domingo, 24 de abril de 2011

CAPITULO 55: THE LOST WEEKEND - DIAS SIN HUELLA (1945)





Todo comenzó en Chicago, donde Billy Wilder tenía que efectuar un transbordo de trenes. Para pasar el rato compró una novela, escrita por un tal Charles R. Jackson, que seguía los desmanes de un alcohólico durante cinco tortuosos días. La novela era “The Lost Weekend”, y cuando acabó de leerla decidió que ya tenía historia para su próxima cinta.
Billy Wilder y su colaborador de entonces, Charles Brackett, quién ejerció también como productor, trabajaron en un guión que era bastante fiel a la novela. La historia gira en torno al escritor fracasado Don Birnam, cuya incapacidad para escribir le ha empujado a depender del alcohol. A pesar de los esfuerzos de su hermano y su novia, Birnam siempre acaba recayendo, y en un sórdido descenso de varios días hasta el “delirium tremens” el escritor toca fondo, en lo que constituye un retrato realista de un alcohólico como no se había visto hasta entonces.
“Días sin Huella” no deja demasiado espacio a la comedia, y resulta para la época un retrato bastante realista del tema del alcoholismo. No se demoniza en demasía al adicto, ni se le convierte en un monstruo devorador de niños; Birnam es más una víctima de su adicción que convierte en víctimas a aquellos que les rodean. Dentro de la estructura del film el final, aunque predecible, encaja bien dentro de la historia, aunque en esa parte los visos de realidad se esfuman del todo, pero eran aquellos otros tiempos, y todo se veía de un modo más inocente.
Tras aspirar, como siempre, a trabajar con Cary Grant, Wilder optó por José Ferrer. La gente de la Paramount, aterrada por una historia así, quería a una estrella más amable que conectara con las audiencias. Cuando estuvo claro que Ferrer nunca aceptaría, Wilder aceptó la propuesta del estudio, de modo que Ray Milland fue finalmente quién interpretaría a Birnam. Wilder afirma que aceptó a Milland porque su sentido del humor era más bien escaso. Lo cierto es que Milland, que nunca fue un actor especialmente bueno, con un papel tan agradecido logró ofrecernos una buena actuación que le valió un Oscar de la Academia.





En esta ocasión no se trata de una de esas maravillosas e inteligentes comedias en las que desmenuza las contradicciones y absurdos de la sociedad de su tiempo utilizando el punto de vista del americano medio. Billy Wilder ofrece aquí, desde el mismo prisma (esta vez un escritor del montón de la ciudad de Nueva York), un drama urbano, duro, contundente, difícil, doloroso, crudo, con la adicción al alcohol como tema y también como pretexto para, con la agudeza de siempre pero con el rictus más serio que nunca, realizar un retrato incómodo, áspero, desencantado, de una sociedad difícil en la que la indiferencia, la soledad y la ingratitud tejen una red en la que tememos ser atrapados, que nos amenaza, y en contra de la cual hay quien no tiene más remedio que buscar ayuda en elementos externos que le permitan disfrazar una realidad triste, agobiante, excesiva, implacable.
Ray Milland, en uno de los mejores papeles de su carrera,.si no el mejor, da vida a Don Birnam, un mediocre escritor neoyorquino que libra un singular y desigual combate con su adicción al alcohol. Wilder, con un comienzo que otro genio llamado Alfred Hitchcock plasmará a su vez en el principio de “Psicosis”, sobrevuela la gran ciudad, recorre los tejados, ventanas, balcones y escaleras de incendios de Brooklyn hasta detenerse en una ventana abierta cualquiera, escogida al azar, como un capricho. Wilder nos introduce así, como si fuera cosa de la casualidad, en la historia de Birnam, una historia que ya se ha desarrollado en sus principales capítulos antes de que el espectador llegue a introducirse en ella: la botella de whisky que cuelga de un cordón desde la ventana en el exterior de la fachada, las miradas furtivas y ávidas de Birnam hacia ella, la vigilancia apenas disimulada de su hermano (Philip Terry) y de su novia (Jane Wyman, en uno de los mejores personajes de su carrera), el nerviosismo de todos, la necesaria esperanza de pensar que un fin de semana lejos de la ciudad hará que la mente de Birnam pueda olvidar por un tiempo su obsesión. Somos conscientes apenas traspasamos la fachada del edificio y nos introducimos en la vida de este terceto, que poderosos y trémulos dramas han ocurrido entre esas paredes, que esos rostros aparentemente alegres y serenos esconden miles de horas de tensión, rabia, ira y desesperación, que la clemencia de Wilder nos ha ahorrado detalles horrorosos de lo que una adicción puede causar, no sólo en quien la padece, sino en quienes se encuentran alrededor de la víctima.




