viernes, 8 de abril de 2011

CAPITULO 39: MRS. MINIVER - LA SEÑORA MINIVER (1942)




“La Señora Miniver” no dirige un combate aéreo ni una batalla por mar, pero nos muestra su esfuerzo y el de la población británica por sobrevivir a los bombardeos alemanes. Winston Churchill comentó que “La Señora Miniver” ayudó más a la moral de supervivencia de la nación británica en su hora más dura que toda una flota de destructores. El premier británico supo ver el valor que una simple cinta podía tener para elevar la moral de todo un país y para ayudarle a sobrevivir, convirtiéndose, más allá de la simple propaganda, en una valiosa arma ideológica al servicio de las libertades y contra la tiranía, un canto a los valores comunes que los totalitarismos del Eje estaban empeñados en destruir. Sin ser propiamente una cinta bélica, “La Señora Miniver” es la mejor muestra cinematográfica sobre cómo la guerra cambia la vida en la retaguardia y la importancia de la sociedad civil y el heroísmo de lo cotidiano en un conflicto por la supervivencia de una civilización como fue desde el bando aliado la Segunda Guerra Mundial. Candidata a 12 Nominaciones a los Premios Oscar; finalmente triunfo obteniendo 6 Oscar de la Academia (Mejor Pelicula, Mejor Director (William Wyler), Mejor Actriz Protagonista (Greer Garson), Mejor Actriz de Reparto (Teresa Wright), Mejor Guion Adaptado y Mejor Fotografía en blanco y negro.
“La Señora Miniver” narra la aventura cotidiana de una familia británica de clase media que disfrutaba de aquel verano de 1939 en que Adolf Hitler decidió invadir Polonia desencadenando el infierno; gente despreocupada que disfruta de su bienestar sin pensar en el negro futuro que se le avecina. William Wyler, considerado entonces prototipo del clasicismo de Hollywood, menospreciado por la crítica progresista de las décadas siguientes y reivindicado de nuevo entre los grandes, supo dotar de humanidad a una historia con claros fines propagandísticos, con un guión que sutilmente deriva de la comedia a la tragedia. Conozcamos a la Señora Miniver (Greer Garson), la feliz esposa de un arquitecto que vuelve al acomodado suburbio de Belham tras una tarde de compras compulsivas en Londres, donde no ha podido evitar llevarse ese carísimo sombrero que no está segura de poder permitirse.



La principal preocupación de la señora Miniver es que su marido se entere de lo que le ha costado su sombrero; el terrible drama del señor Miniver, cómo explicar a su mujer que se ha comprado un carísimo descapotable. Es una sociedad frívola y feliz pero, cuidado, el film está dirigido a una audiencia norteamericana en la que se pretende despertar simpatías hacia los aislados ingleses. No se ocultan las diferencias entre las clases sociales, pero se edulcoran con relaciones de simpatía y buena vecindad.
De hecho la sociedad de Belham tiene como principal acontecimiento anual el concurso de rosas y flores ornamentales que organiza la aristócrata local Lady Beldon (Dame May Whitty), todo un símbolo de la Inglaterra eterna, concurso que la propia dama octogenaria siempre gana. Por eso el hecho de que el humilde jefe de estación Mr. Ballard (Henry Travers) tenga la osadía de competir con su propia rosa, un bellísimo ejemplar que dedica a la señora Miniver, representa poco menos que la revolución que hará tambalearse al Antiguo Régimen.
Con la elegancia de la clásica comedia hollywoodiense, en esta amable primera mitad se nos presenta a personajes como Vin (Richard Ney), el hijo mayor de los Miniver, que vuelve de Oxford cargado de mal digeridas y cambiantes ideas de cambio, igualdad y modernidad, que el amor que sentirá por Carol (Teresa Wright), la nieta de Lady Beldon, y que la chica corresponderá, irá enfriando. En la comunidad feliz y democrática los burgueses Miniver podrán emparentar con los nobles Beldon, y hasta el jefe de estación podrá desafiar con su rosa a la aristocracia heredera de los normandos, todo se solucionará tras alguna rabieta de la cascarrabias Lady Beldon. Nada, ni el rearme alemán, parece poder enturbiar los años felices.



