martes, 17 de mayo de 2011

CAPITULO 78: THE BRIDGE ON THE RIVER KWAI - EL PUENTE SOBRE EL RIO KWAI (1957)





Hay cintas que trascienden con mucho el medio cinematográfico y se convierten en verdaderos iconos culturales. Algunas veces, aunque el tiempo se encarga de demostrar sus carencias, prevalecen como iconos muy injustamente. Otras, el tiempo demuestra hasta qué punto su validez es universal y atemporal. La cinta número doce de David Lean como director, “El Puente sobre el Río Kwai” pertenece al segundo grupo. Aunque se engloba, de manera tangencial, en el cine bélico, es una de las historias de aventuras, en general, más famosas de la entera historia del cine, y lo es, no solamente porque su trama es apasionante, sobre todo porque Lean impregnó cada fotograma de su pertinaz personalidad, convirtiendo un material de base quizás anodino en un imborrable relato sobre el patetismo humano.
Lean, que durante muchos lustros sería ninguneado por compañeros de profesión y por cinéfilos (y críticos…) como un cineasta del montón, vendido a grandes producciones comerciales, comienza con “El Puente sobre el Río Kwai” su ciclo de éxitos y de ambiciosos proyectos, y lo hace con una apología encubierta al ejército británico, que también es una crítica encubierta a ciertos orgullosos y empecinados oficiales ingleses, por supuesto un juicio sobre lo absurdo de la guerra, y finalmente una arrolladora peripecia humana de superación y supervivencia, que pese a las lógicas limitaciones e imposiciones de su tiempo, se conserva hoy día tan plausible, tan imponente, como hace cincuenta y cuatro años. Una joya cinemática de la que algunos supuestos directores de aventuras deberían aprender un poco, aunque sólo fuera a usar la cámara de un modo más sensato y más cabal, entre otras cosas.

“El Puente sobre el Río Kwai”, quizás una de las películas más metafóricas, estupendas y redondas sobre la Segunda Guerra Mundial. Guión perfecto, sin fisuras, redondo y magistral, lo firman Michael Wilson y Carl Foreman. El libreto expone de manera perfecta el embudo claustrofóbico y paranoide de lo absurdo en las guerras. Los egos de sus mandatarios (el duelo entre Nicholson y Saito es una absoluta magistralidad narrativa y representativa para ambos bandos, el inglés y el Japonés), la absoluta cárcel simbólica que se representa en un campamento situado en mitad de una isla, rodeado tan solo por la jungla y el caos de la guerra, es ahí donde se ahonda en los temas más humanos que el film expone, y como buena cinta bélica, todas las joyas de éste género tan duro tiene que estar precedido por un mensaje anti-bélico claro, inteligente y coherente, “El Puente sobre el Río Kwai” es una de esas cintas con todos esos elementos. Los diálogos son inteligentes, directos y confinan en su parte final, con una clarividencia atroz, la dureza que representa la catarsis de todos sus personajes, que padecen sin pena ni gloria en un conflicto absurdo. El Puente, es sin duda el gran aforismo, el gran símbolo de la falsa inestabilidad de una guerra, el galimatías que genera la confrontación. En general, un guión denso, analizable, lleno de lirismo y contexto, con una exploración amplia y la tridimensional de sus personajes (no hay malos ni buenos, hay reflexión en cada uno de los bandos y motivos que ponen a ambos en un absurdo compromiso, tener una guerra sin sentido).





Basada, bastante libremente, en la novela de mismo nombre de Pierre Boulle, el productor Sam Spiegel, uno de esos hombres de tormentosa personalidad pero capaces de grandes cosas en el Hollywood de aquellos tiempos, llamó a Lean después de intentarlo con algunos grandes nombres de la época, y a nadie le sorprenderá leer los nombres de Hawks, Wyler o Ford. Es probable que durante el rodaje, se lamentara de haber llamado al perfeccionista y cabezón de Lean, pero al ver la cinta terminada las quejas se le ahogarían en la garganta. Fue Lean quien insistió en una revisión casi completa del guión, y todos los implicados están de acuerdo en que para mejor. Claro que ni Michael Wilson ni Carl Foreman pudieron ser acreditados en los títulos por pertenecer a la infame lista negra. El duro rodaje tuvo lugar en su mayor parte en la frondosa Ceilán, y los supervivientes aún recuerdan las tremendas lluvias que sufrieron. Pero lo más complicado, por supuesto, fue la construcción del puente, que llevó mucho más tiempo del inicialmente previsto, y cuya destrucción fue aún más compleja. Pero era el clímax imprescindible de la cinta, y pese a las grandes dificultades que entrañó, pudo hacerse realidad con un auténtico tren de varias toneladas pasando por encima de él.

El alma de la cinta es, parece y no hay ninguna duda, la casi demente batalla que el coronel Nicholson, un oficial británico al mando de tropas prisioneras en un campamento japonés en Tailandia durante la II Guerra Mundial, mantiene con el jefe de dicho campamento, el también coronel Saito. Primero será una contienda verbal (y psicológica) por impedir que los oficiales realicen labores pesadas, tal como especificaba la Convención de Ginebra. Luego por construir, valiéndose sólo de prisioneros británicos, el dichoso puente que los japoneses son incapaces de levantar a tiempo. Nunca sabremos, aunque la mayoría se decanta por lo segundo, si Nicholson construye el puente por levantar la moral de sus hombres, o por su ego desorbitado y sus delirios de grandeza. En el fondo, él y Saito son muy parecidos, y aunque se desprecian por pertenecer a bandos distintos, existe un retorcido respeto y comprensión entre ambos.

