miércoles, 18 de mayo de 2011

CAPITULO 79: HOW GREEN WAS MY VALLEY - QUE VERDE ERA MI VALLE (1941)





En un pueblo minero de Gales viven la familia Norman, una familia orgullosa de ser todos mineros y de respetar las tradiciones y la unidad familiar. Pero la bajada de los salarios por su trabajo en la mina enfrentará al padre Norman con sus hijos, que ven en la unión sindical de todos los trabajadores la única manera de hacer frente a los patrones. El cabeza de familia, en cambio, no quiere oí­r hablar de socialismo ni sindicatos. La ganadora del Oscar a la mejor pelí­cula del año de 1941, venciendo a la mí­tica “Ciudadano Kane” de Orson Weles, fue este magistral melodrama que narra la vida de una familia minera de Gales, vista bajo los ojos de su miembro más joven. Un bello canto a los valores familiares que arrancó el alma del “best seller” de Richard Llewellyn.

El propio título y los primeros planos aparecidos junto a una voz en off, ya nos indican que se trata de una cinta de claro tono nostálgico. No está ambientada en el Monument Valley y sus protagonistas no son John Wayne ni Henry Fonda, pero “Qué Verde era Mi Valle” responde a las mismas características y al mundo personal del resto de la filmografía de John Ford. Con una alegoría de gran belleza, nos presenta el verdor del valle como reflejo del amor sincero y de la unión familiar de entonces… frente a la negrura del carbón, imagen de la pobreza interior que el director vislumbra en una sociedad que se va diluyendo en la búsqueda del bienestar material y la riqueza.

La cinta comienza con los recuerdos de Huw Morgan (Roddy McDowall) de sus años de infancia, cuando su valle de Gales era aún verde, cuando su familia permanecía unida. Lo hace de un modo sencillo y profundamente agradecido a la figura de su padre, “que no me enseñó ninguna cosa inútil”, añorando aquellos momentos en que todos se reunían en torno a la mesa.
Ante todo, es un homenaje a la familia de su querida Irlanda, numerosa y de espíritu cristiano: en todos los personajes se respira verdadero cariño, sentido de servicio y un gran respeto a la autoridad del padre. Mientras la hija mayor ayuda a su madre, los cuatro hermanos trabajan en la mina junto al cabeza de familia para llevar a casa el jornal necesario para el sustento. Son felices aun en condiciones materiales precarias… y eso se ve en sus rostros, en sus bromas, en la convivencia familiar. Solo el abuso del patrón de la mina resquebrajará por momentos esa unidad, cuando dos de los hijos se nieguen, en conciencia, a seguir los dictados del padre: se suman a la huelga y se van de casa, mientras todos sufren esa ruptura como si de una herida en sus propias carnes se tratara.

El padre (Donald Crisp) sufre con resignación la soledad y la incomprensión del pueblo, que le acusa de esquirol. Pero tiene a su lado a Bronwen (Anna Lee), una mujer fuerte y fiel que se enfrenta a todo el vecindario para salvar el honor de su marido. En ese preciso momento, ella y su hijo pequeño sufren un accidente y, como consecuencia, cogen una grave neumonía que hará temer por su vida. Es algo que la sociedad actual calificaría de desgracia y tragedia, pero… que en los años evocados en “Qué Verde era Mi Valle” supone una ocasión para manifestar su plena confianza en Dios y aceptarlo como venido de Él: no en vano, la enfermedad servirá para volver a unir a la familia y “para aprender a amar y madurar”, como les dirá el nuevo clérigo. En esos momentos duros, el sufrimiento les une más que nunca, y solo la necesidad de buscar trabajo o el devenir de la propia vida les obligará a separarse, siempre con la esperanza de volverse reunirse en el Cielo. A este respecto, resulta elocuente la respuesta dada por Ford cuando, en una entrevista, se le pregunta acerca del motivo por el que daba tanta importancia a la familia en sus cintas: “¿Tiene usted madre, ¿no?”, contestó fríamente.





