sábado, 14 de mayo de 2011

CAPITULO 75: THE TEMPLE OF DOOM - EL TEMPLO DE LA PERDICION (1984)





Steven Spielberg ha confesado más de una vez que “El Templo de La Perdición” es la cinta que menos le gusta de las protagonizadas por nuestro arqueólogo favorito, eso sin tener en cuenta qué opina de la cuarta entrega. Suele bromear al respecto, diciendo que el recuerdo más grato que tiene de haber rodado este film es el haber conocido a Kate Capshaw y haberse casado con ella quedándose para siempre con la chica de la cinta. El caso es que tanto Spielberg como Lucas no estaban pasando por la mejor época en lo que respecta a sus vidas personales, ambos atravesaron sendos divorcios (y en el caso de Spielberg uno de los más millonarios de la historia), algo a lo que muchos achacan que esta segunda entrega de Indiana Jones fuera más oscura de lo previsto, reflejando de modo alguno sus respectivos estados de ánimo.
La secuela de “Los Cazadores del Arca Perdida” tenía que llegar, era inevitable. Ya se había hecho un preacuerdo entre Lucas, Spielberg y Ford, y después del asombroso éxito de “E.T.: El Extraterrestre” de 1982 (que sería, hasta la llegada de “Parque Jurásico” de 1993, una de la cinta más taquillera de todos los tiempos) Spielberg tuvo que agachar la cabeza y regresar a una saga a la que no le apetecía volver en aquel momento de feliz creatividad, después de una cinta tan personal. Sin embargo, y a pesar de que “El Templo de La Perdición” no añade nada a su filmografía (como sí lo haría “La Última Cruzada” de 1989), fue una jugada inteligente seguir esforzándose en la construcción de este icono de aventuras.

Si la primera rendía tributo a Michael Curtiz, esta se acerca más a un Hawks o un Sturges desatados e hiperbólicos. Auténtico cómic supervitaminado, “El Templo de La Perdición” es la más frenética e intensa de todas las cintas de Indiana Jones, la de las secuencias más repulsivas, y la del tono más siniestro. Nuevos personajes y nuevos escenarios para una historia muy del gusto de Lucas, que nos lleva a la India para pasar miedo, asco, para reírnos y para soltar adrenalina a chorros. No es el mejor Spielberg, pero es un Spielberg que cumple con nota el encargo de dirigir una secuela descabellada.
Como suele suceder con Lucas, no era cierto que tuviera tres historias en la cabeza cuando se pusieron con el primer film, pero no se puede negar que cuando se pone a ello, su fertilidad imaginativa es notable. Muchísimas ideas que tuvo fueron descartadas por un Spielberg bastante renuente a realizar la segunda cinta, aún a sabiendas de que debía hacerlo. Esta vez, el asombroso equilibrio de la primera parte se vería reemplazado por una historia mucho más exagerada.

Suelen decir los dos que se les fue un poco la mano, que el film quedó más oscuro y tenebroso de lo que pretendían, y la crítica de entonces arremetió contra ello destacándolo como un defecto. Craso error, la cinta no sólo gana por ese oscurecimiento del personaje central (en una operación parecida a la segunda entrega de “Star Wars”), sino que además consiguió la que muy probablemente sea la cinta con el mejor ritmo que existe en un determinado tipo de cine. Toda una lección que debería ser enseñada en cualquier escuela de Cine, sobre todo en las de los países europeos.




Si el trasfondo de la primera aventura era la religión cristiana, aquí es la religión hindú y sus numerosos dioses. A los rasgos áridos y africanos de Túnez se superponen ahora las coordenadas frondosas y asiáticas de Sri-Lanka (no pudieron rodar en el norte de India porque el gobierno encontró, lógicamente, ideas racistas en la trama). Si antes el objeto a recuperar era el Arca de la Alianza de los hebreos, ahora es la piedra sagrada de un pueblo en las montañas más pobres de India. No repite Marion Ravenwood, sino que tenemos nueva “chica Indiana” con Kate Capshaw cuya Willie (así se llamaba el perro de Spielberg, para seguir la tradición de Lucas…) es el contrapunto cómico a tanta sangre y tanta oscuridad.

Muchos miembros del equipo volvieron a caer enfermos durante el rodaje (casi una tradición en esta saga) y la filmación fue, de nuevo, dura y complicada, pero Spielberg terminó en el tiempo y el presupuesto previstos. La cinta iba a ser un nuevo éxito, como nadie dudaba que fuera.
La montaña de la Paramount vuelve a convertirse en un objeto real, esta vez en el bajo relieve de un gong ritual, que da paso a una escena musical sobre la canción ‘Anything Goes’, de Cole Porter, versionada algo excesivamente por John Williams y cantada en mandarín por Capshaw. Ya desde que aparece esta actriz advertimos el tono alegre y la hilaridad que van a presidir gran parte de la trama. Estamos en el terreno del cine de los años treinta, bajo la mirada de un Spielberg feliz y algo atolondrado.

