viernes, 13 de mayo de 2011

CAPITULO 74: AMERICAN BEAUTY - BELLEZA AMERICANA (1999)





“Belleza Americana” lanza una crítica corrosiva, demoledora, mordaz y profunda de la sociedad universal, ya que, por mucho que lo diga el título, todos los trapos sucios que esta cinta airea con osadía son extensibles más allá de las fronteras norteamericanas. En conclusión explora los temas del amor, la libertad, la belleza, la liberación personal, el existencialismo, la búsqueda de la felicidad y la familia contra la situación general de los barrios residenciales norteamericanos.La cinta, ganó 5 Premios Oscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor Protagonista, Mejor Guion Original y Mejor Fotografía) y nominada a otros 3 (Mejor Actriz Protagonista, Mejor Montaje y Mejor Banda Sonora Original) , desde luego ha sido una de las victorias más merecidas para un film que destila talento por los cuatro costados. No es un récord, más bien es una cantidad modesta, pero es el triunfo de un cine con poco derroche de medios y mucho más preocupado por el funcionamiento de un guión espléndido y de ritmo ligero, rebosante de inteligencia. Un retrato de lo que nadie quiere ver de la sociedad, pero que existe oculto tras relucientes viviendas y bonitos coches.

En “Belleza Americana” están presentes todas las constantes que uno pueda relacionar con la sociedad tradicional norteamericana (el ejército, la comida rápida, los institutos, la obsesión por el triunfo o las viviendas unifamiliares) pero también se apuntan los rasgos de una América emergente y, en parte oculta, representada por las videocámaras, los homosexuales, el sexo adolescente o las drogas. De la mezcla, más que del contraste, entre estas constantes surge el amargo drama con resquicios de humor negro que San Mendes nos muestra.

La audacia narrativa de “Belleza Americana” consiste en el tratamiento ácido, casi burlón de uno de los mensajes más contundentes de cuantos se han transmitido en mucho tiempo. Así, asistimos a la proyección de una cinta de dos horas tremendamente entretenida, pero que en cada diálogo (sin excepción, y ahí está el gran mérito), está dando un puñetazo a toda la infraestructura de nuestra sociedad, hasta dejarla en escombros. Dos familias le son suficientes al guionista para crear una pasarela de personajes a cada cual más ridículo y, a la vez, más real. Representan la ambición, el deseo soterrado, la represión, la abulia, el engaño… todas viven en armonía. Hasta que, como un castillo de naipes, todo se derrumba cuando Lester Burnham (Kevin Spacey), el padre de familia, se enamora de la lasciva compañera de su hija y despierta de entre toda la basura en la que ha estado aletargado durante años. Entonces, hará un acto de sinceridad consigo mismo y comenzará a hacer lo que siempre ha querido: revelarse contra los cánones que la sociedad le ha impuesto. Y tras una serie de actos muy políticamente incorrectos, se convierte en una persona nueva, la que él aspiraba ser: un sueño opuesto al americano, pero un sueño real, que le hace feliz. Este planteamiento ya es arrollador, pero prepárense para un desarrollo brillante y una catarsis final del todo memorable.





Sam Mendes nos presenta un argumento que trata sobre varias familias que viven en una zona residencial de clase media. Aparentemente deberían desarrollar una vida cómoda y placentera, pues pertenecen a un estrato social acomodado. Sin embargo, no es así. Lester Burnham (Kevin Spacey) ha perdido su trabajo y lo ha sustituido por otro de inferior calidad; esto le ha producido una fuerte tensión en su relación con su mujer Carolyn (Annette Bening) y con su hija Jane (Thora Birch). Por otro lado, el Coronel Fitts (Chris Cooper), vecino de los Burnham, mantiene una dominación brutal sobre su mujer y su hijo Ricky (Wes Bentley). Jane y Ricky inician una relación amorosa en contra de los deseos de Angela (Mena Suvari), amiga de la primera, obsesionada con las apariencias. Por último, hay una tercera familia formada por una pareja de homosexuales que mantienen una relación normal y que apenas interviene en esta historia.

Esta atrevida historia, está dirigida con ejemplaridad por el espectacular Sam Mendes, reputado autor de Brodway que había destacado por desnudar a Nicole Kidman en “The Blue Room” y por innovar la manida “Cabaret”. Pero la perfecta estructura de esta cinta se engrandece con unos soberbios trabajos interpretativos. Kevin Spacey da vida a un resignado padre de familia, un fracasado congénito del que sabemos su final nada más empezar la cinta. Spacey, genial en su retrato del perdedor apático, encuentra en la transgresión de la norma el empuje que le impulsa de nuevo a vivir. Pero frente a esta implosión, frente a este estallido interno, tenemos el caso opuesto de su esposa, interpretada por Annette Bening. Aquí la mujer supercompetitiva, falsamente cómoda con su vida se precipita hacia un estallido externo de furia. Lo que Lester consigue es paz interior, lo que Carolyn (Annette Bening) alcanza es el paroxismo de la crisis. Testigos de esta adorable corrupción son la hija de la pareja y su novio. Unos personajes tan dispuestos a mostrar su madurez como a herir por su frialdad. Junto a ellos esta Thora Birch, Wes Bentley y Chris Cooper, en un segundo plano, realizan un trabajo más que notable; por no decir el resto de secundarios, que cumplen sobradamente su cometido.Sam Mendes con “Belleza Americana” se convierte en un quintacolumnista que boicotea la sociedad estadounidense desde dentro. Y encima, este genial saboteador se permite ser inglés.