Si Ford homenajea a la familia, también lo hace a la comunidad del pueblo unido en solidaridad. Tras unos primeros momentos de disensiones a la hora de acatar las directrices del patrón, al final estarán todos juntos, dispuestos a bajar a la mina a rescatar a los vecinos atrapados arriesgando incluso su vida. La ambientación social e histórica del momento es otro de los grandes logros de Ford. En plena revolución industrial, las minas de Gales suponen un marco geográfico en que las clases sociales están muy diferenciadas y donde se ofrecen los primeros movimientos de resistencia al poder patronal. Esto es una realidad pero sería un error juzgar ese momento con nuestras categorías actuales: los personajes sienten esa injusticia y esa rebeldía natural les lleva a exigir sus derechos, pero lo hacen según la mentalidad del momento, de tímido enfrentamiento o de resignación al lugar en que ocupan en la sociedad, y eso queda bien reflejado por Ford. Es una sociedad de clases porque las diferencias y restricción de derechos es algo evidente, pero se trata de un entorno y una injusticia que no lleva a la revolución sangrienta porque no existía una conciencia de odio ni de enfrentamiento (un director de orientación marxista hubiera dado, sin duda, otro derrotero al conflicto vivido). Junto a ello, contemplamos el fenómeno de la aventura americana que emprenden algunos de los hijos, como tantos otros europeos asumieron por entonces.

John Ford es uno de los más grandes artistas del s.XX, su ejemplar obra está plagada de magistrales cintas que aún hoy en día influyen de modo considerable en la mayoría de cineastas, básicamente porque aun nadie le ha superado. Sus obras mayores, menores, medianas o como quieran llamarlas has sentado cátedra en el género al que correspondan (que injustos somos cuando decimos que Hawks tocó mas géneros que Ford o cosas por el estilo) y “Que Verde era Mi Valle” obra maestra rotunda e inapelable, no es una excepción. Si D.W. Griffith inventó el lenguaje cinematográfico, John Ford lo consagró como medio de expresión artística y porque no, Coppola con sus dos primeros padrinos lo elevó hasta el infinito.

“Que Verde era Mi Valle” podría tomarse como la cinta más completa de su autor en cuanto a los géneros que toca. En los 108 minutos que duran los recuerdos del joven Morgan asistimos a la tragedia, el drama, la comedia y flirteos con el musical tan del gusto de Ford. Una opción del todo acertada ya que, y ojo a la reflexión profunda, la vida consta de diferentes periodos (géneros cinematográficos si se quiere hacer el símil fácil) y por lo tanto Ford no se limita a uno sólo de ellos como seguramente hubiera hecho William Wyler, el director que tendría que haber dirigido el film. Ya que a priori el film podría haber sido un drama donde asistimos a la desintegración (por los motivos que sean) de una familia, pero Ford, como sólo él sabía hacer, ya sea apuntando mediante un borracho (que tiene pinta de estarlo realmente) que pasa casi sin querer de lado a lado del encuadre o desarrollando secuencias enteras, compone un amplísimo relato en el que todo, absolutamente todo, tiene cabida.

John Ford es un gran vanguardista, incluso más que cualquier cineasta actual. Sus cintas, por contra de lo que pueda parecer siempre avanzan en la búsqueda de nuevas fórmulas, enfoques o como se le quiera llamar. Muchas veces el término “cine clásico” no hace justicia a muchos cineastas americanos. Nos quedamos antes con los congelados de Truffaut que con los de Frank Capra. Con la voz en off de Godard a la de Wilder. Lo mismo ocurre con este film que no desarrolla una puesta en escena clásica sino adecuada, que es muy diferente.