Pero la amenaza estaba al otro lado del Canal de la Mancha. La Guerra relámpago de Hitler devoró en pocos meses Holanda, Bélgica y Francia. Gran Bretaña era ahora el principal obstáculo en sus planes de conquista. Convencido de triunfar donde Napoleón fracasó, Hitler decidió que las islas solo caerían si se minaba la moral de toda su población, si se castigaba a hombres, mujeres y niños con una auténtica carnicería. La temible Luftwaffe desencadenaría los más terribles bombardeos de la historia contra la población civil; había sonado la hora de Inglaterra.
Pero aún no han llegado los días duros de las bombas incendiarias. En casa de los Miniver la guerra había llegado para algunos: la criada llora la marcha de su novio al frente y el impetuoso Vin decide alistarse en la RAF para convertirse en piloto de una fuerza aérea inferior en una proporción de cinco a uno respecto al enemigo, pero que resultó diez veces más efectiva que la Luftwaffe, que en los primeros meses de la guerra sufrió una contundente derrota.
Esos fracasos iniciales enfurecieron a los nazis que demostraron una inusitada crueldad, y aquí es donde “La Señora Miniver” relata el más emocionante episodio de heroísmo protagonizado por la población civil. En mayo de 1940 casi cuatrocientos mil soldados británicos, canadienses y franceses quedaron atrapados en Dunkerke, en el lado francés del Canal, entre el mar y los Panzers de Hitler. Era un exterminio anunciado, pero entonces se desencadenó desde Inglaterra la mayor operación de rescate de todos los tiempos. Cualquier cosa que flotara servía. Miles de pesqueros, ferrys, cargueros, remolcadores y embarcaciones deportivas salieron de las costas de Inglaterra al rescate de los soldados. El señor Miniver, voluntario en una patrulla de vigilancia del río, se unirá a la heroica expedición. Algunas de las más hermosas escenas del film, favorecidas por la oscarizada fotografía de Joseph Ruttemberg son las nocturnas del descenso del Támesis por cientos de embarcaciones.
Con su hijo luchando en el aire y su marido participando en la evacuación de Dunkerke, parece que vayamos a contemplar a una señora Miniver en el papel de ama de casa pasiva que aguarda en silencio el regreso de los guerreros; pero la fuerza de esta historia reside precisamente en ella, en hacernos olvidar a esa burguesa frívola y simpática a partir del terrible momento en que en la orilla del río encuentra a un piloto alemán herido que logró escapar de su avión derribado y al que la patrulla fluvial de su marido llevaba días buscando en vano. Bajo la amenaza de la pistola del nazi la señora Miniver tiene que ocultarle en su cocina, darle de comer y de beber y, aprovechando un desvanecimiento del soldado enemigo, logrará reducirlo antes de que llegue la policía. La breve discusión que mantendrá con el piloto la colocará frente al horror y el fanatismo al que se enfrenta su país.




Tras el episodio de la captura del piloto nazi se desencadena la tragedia, el país es machacado sistemáticamente por las bombas, la familia Miniver pagará con su sangre, la muerte de la dulce Carol Beldon, casada ya con Vin Miniver. Éste es el momento en que la señora Miniver se da de bruces con la durísima realidad, pero he ahí la importancia moral del film, la pérdida de la inocencia no implica el derrumbe. La señora Miniver, situada en el extremo opuesto al arquetipo feminista, se descubre a sí misma como la mujer fuerte que probará su heroísmo logrando que bajo las bombas todo funcione en su hogar y se mantengan los lazos familiares y sociales. Por eso “La Señora Miniver” es una cinta inteligentemente feminista. Pero más aún, es Inglaterra en sí misma, símbolo de los cambios que se operan en todo un país atacado.
Frente a la barbarie, la guerra y el fascismo, una sociedad que defiende unida sus valores superiores acaba por vencer aunque sea la masacre. Es el mensaje que este grandioso film quiso trasladar a aquellos norteamericanos que incluso después de Pearl Harbor seguían siendo reacios a la intervención en la guerra. Mejor que cualquier documental de guerra “La Señora Miniver” supo hacer ver que la imagen de los ciudadanos de Londres y otras ciudades británicas empeñados en recomponer su vida cotidiana tras los bombardeos de cada noche marcó el comienzo de la derrota de Hitler. La supuesta raza superior no podía derrotar a una sociedad éticamente superior. La democracia más antigua de la Tierra se refuerza y sus ciudadanos se igualan en la solidaridad; eso se simboliza en Lady Beldon admitiendo que por primera vez un humilde ferroviario la despoje de su premio en el concurso de rosas y se expresa con convicción en el oficio religioso en la iglesia anglicana derruida por las bombas con que se cierra esta emocionante film.
“La señora Miniver” no esconde su función de film de propaganda -confesado con orgullo por Wyler-, pero este fin no ofende, porque su narración es muy honesta y emotiva. Uno de los grandes momentos de este gran clásico es su final, cuando se nos presenta una misa en la que el párroco (Henry Wilcoxon) pide fuerza, valor, ánimo y coraje ante los ataques nazis. Mientras el cura sigue su homilí­a, Wyler (nacido en Alemania y firmemente implicado en el ejército norteamericano junto a camaradas tan célebres como John Huton) abre el plano y nos descubre lo que sólo habí­amos intuido: la iglesia está en ruinas, algo que no afecta a los convencidos y entregados feligreses.
Esta escena fundamental fue reescrita por William Wyler y Henry Wilcoxon la noche antes de su rodaje. El texto, además, fue literalmente impreso en las revistas “Time” y “Look” y lanzado por aviones sobre Europa por orden expresa del presidente Franklin Delano Roosevelt.



