martes, 19 de abril de 2011

CAPITULO 50: LIFE IS BEAUTIFUL - LA VIDA ES BELLA (1998)





Había una vez un hombre loco y enamorado llamado Guido. La conquista de una mujer nunca fue tan divertida y tan tierna. Un hombre loco, sí, que hace que sonriamos con cada gesto suyo, que nos hace llevar las manos a la cabeza con sus desastres infinitos y que en el alma de Dora, su enamorada, hace estallar las chispas del fuego que él ha ido prendiendo. Y fruto de ese amor, como gusta esperar, un niño ingenuo, fácil de sorprender, soñador. Las circunstancias del periodo de guerras en Europa hicieron que muchas personas perdieran su infancia de manera precoz. Los juguetes se cambiaron por las armas, la ropa infantil por harapos, la comida por migajas podridas. Pero el niño de esta historia, un virtuosísimo Giorgio Cantarini en el papel de Josué, nos asegura que mientras estuvo con su padre, tuvo una infancia entrañable. La interpretación de Guido que hace Roberto Benigni puede rozar lo teatral en algunos momentos, pero en todo caso es justificable con el enamorable prototipo que tenemos de los italianos. Unido a la dulzura de Dora (Nicoletta Braschi) hacen que efectivamente, Josué no tenga nada que envidiar a nadie.
La historia tiene unos preliminares extensos que nos hacen descubrir una mágica pareja, estamos ante unas payasadas muy bien llevadas y una bella fotografía con unos colores que se pueden tocar, con unos paisajes preciosos. Sin embargo, el meollo de la historia se desarrolla, como todo el mundo sabe, en un campo de concentración nazi. Se puede pensar en algunos momentos que Guido no es consciente de lo que allí ocurre, que la historia que le cuenta a su hijo de lo que es aquello, él mismo se la está creyendo. Pero no. Guido sabe perfectamente donde se encuentra y lo que les espera. Es más importante para él la felicidad y alegría constante del pequeño Josué. Y todo lo inventa, todo lo desvaría, todo lo versiona. En los momentos en que Josué duda, nunca falla Guido en inventar una historia de lo que es “en realidad” todo aquello.
La imaginación de Guido está trazada de una manera impresionante, esto sí es realismo mágico. A menudo vemos en cintas a niños en estas situaciones de sufrimiento como son las guerras y vemos niños adultos, niños sufrientes, niños enajenados… Pero Josué no es nada de eso, Josué es y seguirá siendo gracias a su padre; niño. Hay mil historias de niños en campos de exterminio o guerras. Nadie olvida El Diario de Anna Frank” de 1959, en la que también se ve la visión de la guerra de una niña pero quizás más desde otra perspectiva, madurativa, quizás. O “El Niño con el Pijama de Rayas” del 2008, también llevada a la gran pantalla. En esta última, doble niño, doble visión. Pero ninguno de ellos es tan afortunado como Josué, porque es propietario del maravilloso don que es tener un padre como Guido, un padre que sabe hacer reír, que mira por su bien, que está locamente enamorado y que hace cualquier cosa por él.



“No puede haber vida después de Auschwitz.” El filósofo alemán Theodor Adorno, cultivador de los principios morales de la Escuela de Frankfurt, transido de vergüenza por tanto cuerpo destripado por la guerra, pronunció esta frase como un axioma matemático. Erró, lo cual demostraba su humanidad sin límites. Debe de haber vida después de Auschwitz. “La Vida es Bella” de Roberto Benigni, es un ejemplo. Tratándose de la primera comedia (tragicomedia) ambientada en el Holocausto, recibió por ello las críticas más acervas de los sectores que no entendían cómo se podía hablar a la ligera de un tema tan serio. Lo que no entendían es que un tema tan serio se psicomatiza por medio de la burla, del sarcasmo (ironía mordaz con la que dar paletadas al odio), y del puro deseo de vivir.
Roberto Benigni leyó hace años una biografía de Trotski en la que se narraba que mientras esperaba a que Stalin diera la orden para su fusilamiento escribió: “La vida es maravillosa”. A partir de esta idea, tan simple como amplia, Benigni ha rodado una de las cintas más optimistas de la historia del cine, al lado de la cual el bueno de Frank Capra y su “¡Qué bello es vivir!” de 1946 es una especie de apología del pesimismo.

