martes, 26 de abril de 2011

CAPITULO 57: NO COUNTRY FOR OLD MEN - SIN LUGAR PARA LOS DEBILES (2007)





Justo cuando parecía que Joel y Ethan Coen vagaban por otros derroteros artísticos alejados de sus primeras producciones, frenaron en seco retornando a sus raíces con la inestimable ayuda de Cormac McCarthy, disidente literario que con tan sólo diez novelas escritas puso patas arriba la literatura norteamericana reciente. Los hermanos Coen volvieron con fuerza en una de sus mejores producciones, y de paso colocando a la industria yanqui a los pies de Javier Bardem, rendida ante una interpretación tan inquietante como estimulante.
Llewelyn Moss (Josh Brolin) se topa en medio del desierto tejano con las consecuencias de un fallido trato entre narcotraficantes de la frontera: un buen puñado de cadáveres, kilos de heroína y dos millones de dólares. La tentación es demasiado grande como para desperdiciar este billete a una vida mejor —máximo teniendo en cuenta que vive con su esposa, Carla Jean (Kelly Macdonald) en una vetusta autocaravana—; así, coge el dinero y planifica su huida, iniciando con ello un torbellino de violencia que tiene su epicentro en el letal y diabólico Anton Chigurh (Javier Bardem), su principal perseguidor. Tras la pista de ambos, el desilusionado, frustrado y serenamente desangelado sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), incapaz de seguirles los pasos y turbado antes los cambios del mundo en el que vive, para él cada vez más alejado del que conoció en su juventud.




A causa de esta obligada marcha hacia delante, impulsada por el miedo a volver la cabeza a tiempos pretéritos y no ver ni aprender nada de ellos, la evolución del film puede parecer estática, anti-climática, incluso predecible. Sin embargo, ésa ha venido a erigirse en tónica de un nuevo cine lúcido que no se lame las heridas y que prefiere continuar andando hacia algún sentido común —Llewelyn y Anton coinciden en esa precisa actitud al huir de la misma forma cuando una grave lesión les obligaría a detenerse y reconocer que ya no son como los Eastwood de antes—. El suspense adquiere fuerza en pequeñas dosis de escenas cotidianas, cuyo costumbrismo en manos de los Coen se trastoca en magia visual, mientras deja de tener importancia quién persigue a quién o quién posee menos motivos para quedarse el dinero, esa dádiva surgida del desierto y que vuelve a apropiarse con sádica ironía, como si se tratase de un círculo dantesco donde todos los personajes deben deambular sin conseguir consuelo en la vida o la muerte.
El paisaje tejano se convierte en el elemento integrador de una narración eminentemente visual, sofocantemente física, en la que a diferencia de otros largometrajes “contados”, el diálogo —se mantiene el justo— es reemplazado en este estilizado film por un extraordinario ejercicio de reconstrucción que encaja las persecuciones paralelas de los tres protagonistas, donde cada plano es elocuente y el montaje logra un verdadero diálogo de las imágenes. Hay quienes señalan que el cine actual sigue de forma constante e infatigable a los personajes, que la cámara no descansa en este acoso, y que se ha perdido el gusto —y la pericia— por las elipsis. Aquí están los Coen para hacer uso de este recurso de manera formidable, para hacer avanzar lo narrado y dejar fuera algunos fragmentos que habrían sido difícilmente soportables.
De esta forma consiguen un relato estructurado, vigoroso, capaz de una tensión creciente abocada a la tragedia, en el que la huida de estos personajes adquiere el sentido de lo inevitable, donde la violencia se convierte en una ceremonia. Y este uso primario del lenguaje fílmico, la simple imagen en la pantalla, se apoya en buena medida en la labor de los intérpretes, unos rostros capaces de sustituir líneas y líneas de diálogo. Tommy Lee Jones encarna el temperamento circunspecto de esas tierras en un papel que se añade a la galería de sus memorables trabajos, al igual que un muy ajustado Josh Brolin. Y por supuesto, poco hay que añadir sobre la intervención de altura de Javier Bardem que no se haya escrito reiteradamente este tiempo, un personaje que superará al actor y se convertirá en un referente del género. Es necesario señalar también un sólido plantel de secundarios —muchas veces, éstos son la verdadera grandeza de un film— que tienen la virtud de parecer salidos de lo más recóndito de Texas que seamos capaces de imaginar.




