lunes, 16 de mayo de 2011

CAPITULO 77: WEST SIDE STORY - AMOR SIN BARRERAS (1961)




Algunas cintas que nos maravillaron hace años, y de las que guardamos un gran recuerdo, sufren mucho al revisarlas. O más bien sufrimos nosotros, comprobando lo mucho que las ha deteriorado el paso del tiempo. Gozaron de una plenitud de vida, y luego se marchitaron. Otras cintas que formaron parte de nuestra infancia y nuestra adolescencia, como si fueran una parte de nuestro cuerpo, volvemos a verlas después de unos pocos años, y nos emocionan igual o más que antes. Para quien esto escribe, “Amor sin Barreras”, es una de esas que, como las pirámides, luchan contra el tiempo sin inmutarse, algo que logran muy pocas. Pero ya cuando “Amor sin Barreras” nació, todos sus responsables, y los afortunados que pudieron verla en su estreno, sabían que aquello era verdaderamente grande, y que el musical había llegado a su plenitud y al mismo tiempo a su canto del cisne.

“Amor sin Barreras” es una adaptación moderna de la tragedia shakesperiana de Romeo y Julieta. En el West Side de Manhattan, dos bandas de jóvenes: los portorriqueños sharks y los hijos de inmigrantes irlandeses jets pugnan para tratar de dominar el barrio. Bernardo y Riff, respectivamente, son los cabecillas de estos grupos que, como los Montesco y los Capuleto, llevarán su odio irracional hacia un extremo por el que tendrán que pagar a un alto precio. Mezclados sin querer en esta confrontación, Tony, antiguo jefe de los jets, ahora reformado con un trabajo y una voluntad de salir de las calles, y María, hermana de Bernardo, se encuentran y se enamoran al instante. La historia transcurre durante cuarenta y ocho horas, al igual que la obra de Shakespeare, y como en ésta, sigue similares disposiciones argumentales, a excepción destacada de un final en el que en este caso sólo muere uno de los amantes. María y Tony serán los mártires del odio mutuo entre las bandas, un odio que en ninguno de los dos casos tiene realmente como verdadera justificación a la banda contraria, sino que en el fondo todos los jóvenes luchan contra una sociedad que les olvida y les da la espalda, en un caso por ser considerados extranjeros indeseables en un país que en teoría es el paradigma de la libertad y la tolerancia, y en el otro por ser hijos de una sociedad decrépita y decadente, también extranjera en su día, de unos padres ahogados entre el alcohol, las drogas y la depresión, de unas familias rotas a las que el sueño americano ha acabado por abandonar. Norteamérica no es el paradigma de nada, es un sueño frustrado, un destino oscuro para los inmigrantes que llegan y los que un día quisieron buscar en ella su hogar, obteniendo a cambio una suerte que les fue adversa y que les hizo hundirse en la más amarga de las desesperaciones. Las víctimas de esto, unos jóvenes desamparados que buscan en el grupo la única salida a su soledad, tratan de justificar con su odio sus vidas abandonadas, la falta de amor y de comprensión de unos adultos que los olvidan, que de hecho nunca los han escuchado. Pero María y Tony son diferentes, ellos encuentran en el amor el verdadero sentido a su existencia, la esperanza en un mañana que les aleje del entorno de odio que les rodea, del error de culpabilizar a nadie de sus propias desgracias. Y en este amor encuentran la verdadera felicidad, que aunque efímera, será la única salida hacia una vida mejor.





Sólo el prólogo, es una pieza audiovisual de una audacia y de una fuerza narrativa inigualable. Estos primeros minutos la sitúan ya muy por encima de otros musicales famosos, como los muy académicos de Vincente Minnelli, o algunos posteriores como “Mi Bella Dama” de 1964, de George Cukor, o “La Novicia Rebelde” de 1965 también de Robert Wise. Ni siquiera las aportaciones de Stanley Donen, que durante un tiempo fueron lo más vigoroso y vibrante, se acercan a esto. La vida que late en “Amor sin Barreras”, su aliento trágico, su profunda verdad, convierte en algo falso, bonito pero superficial, a las fórmulas clásicas del musical, elevándose mucho más allá de sus encorsetamientos, erigiéndose en una obra maestra de rasgos casi abstractos, pues la música parece crear las imágenes y dictar el destino de los personajes.

