miércoles, 20 de abril de 2011

CAPITULO 51: STAR WARS: EPISODE V: THE EMPIRE STRIKES BACK - STAR WARS: EPISODIO V: EL IMPERIO CONTRAATACA (1980)





La cinta se sitúa tres años después de la destrucción de la "Estrella de la Muerte", Luke Skywalkwer, Han Solo, Leia Organa y el resto de la alianza rebelde son perseguidos por Darth Vader y las fuerzas de élite del Imperio Galáctico. En esta cinta se desarrolla la historia de amor entre Han Solo y Leia, y Luke aprende más sobre los caminos de la fuerza de la mano del maestro Yoda. Con Han y Leia capturados por el Imperio, Luke luchará contra Vader en una confrontación sin igual, pero Darth Vader esconde una terrible revelación.
Con el fenómeno sin precedentes en la industria que había supuesto “Star Wars”, George Lucas se preparó para independizarse completamente de dicha industria con la inevitable secuela, para la que optó por no sentarse en la silla del director, mientras controlaba de manera férrea todo el aparato de producción desde la sombra. Como director, convenció a un antiguo profesor suyo de la escuela de cine y televisión USC, Irvin Kershner, mientras que para las labores de guión, que debía escribirse sobre la historia que él ya había elaborado, contrató nada menos que a Leigh Brackett, famosa por sus legendarios libretos para “El Gran Sueño” o “Río Bravo”, ambas de Howard Hawks.

Brackett murió de cáncer justo cuando acabó el primer borrador del guión, y Lucas llamó a un guionista en alza en Hollywood, que le había impresionado por su trabajo en “Los Cazadores del Arca Perdida”, y que pronto debutaría como director, el hoy olvidado Lawrence Kasdan. Entre los tres construirían un guión con la precisión de un diamante, primer logro mayor de lo que sería una de las más perfectas, emocionantes y hermosas películas de aventuras jamás realizadas, la cual tendría, además, el enorme mérito de superar, en cuanto a los aspectos más formales y técnicos, el asombro de la primera parte.
Lucas lo definiría como el paso de la juventud a la madurez, o de la libertad de la infancia a la oscuridad del mundo. Y está perfectamente definido. A menudo, en las trilogías, la segunda parte, que vendría a ser el nudo de la historia, suele ser el más prolijo y el más apasionante. Y esta no es una excepción. El tono vitalista de la primera parte, con esa conclusión tan jovial, se ve reemplazado por otro mucho más fatalista, en el que apenas hay resquicio para la esperanza, narrado por Kershner con una maestría inusual en este tipo de producciones tan magnificadas.

No es casualidad que empecemos en Hoth, un planeta gélido y rocoso. Allí la resistencia rebelde se esconde como puede de un Imperio dispuesto a no concederles tregua, y de un Vader que lanza sondas por todo el espacio, obsesionado con encontrar al joven que destruyó la Estrella de la Muerte. Mark Hamill sufrió un accidente en el rostro que obligó a añadir el ataque del wampa al guión. La escena es seca y magnífica como toda la cinta, y les sirve a Kasdan, Lucas y Kershner para mostrar que Luke, aunque se ha iniciado en la fuerza, todavía tiene mucho que aprender, sobre todo cuando es casi incapaz de recuperar con la mente su sable de luz.





La escena en la que Han Solo salva a Luke de morir congelado en medio de un desierto de hielo está directamente inspirada en aquella magistral de la inolvidable “Dersu Uzala” (Kurosawa, 1975) en la que Dersu y el capitán luchan, desesperados, por construir un refugio para guarecerse durante la noche. Esta, por supuesto, es menos dramática y mucho más divertida (de nuevo Solo tiene los mejores diálogos de la cinta). Como divertido es el regreso de ambos, con Solo vacilando a Leia, y haciéndose el duro con ella. La escena es divertidísima, con Chewbacca ofreciendo un sinfín de registros sonoros para acompañar las fanfarronadas de Solo, silenciadas por el furtivo beso que Leia le da a un sorprendido Luke en la boca. Pero hay poco tiempo para las risas. Llega el Imperio, y no va a dejar otra solución que la huida desesperada.
La presentación de la flota imperial, con el ya mítico tema “The Imperial March”, de la banda sonora, es impresionante. Los caracteres dibujados en la primera cinta son ahora mucho más rotundos y definidos, como una tragedia mitológica. Vader, observando las estrellas en los amplísimos ventanales, parece capaz de atravesar toda la galaxia con su mirada. Y también parece que ha subido de rango, tres años después, pues ya no hay oficial que se atreva a chotearse de él. De hecho, los errores suelen pagarse caros entre sus generales. Pero Vader va a ser, además, un personaje mucho más siniestro, brutal y complejo en esta segunda parte.