“Sin Lugar para Los Débiles” es tan deliberadamente profunda, compleja, pausada y átona como cabría esperar. Se trata de la mejor cinta de los Coen en mucho tiempo, puede incluso que la más madura, dotada de ese ritmo peculiar que se ha convertido en marca de la casa gracias a sus títulos más recordados, desde su inicial “Simplemente Sangre” de 1984 a “De Paseo a La Muerte” de 1990, “Fargo” de 1996 o “El Gran Lebowski” de 1998 a la más reciente “Temple de Acero” del 2010; además, es su propuesta más violenta y visceral, al tiempo que la única que podría englobarse netamente en el género de cine de acción, siempre filtrado por la visión de estos inclasificables guionistas y realizadores. Todo contribuye a la redondez de la propuesta, desde los paisajes áridos, desasosegantes y aplastados por el eterno sol del Oeste tejano hasta la ausencia de banda sonora, un metraje rendido tan sólo al sonido de un ambiente tan parco y deshumanizado como los sucesos que enmarca. En este contexto frío y apático, el trío central puede conformar una sola figura, cada uno de ellos aportando sentimientos que van desde la exasperante parsimonia de Chigurh a la rudeza y emoción encubierta de Moss, pasando por la desidia de Bell, derrotado desde el momento en el que su voz en off arranca la narración abriendo un círculo que él mismo cierra con un relato final que provoca un pasmo en el espectador del que cuesta recuperarse. La dirección de actores, una de las virtudes definitorias del cine made in Coen, es soberbia, extendiendo su saber hacer más allá del tridente central y logrando extraer lo mejor de cada participante de la tragedia, por escasa que sea su participación en la obra.
La arrítmica pero sorprendentemente fluida narración demuestra una soberana capacidad para saltar de un personaje a otro regalándole nuestra total atención, beneficiándose de la inexistencia de una presentación previa de los mismos. Porque este es uno de esos extraños casos en los que el espectador se ve inmerso en la trama desde el primer instante, sin que su interés decrezca en ningún momento, fascinado por un reparto coral alucinado y alucinante; como remate de esta pirueta artística y formal, los responsables del proyecto son capaces de disfrazarlo todo de tal forma que ni siquiera nos percatamos de que Bell es el protagonista absoluto, el viejo del título que ve pasar la vida con la etérea sombra del fantasma de su padre, pretérito cowboy de Río Grande, planeando sobre su existencia. Porque, en efecto, estamos ante lo que no es otra cosa sino un western moderno y que desmitifica definitivamente la dorada grandeza del Oeste americano, un momento en que el Bueno y el Malo —con mayúsculas— luchaban conforme a valores más o menos válidos pero que defendían con convicción desde uno y otro lado de la Ley. Aquí no hay nada consistentemente hermoso, en un momento —la historia está ambientada en 1980— en el que Estados Unidos comenzaba a perder sus libertades en beneficio de un caos que aún sigue apoderándose de una sociedad tendente al temor de manera peligrosamente natural.



Cierto e indudable es aceptar que el film puede resultar pesado en algunos momentos a lo largo de sus dos horas de metraje, y que determinados personajes aportan poco o nada a la trama y su desarrollo —Woody Harrelson es el mejor ejemplo—, pero lo que es de un valor innegable, a la postre la gran oportunidad y aportación de la cinta, es la creación de un ambiente tan pasmado que retrotrae inevitablemente nuestra percepción, incluso, a los mejores momentos de aquella maravilla de la pequeña pantalla que es “Twin Peaks”. Y eso, en los tiempos creativamente áridos que corren, no tiene precio. “Sin Lugar para Los Débiles”, desde luego; de hecho, este microuniverso fronterizo no es lugar para nadie. Pero desde el otro lado de la pantalla se está muy a gusto, si aceptamos la invitación de los Coen a conocerlo sin reservas.
Pocos y lacónicos diálogos para una acción violenta y seca, con una narrativa depurada que busca crear atmósferas siniestras en las que recortar unas figuras al borde del abismo: un mezquino e ingenuo veterano que cava su propia tumba al dejarse arrastrar por la codicia, un psicópata que encarna el mal en estado puro y que carece de sentimientos, y un sheriff que añora unos valores del pasado ahora desaparecidos en un mundo de droga y violencia. Muerte entre flores marchitas, entre desolados parajes del desierto texano-mexicano, un territorio inhóspito que viene a conformarse como el cuarto personaje del film, en la misma línea áspera y sombría que los humanos. Conseguida ambientación de western decadente, donde la droga sustituye al whisky y el arma de aire comprimido al revólver, pero donde el sheriff sigue estando solo ante el peligro, a merced de los pistoleros de turno. Los hermanos Coen nos trasladan a un universo negro de miedos e inquietudes, y por eso se apoyan en el sonido como elemento fundamental para generar sensaciones en el imaginario del espectador, cuando no se sirven de una cuidada planificación que prima los picados y contrapicados, los planos selectivos de unos pies que avanzan o de una cerradura que de nuevo salta por los aires, para lograr así un expresionismo visual. Con una fotografía llena de tantas sombras y misterios como sus personajes, de los que no se sabe —ni se pretende saber— el pasado ni las motivaciones. Sólo interesa el presente de un país que se tiene que olvidar de otra época y que no conoce su devenir, por lo que su cierre antes de los títulos de crédito debía ser un “final-cut” y plano en negro, que sin aviso ni sentimiento saca al espectador de un universo brutal, como si le hubieran noqueado de un disparo seco con aire comprimido.



De ritmo pausado, casi contemplativo, el largometraje se revela como un prodigio de elegancia expositiva y trabajo de cámara, sirviéndose de un montaje impecable y llena de crudeza, con mucha sangre y violencia interior por el vacío que trasmite, por el pesimismo y tristeza de sus protagonistas, por los aires viciados y plomizos que respira, cada conversación en torno a la cara y cruz de una moneda— y algún toque de humor negro en el que resuena lo mejor de “Fargo”. Paradigma del nuevo cine americano que ahonda en los fantasmas que amenazan la paz y la libertad, que llegan sin avisar y que se van sin dejar rastro, como el silencioso Chigurh de mirada torva o el desgastado Bell de voz cansina. Un cine muy personal, no apto para todos los gustos ni sensibilidades, al que sin embargo hay que reconocer su cuidada factura visual, su certera caracterización de ambientes y personajes, su depurada narrativa.
“Sin Lugar para Los Débiles” consiguió 8 Nominaciones a los Premios Oscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor de Reparto, Mejor Guion Adaptado, Mejor Fotografía, Mejor Montaje, Mejor Sonido y Mejor Montaje de Sonido), llevándose 4 estatuillas (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor de Reparto (Javier Bardem - primer actor español que obtuvo tan distinguido galardón) y Mejor Guion Adaptado); también ganó 2 Globos de Oro (Mejor Actor de Reparto y Mejor Guión); obtuvo 9 Nominaciones a los Premios BAFTA de las que solo venció en 3 de ellas (Mejor Director, Mejor Actor de Reparto y Mejor Fotografía).

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