domingo, 8 de mayo de 2011

CAPITULO 69: A MAN FOR ALL SEASONS - UN HOMBRE PARA LA ETERNIDAD (1966)





Entre el conjunto de cintas que tratan el tema de la integridad moral de un personaje, que lucha y llega incluso a morir por mantenerse en su postura ideológica o ética, hay que incluir “Un hombre para la Eternidad”. El hecho de que nuestro tiempo sea más bien la vía media la que prima, el adaptarse a las circunstancias, hace difícil de entender el mensaje del film, pues su carga religiosa ha quedado hoy obsoleta, hasta el punto de no entenderse la tolerancia que lleva oculta o lleva implícita la actitud del protagonista, y que corre el riesgo de interpretarse como simple tozudez católica que su canonización ha favorecido.
En cualquier caso, la cabezonería de personajes (recuérdense “Gandhi” de 1982 y “Caballero sin Espada” de 1939) que se obstinan en oponerse a algún tipo de autoridad que va en contra de sus principios, tiene un valor ético, el de la resistencia del pensamiento individual frente a la sociedad; es su rebelión contra las constricciones científicas, ideológicas o éticas lo que está en la base del argumento de estas cintas.
Sir Thomas More, (Londres, 7 de febrero de 1478 – Londres, 6 de julio de 1535), fue un teólogo, político, humanista y escritor inglés, además de poeta, traductor, canciller de Enrique VIII, profesor de leyes, juez de negocios civiles y abogado. En 1535 fue enjuiciado por orden del rey Enrique VIII, acusado de alta traición por no prestar el juramento antipapista en el proceso de surgimiento de la Iglesia Anglicana ni aceptar el Acta de Supremacía. Fue declarado culpable y condenado a muerte, ejecución que se llevó a cabo el 6 de julio de ese mismo año. En 1935 fue canonizado por la Iglesia Católica, de quien recibe la consideración de santo y mártir.
El film de Fred Zinnemann, basada en la pieza teatral de Robert Bolt (A Man for All Seasons), nos introduce en las circunstancias vitales del personaje de Sir Thomas More, sin narrar su proceso de ascenso social, sino presentándolo ya en su puesto de juez benévolo e imparcial; su resistencia al soborno revelará no sólo su actitud ante la vida, sino la de los pequeños individuos arribistas de su entorno, que delatan la corrupción general del momento y, de modo más universal, la de la naturaleza humana. El afán de riquezas de uno de estos seres insignificantes, su traicionero protegido, Richard Rich (John Hurt), y el desdén hacia ellas que pone de manifiesto Thomas More, se plasman visualmente en la secuencia de la barca sobre el río, en la que el Támesis se convierte en una metáfora de la vida y de su placidez engañosa, pues conduce hacia la muerte, la tranquilidad e inmovilidad que connotan los paisajes representan visualmente la actitud del protagonista, espléndidamente interpretado por Paul Scofield.
Antes de ser trasladada a la pantalla, la obra había tenido un considerable éxito en los escenarios, e incluso había sido editada y traducida a numerosos idiomas. Fue dirigida por el eficiente y académico Fred Zinnemann, autor de títulos tan importantes como “A la Hora Señalada” de 1952, “De Aquí a La Eternidad” de 1953, e “Historia de una Monja” de 1959 (y ulteriormente de Julia), quien consiguió el Oscar al Mejor director quizás por mostrar su capacidad de dotar de intensidad un drama histórico ateniéndose a los dilemas éticos que a la espectacularidad propia del cine llamado histórico.




Si bien la religión permaneció como el centro de la vida de Sir Thomas More, desde su formación eclesiástica, sus numerosas aportaciones personales al pensamiento religioso, y, más ampliamente, ético, son muy cercanas a las inquietudes de nuestro tiempo, y el film hubiera sido más interesante si se hubiera hecho eco de ellas. Su utopía de un mundo justo, donde los seres humanos pudieran defender sus opiniones y mantener su integridad, contemplaba favorablemente la pluralidad religiosa y la eutanasia; su idea de que el divorcio era posible sólo en caso de mutuo acuerdo, y no por razones que fueran en perjuicio de los derechos de la mujer (por ejemplo, la esterilidad que alegaba Enrique VIII) es en último extremo, lo que le lleva a la muerte. Es una lástima que no incida más la cinta en el pensamiento de More, en la importancia que otorgaba a la razón y a la dignidad humana, o en sus relaciones con Erasmo. Sin embargo, en todos sus enfrentamientos verbales está implícita la fuerza del diálogo como instrumento de defensa y de lucha ideológica; pese a todo, su deseo de mitigar los males de la sociedad, no tendrá por respuesta sino el silencio, la cerrazón y la muerte, como aún ocurre en nuestros días.
Zinnemann supo además extraer memorables interpretaciones de un reparto compuesto por grandes actores forjados en su mayor parte en el teatro, en particular su protagonista, Paul Scofield (Hustpierpoint, 1922), uno de los grandes de la escena británica (había sido un célebre Rey Lear en el montaje de Peter Brooks, que luego se trasladaría al cine en 1971), y que se prodigó muy poco en el cine, aunque seguramente el lector lo recordará en dos actuaciones memorables al lado de Burt Lancaster, como el culto oficial nazi de “El Tren” (John Frankenheimer, 1964), y como un lúcido y desencantado espía soviético en “Scorpio” (Michael Winner, 1973), que también consiguió otro Oscar en el apartado de Mejor Actor protagonista al componer un Thomas More insuperable.
La connivencia con el sistema de personajes insignificantes o poderosos, ambiguos o mezquinos no logrará amargar la vida del protagonista, pero sí la de sus familiares, menos íntegros y meditativos que él. Fred Zinnemann narra de manera sencilla e impecable el proceso, lleno de trampas, que le lleva a ser canciller de Inglaterra y que desembocará en su calvario y en su rechazo de Enrique VIII como cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Destacan la interpretación de Orson Welles, como el decadente cardenal Wolsey, así como la de los personajes femeninos (Wendy Hiller y Susannah York), que encarnan a Alice Middleton, la segunda esposa de More y la hija de ésta); la espontaneidad de Robert Shaw en su composición del personaje de Enrique VIII suple algunas carencias a la hora de perfilarlo; por último, hay que señalar la aparición en los inicios de su carrera cinematográfica de una Vanessa Redgrave como Ana Bolena, que se reduce, por desgracia a un único plano. Las cualidades de esta cinta sobre un pionero de la tolerancia religiosa, le hicieron merecedora de 6 Premios Oscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor Protagonista (Paul Scofield) Mejor Guion Adaptado, Mejor Diseño de Vestuario y Mejor Fotografía).







Y cierto es que ese texto teatral convertido en cinematográfico es primoroso en su proverbial exposición, haciendo gala de una sobriedad en la que la discreción y el rigor no se riñen con intensidad (y donde, mientras personajes históricos –caso del Rey y de Cromwell- están descritos con intención quizá hiperbólica pero que no trasciende el arquetipo, queda espacio para perfilar un personaje como el de Rich, encarnado por un joven John Hurt, que, aunque también sea un personaje histórico, funciona más bien como alegoría de los valores –o su carencia- puestos en la picota argumental). Sin embargo, por encima del relato de la tensión imposible entre la fidelidad a la Corona y las convicciones de la Fe (o dicho de otro modo, entre el pragmatismo político y la moral católica), solo queda la caracterización de More como erudito y gran conocedor del Derecho, ello concretado en sus diversas reflexiones sobre la distancia que a menudo existe entre la Ley Natural y la ley positivizada, y la imposibilidad de la segunda (las leyes creadas por los hombres) para alcanzar la Verdad inherente a la primera: es difícil exponer, y el film lo hace con suma precisión, el sentido del silencio como (último) reducto de salvación de More. No olvidemos que, a pesar de que son evidentes sus convicciones contrarias a las normas promulgadas por el Rey, sus perseguidores tienen que recurrir al perjurio para lograr la condena que tanto han buscado, pues ese silencio, si bien lo había aniquilado de la vida civil y social, no alcanzaba a la prueba que requiere el due process in law.
De la puesta en escena de Zinnemann, lo mejor de su ejemplar servicio al texto, destaca el tono recogido escogido para describir la personalidad de More, en oposición con las turbias circunstancias que arremeten contra él. Así, “Un Hombre para La Eternidad” puede muy bien verse como una hagiografía de More, pero Zinnemann, bajo el solemne envoltorio, ofrece un austero, excelente, retrato del sufrimiento del personaje, en correspondencia con la estoicidad del mismo.
La ironía con la que More afronta la constante desacreditación, luego humillación, a la que es sometido se recoge en el modo sutil en el que el realizador filma esas escenas que carean al teólogo con sus amigos y enemigos. Incluso cuando éste no aparece, su ausencia es decisiva (la secuencia en la que el rey le confunde con otro en la fiesta en la que se desposa con Ana Bolena, demostración del respeto y admiración que el Rey sentía por More y que, por razón de sus actos, ha perdido; también plasmación de lo insoportable que al monarca, tan pagado de sí mismo, le resulta esa circunstancia).





Al igual que el protagonista del film, mantiene constante el completo metraje la dualidad entre lo terrenal y lo espiritual, Zinnemann guarda un espacio para retratar esa espiritualidad (recurriendo a lo telúrico, a la belleza que habita en los paisajes, en las aves que sobrevuelan la campiña, en los amaneceres o crepúsculos, en los cambios de estación… muchos planos en los que no cuesta ver la simbología de lo que se impone por encima de los avatares y miserias de los hombres, lo que no se puede macular, el equilibrio de la naturaleza), y otro espacio a las tesis objetivas, a leer en clave de injusticia y depredación política que definieron aquel momento y aquel lugar: baste consignar el brusco fundido en negro que termina el plano que muestra el hacha descendiendo sobre el penado, y ese epílogo en el que se refiere el lúgubre desenlace del resto de personajes implicados en la trama, mientras las imágenes se posan sobre diversas gárgolas y estatuas de piedra, que al ser plasmados bajo esa lóbrega luz, subrayan a la perfección la tesis histórica subyacente.
El film se rodó íntegramente en escenarios naturales e históricos de Gran Bretaña y fue un éxito de público en un tiempo en el que objeción de conciencia cobraba una enorme vigencia entre los jóvenes norteamericanos que se negaban a servir como máquinas de matar en el Vietnam.

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