Este impecable trabajo de William Wyler muestra ciertas similitudes argumentales conLos Mejores Años de Nuestra Vida”: el cuidado de las mujeres a sus hombres y cierto cinismo, más disimulado, de ellos ante sus “proezas”). Pero en este caso, Wyler y sus guionistas trasladan su enfoque al mundo de las mujeres en guerra, aquellas que tuvieron que sufrir la dura afrenta que tuvo que soportar la sociedad civil británica.
Al igual que en la maravillosa Esperanza y gloria, de John Boorman, aquí­ no importan tanto lo que sucede en los cielos, en el campo de batalla -los bombardeos en el film están en “off”, son sonidos más que imágenes, sino lo que sucede en los refugios, en los pueblos, en las iglesias que siguen adelante a pesar de la lluvia de obuses de la poderosa maquinaria bélica nazi.

El 7 de diciembre de 1941, los EE.UU. tuvieron que enfrentar la decisión más difí­cil de su historia moderna. Un nuevo conflicto bélico generalizado habí­a tocado a su puerta, apresurando una decisión que el gobierno de Roosevelt no deseaba tomar.
El ambiente de guerra se permeó rápidamente a lo largo y ancho de la nación y a través de todos los estratos sociales hasta alcanzar a Hollywood. Con una rapidez asombrosa, los estudios de cine se transformaron en arsenales destinados a la producción de propaganda bélica de emergencia, ofensiva o defensiva, y con sus nombres más famosos acaparados por las fuerzas armadas.
Así­, con el grado de coronel, Frank Capra trabajó para el Departamento de la Defensa supervisando la serie de documentales ¿Por qué peleamos? (1942-45), en la que colaboraron muchos directores importantes. John Ford fue movilizado, con el grado de comandante, para dirigir la producción cinematográfica de la Marina, mientras que el mayor William Wyler se encargó de las Fuerzas Aéreas.
A lo largo de la década de los años 30, Wyler habí­a construido una sólida reputación como director de adaptaciones literarias y teatrales que alcanzaron gran popularidad entre el público y el respeto de la crí­tica. En 1936 habí­a firmado contrato con Samuel Goldwyn y establecido una relación laboral con la dramaturga Lillian Hellman, de la cual surgieron cintas como “Infamia” (1936) y “La loba” (1941), “Jezabel” (1938), “Cumbres borrascosas” (1939) y “La carta trágica” (1940) que contribuyeron a cimentar su carrera. Su colaboración con el fotógrafo Gregg Toland, famoso por su espléndido trabajo en el “Ciudadano Kane” de Orson Welles, habí­a derivado en un estilo visual fluido y simple, integrado perfectamente a la lógica interna de la narración y a las necesidades de la puesta en escena.


Sumamente popular en su tiempo, “La Señora Miniver” puede verse hoy como una curiosidad perteneciente a una época en la que los valores comunes a una sociedad eran más sencillos de codificar. Sin embargo, es importante reconocer la honestidad con que cada uno de los integrantes de esta producción trabajó al servicio de una ideologí­a en la cual creí­an y a la cual le debemos ésta y otras valiosas producciones del cine norteamericano.  
Durante más de dos décadas, Wyler fue considerado como un genio por los crí­ticos estadounidenses, quienes alabaron su capacidad para asimilar las experiencias de sus antecesores y desarrollar una nueva forma de escritura cinematográfica basada en el plano secuencia y el manejo de la profundidad de campo. Esta opinión cambió con el paso del tiempo, al surgir un nuevo tipo de crí­tica tendiente a menospreciar a aquellos directores que se sujetaron siempre a la polí­tica de los estudios.
En años recientes, directores como Wyler han sido redescubiertos por una nueva generación de especialistas, quienes no dudan en señalar su influencia directa en el estilo de cineastas tan alabados por su originalidad como el propio Orson Welles. A reserva de futuras interpretaciones, lo cierto es que la obra de William Wyler continúa siendo una de las más sólidas del Hollywood clásico y su elegante estilo uno de los más perfectos que se hayan visto en la pantalla grande.

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