca un respeto y una admiración que podemos palpar en esta hermosa secuencia.

Spielberg volvió a contar con tres colaboradores cuya aportación resulta inestimable: el montador Michael Kahn, el músico John Williams y el operador Douglas Slocombe. El primero dotó a la cinta de un equilibrio rítmico dificilísimo de obtener. El segundo pudo colocar su granito de arena a la hora de mezclar tonos, y el tercero volvió a demostrar su gran profesionalidad con una fotografía que seguía en cierta medida los pasos de las antecesoras, pero mucho más rica y mucho más elegante. De hecho, la palabra elegante le cuadra a esta cinta como a pocas. Si Spielberg se merece el rango de maestro, sobre todo es por cómo compone sus secuencias, al estilo de sinfonías, con unos movimientos de cámara y una planificación visual al alcance de muy pocos, que aquí se puede describir como majestuosa.





“La Última Cruzada” es una muy coherente cinta de aventuras en la mejor tradición del género, eso si no contamos que las cintas de Indiana Jones pueden considerarse un género en sí mismas (¿o no?). Un espectáculo lleno de emoción, y a pesar de alargar y acelerar alguna que otra situación, es absolutamente imposible aburrirse viendo este excelente film. Ya sea por la inmortal partitura de John Williams (quien se declara fan acérrimo de esta entrega), o por las fantásticas interpretaciones de su pareja protagonista, que hacen un alarde de compenetración pocas veces visto en una pantalla, o por su sentido del espectáculo único, del que sólo hace gala alguien como Steven Spielberg (y que han intentado copiar durante décadas), el film ya merece unos cuantos visionados, pues es de esas películas que pueden verse una y otra vez sin que nuestra atención decaiga.

“La Última Cruzada” termina con un bellísimo plano. Hacia el ocaso cabalgan los últimos héroes, en lo que es una escena de western pura y dura (ya en el prólogo existen referencias a “Tierra de Audaces” de 1939, y los caballos salen más que nunca). Perfecta para terminar un ciclo que se cerraba con esta búsqueda de la propia identidad del héroe, y terminábamos de conocer a un personaje lleno de matices, mucho más que un simple profesor aventurero. 19 años después descubrimos que ese bello final no es realmente el final. “La Última Cruzada” puede ser, fácilmente, la mejor cinta de Steven Spielberg desde “Tiburón” de 1975. Con ella culmina un estilo de hacer aventuras que parece que luego Spielberg no podría igualar con la serie de “Parque Jurásico”, ni en intención ni en ejecución. Posee, además de las mejores secuencias de acción de todas ellas, una solidez inusitada. Pero no sería la última película de Spielberg en esa década. La cerraría con un extraño remake que adelantaría la irregularidad de los años noventa.

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