Y más misterioso. Al contrario que en la tercera, Kershner tiene el buen gusto y la inteligencia de no mostrar su rostro, tan solo un poco de su cabeza, antes de colocarse de nuevo el casco. Luctuoso y de motivaciones ocultas, que pronto serán reveladas, Vader es, junto con Solo, la estrella de la función. En el ataque a la base rebelde, hay poca oposición, por cierto. Con los enormes AT-AT’s, da la impresión de que el imperio les pasa, literalmente, por encima. Las victorias pírricas de los pequeños speeders atando las patas de las enormes moles de metal apenas dan un respiro, y la resistencia ha de contentarse con un sálvese quien pueda. Por un azar del destino, además, Leia ha de huir con Han, quien junto con Chewie tiene serios problemas para lograr que el Halcón Milenario funcione correctamente. Se salvan en extremo.
De este modo, se establecen dos líneas narrativas paralelas, muy diferentes entre sí, que tienen la gran virtud de no molestarse mutuamente, sino que se alimentan mutuamente y ofrecen un crescendo imparable hasta el desolador, e impredecible, final. Por un lado el Halcón Milenario escapando como puede del acoso de la flota imperial, y por otro Luke buscando al maestro Jedi de Obi-Wan, un tal Yoda. No se le puede pedir más al cine de aventuras, sencillamente.





La dirección artística de Dagobah es toda una maravilla, obra de Norman Reynolds, quien no brillará tanto en “El Retorno del Jedi”. Rodado enteramente en estudio, da gusto observar una creación tan realista, en contraste con el regreso al mismo planeta en la sexta cinta (el episodio III: “La Venganza de Los Sith”), mucho menos denso y atmosférico que aquí. Y la presentación de Yoda es mucho mejor que la, un tanto torpe, presentación que tuvimos de Kenobi en la primera cinta. Yoda pasa de ser una simpática criatura con aspecto de rana a aparentar mucho más sabio y poderoso cuando por fin revela su identidad, y tan solo con una gestualidad limitada, y un tratamiento genial de la expresión de los ojos.
Pero ya el animatronic, o marioneta, creada para dar vida a este personaje fundamental, es una verdadera joya artesanal, con la portentosa voz de Frank Oz. Él y Mark Hamill (que está sensacional) inician una aventura común, una especie de curso intensivo jedi de pocos días o semanas, que es una de las cosas más hermosas que le han pasado al cine de aventuras y fantasía. Mientras, Han Solo y compañía se las ven y se las desean para eludir a los soldados del imperio, sobre todo porque la tan cacareada y genial velocidad de la luz no funciona en su nave, por mucho que intenten repararla, de modo que se ve obligado, como medida de emergencia, a introducirse en un campo de asteroides, lo que da lugar a una de las persecuciones más espectaculares de la saga.

Parece mentira que algunos de los asteroides sean patatas colgadas de alambres, porque la sensación de introducirnos en una nube de asteroides es casi superior a la de las escena homóloga del episodio II: “El Ataque de los Clones”, hecha con muchos más medios y mucho más modernos. Esta secuencia supone un adelanto ostensible respecto a las secuencias de naves de la primera parte, así como todo el look de la cinta ha envejecido mucho mejor que la primera, a pesar de ser sólo tres años más moderna.
Gran parte del mérito de esto es de Irvin Kershner, que es mucho mejor director de actores que Lucas, y que en la planificación y el montaje no le anda a la saga a su pupilo. Por otra parte, la magnífica dirección de fotografía de Peter Suschitzky, que tanto alabó David Cronenberg (no en vano ambos trabajarían juntos en numerosas cintas) supera con mucho a la de la primera parte, con un magnífico uso del scope (qué bien se llenan los espacios en esta aventura) y una luz suave (mayormente blanca o azul) que le da al film un aspecto inmejorable.