“Amor sin Barreras” es aún una obra profundamente conmovedora y comprometida. Adaptación homónima, como quizá sepa el lector, de un célebre musical de Broadway, que a su vez es una versión actualizada del mito de ‘Romeo & Julieta’, que escribiera William Shakespeare a finales del siglo XVI. El musical fue escrito por Arthur Laurents, con música de Leonard Bernstein y letras de Stephen Sondheim, coreografiado y dirigido por Jerome Robbins. Cuando se designó al ya veterano Robert Wise para dirigir la cinta, principalmente por su experiencia filmando en la ciudad de Nueva York, se le ofreció a Robbins la oportunidad de colaborar en la dirección, ya que Wise jamás había hecho un musical. Lo cierto es que, aunque no se llevaron nada bien durante el rodaje, y Robbins fue finalmente despedido por su difícil carácter y su perfeccionismo extremo, que encarecía bastante la producción, Wise insistió en compartir créditos de dirección con él. Habían vaciado los teatros y las escuelas de los mejores bailarines, y habían creado algunos de los más absorbentes decorados de cine de la mano de Boris Leven, y ambos directores crearon un milagro cinematográfico, la cinta es una lección magistral de lo que debe ser un musical bien realizado. Las coreografías de Jerome Robbins son extraordinariamente filmadas por Robert Wise, consiguiendo entre ambos en cada plano una composición perfecta y acompañando los números musicales con movimientos de cámara que abren el espacio a los bailes y con un montaje genial que consigue mejorar incluso el ya de por sí extraordinario lenguaje corporal de los bailarines. Los trajes y vestidos éstos tiñen de color el fondo desierto de las calles del barrio en el que viven, apenas iluminado de noche por la luz de las farolas o por los focos de la policía. Un rojo dominante tiñe el ambiente de pasión y odio, el amarillo y los naranjas identifican a los jets y los malvas y rojizos a los temperamentales sharks. Entre ellos, María y Tony se miran y aman ante una realidad desenfocada, en la que todo se olvida menos ellos mismos, víctimas inocentes de una triste realidad que los destruye. La cinta es una sinfonía de movimiento y color, una genial obra global en la que la música, el contenido de las letras, la interpretación, el baile y coreografía de las canciones y el estilo visual de los planos se combinan para enamorar la vista del espectador en cada momento del film.

Nunca un musical ha conseguido la fuerza que alcanza “Amor sin Barreras”. Rodada en exteriores y en treinta y cinco decorados construidos en estudio, la cinta no desperdicia ni un solo fotograma para enseñarnos que el arte del cine puede muy bien servir de apoyo y funcionar a la perfección con otras formas expresivas como el musical teatral, sin caer en el error de dejar que la acción llene por sí sola el espacio relegando a la cámara a un segundo plano, sino haciéndola participar y aportar con su lenguaje y el del montaje de la puesta en escena teatral, para quizás mejorarla y complementarla sabiamente, para crear otro lenguaje nuevo y maravilloso.






“Amor sin Barreras” es narrativa abstracta, pues el color y la música se funden en otra cosa, profundamente cinematográfica, y crean un poema en el que poco importa la trama en sí, y mucho más la forma en que está contada. Cuando Tony sale hechizado del gimnasio, pensando sólo en María, y empieza a cantar la celebérrima canción, la primera vez que pronuncia “María”, el escenario desaparece y se funde con las calles de Nueva York. La escenografía se convierte en expresión exacta, anímica, del personaje, y las furiosas avenidas de la ciudad se transforman en un ambiente bucólico, casi paradisíaco. Pero ya en la larga secuencia del gimnasio, los grupos se enfrentan entre sí valiéndose de su diferente forma de bailar, primero de izquierda a derecha y viceversa, y luego cortando el mismo espacio en diagonal, para terminar apartándose, porque Tony y María sólo se ven el uno al otro, y todo lo de alrededor no les importa nada, y hasta la luz y la música se supedita a sus sentimientos.

