lunes, 18 de abril de 2011

CAPITULO 49: GLADIATOR - GLADIADOR (2000)





En 1999 se habló mucho del rodaje de este gran film: Russell Crowe, una estrella emergente, se metía en la piel de un gladiador en una superproducción de un director prestigioso pero, por aquel entonces, en decadencia. DreamWorks, la productora de Spielberg, preparaba el terreno para tener un taquillazo en el verano de 2000 y montó una campaña de publicidad en la que se destacaba la espectacularidad del producto y unos deslumbrantes efectos especiales (hablaban de cómo habían recreado la antigua Roma digitalmente; o resucitado a Oliver Reed, que murió sin acabar su papel, para algunos planos). Cuando “Gladiador” se estreno en mayo de 2000, superó con creces las expectativas: se convirtió en la segunda cinta más taquillera del año (detrás solo de “Misión Imposible 2”).
A “Gladiador” le cabe el honor de haber hecho resurgir un género del que se habí­a firmado su acta de defunción a mediados de los años 60, tras el uso y abuso indiscriminado de sus códigos, por parte de casi todas las cinematografí­as del mundo, en especial, la italiana.
Ridley Scott renace de su fracasado “1492: Conquista del Paraí­so” de 1992, para encontrar con “Gladiador” el punto de equilibrio justo, entre una espectacular recreación histórica de la Roma Imperial, un film de aventuras épicas trufado de gestas heroicas y de batallas descritas con verosimilitud y crudeza y una historia intimista de ambición, intriga polí­tica, predestinación y venganza, donde brillan con luz propia la apostura de Russell Crowe, el histrionismo de Joaquin Phoenix y la exquisita contención de Connie Nielsen, arropados por las impagables presencias de Oliver Reed, Richard Harris y Derek Jacobi, al son de una memorable partitura de Hans Zimmer.
Tras décadas de ominosa ausencia, “Gladiador” se permite mirar de frente y sin vergüenza a las obras cumbres del género: el “Espartaco” de (Stanley Kubrick, 1960), la “Cleopatra” de (Joseph L. Mankiewicz, 1963) y el “Ben-Hur” de (William Wyler, 1959), y anuncia a su vez, el giro de la industria hacia ese género, abandonado durante décadas. El éxito de “Gladiador” ha propiciado la realización de superproducciones como: “Troya” de (Wolfgang Petersen, 2004) o la decepcionante “Alejandro Magno” de (Oliver Stone, 2005) sin olvidar la pléyade de mini series televisivas ambientadas en el mundo antiguo entre las que destaca la gran producción angloamericana “Roma” del 2005, la espectacular “Espartaco: Sangre y Arena” del 2010 y “Espartaco: Dioses de la Arena” del 2011. Pero de lo que no hay duda es que esta cinta es un gran espectáculo.







La acción comienza en el año 180, en Germania, donde se desarrolla una batalla contra los bárbaros que pone fin a una guerra de varios años. El anciano emperador Marco Aurelio (Richard Harris) le pide a Máximo (Russell Crowe), el general responsable de la victoria, que le acompañe a Roma y le ayude a devolver al senado el poder que tenía en un origen, que haga que el Imperio vuelva a ser una república. Máximo lo único que ansía es volver a su casa en Hispania, donde lo esperan su mujer y su hijo, pero acepta la propuesta. Esa misma noche, cuando Marco Aurelio le dice a su hijo Cómodo (Joaquin Phoenix) que no será emperador, Cómodo asesina a su padre, se hace con el poder y manda matar a Máximo y su familia. El general logra salvarse del fusilamiento, pero cuando llega a su casa en Trujillo, encuentra los restos carbonizados de sus seres queridos. Máximo se convierte en esclavo, luego es vendido como gladiador, y gracias a su destreza podrá llegar al Coliseo y vengarse de Cómodo.
Reconozcámoslo, la historia de la venganza, que un gladiador ponga en jaque al Imperio Romano, es increíble; pero “Gladiador” tiene tanta fuerza y está tan bien hecha, que es difícil no creerse la trama mientras se ve la cinta. Ayuda que la historia de Máximo esté bien contada y que se vea perfectamente el ascenso en popularidad del protagonista.

El film es muy solemne, y en ocasiones (especialmente en las conversaciones en interiores, que son agobiantes), sensual y decadente. Sus torturados personajes sueltan frases altisonantes (del estilo de “lo que hacemos en vida, resuena en la eternidad”) y Ridley Scott hincha formalmente las escenas, y se las toma muy en serio, para darle peso a una historia que no tenía tanto. En ese sentido, son magníficas la muerte de Marco Aurelio o la escena, al final, en la que Cómodo le explica a su hermana que su sobrino le ha contado todo.
Esta última escena también es un ejemplo de las muchas veces en que las cosas se cuentan con metáforas o se sugieren. Aquí Cómodo recurre a la historia de Marco Antonio y Cleopatra y al emperador Claudio para explicar lo ocurrido; un poco antes el senador Falco le habla de una serpiente marina para proponerle una estrategia contra sus enemigos. En una escena entre Cómodo y su hermana Lucila se deja entrever una relación incestuosa cuando él le pide que le dé un beso, y ella acaba besándole la frente. Igual de sutil es la relación entre Máximo y Lucila, de la que se deduce que tuvieron un romance en el pasado, pero sin decirlo abiertamente. Y al acabar la cinta, no se sabe si Lucio es hijo de Máximo o no.