Con Han Solo, Leia, Chewbacca y C3po acogidos en un agujero dentro de un inmenso asteroide, y Luke tratando de aprender a toda velocidad los misterios de la fuerza en Dagobah, con la ayuda de Yoda, comienza la segunda, y apasionante parte, de esta obra maestra del cine de aventuras, en la que el relato no afloja o se mantiene estable, sino que de forma incomprensible sigue subiendo y subiendo, en un crescendo imparable que es una de las mejores cosas que le han pasado al cine de fantasía (porque de sci-fi esto no tiene nada).
Hay dos secuencias fundamentales antes de que Luke abandone de forma abrupta a su maestro: la escena de la cueva en la que reside el reverso tenebroso (palabras textuales de Yoda), y aquélla en la que Luke es incapaz de sacar la nave del lecho de la ciénaga. Ambos son dos fracasos de Luke que no ofrecen una perspectiva muy halagueña respecto a su futuro enfrentamiento con Darth Vader. Es más, parecen rubricar su destino. Pero ya toda la cinta está presidida por un maravilloso, y muy difícil de construir, tono fatalista y de un aliento casi shakesperiano.

La referida escena de la caverna es un ejemplo de secuencia muy psicológica y abstracta. En ella, básicamente, Luke se enfrenta a sus miedos. Pero ya desde el mismo momento en que coge sus armas (muy explícito es Yoda en eso) Luke ha fracasado. Cuántos espectadores no habrán saltado en sus asientos al aparecer Vader en la caverna. Pero la secuencia está a cámara lenta, como si fuera una pesadilla. Luke comete el error de atacar, en lugar de solo defenderse. Cuando decapita a su enemigo, descubre que la cara detrás de la máscara es la suya propia. Acaba de descubrir, en su fracaso, que su mayor enemigo es él mismo, y que el miedo será el camino más rápido para ser derrotado, o aún peor: caer en el lado oscuro.





La secuencia de la nave es aún más hermosa, si cabe. Poco importa que veamos los hilos que suspenden a las piedras que en teoría Luke levanta con la mente. Al ver que su nave se hunde completamente pierde toda concentración. Yoda le pide que trate de sacarla de ahí con sus poderes. Pero Luke, que desde el principio se muestra escéptico, es incapaz. El discurso de Yoda es maravilloso: oyéndolo realmente llegamos a creer que La Fuerza existe, y lo que es aún más alucinante, casi podemos sentirla. Yoda se pone a ello, y sin aparente esfuerzo, aunque dolido por el doble fracaso de su pupilo, saca la nave. Qué suerte ser niño para soñar sueños como estos.
Entre tanto, Han Solo y su grupo se han visto obligados a abandonar su improvisado escondite porque con un disparo a los Mynocks (desagradables criaturas que chupan la energía de las naves) todo se mueve alrededor como si estuviera vivo. Después del hilarante diálogo entre C3po y Han (“Puede que este asteroide no sea del todo estable”, dice el droide, a lo que Han replica: “¿Que puede que no sea estable? ¿Qué haríamos sin tí?”) salen volando de ahí, para descubrir, estupefactos, que se hallaban en el interior de un enorme gusano intergaláctico. De modo que la flota imperial vuelve a darles caza y, a la desesperada, se lanzan al ataque, pero solo es una maniobra de despiste, que el hábil Han aprovecha para posarse sin ser visto sobre el destructor, y desaparecer de los scanners, proeza que le vale al oficial al mando su vida, pues Vader no parece dispuesto a dejar pasar un error a sus subordinados.