Este es un bloque de preámbulo, a la manera de la primera cinta, que nada tiene que ver con la historia principal. Y cuando decimos que vamos a ver el lado oscuro del arqueólogo, no nos referimos sólo al momento final en el que Indiana se transforma por beber sangre demoníaca, sino a que este es un Indiana más violento y amoral que el anterior. No sólo amenaza con matar a Willie con un cuchillo si no le dan el diamante prometido, sino que una vez envenenado, ensarta a un enemigo con un hierro ardiendo, y para despejarse golpea sin rubor a una camarera que pasaba por allí.
La suerte es que por muchos actos tremendos que pueda hacer, Harrison Ford es capaz de dotar de credibilidad y carisma a un personaje que podría haber resultado abyecto, o directamente absurdo. Siempre se ha creído que es un gran actor, instintivo y verosímil, y nunca forzado. Cuando decide ayudar al pueblo de India, parece más movido por la codicia que por otra cosa (“fortuna y gloria”...), confirmada por el brillo de los ojos al coger no sólo esa piedra, sino también las otras dos. Por eso es tan aterrador verle poseído y encadenando a Willie en el templo, porque nos lo creemos después de todo lo visto. Eso sí, todo terminará con un emotivo intercambio de sombreros entre él y Tapón.

“El Templo de La Perdición” está enmarcada en el tiempo antes que su predecesora, concretamente un año, en 1935, dando inicio en la ciudad de Shangai, donde Indiana Jones intenta recuperar un valioso diamante. La razón es que no querían meter nazis en las tres cintas. Pero salvo ese pequeño, e intrascendente detalle, nadie la percibe como previa. Y esta saga carece del carácter temporal y progresivo de “Star Wars”, por lo que tal carácter previo carece de importancia. Por otro lado, con la India de fondo, ¿alguien se pregunta dónde están los nazis?. Una vez sorteados mil y un peligros, logra escapar de dicha ciudad acompañado de una molesta cantante y un niño oriental en un avión que sufrirá un accidente mientras sobrevuelan la India. El resto lo saben de memoria por las miles y miles de veces que se supone habrán visto la cinta. Para el guión no contaron esta vez con Lawrence Kasdan, y se lo encargaron a Howard Huyck y Gloria Katz, que ya habían escrito para Lucas su obra maestra “Locura de Verano” de 1973, y dos años más tarde nos regalarían la fallida, y por momentos ridícula, “Howard, el Superhéroe”. Una vez más, se logró para la saga un guión ejemplar en cuanto condensaba a la perfección todos sus variopintos elementos, si cabe más que la anterior entrega.




Se vuelve atrás en el tiempo, y sin embargo se avanza en la descripción psicológica del personaje, sabemos más de él, y nos adentramos en su lado oscuro, en una representación más de la eterna lucha entre el bien y el mal, caracterizado éste en una especie de secta maligna y milenaria que contribuyen a venerar a su Dios con sacrificios humanos. Dichos sacrificios impresionan por su dureza, y el film navega entre este tipo de escenas y las aventuras más clásicas, rindiendo homenaje de nuevo a las viejas cintas de aventuras, algunas de ellas ambientadas igualmente en la India, al estilo de algunos títulos firmados por Henry Hathaway, u otros como “Gunga Din” de George Stevens. Una vez comenzado el film, éste pisa el acelerador de forma brutal, no dejando apenas respiro (las escenas de calma, por así llamarlas están inteligentemente insertadas en los momentos adecuados), y si no se entra en ella desde un principio ya no se entra jamás.

