jueves, 21 de abril de 2011

CAPITULO 52: THE DEER HUNTER - EL FRANCOTIRADOR (1978)





Nunca sabremos si el hecho de que esta cinta, dirigida por Michael Cimino, se alzase con el Oscar a la mejor producción del año, fue la razón principal de que un año después otro gran drama sobre la por entonces reciente guerra de Vietnam, nada menos que la obra maestra “Apocalipsis Ahora”, se quedara a las puertas del mismo premio, perdiéndolo en favor del melodrama familiar “Kramer contra Kramer” de Robert Benton. Lo que nos hace pensar que la ceguera de la academia se debió más a un deseo de evitar cargar las tintas, dos años seguidos, contra aquélla locura de guerra, más que por su bajo criterio estético. En cualquier caso, de lo que no hay duda es que “El Francotirador” provocó una lógica conmoción en Estados Unidos, y en medio mundo, y que se merecía todos los elogios y premios que recibió, y que aún los merece. Ganó 5 premios Oscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor de Reparto, Mejor Montaje y Mejor Sonido) y fue nominada a otros 4 (Mejor Actor Protagonista, Mejor Actriz de Reparto, Mejor Guion Original y Mejor Fotografía); aparte ganó el Globo de Oro a la Mejor Película Drama y 2 premios BAFTA (Mejor Fotografía y Mejor Montaje).
No pasa el tiempo por el que quizá sea el film más completo de su director, un poderoso y terrible drama, muy difícil de catalogar, pues no se inscribe (aunque buena parte de él desde luego lo es) en la fecunda y apasionante tradición del cine bélico, pero tampoco podemos definirlo como un drama social, ni desde luego como un melodrama, ni mucho menos como cine clásico o de vanguardia. Es, sencillamente, cine lírico, libérrimo, atormentado, un admirable y doloroso viaje de amistad y muerte, de amor y de desesperación infinita, de pérdida, de derrota. No pasa el tiempo por ella porque habla de cosas que importan: de la dificultad de la amistad, del sinsentido de la guerra, de la certeza de la muerte. Y lo hace a través de personajes verdaderos, algo al parecer reservado al talento de muy escasos cineastas. Michael Cimino pudo ser uno de ellos, el poco tiempo que duró su carrera. Perteneciente, por derecho propio, a la extraordinaria generación proclamada como el Nuevo Hollywood (Coppola, Scorsese, De Palma, Lucas, Spielberg), sin duda Michael Cimino es uno de los casos de malditismo más célebres y notables de la historia del cine norteamericano.

Tres amigos, amantes de la caza y que trabajan como obreros en una fábrica de fundición de acero de Pennsylvania, pasan juntos sus últimos momentos antes de ir a luchar como voluntarios en la guerra de Vietnam. “El Francotirador” es una epopeya asombrosa, llena de fuerza e intensidad que trata de tres hombres, obreros siderúrgicos de Pennsylvania, cuyas vidas se transforman de modo irreversible en medio de la trágica devastación de la guerra de Vietnam. Cuando Michael, Steven y Nick son hechos prisioneros por el Vietcong, se ven obligados a jugar a la ruleta rusa por sus inhumanos apresadores, que cruzan apuestas sobre cuál de ellos sobrevivirá. La experiencia de la captura les produce horrendas heridas fí­sicas y psicológicas, y cuando Michael regresa a Saigón para cumplir una vieja promesa hecha a uno de sus amigos, hace un descubrimiento inesperado y horripilante.






La cinta está dividida en tres partes. En la primera se nos muestra la vida en un típico pueblo norteamericano compuesto de gente ruda y trabajadora. En este caso trabajadores de una fundación todos de origen ruso. Tres de los jóvenes, Michael (Robert de Niro), Nick (Christopher Walken) y Steven (John Savage) van a partir al Vietnam y están convencidos de que van a luchar por su país y parar al comunismo. Vemos que Steven se casa de suerte y que durante una cacería, Michael se ve obligado a hacer una promesa a Nick de que no le dejará atrás. Es de destacar la belleza de la escena de la cacería con su fondo sonoro de unos cánticos religiosos rusos.