Conoceremos así a uno de los personajes más recordados de toda la saga, el implacable cazador de recompensas Boba Fett, que se olerá la jugada de Han y le seguirá hasta el puerto del sistema Bespin, más conocido como La Ciudad de las Nubes. Han acude allí con la esperanza de que un antiguo socio de correrías estelares, por nombre Lando Calrissian, interpretado por Billy Dee Williams, le eche un cable con los desperfectos de su nave. Ya nos predice que todo va a salir mal cuando un par de naves les escoltan hasta su llegada. A continuación Lando (que parece una versión aún más cínica de Han) simula guardarle rencor por alguna mala pasada. Acaban de meterse en la boca del lobo, y la apariencia bucólica de la ciudad no hace sino ahondar en el pesimismo del espectador.
A medida que Luke avanza en su entrenamiento, sus sentidos van afinándose. De tal modo que consigue ver el futuro, aún involuntariamente. En ese futuro sus amigos sufren en una ciudad entre las nubes. Su decisión es la de caer en la trampa, es decir, ir a ayudarles. Algunas secuencias más tarde veremos de qué manera Vader tortura a Han, sin preguntarle absolutamente nada. No queda excesivamente claro que lo hace para provocar, precisamente, esa alteración en la fuerza que Luke percibe como un futuro terrible, pero poco importa. Ya estábamos avisados de la trampa cuando desintegraron a  C3po.

Yoda y un aparecido Obi-Wan intentan convencer a Luke de que no caiga en la trampa, pues no está preparado para el enfrentamiento. También sabremos que en caso de fallar Luke, hay otro jedi del que todavía no hemos oído hablar, y que es realmente la última esperanza de terminar con la supremacía de Vader y el emperador. Es esta una de las líneas narrativas (de muchas) totalmente desaprovechadas en la tercer parte de esta primera trilogía.




La soberbia fotografía de Peter Suschitzky alcanza su cénit en el duelo entre Vader y Luke, que posee un hálito épico y siniestro irresistible. Destrozados como estamos después de ver cómo congelan en carbonita a Han (míticas las frases “te quiero”/“lo sé”) y se lo llevan a rendir cuentas con Jabba, apenas nos quedan fuerzas para asistir al duelo, pero no queda más remedio. Desde el principio, a pesar de los esfuerzos de Luke, queda claro que está muy por debajo aún de las habilidades de Vader. El largo duelo, lleno de sombras y reflejos rojizos y azules, es violentísimo, hasta terminar con Vader lanzando golpes como un verdadero espiritu, y cortando la mano armada de Luke, que se pierde en el vacío.

Por supuesto, llega la terrible revelación: Vader no es que matara a su padre, sino que es su mismo padre, y le ofrece unirse para gobernar la galaxia. Luke se niega, claro, y se deja caer al abismo. La lectura más importante de todo esto, es la peripecia emocional de Luke, que de un paisaje helado en el que casi deja la vida, pasa a un pantano hediondo en el que se enfrenta a las sombras más terribles de su alma, y finalmente termina en un paisaje de ensueño en el que ha de arrojarse a un abismo. Es decir: completa un itinerario terrible que le despoja de toda esperanza. Ese es la gran enseñanza que le convertirá, en la tercera parte, en alguien capaz de enfrentarse de nuevo a sus enemigos.
Soberbia cinta, dirigida con mano de hierro por Irvin Kershner, sobre un guión magistral. Con toda probabilidad, la más hermosa de todas las de la saga, que puso el listón altísimo, listón que no ha vuelto a ser igualado siquiera, ni de lejos. La mitología ‘Star Wars’ se veía confirmada con esta segunda cinta. “Star Wars: Episodio V: El Imperio Contraataca” fue un éxito en las críticas siendo calificada como la mejor cinta de la saga. El film recaudó más de 538 millones de dólares en todo el mundo, convirtiéndola en la cinta más taquillera de 1980, y si se ajusta por la inflación la duodécima cinta más taquillera de la historia del cine. Ganó 2 premios Oscar de la Academia (Mejor Sonido y Mejor Efectos Visuales) y fue nominada para otros 2, incluyendo Mejor Banda Sonora Original.

No hay comentarios:

Publicar un comentario