Y el corazón de la cinta, si el alma es esa lucha, lo representa la energía vital del oficial norteamericano Shears, que es el único valiente capaz de escapar de ese campamento, y al que convencen para volver y volar el puente. Nicholson fue encarnado por Alec Guinness (que en un principio no quería hacerlo) y Shears por William Holden, ya que el estudio quería una estrella norteamericana, por lo que hubo que efectuar algunos cambios en el guión, que le dieron a Holden la oportunidad de ganar una enorme cantidad de dinero por un sueldo desorbitante más una parte de los beneficios. Ambos grandes actores están impresionantes en sus respectivos roles y arquetipos militares: el orgulloso y flemático Nicholson, y el frívolo y valiente Shears. Desde luego, a Lean no es difícil adivinarle una identificación con Nicholson, tal como luego se sentirá identificado con T.E. Lawrence o con Yuri Zhivago. Seguramente compartía con él su soledad y su testarudez. Pero tanto en el caso de Nicholson, como el de Shears y el propio Saito (interpretado por la antigua estrella del cine mudo Sessue Hayakawa), se trata de contar una derrota moral, física y vital sin paliativos.






Al orgullo y fortaleza de los tres personajes, Lean impone un destino atroz sin el menor aprendizaje, como constatación absoluta de que ni el esfuerzo ni la esperanza obtienen una recompensa. Esa es la razón de la altura estética de esta cinta. “El Puente sobre el Río Kwai” es una aventura insuperable, pero también algo más: una descarnada visión del mundo. El carácter inglés, americano o japonés, tienen sus ventajas y Lean les ofrece una dignidad a todos ellos, pero certifica su caída sin piedad. Lo hace con un nervio y un dinamismo en su puesta en escena que, sin ir más lejos, ha sido la mayor influencia en el cine de Steven Spielberg. La formalización de las escenas de acción, los suaves movimientos de cámara en acercamiento a los personajes, el tratamiento del entorno natural de no menos de media docena de cintas de Spielberg, existen porque ha visto esta cinta un buen número de veces. Buena prueba de ello es que ofreció a Lean dirigir “El Imperio del Sol” de 1987 y realmente da la impresión a veces de que Lean estaba en el rodaje.

Ya queda proverbial afirmar algo sobre la espléndida fotografía de Jack Hildyard, con un glorioso Cinemascope. Lean cuidaba mucho la luz de sus cintas, y no sorprenden posteriores logros, que incluso superaban este. También queda proverbial hablar del icónico silbido de la famosa canción ‘Coronel Bogey’, escrita en 1914, y cuya letra no fue incluida debido a la censura. Muchos creen que es una creación para la cinta del compositor, pero Malcolm Arnold sólo escribió la contramarcha a ese silbido. Por encima de velados patrioterismos, o incluso de una historia ciertamente previsible, predomina la sensación de aventura infinita, sin prejuicios, la que coloca al hombre en un pedestal trágico, un pedestal sobre la nada y lo gris del mundo real. La que convierte al cine en evasión y fantasía definitiva, encantados como estamos de que nos cuenten heroicidades en lugares de una belleza casi sobrenatural.







David Lean, hace un trabajo genial tras la cámara. Su técnica es precisa, sobria, llena de planos amplios y de movimientos majestuosos en la dolly-cam. Su uso de pocos sets (no hay más de 30 en todo el metraje, y eso que el film dura dos horas y media) es sublime, concentrando muy bien el dinamismo de cada escena, llevando de manera segura y entretenida al espectador. Los 30 minutos finales, o los 30 iniciales, son pura magia, magnetísmo cinematográfico y en especial el clímax, un emergente suspenso que el espectador llega a sentir en sus propias carnes (el sonido del tren que nunca llega, el descubrimiento del detonador, la explosión final, con esa cita que cierra el film tan alentadora y llena de tristeza de uno de los personajes que contemplan el fusilamiento final: "¡Locura!"). Lean llena de paisajes, templanza y precisión cada encuadre (el rodaje en la jungla, está perfectamente calculado, medido, compuesto en cada marco que muestra la cinta, nuevamente, una obra de precisión suiza a nivel narrativo y técnico, igualmente cargado de cine con mayúsculas, todo sea dicho). El trabajo de Lean es perfecto y fantástico de principio a fin. La música original, la firma Malcolm Arnold, una partitura corta en términos generales, pero mítica en muchos aspectos, consiguiendo grandes momentos en escenas claves, por lo que estamos ante un trabajo muy notable de Arnold (los silbidos de los soldados ingleses es algo que ya ha quedado en la memoria cinéfila).
Los 7 Premios Oscar de “El Puente sobre el Río Kwai” (superando como Mejor Película a “Testigo de cargo” de Billy Wilder o “12 Hombres en Pugna” de Sidney Lumet, nada más y nada menos), y su fabuloso éxito en todo el mundo, hicieron posible, no hay otra forma de verlo, que cinco años después Lean pudiera estrenar “Lawrence de Arabia” y que pudiera hacerla como le vino en gana, de nuevo con Sam Spiegel como productor. El impacto de “El Puente sobre el Río Kwai” es enorme en el cine de aventuras posterior, y basta la ya nombrada enorme influencia en el cine de Spielberg para dar buena cuenta de él. Pero es que el sentido de la épica, la pericia técnica y la amplitud de espacios de la mirada de Lean eran algo que podía competir con el Ford más grandioso, y que muy pocos directores, ni siquiera en la actualidad, han podido igualar en el cine-espectáculo.

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