sábado, 21 de mayo de 2011

CAPITULO 82: L.A. CONFIDENTIAL - LOS ANGELES AL DESNUDO (1997)





De vez en cuando el cine de Hollywood se parece al que un día fue, al menos en cuanto a sus productos industriales. Volvemos una y otra vez a los grandes géneros porque en ellos se asienta gran parte del aprendizaje narrativo descendiente del teatro y la novela del siglo XIX. No es la única forma válida de hacer cine, pero en ocasiones es la más gozosa, la más universal. Y entre esos géneros ninguno hay tan polimorfo y apasionante como el cine negro, hijo bastardo del género inmortal que es el western, pues con él las praderas sin fin son asaltadas y violadas por conglomerados de metal, las fieles monturas que mutaban en centauros son sustituidas por automóviles y el revólver y el rifle se perfeccionan para dar lugar a la ametralladora, sin perder su funcionalidad. Sin duda, si hay un género vivo, siempre vigente, siempre posible, es el cine negro, pues es capaz de narrar la sordidez pasada, presente y futura del hombre.

Y una de las mejores, más compulsivas y feroces cintas de cine negro que hemos tenido la suerte de ver en las últimas dos décadas es “Los Ángeles al Desnudo”, que aún con sus defectos es un ejercicio retro muy notable, repleto de detalles e ideas perturbadoras y de secuencias formidables, que llegó a cuestionar muy seriamente el Oscar a la mejor película a “Titanic” de James Cameron y que, con toda probabilidad, será la cinta por la que se recordará dentro de cincuenta años al artesano a menudo impersonal Curtis Hanson, quien por una vez en su carrera (carrera que cuenta con algunas cintas estimables, todo sea dicho) rozó la maestría con esta historia de policías tan violentos, ambiciosos y viciosos como los propios criminales a los que persiguen.

Hanson, junto con Brian Helgeland (un estimable guionista de cine negro, que ha demostrado su talento en títulos como “Rio Mistico” del 2003, (Clint Eastwood), adapta con muy buen criterio la excelente y demoledora novela de James Ellroy, quien en 1990 escribió más de seiscientas páginas de sordidez, virulencia, deseo, traición, policías que son gángsters y prostitutas que saben amar y que sólo quieren que las quieran. De esa novela, de las mejores policiacas que existen, Curtis Hanson deduce una aventura fílmica que huele y sabe a cine de siempre, pero puesto al día, equilibrando de manera admirable lo que en ella existe de clasicismo y de contemporáneo, tanto en la forma como en el fondo, con una puesta en escena enérgica y poderosa, y un grupo de actores en verdad formidable.





La intrincada e inolvidable novela de Ellroy queda reducida a la historia de tres policías, muy diferentes entre sí: el bestial e impredecible Bud White (un soberbio Russell Crowe), el amoral y frívolo Jack Vincennes (estupendo Kevin Spacey) y el arribista sin escrúpulos Ed Exley (interpretado por el gran actor que siempre ha sido Guy Pearce). Estos tres detectives pronto se enfrentarán al complejo caso de un múltiple asesinato que a su vez tiene que ver con una enrevesada trama del traspaso de poderes en los bajos fondos de Los Angeles. La historia es cualquier cosa menos simple, y los espectadores solo tendremos la ventaja de conocer los detalles del caso que cada uno de estos tres agentes conoce por separado para intentar no perdernos en este fango de pistas y personajes. En cuanto comiencen a trabajar juntos, la resolución del caso estará un poco más cercana, pero para ello será necesario que Bud White supere sus complejos de inteligencia (de físico no tiene ninguno, pues es un verdadero animal), Jack Vincennes se esfuerce por recordar la razón por la que se hizo policía (razón que afirma no recordar) y Ed Exley aprenda de una vez a trabajar en equipo.

Ninguno de los tres es protagonista por encima de los otros dos, si bien Exley y White representan dos opuestos que finalmente pueden ayudarse al otro. Compiten, además, por la misma mujer, un compendio de algunas de las más recordadas “femme fatales” de la larga lista que posee el cine negro, para erigirse en uno de los roles femeninos más fascinantes en veinte años de cine americano: la prostituta Lynn Bracken, interpretada de manera magistral por una Kim Basinger que por fin demostró a todo el mundo lo buena actriz que es, ganando de paso el Oscar a la mejor actriz en papel de reparto. Algunos de los mejores diálogos los sostiene Bracken con Bud White o con Exley, tipos duros a los que ella convierte en niños con una mirada o un susurro. Pero Bracken terminará siendo una víctima más, otra criatura solitaria víctima de las circunstancias, y capaz de perdonar y pedir perdón.





Curtis Hanson narra todo este material, tan sangriento y vertiginoso, con el mejor trabajo de cámara y de montaje de toda su carrera, y con una dirección de actores increíblemente afinada, que no sólo alcanza a este cuarteto de actores superdotados, pues también se extiende a una serie de secundarios en estado de gracia, como Danny DeVito, David Strathairn, Ron Rifkin, James Cromwell, y media docena de formidables intérpretes, que impregnan de vida y de verdad la pantalla. Por si eso no bastara, la música de Jerry Goldmisth, a quien se daba por acabado, vuelve a vestir una cinta negra como no lo hacía desde “Chinatown” de 1974, dotándola de un ritmo y una intensidad indescriptibles, afinando aún más a los personajes, preparando y sugestionando al espectador como sólo un grande de su oficio puede y sabe hacer. El fabuloso director de fotografía Dante Spinotti y el inspirado montador Peter Honess terminan por redondear una factura perfecta.

Sólo con esa factura el clímax de esta cinta, que es un regreso a los códigos de aventura del western más puro, podía quedar tan emocionante y tan catártico. Pocas veces en el cine ha sido tan doloroso y tan físico un tiroteo. Pero es que aquí los tiros, los golpes, la sangre, duelen de verdad. Sorprende que una cinta tan física y tan intensa resulte a la postre tan elegante, tan contenida, y en la que todas las secuencias de acción están narradas con gran limpieza y claridad expositiva, muy al contrario del cine de acción al uso, en el que el estruendo y la imposibilidad de ver nada son la norma. Con destreza, con mucho ritmo, Hanson entra en el último tercio de la cinta a velocidad de vértigo, y nos entrega veinte últimos minutos de infarto, en los que sus personajes dan lo mejor de sí mismos para encontrar una redención y un futuro que hasta entonces no merecían.




Importante cinta norteamericana de los años noventa, consciente de sus limitaciones y de sus deudas, pero que es capaz de describirnos a cuatro personajes estupendos, en conflicto consigo mismos y con el mundo. También es capaz de armar un suspenso y una acción tremendamente poderosas, sin concesiones, que llega a poner los pelos de punta por su veracidad y su emoción. Cine negro de altura. Un film que es, sin ninguna duda, una lección de buen hacer cinematográfico y una demostración palpable de que, al menos en el mundo del cine, no siempre lo pasado fue mejor.

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