Ese podría ser, por tanto, el final de la historia, un final feliz en el que los tres se marchan al campo y Birnam descubre el sol, el canto de los pájaros, la alegría de vivir. Podría ser el final, pero no para Wilder. La aparente tranquilidad de Birnam engaña a su chica y a su hermano (hasta cierto punto, ninguno las tiene todas consigo y ninguno ceja en su atento control de cada gesto, cada palabra, cada mirada de Birnam, conscientes de que todo un edificio puede derrumbarse por el efecto de apenas una gota, o del deseo de una gota…), pero su lucha interna es devastadora. Se rebela contra ella, en algunos momentos sólo superficialmente, para no defraudar a quienes sabe que están arruinando su vida por ayudarle a conservar la suya, pero en otros de verdad, sintiendo que se le escapa de las manos, como un fin de semana perdido. A Wilder no le interesan los finales felices, al menos no al principio, y por tanto necesita que Birnam sucumba en su lucha, que mande de viaje a su novia y a su hermano y que convierta el fin de semana que tiene por delante en un trampolín hacia la degradación. Wilder se recrea en su nueva bajada a los infiernos, esa que al comienzo de la cinta el espectador ha sospechado consumida por una elipsis narrativa, pero que le va a ser ofrecida todavía de forma más brutal, más terrible. Birnam irá echando abajo una a una todas las normas de comportamiento social en busca de una copa más, de un trago más, de un sorbo más, llegando a mentir, traicionar, robar, estafar, todo por atender a ese tirano siempre insatisfecho llamado alcohol.
Billy Wilder, a veces una especie de duende que nos traslada a un mundo de diversión, risas e ingenio, nos sumerge aquí en un infierno de delirios, de alucinaciones, de terror, en la degradación moral y física de un hombre que podía tenerlo todo y cuyo futuro queda reducido a largas horas de insomnio y síndrome de abstinencia en un oscuro hospital para alcohólicos mantenido por la beneficencia en un barrio deprimido de la ciudad. Birnam ha tocado fondo, está en las últimas, sólo le queda un último esfuerzo heroico, un clavo ardiendo al que agarrarse como tabla de salvación, o la entrega definitiva, la muerte dulce de reventar bebiendo.




Entre el comienzo de la cinta y esta caída en la miseria más absoluta, el film bucea en el progresivo descenso a los infiernos de Birnam. Miente a su hermano y a su novia, busca inútilmente una casa de empeño que le dé unas cuantas monedas por su máquina de escribir en lo que es una metáfora magistral de eso que se llama tirar la vida por la borda, el cambio de su único futuro, la única fuente de prosperidad que puede haber en su vida, la herramienta para el gran talento que esconde y que ha naufragado en alcohol, el talento de escritor, por la satisfacción efímera e inmediata de una copa más. Entre tanta basura, Birnam aún tiene un arranque de orgullo y amor propio, un instante de lucidez que le advierte de su ruina inminente e intenta robar un bolso; inolvidable su rostro entre amargado e ilusionado cuando mira el dinero que hay dentro, sabiendo a un mismo tiempo que es la vía de satisfacción de su deseo irrefrenable de alcohol, y además la ayuda que secretamente ha estado pidiendo contra la fuerza implacable que lo domina: quiere robar el dinero, parte de él quiere robarlo en silencio para seguir bebiendo a cuenta de él; la otra parte quiere que le vean, que le sorprendan robando, que le censuren su asquerosa conducta. Que le apaleen y le echen del bar. Él nunca podrá salir por su propios medios. Necesita que alguien, que una fuerza mayor que su deseo de beber, le expulse de un mundo que jamás podrá abandonar por sí mismo.
Pero “Días sin Huella” no es una obra maestra sólo por eso. Billy Wilder pasó de ser un director más de Hollywood a ser considerado una estrella. No sólo por su habilidad para evitar el estúpido final feliz que la legislación aplicable a Hollywood, el famoso Código Hays, con el que los políticos y burócratas querían utilizar el Cine como instrumento de adoctrinamiento y moralización catártica de una sociedad aborregada, sino por la conjunción de elementos artísticos que utiliza al servicio de la idea de fondo de la cinta. Esta cinta supone una de las primeras ocasiones en las que el cine norteamericano asume los postulados recién implantados por el neorrealismo italiano y traslada el plató a las mismas calles de la ciudad de Nueva York. No se reconstruyen exteriores en los grandes estudios mediante decorados; Wilder, gracias a la fotografía de John F. Seitz, retrata una ciudad que es el espejo de asco, suciedad y depravación del alma de Birnam. La ciudad es una caldera en pleno verano, calurosa, sofocante, seca, asfixiante, una jungla sórdida, agotadora, demoledora. Como complemento, la música de Miklós Rózsa sirve a la pefección al deseo de Wilder de utilizarla como vehículo expresivo del interior de Birnam, alegre, tenebrosa, dramática o tremendamente ilógica, deshilachada, deslavazada, cuando la adicción del protagonista está en pleno estrago en su cerebro y su estómago. Esto origina que la obra tenga un gran realismo: la escena en la que Don Birnam llega a la planta de alcohólicos del hospital, las escenas en el bar o la secuencia en la que intenta vender la máquina de escribir y va de una casa de empeño a otra. Destacarí­a la escena magistral en la que Birnam entra en el bar y pide una copa. El vaso deja en la barra un cí­rculo mojado. Después de la tercera copa, el camarero quiere limpiar los cí­rculos: “No los limpies, Nat” -dice Don Birnam-. “Déjame mis pequeños cí­rculos viciosos”. Y empieza a filosofar sobre el cí­rculo, una figura que no tiene final ni principio, como el dí­a de un bebedor, que también se encuentra en un cí­rculo vicioso que no tiene principio ni fin.




