domingo, 10 de abril de 2011

CAPITULO 41: SLUMDOG MILLIONAIRE - QUISIERA SER MILLONARIO (2008)




Bajo la apariencia de un sencillo melodrama, “Quisiera ser Millonario” esconde una conmovedora y emocionante historia con tintes dickensianos y decorado al más puro estilo Bollywood. Sin embargo, bajo esa aparente convencionalidad, encontramos una propuesta visualmente impresionante con una narración ágil y vibrante. Las desventuras de un joven desgraciado que está a punto de alzarse con el máximo premio de un popular concurso televisivo consiguen impregnar y contagiar una buena dosis de optimismo.
Danny Boyle ha planteado esta historia de amor imposible, salpicada de momentos que ahondan en los tristes arrabales del subdesarrollo de la fascinante Mumbai, con la enorme virtud de contarla de manera espléndida. Sin caer en un simple estereotipo del reflejo de la pobreza para conmover al espectador, ni en una falsa glorificación de la miseria, sino con el enorme acierto de narrar la historia con profunda humildad, aproximándose al realismo y huyendo de moralinas y doctrinas.
Resulta curioso que haya sido un británico el que ha logrado extraer mejor y engrandecer un relato propio de Bollywood, aunque sin abusar de sus esquemas convencionales (a excepción del espléndido número musical de los créditos finales), y lo consiga con tanta relevancia. Hay que recordar que, poco a poco, con un presupuesto ajustado ha ido cautivando a crítica y público, así como acaparando múltiples premios, convirtiéndose en el título revelación de los últimos años y todo un fenómeno cinematográfico.
La clave de su éxito radica en la citada sencillez de la propuesta y, sobre todo, en el modo en el que se articula la narración. El guión de Simon Beaufoy está milimétricamente diseñado y Danny Boyle ha sabido extraer el máximo partido de la historia de Jamal Malik. Joven al que vamos conociendo junto a su experiencia vital, que resulta aclaratoria sobre su inesperado éxito en el concurso de televisión en el que participa. A través de soberbios flashbacks, plenos de ritmo y emoción, descubrimos su pasado como niño huérfano ingenioso y pícaro, que subsiste junto a su hermano y la fascinante Latika en las calles de Mumbai y todos los peligros de la dura vida en la miseria.
Todos estos episodios conforman la columna vertebral del film, donde vemos como Jamal, que nunca se queja de su asquerosa existencia, no cree en el destino escrito y demuestra como él mismo se lo ha ido configurando, a base de dosis de bondad, amor y positivismo. Y, en su mensaje final, transmite la esperanza de que el futuro siempre puede ser mejor, que el amor verdadero siempre triunfa. Este relato, aderezado con elementos al estilo Dickens (niños desgraciados en peligro, villanos crueles que los persiguen) está planteada sin fisuras, llena de dinamismo, como un juego del pasado y del presente, y con los momentos justos de humor, romance y drama. Y lo más importante es que contagia emoción, con situaciones que no buscan la lágrima fácil y sí consiguen gran empatía con su protagonista. Todo ello producto de un guión de Simon Beaufoy inteligente y hábilmente estructurado del que su realizador ha sabido sacar el máximo provecho (como ya hicieran ambos en “Full Monty”).



En realidad, lo del concurso es fascinante y va de la mano con un precioso romance: el que viven desde su infancia Jamal y Latika, huérfanos por la guerra y el fanatismo, explotados por adultos sin escrúpulos ni moral y abandonados a un destino donde el azar juega su papel. Cada pregunta sirve para mostrarnos un fogonazo de un pasado increíble en la adversidad, y cada respuesta esconde una herida y pérdida dolorosas. Lo que el público festeja con aplausos y gritos de alegría, Jamal lo encaja con un gesto de tristeza porque le hubiera gustado no saberlo, no tener que estar ante la cámara… pero la vida le ha enseñado por la universidad de la calle mientras le iban dejando solo. Son las dos caras de la existencia: unos ríen, buscan el éxito en la riqueza, se traicionan yendo contra su conciencia y emplean la violencia; otros luchan por encontrar el amor esquivo y son demasiado sinceros cuando se les pregunta. Son también las dos caras de un Bombay donde la riqueza muchas veces se mezcla con la corrupción y el abuso mientras una gran masa humana malvive por las calles entre la pobreza, donde los niños son capturados por redes de gánsteres sin miramientos que les explotan –dura escena la del niño cegado–, y el pueblo que sirve té o pide en las calles sueña con sus héroes de cine o el éxito en el concurso de moda. Es, en definitiva, la opción del dinero-confort o la del amor como elementos de felicidad, en un dualismo que los dos hermanos encarnan a la perfección.
Por eso, la interpretación de Dev Patel resulta soberbia, cautivadora al transmitir esa sencillez e inocencia en sus gestos. Porque él sólo quiere una cosa y no sabe decir otra ni en el plató ni en la vida, porque exuda una tranquilidad insultante en medio del concurso… y está en una guerra que no es la de las armas ni la de las rupias. Una historia dickensiana en las barriadas pobres de la India, que tiene también su toque capriano porque alienta la esperanza del individuo más insignificante para alcanzar realizaciones inimaginables, para lograr un éxito que se forja sobre la verdad, la honradez y los buenos sentimientos. La pureza de intenciones, la rectitud de sus acciones y delicadeza del trato de Jamal son exquisitas, y encuentran su contraste en algunos de los adultos del film y en su propio hermano, por seguir con las dos caras de la cinta. Extraordinario es el montaje y las transiciones temporales conseguidas con flashbacks muy eficaces y dinámicos, que nos llevan sin darnos cuenta a una infancia durísima pero entrañable gracias a la mirada dulce y optimista de los tres mosqueteros –excelente interpretación de los niños–, con una cámara que se expresa bien con planos inclinados o una concatenación de planos cortos, medios y generales que dan un tempo vertiginoso y dramático a la acción.