Toda esta crónica está rodada en un estilo limpio, discreto, casi minimalista. Apenas hay detalles en los decorados, casi no hay escenas situadas fuera del microcosmos de esta familia americana, si bien se refuerza, mediante imágenes, la idea de una triple forma de mirar. Por un lado la apariencia costumbrista, formalmente perfecta en la que está rodado casi todo el metraje, por otro lado la imagen onírica, la visión del deseo y por fin la mirada real dada por una cámara de vídeo casi omnipresente en las manos del joven vecino.






Mendes, un experimentado director teatral, debuta aquí con una historia sobre la desintegración del mito americano, sobre la descomposición de un decorado humano en el que Kevin Spacey nos brinda una interpretación realmente soberbia, inspiradísima y contenida, que logra transmitir el patético heroísmo que el personaje requiere. Puede que no todos los personajes están tan bien acabados y que determinadas escenas hubieran requerido haberse trabajado más desde el punto de vista de puesta en escena pero es indudable que nos encontramos ante una cinta de considerable calidad en la que varios elementos (no hay que olvidar la excelente banda sonora) se ha aliado para proporcionar al, a menudo decepcionado público, una sabrosa ración de inteligencia.
El comportamiento de las clases medias ha sido tratado por el cine americano desde múltiples puntos de vista. Y es que, al contrario de lo que ha ocurrido en muchas naciones europeas, en América esta industria nunca ha sido subvencionada por el gobierno; esto hace que no solo no se condicionen los temas que se puedan tratar, sino también el modo en cómo puedan ser abordados. En Estados Unidos, los directores han gozado casi siempre de gran libertad para exponer puntos de vista que eran muy críticos con los gobiernos, los ejércitos, los sindicatos o la misma sociedad; y al contrario, han valorado todas aquellas cualidades que merecían ser exaltadas. “Belleza Americana”, como su nombre indica, aparentemente se refiere a la sociedad americana; sin embargo, no debemos ser tan ingenuos como para pensar que los mismos fenómenos que se exponen aquí, no se puedan producir en otra sociedad occidental, política, social y económicamente desarrolladas. La sociedad americana es solamente el símbolo que mejor refleja la carga de ironía que envuelve el titulo de la cinta.










Probablemente la intención de Sam Mendes, y Alan Ball, el guionista, a la hora de contar estas historias era mostrar que las relaciones humanas constituyen el fundamento de una convivencia. Tenemos que sacar siempre lo mejor de nosotros mismos, en un proceso que comienza en nuestra infancia y debería terminar con el final de nuestras vidas. ¿Por qué si no, esa pregunta que se hace Lester con la foto de su hija en la mano?: “¿Cómo hemos llegado a esto Jane, tú que en la foto eras como un ángel y me querías con locura”. Y aquella otra que le hace a su mujer: “¿Dónde está aquella Carolyn tan alegre e ingenua, que se subía a los tejados y se desnudaba cuando pasaban los helicópteros, y era todo como una fiesta?”. Al final todo se ha roto porque ese equilibrio que tiene que reinar en toda relación humana, y que se basa en la confianza, cuando se traslada al interior de una familia tiene que tener una finura extraordinariamente delicada. No puede haber tiranía de una persona sobre las demás, como se percibe en la familia del coronel. El interés de cada uno de los miembros de la familia por los demás debe estar presidido por la comprensión; pero no una comprensión impuesta, sino surgida de la convicción íntima de cada uno de ellos. En el fondo, es el amor, día a día, el que tiene que crear esa ligazón que sea capaz de aunar voluntades. Y en esto no hay distinción entre heterosexuales y homosexuales, entre ricos y pobres; porque en todo caso, cada persona será siempre responsable de sus actos.
Sam Mendes maneja con mano maestra el ritmo del film y sabe introducir adecuadamente, dentro de la tensión general presente en la cinta, secuencias tragicómicas, como la de la hamburguesería, y otras que reflejan la hipocresía de la sociedad, lo que contribuye a mantener siempre alerta la atención del espectador. Por último, mencionar las sobresalientes interpretaciones de Kevin Spacey y Annette Bening, simplemente memorables.  Estamos, por tanto, ante una gran cinta; con un guión profundo y brillantemente desarrollado, sazonado convenientemente con diálogos ingeniosos y sugerentes. Si a todo esto le añadimos una magnífica dirección, el resultado es una de las grandes cintas del cine moderno. De cualquier manera, deja huella en el espectador. Arrasa sus emociones y en cada escena presenta un mundo por descubrir, analizar y trasladar a la vida real. Una auténtica obra maestra.

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