viernes, 20 de mayo de 2011

CAPITULO 81: THE KING'S SPEECH - EL DISCURSO DEL REY (2010)





El cine, como la televisión y la literatura —aunque en un libro las imágenes las tengamos que poner nosotros— tienen la capacidad de acercar al pueblo las vidas y secretos de quienes les gobiernan o les gobernaron. De los pertenecientes a clases sociales tan altas como la realeza, tan distantes que sus vidas se nos antojan de otra galaxia como si realmente existiera un Olimpo; tan lejanos nos parecen. Y no debería ser así. La última cinta de Tom Hooper es una de esas cintas que intentan desmitificar a personajes históricos aproximándolos al público. Los grandes discursos en la Historia son aquellos que no únicamente contienen un gran poder en sus palabras sino aquellos que llegan en momentos históricamente claves. El sueño de Martin Luther King o la lucha en las playas de Winston Churchill son dos ellos pero existen un gran número de ellos en cada periodo y país. El rey George VI pronunció un discurso que representó un cambio en la historia de Inglaterra y, en consecuencia, de toda Europa.

“El Discurso del Rey” nos cuenta las peripecias de Su Majestad George VI cuando tuvo que dar una arenga de gran relevancia al comenzar la II Guerra Mundial. En los albores de la contienda, el Rey George V de Inglaterra fallece. Ante la abdicación de su sucesor Edward VIII, el duque de York, siguiente en la línea sucesoria, se corona como nuevo monarca, el Rey George VI, pero tiene un gran problema: es tartamudo, lo que le supone un gran obstáculo para hablar en público y poder dirigirse a la nación en tiempos difíciles que requieren transmitir seguridad al pueblo. Su esposa busca un logopeda algo excéntrico para resolver la situación.

De hecho, “El Discurso del Rey” se apoya en una trama donde el futuro rey Jorge VI (Colin Firth) desciende unos peldaños para situarse al nivel de los mortales. Se rebaja hasta el punto de pedir ayuda a un plebeyo (Geoffrey Rush), sin título nobiliario ni académico, con la intención de que pueda corregir su tartamudez. Hooper presenta la historia desde dos ambientes muy diferentes, aunque siempre con el punto de vista del duque de York, futuro rey: desde el entorno real, con la sucesión al trono y la inminente guerra como principales conflictos; y desde el espacio cerrado de la vivienda del curandero especializado en el habla. Si relacionamos la cinta de Hooper con alguna reciente del mismo corte, como puede ser “La Reina” del 2006—prácticamente una consecuencia de ésta— vemos que el film de Frears se limita al primer nivel, mientras que el de Hooper es más intimista, abunda en los dos entornos y cambia de uno a otro con gran habilidad.

En ambos niveles, los personajes se aproximan y se alejan continuamente. El primero, el histórico, no por ser más conocido es menos interesante: la renuncia al trono del hermano mayor del protagonista. Aquí, los personajes retratados por Hooper distan mucho de lo que teníamos entendido. Nos queda la duda de cuál es la versión correcta: si la que hasta ahora nos han vendido de un amor platónico que provoca la abdicación; o la que nos muestra el joven director londinense de un rey que abandona su responsabilidad en la peor crisis de la historia del Reino Unido, para irse con una especie de buscona que se especializó en un burdel filipino.






Sin embargo, nos atrae más la segunda trama, la central, la que transcurre entre las cuatro paredes de una sala vacía de muebles, pero llena de tensión entre el príncipe y el maestro. Por varias razones: por las expuestas de acercarnos al noble a través de confidencias acerca de su infancia o de su relación con el resto de la familia real; y por el duelo interpretativo de dos actores excepcionales. Una batalla dialéctica que el realizador presenta con todos los recursos de los que dispone. El uso de grandes angulares para expresar la angustia del rey es un logro, aunque nos parece más audaz la sucesión de encuadres hostiles, incluso toscos, que se mantienen en pantalla hasta un momento específico, en el último tercio de la cinta.

Hasta ese punto de giro, la tirantez entre profesor y alumno viene reflejada, por ejemplo, en la utilización de los planos y contraplanos. Los actores miran al lado contrario al que deberían según el encuadre; el espacio vacío que queda entre el personaje y el final del cuadro no da continuidad al siguiente contraplano. Creemos que no es una torpeza del director sino que está premeditado cuando lo corrige Hooper justo en el momento en que triunfa la amistad entre los dos protagonistas.

No es ningún secreto que los británicos en general (y los ingleses en particular) mantienen una curiosa relación de amor-odio con su Familia Real; no hay término medio, o les aman o les odian. Quizá sea por eso que también son los que mejor han sabido retratar las andanzas de sus monarcas. Hace cinco años, Stephen Frears nos regaló en “La Reina” una muy humana recreación de la actual soberana, Isabel II, en los días inmediatamente posteriores a la muerte de Lady Di; por su interpretación de la reina inglesa, Helen Mirren ganó un merecidísimo Oscar. Este año, todas las quinielas aseguraron los mismos buenos resultados para Colin Firth por interpretar, precisamente, al padre de aquélla en este gran film.