El film se divide en dos partes o épocas de idéntica duración: la blanca y la negra. En la época blanca es luminosa, con un humor ingenioso y una rapidez de cinta musical. En ella Guido, un camarero judío que vive en la Toscana, se enamora de una profesora llamada Dora y hace lo posible y lo imposible por ser correspondido, posteriormente se entrega a la vida para ser marido de una mujer perfecta (en realidad, Dora, su mujer en la cinta, (Nicoletta Braschi), su mujer en la vida real, y si se cambiara el orden de esta afirmación el resultado habría sido el mismo), y luego padre de Josué, un niño perfecto, es decir, un niño que juega. En esta época blanca aparece, en una escena menos surrealista de lo que quiere aparentar, un caballo blanco. Pero llega el fascismo, y con él, la época negra. Y con el fascismo, llega la discriminación (el fascismo no respeta la Constitución de los niños), y con la discriminación, llega el deseo irrefrenable de matar, y con este deseo, las ganas locas por sobrevivir. Y con este deseo es con el que la “La Vida es Bella” nació, muchísimos años después de aquel 1939 en el está ambientada.
Hermosa historia chaplinesca que conquistó el corazón de medio mundo. La ternura, la sonrisa y la tragedia se entremezclan -como hací­a muchos años que no se habí­a visto- en una cinta imprescindible de los noventa. El mayor éxito internacional del cine italiano desde la época dorada de Fellini, multipremiada, formidables crí­ticas y una excelente taquilla son algunos de los datos de esta fábula sobre el escapismo de la imaginación en los tiempos del horror nazi. “La Vida es Bella”, posiblemente sea el más hermoso canto a la vida y al optimismo, que haya hecho la industria del cine jamás. Roberto Benigni logra crear una cinta, donde los momentos de comedia y de drama, suceden con una gran inteligencia y sobre todo, con una maestrí­a fuera de toda duda.






La historia es desenfadada, tierna, pero al mismo tiempo posee una gran profundidad y desde una óptica positiva, el italiano recrea lo que significó el holocausto nazi. Todo ello, impregnado con su peculiar estilo y su manera tan personal, de entender el cine y los aspectos de la vida. Hay escenas geniales, planos bellí­simos, momentos en los que aparecerán sonrisas y otros, donde incluso se escapará alguna lágrima. En definitiva, todo es maravilloso en “La Vida es Bella” y se trata de una cinta, que con el paso del tiempo adquirirá el carácter de clásico y que no dejará indiferente a nadie. Así­ que pocas veces, tantos premios fueron tan merecidos en una obra, donde por encima de todo reina el amor y eso, cuando se está rodeado de tanta barbarie, tiene sin duda mucho mérito.
Hablar de “La Vida es Bella” tras varios años después de estrenada en la gran pantalla, resta esa subjetividad que cualquiera tiene cuando tiene frescos los sentimientos tan intensos que un film como este transmite, aun así­ objetivamente se valora este film como una obra maestra imprescindible en el cine mundial de ahora y de siempre. “La Vida es Bella” comienza siendo una comedia al uso, una de esas comedias exageradas que cuestan seguir sin embargo, en el mismo momento en que hace presencia la fatalidad del holocausto en el film es cuando uno se empieza a dar cuenta de que no estamos ante una comedia al uso, ni ante una cinta común, estamos ante todo ante un fenómeno cinematográfico. El espectacular Roberto Benigni, conquista a su esposa de una forma especial, y se mueve de una forma especial en esa ciudad que sufre una fatalidad, afrontando los problemas con una sonrisa y esa sonrisa se la trasmite a los suyos y a nosotros los espectadores.

El personaje de Roberto Benigni trasmite inteligencia y sentido del humor a partes iguales resultando el régimen de esta forma mucho más cruel, reflejando una realidad y llegando al público, a todo tipo de público, porque esta cinta es para todos. La banda sonora es de las mejores, que se han escuchado en la historia del cine. La cinta nos regala momentos inolvidables: Ese pequeño (excelente en su papel) gritando por el megáfono con una madre (excelente también) conmocionada el final con la música de fondo, todo en esta cinta es para recordar.


“La Vida es Bella” ganó 3 premios Oscar de la Academia (Mejor Película Extranjera, Mejor Actor Protagonista (Roberto Benigni) y Mejor Banda Sonora Original) y fue nominada para otros 4, incluyendo Mejor Película y Mejor Director (Roberto Benigni). “La Vida es Bella” se batió a muerte en aquella edición de los premios Oscar ante la grandiosa, “Rescatando al Soldado Ryan” de Steven Spielberg, y la magnífica cinta que consiguió tener el mayor número de nominaciones por encima de ambas en aquella edición, la gran “Shakespeare Apasionado” de John Madden. Aun así fue galardonada con más de 50 premios internacionales, entre los que se incluyen los premios Óscar, el Gran Premio Especial del Jurado del Festival de Cannes o el César a la mejor película extranjera.

Benigni no ha buscado en “La Vida es Bella” el realismo absoluto. Así, ha estilizado los decorados y las situaciones, dando incluso un sentido surrealista a algunas de las escenas, pero sin quitarle horror al momento histórico en que se sitúa, allá por la Italia de 1939. El horror y la brutalidad siguen estando allí, pero Guido da un nuevo significado a cada circunstancia, haciendo equilibrios entre lo puramente cómico y lo amargamente trágico, llegando en algunos momentos a hacer pensar al espectador si debe reírse o no por los terribles hechos.

Es sin duda una obra maestra, uno de los más grandes alegatos jamás filmados contra el racismo, una crítica social desconcertante que hará reflexionar entre risas, consiguiendo Roberto Benigni sobradamente su objetivo de demostrar que, hasta en los momentos de mayor dolor y opresión, la vida sigue siendo bella.

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