Pero la repercusión de la cinta, una obra que contiene escenas que a día de hoy, con todo lo que se ha visto, leído y contado sobre adicciones y degradación, siguen resultando demasiado fuertes, dolorosas, incómodas, horripilantes, fue mucho más allá del proceso de consagración que Wilder había iniciado con Perdición. La Paramount, el estudio que producía la cinta, estuvo a punto de cancelarla ante las presiones que recibía por parte de las grandes compañías productoras de alcohol por la imagen denigratoria que ofrecía de un consumidor habitual, hasta el punto que éstas hicieron una oferta en firme por varios millones de dólares para comprar el negativo y enterrarlo para siempre al fondo de un cajón; por otro lado, los grupos antialcohol intentaron torpedearla porque la entendían como una forma de publicidad gratuita para un vicio terrible. El miedo de los productores, de los empresarios y de las víctimas se desvaneció con el triunfo absoluto del film: millones de espectadores en Estados Unidos y 4 premios Oscar de la Academia (para Charles Brackett, imprescindible apoyo de Wilder, tándem imbatible y generoso que nos ha regalado magníficas obras, como productor por la Mejor Película; para el propio Wilder como Mejor Director; para ambos por el guión adaptado y para Ray Milland como Mejor Actor Protagonista, además de las nominaciones a la Mejor Fotografía, al Mejor Montaje y a la Mejor Banda Sonora), dieron la razón una vez más a Billy Wilder y convirtieron esta cinta en un clásico imprescindible que ha servido de fuente irrenunciable a cualquier otra cinta que trate el tema del alcoholismo, aunque no sea en exclusiva.



“Días sin Huella” supuso por fin el retrato veraz en toda su despiadada crueldad de una adicción tratada desde una perspectiva madura, aguda, inteligente, casi científica o documental, muy lejos del retrato campechano, cómico, bufonesco, simpático, que tenían los “alcohólicos” en la comedia o el western, o la imagen de hombre duro y atormentado que bebía para olvidar del cine negro o de aventuras. Por eso, por lo imprevisible para aquel entonces que resultaba el hecho de que una cinta lanzara a los ojos del público un drama desnudo, directo y contundente del que cualquiera podía ser testigo apenas escarbara en las cercanías de su propio ecosistema vital, fue por lo que conmocionó a los espectadores de 1945. Y por eso mismo, porque nada ha cambiado en ese aspecto desde entonces, porque las adicciones y la caída de miles, decenas y cientos de miles de personas en la abundante oferta de ellas de la que “disfrutamos” hoy, es por lo que sigue conmocionando sesenta y seis años después, hasta el extremo de hacernos remover en la silla y apartar los ojos de la pantalla.

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