Algo que Ridley Scott hace muy bien es preparar momentos, y luego no decepcionar cuando llega el acontecimiento. Empezando con el principio, donde dedica unos minutos a preparar una batalla, y poco a poco va incrementando la tensión (el jinete sin cabeza, los cánticos de los bárbaros, cuando encienden las flechas), y al estallar la contienda, el resultado es impresionante. Scott logra meter al espectador en el fragor de la batalla con una escena muy dinámica y muy bien construida (empiezan con catapultas y fechas y acaban en combate cuerpo a cuerpo), en la que se sigue la acción sin problemas. El secreto es que está llena de pequeñas acciones (el perro que ayuda a Máximo, la muerte del bárbaro gigante, el casi “fuego amigo”) que se van desarrollando en el tiempo. Una buena estructura es la clave.
Con los combates entre gladiadores pasa lo mismo. Scott los prepara, y luego deslumbra. Presenta a los espectadores y a los gladiadores esperando, y entonces crea una escena de acción deslumbrante. Aquí también hay una buena estructura. El montaje está muy picado, pero se ve lo que está pasando (y Pietro Scalia, el montador, mete planos de reacción muy buenos). Los combates tienen mucha importancia narrativamente, ya que tienen que mostrar cómo Máximo se convierte en un famoso gladiador que puede retar al césar. Por ello, todos son distintos y van creciendo en espectacularidad. Si en el primero Máximo era uno más que se defendía como podía para sobrevivir, en seguida se ve que esos anfiteatros de provincias se le quedan pequeños y sólo el Coliseo es digno de él. Cuando llega a Roma, el primer combate (tras haber presentado el anfiteatro con un famoso travelling circular), en el que intervienen cuadrigas, es extraordinario y Máximo muestra sus dotes de mando; en el segundo, el gladiador ya es una estrella y además de luchar contra un hombre enorme, tiene que lidiar con tigres. El último combate no es tan espectacular como los anteriores, pero gana en intensidad: se enfrenta a Cómodo. La variación y un aumento de la intensidad es la clave.




Incluso los detractores de esta cinta reconocen que las escenas de acción son fuera de serie: te dejan clavado a la butaca y no descansas hasta que acaban. Parte del éxito de “Gladiador” se debe a su reparto, sobre todo sus secundarios. Sin ellos, ni siquiera la dirección de Ridley Scott evitaría que el film fracasara. Connie Nielsen y Derek Jacobi están correctos como Lucila y el senador Graco, pero los que destacan con interpretaciones magistrales son Richard Harris, Oliver Reed y Joaquin Phoenix. Harris, en apenas diez minutos, da vida a un cansando emperador Marco Aurelio; Reed a un brusco entrenador de gladiadores que lleva a Máximo a Roma; y Phoenix al odioso e inseguro Cómodo. Son interpretaciones tan buenas y llenas de matices que hacen algo de sombra a la estrella de la cinta. Si a ello le sumamos una magní­fica e innovadora fotografí­a, unos deslumbrantes (aunque a veces notorios) efectos especiales y una ambientación espléndida, nos encontramos ante una verdadera obra maestra, en todos los sentidos impecable.
Russell Crowe es un actor excelente, tiene el físico perfecto para hacer de general romano y de gladiador, su presencia llena la pantalla, en ocasiones es muy intenso (en especial, cuando se muestra a Cómodo en el Coliseo) y transmite muy bien que es un hombre de honor; pero está demasiado contenido y hay muy poca variación entre los distintos estados de ánimo por los que pasa durante la cinta: casi da lo mismo que haya ganado una batalla, que esté deprimido o que se acuerde de su familia.



“Gladiador” es una historia llena de reminiscencias clásicas, desde una trama cercana a la tragedia griega donde las grandes pulsiones humanas se dan cita (ambición, fidelidad, traición, pasión, pesadumbre, gloria y deshonor pasean entre columnas jónicas y túnicas) hasta la planificación argumental del film, una historia que cuenta el devenir de un héroe ficticio en medio de elementos históricos un tanto alterados, un relato algo plano pero efectivo de triunfo, inmolación y venganza. También entronca con la tradición del género que tendrí­a su mejor valedor en “Espartaco”.
Gladiador” ganó 5 premios Oscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Actor Protagonista (Russell Crowe), Mejor Diseño de Vestuario, Mejor Efectos Visuales y Mejor Sonido) y fue nominada para otros 7, incluyendo Mejor Director (Ridley Scott) y Mejor Actor de Reparto (Joaquín Phoenix). Hubo una controversia por su nominación para Mejor Banda Sonora, pues el premio fue propuesto únicamente para Hans Zimmer y no para Lisa Gerrard. Sin embargo, los dos ganaron el Globo de Oro por Mejor Banda Sonora como co-escritores. También hubo cierta polémica cuando Joaquín Phoenix (Cómodo, nominado a Mejor Actor de Reparto) no recibió la estatuilla por su interpretación. Por otro lado para la Academia Británica, ganó 4 premios BAFTA (Mejor Película, Mejor Montaje, Mejor Fotografía y Mejor Diseño de Producción). De 119 nominaciones en total, la cinta ganó 48 premios en total.

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