No solamente la profunda sensibilidad, y la asombrosa verosimilitud de todos los elementos, eleva “Amor sin Barreras” a lo sublime. También una partitura musical insuperable de Leonard Bernstein, que es una de las más famosas de la historia del cine, la cual ya contiene toda la lírica y toda la violencia de la cinta. Esta historia de pandilleros hartos de la miseria en la que viven, hijos de proletarios sin un duro o de inmigrantes con menos dinero aún, fue reescrita admirablemente por Ernest Lehman, uno de los más prestigiosos guionistas de su tiempo, y se llevaron a cabo algunas reestructuraciones o ligeros cambios respecto al original teatral. De manera impecable, la cinta progresa desde un drama juvenil hasta una verdadera tragedia racial (en el original, la intención era enfrentar judíos contra cristianos, sustituidos luego por norteamericanos contra inmigrantes sudamericanos), en la que nadie gana, todos pierden, los jóvenes enamorados ven truncadas sus vidas, los violentos comprenden que es imposible vivir siempre odiando al diferente (qué hermoso y qué triste el plano final), y la música de Bernstein se convierte en un lamento mientras la cámara recorre las pintadas callejeras que son los créditos finales.

La innovadora danza de Robbins, que mezcla estilos clásicos con otros casi impensables, rebosantes de furia y vehemencia, fue un verdadero reto para el fenomenal grupo de intérpretes, cantantes y bailarines. Al frente del reparto, la pareja protagonista, que apenas baila y que vieron sus voces de canto dobladas (como otros intérpretes en alguna canción especialmente difícil): Natalie Wood y Richard Beymer (con las voces, en las canciones, de Marni Nixon y Jimmy Bryant, respectivamente), que están excelentes. Pero la otra pareja, George Chakiris y Rita Moreno (ambos ganadores del Oscar a mejores secundarios por estos papeles), no se queda atrás. Por cierto que Beymer y Russ Tamblyn, que interpreta a Riff, se encontrarían años después en ‘Twin Peaks’, la famosa serie de David Lynch de los primeros años noventa. Todos los intérpretes gozan de un gran carisma en pantalla, y es imposible no comprender a sus personajes y sentir compasión e identificación con ellos.







Mención aparte merecen el diseño de vestuario de Irene Sharaff y los decorados de Victor Gangeling. Es maravilloso el empleo de códigos de color para diferenciar a las bandas rivales, así como para el abigarrado Nueva York (que después de las primeras escenas está casi todo filmado en estudio, y que es un personaje más, como una moderna Verona) para el que las luces y la paleta de color están particularmente inspiradas, con el objetivo de escalar hacia el sombrío clímax, sin dar tregua al exhausto espectador, que va a terminar saciado y agotado de tanto dolor, de tanta fatalidad. Robert Wise sabe aunar los números musicales de Robbins, y el tono de desdicha del libreto, para filmar algo tan fresco, tan verdadero, que se queda en la memoria para siempre.

Los actores bordan todos sus papeles. Además de la siempre fantástica Natalie Wood y el razonable aunque inferior Richard Beymer, los mejores sin duda alguna son George Chakiris y la impresionante Rita Moreno, quienes consiguen hacer saltar chispas de la pantalla con sus bailes y su excelente y excitante interpretación. Por algo merecieron ambos el Premio Óscar en la interpretación de reparto. “Amor sin Barreras” se alzó con 10 Premios Oscar de la Academia en la Edición de 1962 (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor de Reparto, Mejor Actriz de Reparto, Mejor Dirección Artística en color, Mejor Fotografía en color, Mejor Diseño de Vestuario en color, Mejor Montaje, Mejor Banda Sonora Original y Mejor Sonido), convirtiéndose en el musical más premiado de Hollywood, conociendo un grandioso éxito en taquilla, y numerosas reposiciones en todo el mundo a lo largo de las décadas.
Y qué decir de la música, obra de culto ya en la historia de las bandas sonoras cinematográficas. Pese a conservar las mismas piezas que se compusieron para la versión de Broadway, Bernstein, uno de los genios musicales que enriqueció con sus obras el arte del cine, consiguió que algunas canciones, como María, América o Tonight se consagraran como verdaderas obras maestras, piezas inolvidables de un musical intemporal que estará siempre presente en nuestras memorias y en nuestros corazones.

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