La segunda parte es el Vietnam. Aunque vemos una breve escena de combate que sólo ve como preludio de la cautividad de los tres amigos. Una cautividad terrible en la que los del Vietcong obligan a los prisioneros a jugar a la ruleta rusa. Gracias a la audacia de Michael consiguen escapar, pero la huida es muy accidentada (la escena de la caída de Steven es auténtica) y sólo Michael consigue llegar intacto a los Estados Unidos. Nick deserta y se queda atrás. Steven regresa pero ha perdido las piernas y prefiere permanecer en el hospital de veteranos a regresar a su pueblo.

En la tercera parte, Michael vuelve a Vietnam por Nick. Es 1975 y Saigon está a punto de caer en manos de los comunistas. Todo se derrumba pero Michael no pierde la esperanza. Finalmente, tras una bajada a los infiernos, le encuentra en un garito jugando a la ruleta rusa. Sin embargo la mente de Nick está completamente rota por las drogas y no reconoce a su amigo. Mike se ve forzado a jugar a la ruleta rusa contra Nick confiando en que recuerde el cautiverio y lo reconozca. Finalmente Nick consigue reconocerle, pero se suicida. Lo único que consigue Michael es regresar con su cadáver.


En realidad, existen varias amistades y relaciones de todo tipo, en esta historia. Pero la más importante de todas, el corazón del relato, es la que mantienen Michael (Robert de Niro) y Nick (Christopher Walken), a pesar de que ambos están enamorados secretamente (un secreto a voces) de la misma mujer, interpretada por una joven y encantadora Meryl Streep. Todos los hombres son trabajadores de una fundición en la América profunda, y ya el fuego y el peligro de su trabajo anticipan el dolor y la oscuridad de la cinta. La primera parte, sin embargo, ocupará los dos últimos días de tres de esos amigos antes de partir a la guerra de Vietnam, en los que uno de ellos, Steven (John Savage) también se casará, mientras que el resto se divierte yendo a cazar ciervos. Todo cambiará, claro, en cuanto lleguen a Vietnam, donde experimentarán una pesadilla inimaginable. La tercera y última parte, como ya se comento, aún más terrible, narra las consecuencias de la guerra sobre las vidas de los tres amigos, y del resto de amistades y familiares que quedaron en casa. Alegato claramente antibelicista, que nos muestra las consecuencias más cruentas de la guerra y de tomar la decisión de participar en ella, sacrificando juventud, salud, felicidad, vidas. Desde el principio de la cinta, un halo de pesimismo, de inasible melancolía (a pesar de las juergas y las risas) invade inexplicablemente al espectador. Como si de un presagio fúnebre se tratara, la mirada compasiva de Cimino sobre sus criaturas, narrando con una precisión majestuosa la boda, las torturas, las borracheras, convoca una tensión psíquica atroz, que nos despoja de esperanza y nos enfrenta desnudos con la muerte.
En un reparto sin la menor fisura, con un sensacional Christopher Walken, que se llevó el Oscar al mejor actor de reparto, con un fabuloso John Cazale ya muy enfermo de cáncer y a punto de morir, Robert De Niro brilla con una intensidad indescriptible, haciendo aún mejores a sus compañeros de reparto por su talento, su humanidad, su contención, su pasmosa elegancia. La carrera de este actor en los años setenta da vértigo. Resulta inexplicable cómo su trayectoria ha declinado de manera tan alarmante en los últimos tiempos. Aquí, en su plenitud total es el alma de la cinta, su motor, su razón de ser. Y carga en sus hombros ese peso sin aparente esfuerzo.