En definitiva Boyle supo aprovechar el magnetismo del protagonista (Dev Patel en su edad adulta, aunque resulten inolvidables también los actores que le interpretan de niño y adolescente) para transmitirnos, a la manera del viejo Dickens, que por muchas calamidades que tenga que superar, por difícil que se le ponga salir de la miseria y recuperar a su amada Latika (hermosísima Freida Pinto), su profunda fe en sí mismo (esa certeza tan clásica), nos arrastrará hasta un éxito alcanzado con todas las cartas en su contra.
Boyle logra enfrascar al espectador en un montaje velocísimo, con un ritmo narrativo que no cede un instante y que vuela cerca de las dos horas empapado en un abanico de colores y sonidos realmente apabullante, enlazando presente y pasado a base de flashbacks que desglosan una historia conscientemente inverosímil pero que juega sus bazas de fábula intemporal acerca de las segundas oportunidades y de la obstinación y el esfuerzo como metas para avanzar en la vida y lograr nuestros objetivos.



De este modo, el trío protagonista se acerca y se aleja constantemente, en un devenir de los acontecimientos inevitablemente encaminado a la sublimación de la función catártica del medio televisivo, con toda la nación pendiente de una cuestión definitiva que torna del todo irrelevante al equipararse con lo realmente importante, algo tan tópico y edulcorado, pero enternecedor por su planteamiento, como es el amor verdadero. Reflejo inverso de Occidente, “Quisiera ser Millonario” habla de los sueños, de la felicidad y de la escasa importancia de lo material cuando se es sincero y grande de espíritu, y de cómo la edad va mermando en nosotros ─no en todos─ y nuestro interior, modificando los valores que nos impulsan en función de las circunstancias que nos rodean. Independencia y comercialidad pura y dura ─entendida como entretenimiento destinado a un público masivo─ conviven en armonía, solapando mensajes subyacentes más o menos velados que golpean a un palco incapaz de caer en el desánimo, gracias al vigor con el que el soberbio apartado técnico del film logra convertir esta historia en un torbellino visual y argumental que hila fino para alternar la violencia descarnada con la más sincera alegría de vivir.
“Quisiera ser Millonario” derrocha imaginario visual para construir cada uno de los asombrosos capítulos que conforman la vida de Jamal Malik (Dev Patel). Conociendo al que está tras la cámara, no es de extrañar que en determinados momentos el absorbente relato que desempeña corra el riesgo de claudicar ante algún que otro delirio visual. Un Boyle más inspirado que nunca, encuentra en sus destrezas como realizador la mejor receta para convertir un mosaico de historias propenso al tinte neorrealista y el ánimo pesimista en la visualmente revolucionaria representación de los retazos de una vida, nunca tan hipnótica, nunca dotada de semejante espectacularidad o fuerza. Que desprenda ciertos aires populistas o que prescinda de algún dictamen de la lógica en su camino hacia el final feliz, poco acaba importando cuando además se da el factor de que el autor se muestra como un perfecto narrador que despeja cualquier traba u obstáculo para expresar aquello que pretende transmitir, entonces el flechazo es inevitable. “Quisiera ser Millonario” encanta y seduce, apasiona y emociona, y al final vence y nos convence de que ese puñado de momentos retratados acaban siendo el bien más preciado de la existencia de su protagonista. Y una vez ya somos los afortunados dueños o partícipes de todos ellos.



“Quisiera ser Millonario” triunfo con 4 Globos de Oro (Mejor Película Drama, Mejor Director, Mejor Guion y Mejor Banda Sonora Original); consiguió 11 Nominaciones a los Premios BAFTA triunfando en las categorías de (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Adaptado, Mejor Banda Sonora, Mejor Fotografía, Mejor Montaje y  Mejor Sonido) y favorita del año en los Premios Oscar de la Academia con 10 Nominaciones; finalmente obteniendo 8 Estatuillas (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Adaptado, Mejor Fotografía, Mejor Montaje, Mejor Banda Sonora Original, Mejor Canción Original y Mejor Sonido). Gran mérito el de Boyle que consigue contar con ingenio y cautivadora emoción un relato intenso, apoyado en una fotografía sublime de colores saturados y una banda sonora exótica y acertada, además de unos actores de rostros desconocidos a los que saca interpretaciones bien orquestadas (destacando Dev Patel). “Quisiera ser Millonario” conmueve, entretiene y deja una sonrisa a su conclusión. Eso, en el cine de hoy en día, es mucho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario