viernes, 29 de abril de 2011

CAPITULO 60: BARRY LYNDON (1975)





Siglo XVIII. Redmon Barry (Ryan O’Neal) es un irlandés enamorado de su prima Nora (Gay Hamilton), la cual, le abandona por el poderoso capitán Quinn (Leonard Rossiter) a raíz de los celos del primero. Barry se bate con Quinn y éste queda muerto, por lo cual, tiene que huir dejando a su madre y sus raíces. En su camino de huída, Redmon Barry pasará por formar parte del ejército inglés, por enamorarse con una holandesa, por formar parte de ejército prusiano y por ser ayudante de un buen austríaco y tramposo jugador de cartas. Todo esto antes de casarse con la condesa de Lyndon (Marisa Berenson), cuyo hijo llega a odiar profundamente a Barry (que pasará a llamarse Barry Lyndon), lo cual creará, junto con su codicia, inimaginables y serios problemas en la vida de Barry y de su familia.
Ya antes de realizar “La Naranja Mecánica” de 1971—para el que suscribe la cinta más sobrevalorada de la filmografía de su director— Stanley Kubrick tenía intención de hacer un film sobre la figura de Napoleón, uno de sus proyectos más ansiados y que finalmente nunca pudo llevar a buen puerto. En su investigación y preparación sobre ese rodaje que nunca tuvo lugar, Kubrick se encontró con la novela de William Makepeace Thackeray, en el que se narraban las aventuras y desventuras de un personaje llamado Barry Lyndon, por lo que empleó parte de esa investigación sumada a la pasión por el tema, en preparar la que sería su primer film de época, en el sentido estricto de la expresión. Jamás veríamos la visión de Krubick sobre el mítico emperador francés, pero a cambio nos regalaría uno de sus trabajos más personales.







Nos encontramos ante una de las mejores cintas del indiscutible genio Stanley Kubrick: una obra maestra cuya definición completa al cien por cien podría ser "magnífica". Una cinta que fue merecedora de 4 Premios Óscar de la Academia (Mejor Fotografía, Mejor Dirección Artística, Mejor Banda Sonora y Mejor Diseño de Vestuario), nominada para otros 3 (Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guion Adaptado) y que no se merecía menos, pues podemos ver en “Barry Lyndon” un film perfecto, con unos diálogos, una imagen, y un todo que le convierte en una verdadera joya, en cine puro.
Extraordinario reparto que abarca todas las épocas y momentos del film. El protagonista, Barry Lyndon, interpretado por Ryan O'Neal, su actuación es bastante correcta, quizás en momentos muy puntuales lleve su personaje a un extremo opuesto de lo ya creado anteriormente para volverlo a llevar a su original, definición de oportunismo en su globalidad interpretativa, eso es quizás un punto a favor, complejidad de un personaje que evoluciona junto al espectador dentro del film, lleno de matices tiernos y amargos, un personaje Kubriquiano sin lugar a dudas. Ryan O´Neal fue de los pocos actores que quedaron encantados con el perfeccionismo que obsesionaba a Kubrick —de ahí que muchos de los que trabajaron con el director, quedaban hartos de sus arduas y extenuantes jornadas de trabajo, en las que Kubrick era capaz de hacer repetir hasta 90 veces una misma toma—, y declaró que había sacado de él lo mejor que podía dar como actor. La aparente inexpresividad de O´Neal es aprovechada por Kubrick para enfrentarla al mundo cruel y decadente de la nobleza retratado en el film. Además, el actor consigue cierta dualidad en su personaje que lo enriquece aún más. Por un lado el aspecto angelical del actor nos hace ver a un Barry inocente, capaz de sentir amor, pero también posee un lado oscuro que le hace ser despreciable hasta límites insospechados. Sirva como ejemplo de esto último la secuencia en la que Barry echa el humo en la cara a su nueva esposa, como señal de desprecio. Y qué decir de Lady Lyndon, Marisa Berenson interpretando, uno de los mejores personajes del film. Su continencia verbal y su ingenua personalidad además del dolor contenido reservado solo para el estallido en algunas secuencias, es sublime, un personaje increíble que sufre y aparece en toda la segunda mitad del film, destacable. Destacar también a los magníficos secundarios (muchos de ellos aparecen en otros films de Kubrick), mención aparte para Leon Vitalli como Lord Bullingdon, y su gran relevancia y paralelismo con Barry Lyndon volviendo el argumento del revés al final de la cinta, un personaje realmente atractivo. También genial el papel de Patrick Magee, como el Chevalier. En general, un reparto excelente, que ayudan a aportar grandes dosis cinéfilas a la cinta de una carga dramática ejemplares, volviéndose infinitamente atractivas al final del nudo y todo el desenlace del film.







Las interpretaciones junto con los diálogos, han creado escenas memorables, por ejemplo la escena en la que Barry y Lady Lyndon están dentro de su coche, él está fumando, ella le pide que deje de fumar y él se lanza suavemente humo a la cara y continúa o sin ir más lejos, la famosa secuencia del fallecimiento del hijo de los Lyndon, una especie de broma macabra del destino hacia Barry y sus fútiles ambiciones. El instante en el que el niño ya moribundo pide a sus padres que nunca más se peleen para así poder verles en el cielo, es una de las secuencias más dramáticas de toda la filmografía de Kubrick; importante también citar la muerte de uno de los mejores amigos de Lyndon en la guerra. Y es que Kubrick se guarda los momentos emotivos para los instantes íntimos de sus personajes, y en contra de lo que suele decirse sobre el cine del director neoyorquino, “Barry Lyndon” es una muestra patente de la gran emotividad que desprendían las cintas de Kubrick.
La historia de “Barry Lyndon” está dividida en dos actos, y cuenta básicamente las aventuras de un hombre de origen humilde, que desea por todos los medios huir de ese origen y conseguir un título nobiliario de importancia. Tras huir debido a un duelo en el que Barry cree muerto a su oponente, aquél termina participando en la guerra de los siete años. Tras desertar por segunda vez, al lado de un compatriota irlandés con el que conocerá todo tipo de excesos, decidirá cortejar a Lady Lyndon única y exclusivamente por su dinero. Una vez casado, seguirá en su mundo de vicios y diversión, gastando una fortuna en intentar ser un noble. A partir de ahí, la desgracia. A diferencia del libro, narrado en primera persona, Kubrick decide utilizar una voz en off omnisciente, que aleja al espectador de la historia, algo totalmente intencionado. Nosotros somos meros espectadores que miramos con prudente distancia, mientras admiramos la puesta en escena de Kubrick, un trabajo colosal cuyo resultado no puede ser más perfecto.

El guión de “Barry Lyndon”, escrito por Stanley Kubrick, representa tantas cosas que su evolución argumental resulta perfecta tanto para la historia en sí, como para sus personajes, todos ellos perfilados de una manera sublime en subtramas mas o menos destacables. Kubrick juega con las cartas a su favor, el planteamiento es sencillo, no tiene complicación, la trama se sigue estupendamente contando la subida a lo más alto del personaje, los momentos históricos, el amor, y ciertas escenas destacables que volverán a repetirse al final de la historia con cierta reminiscencia, pero su profundización es tan sublime, que jamás sabremos el rumbo que va a llevar el film en ciertos momentos, cosa que la hace sumamente destacable el maestro Kubrick. Quizás la introducción sea algo más lenta, y ciertas partes del nudo sobren argumentalmente, pero el film está cargado de buenos momentos con cierto simbolismo, sin dejar nunca de lado sus secundarios, enormes personajes llenos de dolor, ira, ego, ternura y porque no decirlo, carisma. Lo más interesante del film, es que cuenta dos historias sobre un mismo personaje. Un final quizás poco convencional, con una resolución rápida quizás, pero tan real que gusta y es totalmente tajante. Un guion sin duda, lleno de detalles y puntos morales de la época, paralelismos también por otro lado, en estos tiempos revueltos.





Cada uno de los planos que forman “Barry Lyndon” parecen un cuadro que observar, todo está en su sitio, perfectamente calculado y pensado. La cinta fue filmada en escenarios naturales, algunos de ellos castillos de verdad en los que Kubrick dio un paso más a la hora de iluminar las secuencias. Suele decirse sobre esta cinta que no se usó ningún tipo de luz artificial, algo parcialmente falso. John Alcott —que también aparece como extra en la escena de la orgía—, ganador de un merecido Oscar por su labor, se encontró con enormes dificultades debido al rodaje en escenarios naturales. Casi todas las secuencias son una mezcla de luz natural con artificial, salvo una, la muy famosa de las velas, en la que simplemente se utilizó la luz desprendida por dichas velas y unos reflectores. Para conseguir captar algo con la cámara, Kubrick utilizó varias lentes de una cámara Zeiss que tomó prestada de la NASA. Ésta permitía una abertura de diafragma muy grande, pero había un problema, la profundidad de campo prácticamente desaparecía. Kubrick se las ingenió para convertir ese problema en algo satisfactorio. La limitación de movimiento de los actores en la secuencia sirve como retrato de una sociedad aburrida y cansada, algo constantemente subrayado por el director, ya sea en sus escenas/cuadros o mediante la composición de sus actores.

Con “Barry Lyndon” Kubrick no sólo quiso contar las aventuras de su personaje abocado al poder invisible de la nobleza, sino que también quedan patentes en la cintas los temas predilectos del autor, como el asqueo por la violencia o la pequeñez del ser humano ante la grandeza del universo. Para enfatizar esto, Kubrick optó por empezar la mayor parte de las secuencias con un primer plano que va abriendo mediante zoom hasta enmarcar a los personajes en un enorme mundo que les queda demasiado grande. Con su impecable vestuario, hecho a partir de auténticas vestimentas del siglo XVIII. Un tono burlón por parte de Kubrick, que además de hablar sobre la pequeñez de los hombres y sus actos, se ríe de ello, mostrando así la patética vanidad del ser humano.
Un film que logra llevarse la calificación de Obra Maestra en todos los sentidos. Kubrick hizo su cinta de época (¿Qué género no ha hecho este hombre?) de la manera más impecable posible, más exigente y más adecuada, donde films posteriores beberían de su recalcada huella cinematográfica. “Barry Lyndon” no es más que una joya fílmica y visual, lo que la convierten en una gran obra maestra.

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