Sigue manteniéndose esa referencia a la saga Bond empezando la cinta con una aventura a punto de terminar, y vistiendo Harrison Ford lo más cercano al agente 007, de smoking, aunque blanco, con una escena en un restaurante, después de un excelente número musical, en la que eso de rizar el rizo se queda corto, y marca todo lo que veremos a continuación y así hasta el final de la historia. Una historia que una vez más vuelve a tener tintes religiosos y sobrenaturales, aunque esta vez radicalmente diferentes a lo visto en la anterior entrega. Nos sumergimos aquí en el ocultismo, en la magia negra, en todo lo malo que una religión puede tener, y cuyos adoradores no sólo veneran a la mismísima maldad, si no que para llevar a cabo sus planes en la búsqueda de dos piedras sagradas, explotan sin piedad a todos los niños de una aldea sometida que se ha quedado sin futuro.
Harrison Ford vuelve a marcarse una muy buena interpretación, matizando aún más a un personaje amoral en ciertos aspectos, enfrentándolo aquí a un conflicto de profunda carga emocional. Esta vez no se le asignará una misión, esta vez se verá inmerso en una aventura sin haberlo pedido, y deberá elegir entre sus intereses personales o hacer lo correcto. Acompañado de un simpático compadre de aventuras, el carismático Ke Huy Quan, que nos divirtió con sus inventos para “Los Goonies” de 1985, un actor que fue a un casting acompañando a su hermano, y al final le cogieron a él. El personaje no resulta cargante, peligro que corría, y se compenetra con Ford como un guante a una mano. Para el papel femenino de turno, en el que se pensó que Jones tendría una chica distinta en cada una de las tres entregas, se contó con Kate Capshaw que simplemente lo borda, y sus histéricas intervenciones son ya históricas. Un trío perfecto para la aventura más oscura de Indiana Jones.










Más que rasgos estilísticos, observamos una serie de secuencias de gran complejidad técnica que intentan ofrecer un “más difícil todavía” meritorio, mezclado con un tono de humor grueso que no siempre funciona igual de bien:
La llegada a India comienza con un plano alucinante en el que el trío protagonista se lanza de una avioneta subidos a una lancha que se va hinchando a medida que cae, momento recogido por Spielberg…¡en un solo plano sin cortes, desde el avión hasta la superficie nevada de la montaña! Luego caerán por un precipicio hasta un río, pero aquí habrá tres cortes. La bajada por los rápidos es un claro homejane a “La Reina Africana” de 1951. El encuentro con los hindúes respira un aliento místico indescriptible, gracias también a la opresiva música de Williams y a la magnífica fotografía de Slocombe.

La historia de los niños secuestrados tiene ciertos ecos de holocausto judío, prefigurando futuros intereses del director de tratar ese tema. Y su clímax tiene lugar en pleno proceso de redención de Indiana, que abandona toda pretensión de fortuna y gloria, y después de haber visto tanto horror (como Oskar Schindler), no se va de Pankot sin sacar de allí a todos los niños.
El viaje en elefante aúna, por primera vez, lo tenebroso con lo hilarante, sobre todo gracias a una Willie (rubia y tonta y torpe) que da pie a todo tipo de momentos graciosos que se irán repitiendo, con más o menos brillantez, a lo largo de la cinta, sobre todo en su aversión a bichos de toda clase. Y bichos vamos a ver hasta hartarnos, con dos secuencias cumbre en este sentido: la de la cena y la de la celda-trampa, siendo muchísimo mejor, en ritmo e ingenio, la segunda, que termina destrozándonos los nervios, con un montaje perfecto.

Las dos secuencias de sacrificio son de lo más oscuro que ha filmado Spielberg jamás, siendo la segunda mucho más larga y terrible, aunque, cosa curiosa, la segunda vez Mola-Ram (un alucinante Amrish Puri) no le arranca el corazón a Willie… En este escenario es vital la lava y el fuego, que ofrecen resplandores rojos infernales, así como mucho humo. Parece un lugar gigantesco, pero no lo era tanto, sino que la cámara de Spielberg sabía hacerla mucho más grande.
El bloque final es un muy meritorio compendio de escenarios, a cada cual recorrido de forma más frenética. En las minas liberan a los niños, después Indiana se enfrenta a un nuevo gigante, seguido de la brutal (y poco creíble) persecución por las vías, y culminado todo por la famosa secuencia del puente suspendido sobre un río infestado de cocodrilos. Más difícil imposible.






Espectacular, emotiva, graciosa, los años no pasan por ella, y al igual que en la anterior, “El Templo de La Perdición” es hoy mejor de lo que fue en su día, toda una lección cinematográfica a cualquier nivel que sigue tan viva y disfrutable como nunca. Los que la disfrutaron en su estreno volvieron a la infancia de la mano de uno de los pocos genios que saben lo que significa la palabra Cine. Las nuevas generaciones que la descubren se rinden a sus pies, y en el futuro seguirá provocando la misma sensación. Ya no hay aventuras como ésta. Ya no hay héroes así. Pasen y vean, tiemblen, rían, y déjense arrastrar por la montaña rusa más espectacular y apasionante que ha dado el cine moderno: “El Templo de La Perdición”, oscura y vibrante. Única. Una Obra Maestra.

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