De este modo, la planificación de las secuencias varía según el dramatismo del relato. Está claro que jamás encontraremos ángulos rebuscados ni nada de eso, pero mediante los encuadres de Ford y la excelente fotografía de Arthur C. Miller, la cinta bascula entre un barroquismo cercano al expresionismo alemán (por ejemplo cuando mamá Morgan cae al rio después de abroncar a los trabajadores de la mina) y la sobriedad y austeridad al estilo de los últimos films de Dreyer (la salida de la iglesia después de la boda o cuando los hijos se levantan de la mesa quedándose el padre solo junto al pequeño de la familia).  Una variedad en la planificación que responde a esa multiplicidad de géneros que contiene la cinta y que viene a demostrar la adecuación de la puesta en escena al relato y no el “clasicismo despectivo” que muchos le atribuyen a Ford.

Una de las grandes obras maestras de John Ford. Una cinta nostálgica que parece una mezcla entre lo que era “Las Uvas de La Ira” de 1940 y “El Hombre Tranquilo” de 1952. Las escenas desprenden una gran ternura y también hay momentos duros sobre todo cuando se va descomponiendo la familia en busca de nuevos horizontes. Notable actuación del pequeño de la familia y unos encuadres de ensueño son parte de esta maravilla del celuloide.





Ganadora de 5 Premios Óscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor de Reparto, Mejor Fotografía en blanco y negro y Mejor Dirección Artística en blanco y negro), Nominada a otros 5 (Mejor Actriz de Reparto, Mejor Guion Adaptado, Mejor Montaje, Mejor Banda Sonora Original y Mejor Sonido), este desgarrador film del productor Darryl E. Zanuck y el director John Ford, nos devuelve todo el sabor de la época dorada de Hollywood y se revela como una de las mejores cintas jamás rodadas. A sus 60 años, Huw Morgan echa la vista atrás y nos relata su vida desde que era un niño en una pequeña ciudad minera de Gales. Sus recuerdos nos muestran la dolorosa separación de sus padres del clan de los Morgan, al tiempo que captura los sentimientos y asuntos polí­ticos de aquella época. Maureen O’Hara y Walter Pidgeon coprotagonizan este aclamado clásico de la pantalla, la historia de los sueños, las luchas y los triunfos de una familia.

Es la única cinta de Ford junto con “El Hombre Tranquilo” de 1952 que se inicia con una voz en off, que evoca directamente al relato infantil, a un cuento. Una voz en off que ya desde el inicio marca el punto de vista por el que avanzará la narración, a través de este único punto de vista, el del pequeño de los Morgan, asistiremos a los acontecimientos que sucedieron en su infancia. Ford construye todos los pasajes del relato a través de ese filtro invisible que constituye la visión de un niño. Un punto de vista que en algunos momentos se erige como protagonista absoluto y en otros actúa de simple observador de la realidad, una herramienta que Ford llevará hasta la perfección en su obra maestra absoluta, “Mas Corazón que Odio” de 1956, en el pasaje inicial de Wayne acariciando su caballo mirando al vacio y en las secuencias donde Laurie lee la carta.

“Qué Verde era Mi Valle” es en definitiva una cinta aparentemente sencilla en sus formas porque precisamente capta a la perfección el tono del relato y hace que apenas se note la mano del cineasta, que en realidad es lo importante. “Qué verde era Mi Valle” es claramente una muestra inequívoca de todo lo que le gustaba al viejo maestro. La trama del film gira en torno a un núcleo familiar basado en una férrea tradición donde la figura paterna ejerce de líder, duro pero justo, comprensivo.

En el coral reparto, encontramos al personaje del niño, el que encamina las subtramas y en general, el alma de la historia, interpretado por el actor Roddy McDowall, que hace una excelente interpretación. Quizás el personaje más interesante sea el del actor Walter Pidgeon, el joven predicador Gruffydd, que se ve inmerso en hipocresías por su amor al personaje que encarna la bellísima Maureen O'Hara, Angharad, una historia de amor que pasa del tópico, porque realmente lo lleva a otro nivel, poco visto en el cine, así que atención. Destacar a los personajes que hacen de los padres del chico, por un lado, Donald Crisp, en un papel que destaca por su extrema sobriedad (acoplado a un canon bastante chapado a la antigua), y a su vez por ser inolvidable y tierno. La madre, impecable trabajo de Sara Allgood, llena de coraje y buenas frases, algunas con cierto humor, cargadas de ironía y franqueza. El resto, muy acorde, destacaría también el papelito de otra dama del film, Anna Lee, curiosamente todos los papeles femeninos aportan cierto grado de inteligencia y dinamismo al film sin decir mucho, cosa bastante impecable. Un reparto excelente, cargados de buenos momentos e inolvidables caras.