Y no es para menos. Con su trabajo como el príncipe Alberto Federico Arturo Jorge, que pasaría a la historia como el rey Jorge VI, Firth está absolutamente sensacional; no es sólo la complejidad de plasmar la tartamudez de su personaje, sino todo lo demás que el actor británico le aporta, lo que convierte su interpretación en magistral. Bertie -apelativo familiar de Jorge VI- se nos presenta como un hombre apocado, lleno de inseguridades, y tan acostumbrado a ser un mero comparsa a la sombra de su padre (Jorge V) y de su hermano mayor (Eduardo VIII, de infausto recuerdo), que ha llegado a autoconvencerse de que ése es su lugar en el mundo, y que cualquier alteración de ese orden es un error. El relato no sólo de la superación de su discapacidad, sino también de sus propios temores personales en ese aspecto, forman el corazón de la cinta.






Al lado de Firth, encontramos a otro maestro (cuando quiere) de la interpretación, el australiano Geoffrey Rush, en uno de sus papeles más contenidos hasta la fecha. Él interpreta a Lionel Logue, el hombre que ayudó a Jorge VI a superar un problema, la tartamudez, que había traído consigo la práctica totalidad de las muchas inseguridades del soberano. Si bien el peso específico de la cinta recae sobre Firth, Rush consigue arrebatarle en muchos momentos la escena, aportando su característica retranca pero sin abocarse a la sobreactuación a la que suele ser tan propenso. Cuando ambos están en pantalla se producen algunas de las mejores escenas que se han visto en una pantalla de cine en estos últimos años; su química juntos es absoluta desde la magistral primera secuencia que comparten, con algunos momentos de gran carga emocional (el encuentro entre ambos tras la muerte de Jorge V, la secuencia final del discurso tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial) y otros francamente humorísticos (la escena en que Logue anima a su regio paciente a soltar cuantas más lisuras mejor, y todas de golpe). Si el guión de David Seidler es el corazón de “El Discurso del Rey”, Firth y Rush son sin duda su alma y el pilar sobre el que descansa la cinta.

Junto a ellos dos, y si bien dispone de menos minutos en pantalla, Helena Bonham-Carter está igualmente espléndida, beneficiándose además de una caracterización que la convierte, casi, casi, en la viva imagen de la mujer a la que las generaciones más jóvenes de ingleses han conocido como la Reina Madre (sí, esa señora que se echaba al coleto un gin-tonic cada día y vivió hasta los casi 102 años).

Pero “El Discurso del Rey” no es sólo una cinta de actores, hay mucho más; es una certera recreación de una época, los años inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial, en los que la Familia Real Británica conservaba todavía ese halo de majestuosidad reverencial de los reyes y príncipes de antaño, que empezó a perder precisamente con las tropelías de Eduardo VIII con Wallis Warfield Simpson y sus amigos nazis, y que, tras los muchos escándalos vividos por sus miembros a lo largo de la segunda mitad del siglo, es ahora prácticamente inexistente, por mucho que a los ingleses les repatee reconocerlo. También es la historia de una amistad, la que surge entre el rey que no quería serlo y su extravagante logopeda, que propicia a la postre, una historia de superación, que sin embargo no cae en los topicos épico-triunfalistas del cine americano. Y es que Jorge VI no consiguió curarse de su tartamudez, aunque sí logró reducir su impacto a la mínima expresión.

El director Tom Hooper (firmante de la brillante pero poco exitosa “El Nuevo Entrenador” del 2009) consigue un equilibrio magistral entre los distintos palos que toca la cinta, sin caer en sentimentalismos baratos ni peloteo al servicio de la realeza. Ayudado por su excelente equipo de actores, consigue emocionar al espectador explicándole la historia de un hombre que tuvo que hacer frente al mayor de sus temores para ayudar a los suyos en su hora más oscura, y a fe que lo consiguió; una lucha que hubiese sido igual de titánica aunque ese hombre no hubiese sido Jorge VI, ni hubiese tenido que capear la mayor guerra de la historia de la humanidad. Y eso, ese sentimiento, es lo que convierte a “El Discurso del Rey” en una cinta tan magistralmente redonda.




La elección del objetivo y de la puesta en escena con fines dramáticos son elementos destacables, pero también la ambientación, el decorado y, en definitiva, el diseño de producción. Algo que no sorprende tanto si acudimos a la experiencia televisiva del director. En ese medio, el realizador parece haberse especializado en biopics, películas históricas y telefilmes de época. El caso es que Tom Hooper, con su tercer largometraje, parece haber alcanzado una madurez propia de alguien que lleva muchos más años en el borde.
“El Discurso del Rey” fue nominada a 7 Globos de Oro, ganando Mejor Actor - Drama (Colin Firth); también fue nominada a 14 Premios BAFTA, de los cuales ganó 7, incluyendo Mejor Película;. Consiguió 12 Nominaciones a los Premios Oscar de la Academia, de los cuales ganó 4: Mejor Película, Mejor Director (Tom Hooper), Mejor Actor Protagonista (Colin Firth) y Mejor Guión Original (David Seidler). Es fácil decir que el trabajo de Colin Firth eclipse muchos otros aspectos de la cinta pero “El Discurso del Rey” es un entretenimiento de calidad en los múltiples aspectos que lo componen y resulta en una amable cinta dramática, absorbente y apasionante durante sus dos horas de metraje.

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