A través de tres horas agotadoras, pero que se pasan en un verdadero suspiro, el Michael de De Niro se embarca en uno de los mayores torrentes emocionales que se recuerdan en el cine americano de las últimas décadas, torrente en el que confluyen los más variados y complejos estados anímicos y que sólo un actor del talento de De Niro, y muy pocos más, pueden abarcar con garantías de no caer en el ridículo o de dejar a un lado el maniqueísmo. Nos enamoramos de Michael porque sufrimos lo indecible con él. Desearíamos no seguirle en su odisea (tanto íntima como física), a menudo le odiamos o estamos en desacuerdo con su forma de actuar, pero una extrema compasión (pasión con, dolor con) se apodera del espectador.
En él reside toda la fuerza vital, todo el discurso moral de la cinta. Antes de partir hacia cualquier guerra, a malgastar su vida, los futuros soldados deberían ver esta cinta, y creo que muchos de ellos se lo pensarían dos veces. Pero más allá de discursos o ideas, “El Francotirador” es un canto a la vida. Algunos analistas quieren ver simbologías en el ciervo al que Michael apunta con su rifle, hacia el final de la cinta. Pero en general, esa imagen no es un símbolo, en absoluto. Sino que, observando a ese magnífico y bello animal, Michael comprende por fin el valor de la vida, de cualquier vida. Y no dispara.

La impetuosa y nada pretenciosa fotografí­a de Vilmos Zsigmond, la enternecedora partitura de Stanley Myers, y la habilidad de Cimino tras las cámaras, erigen a “El Francotirador” como uno de los documentos antibelicistas más verosí­miles, un drama donde se exploran sentimientos y emociones viscerales e intimistas, de enorme magnitud y relevancia para cualquier ser humano.
Esta cinta supuso un auténtico revulsivo en la conciencia norteamericana. A través de la historia de esos tres jóvenes se comprendía el grado de la derrota de Norteamérica en Vietnam. Las bajas no se habían producido sólo en el aspecto militar. El “sueño americano” había sido destruido y en la sociedad Norteamericana se abrieron unas heridas que tardaron mucho tiempo en cicatrizar.

Al cabo del tiempo, Robert De Niro confesó que en la escena de la ruleta rusa puso una bala de verdad en la recámara para poder actuar de la manera más real posible. Michael Cimino confirmó la historia, pero dijo que nunca se permitió que la bala de verdad se situase en la posición de ser disparada. Además, las bofetadas que da el vietnamita son auténticas, con lo que se consiguió añadir agresividad a la interpretación. Lo increíble es que a causa de esta cinta se desató una epidemia de gente que jugaba a la ruleta rusa. Las noticias hablaron de hasta una veintena de muertos que trataron de imitar a De Niro y Walken.








Otra polémica bastante curiosa que se desató es que se la criticó por retratar a los guerrilleros del Vietcong como unos sádicos torturadores de prisioneros o de asesinos de la población vietnamita. Las críticas se refirieron sobre todo a las escenas de la ruleta rusa alegando que no había pruebas de dichas prácticas. Cimino se defendió alegando que era una forma de generar una escena muy tensa en la cinta y de que nadie estaba seguro de lo que estaba pasando en realidad con los prisioneros norteamericanos y de que de lo poco que se sabía no había nada bueno. En cuanto al retrato del Vietcong, Cimino alegó que él no pretendía hacer un film político, sólo un film que mostrase lo que la guerra había hecho a tres amigos y a su entorno.

Justo antes del funeral de Nick, la cinta nos muestra una televisión sintonizada en la CBS. En las imágenes vemos al portaviones USS Hankock recibiendo los helicópteros con el personal norteamericano de Saigon. Tras bajar su carga humana, los helicópteros son arrojados al océano. La locutora mientras dice estas palabras: Este parece el último capítulo de la intervención norteamericana en Vietnam.
Bella y trágica cinta de obligado visionado, que se inscribe con letras de oro dentro de esa década tumultuosa y extraña que fueron los setenta. Existe un ramillete de grandes títulos, como “El Francotirador”, que en esa época se erigieron como portavoces de la conciencia y del dolor norteamericano, una nación que construye su sociedad, como tantos otros imperios, gracias a la guerra.

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