Y he aquí a John Ford, grande entre grandes, colocando justo la cámara donde lo pide la secuencia, siendo ejecutor objetivo, y centrado en sacar lo máximo de sus actores, eso sí, antes de eso, se preocupa en decirnos las veces que haga falta, que todo ocurre en un mismo lugar, mostrando con detalle el pequeño valle, el espectador no se pierde en todo momento, y aunque la dirección carece de artificio y está enfocada de una manera teatral, Ford llena de ritmo y detalle cada secuencia, por lo que su trabajo tras la cámara es sobresaliente, es sutil y a su vez sin él, nada tendría sentido. Alfred Newman compone una partitura correcta (quizás algo abultada orquestalmente hablando) que pasa desapercibida, pero que ahí está. Destacar la magistral fotografía en blanco y negro, llena de vida. También destaca el excelente decorado del pueblo, con una profundidad en su calle principal que es digna de elogio. Por último, diremos que la cinta termina al modo teatral, porque a Ford le agradó la idea de que sus personajes volvieran a salir… para despedirse del público. Sin duda un bello final tras la dramática pero bella escena de recuperación de los cuerpos fallecidos en la mina.






Si no fuera por la riqueza interior de la mayoría de los personajes, la cinta se nos presentaría como cruel y pesimista. Son varias las situaciones duras y dramáticas que van sucediéndose: abusos y una situación laboral difícil, tragedia en el río y muerte en la mina, un matrimonio infeliz y un ambiente de calumnias, emigración y desarraigo familiar… Todo es visto y grabado a fuego en el alma de un niño que lo recuerda ahora sin odio pero con nostalgia.

Los rasgos autobiográficos de la cinta son muchos y el propio Ford así lo ha reconocido al decir “soy el menor de trece hermanos, y debieron pasarme las mismas cosas; yo siempre me portaba como un niño fresco”. Ciertamente, sabemos que su propia familia conoció lo que suponía la emigración a un país nuevo y que también se apoyó en los valores tradicionales y cristianos para llevar las dificultades de la vida. Abundan, por otra parte, escenas emotivas y cargadas de humanidad. Podrían destacarse la del reencuentro de madre e hijo después de meses de enfermedad, la de la audacia del joven Huw al ofrecerse como cabeza de familia a la esposa del minero muerto, o aquella en que los hijos mayores parten para América a buscar trabajo. Sin embargo, la más conseguida quizá sea la de la boda de Angharad: todos aparecen en un primer plano, mientras en otro más general se ve al clérigo Mr. Gruffydd, solo e inmóvil, al pie de un árbol, incapaz de hacer nada por evitarlo.
“Qué Verde era Mi Valle”, está claro que representa el verdadero espíritu fordiano, el humanismo, la vitalidad, la camaradería, en pocas palabras, ni de izquierdas ni de derechas, de sentido común. Pero que nadie se equivoque, los films de Ford, como el que ocupa estas líneas, siempre tienen un sustrato de ideas a las que podríamos calificar como “serias”, alejadas de todo ese vitalismo y que parece ser que gente que no aprecia el buen cine, no ven. El conflicto con los trabajadores de la mina, las diferencias sociales o religiosas, la falsa moral de las clases altas y tantas y tantas cosas más están presentes en este film y muchos otros. Es la mano maestra de Ford la que las introduce de ese modo que hace que resalte lo bueno y no lo malo, que veamos la bondad de las personas por encima de la maldad. La que convierte los hechos cotidianos en poesía cinematográfica. Por todo esto, podemos afirmar que amamos el cine de John Ford.

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