martes, 5 de abril de 2011

CAPITULO 36: THE FRENCH CONNECTION - CONTACTO EN FRANCIA (1971)






“Contacto en Francia” de William Friedkin es una cinta cuidadosamente adrenalínica, donde el motor se centra en una espectacular acechanza en las entrañas de la fría Nueva York de los años setenta. La idea de la cinta es básica, pero el desarrollo de sus pormenores le otorgan solidez al film: los detectives Jimmy “Popeye” Doyle (Gene Hackman) y Buddy Russo (Roy Scheider) investigan solícitamente un caso de narcotráfico en la ciudad de Nueva York, en el cual se ve implicada la mundana mafia francesa; teniendo como misión muy concreta: desarticular una red de tráfico de narcóticos y descubrir quien se esconde tras el pseudónimo de “French Connection”. Cuando Popeye Doyle descubre que los delincuentes están a punto de concretar la transacción ilícita, toma el caso como algo personal, rompiendo con las reglas federales y haciendo lo impensable para impedirlo. Basada en hechos reales, este “thriller” que contiene una de las escenas de persecución más famosas de la historia del cine, ganó 5 Oscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor Protagonista, Mejor Guion Adaptado y Mejor Montaje) de las 8 nominaciones que sustentaba.
Nadie en nuestros dí­as puede dudar que los cinco Oscar y ocho nominaciones que recibió este film fueran, como ha pasado otras muchas veces, excesivos. Y más cuando ese año existían films tan magistrales  como “Naranja Mecánica”,Verano del 42” o “Nicolás y Alejandra”. “Contacto en Francia” fue ante todo un film oportuno, y eso siempre se valora en los premios.
La moda y estética de Bullit (1968, Peter Yates) y “Perdidos en la Noche” (1969, John Schlesinger) habí­a impuesto un tipo de cine policiaco realista y sucio, que tanto crí­tica y público querí­an ver. Algo estaba cambiando en el cine de la época, se estaba haciendo más televisivo y nuevos valores surgidos de la pequeña pantalla empezaban a trabajar en la industria del cine. De ahí­ surge este grandioso film. Para casi todo el equipo que compuso el film esta era su primera o segunda cinta (guionistas, montadores, fotógrafos, músicos, director…) también para el actor Roy Schneider e incluso para Gene Hackman, más avezado, era su primer protagonista. Quitando a Fernando Rey (el villano Alain Charnier)  el resto eran casi desconocidos. Y eso se nota en ideas muevas, como zooms, cámara en mano, giros de cámara brutales, y una estética kitsch.
Habí­a nacido el cine de los 70 que marcarí­a una época para directores como Scorsese por ejemplo. William Friedkin se convertirí­a en el director de moda y rodarí­a un par de años después su obra maestra “El Exorcista”. Por lo tanto con la segunda parte –“Contacto en Francia 2” (1975, John Frankenheimer), de otro director televisivo, no tenía casi nada que envidiar a ésta, pero como lo que se premiaba a la primera era su impacto novedoso en la época -y no tanto su valor artí­stico- y eso ya habí­a pasado, pues no recibió los aplausos. Un film que destaca más que por sus valores cinematográficos por su significado en la evolución de la historia del cine.



Por supuesto, la amenaza sobre los criminales está representada en "Popeye" Doyle, papel que le valió a un sublime Gene Hackman el Oscar de la Academia como mejor actor protagonista, un detective neoyorquino con métodos devastadores y decididamente controvertidos. A su lado, Buddy "Cloudy" Russo (Roy Scheider) es el compañero de opuesta actitud destinado a ejercer de complemento pacífico y racional en orden a equilibrar la balanza. Mientras, el mal se identifica en el espabilado y hábil Alain Charnier (Fernando Rey), el sumo capo de la droga sofisticado y refinado que es objeto de una persecución sin descanso (magistral la secuencia del metro donde Doyle va en pos de Charnier, logrando tener a la audiencia absorta en espera del desenlace de la cacería).

Ante la ineficacia del procedimiento legal, ambos guerreros enfurecidos no dudaban ni un instante en hacer uso de la fuerza y la violencia extrema para limpiar el mundo de indeseables. Este objetivo les convertía en dos seres irreductibles e implacables habituados a sobrepasar cualquier límite, siendo tan peligrosos o más que sus enemigos en su camino hacia la purificación de la especie ciudadana.

El director atavía esta premisa inicial ahondando en la investigación, subrayando la expectación que se mantiene constante con el ritmo, y al mismo tiempo dejando entrever con astucia la condición de los personajes. Hackman está sublime encarnando con rabiosa y testaruda destreza su papel que basó en la vida del policía neoyorkino Eddie Egan, según anota el escritor Robin Moore en su libro The French Connection: A True Account of Cops, Narcotics, and International Conspiracy. Lo mismo pasa con el personaje de Roy Scheider (basado en el oficial Sonny Grosso) que aunque no participa mucho de la historia, nos brinda una actuación imponente que le mereció el prestigio suficiente para fraguar el protagonismo de memorables cintas como “Tiburón” (1975) o “El Show debe Continuar” (1979).
Sin embargo, lo más representativo, recordado y citado de un film como “Contacto en Francia” son sus persecuciones. Friedkin absorbe toda la prolijidad del guión adaptado por Ernest Tidyman, y transforma el corazón de Nueva York en un escenario inminente, en un campo de batalla para una cacería alucinante, delirante a flor de piel. Por medio de una descarnada fotografía (soberbio trabajo de Owen Roizman) para capturar agitadamente y con energía aquellos instantes donde el espionaje secreto se convierte en una práctica virtuosa de los protagonistas  y una filmación completa por medio de cámara en mano, las imágenes transmiten tal fuerza bruta que da la sensación de estar asistiendo a un documental sobre la lucha del estamento policial contra los poderosos imperios de la droga organizada, relato ambientado en una ciudad de Nueva York sórdida y marginal.
Una de las grandes virtudes de esta sensacional propuesta de tremendo éxito crítico es, sin duda alguna, la impresión de crudo realismo que causa en el público. Precisamente este desolador realismo de los hechos mostrados, terrenos ya explorados por Friedkin en los documentales que dominaron sus inicios cinematográficos, sería una de las mejores bases de su siguiente film, la estremecedora “El exorcista” en 1973.

Aunque la acción no se encuentre presente a lo largo del metraje en demasía, los específicos instantes en los que se desencadena el frenesí resultan incomparables. La dilatada escena de la emocionante persecución automovilística de un tren ya ha pasado a la historia del cine, puesto que la espectacularidad que alcanza es sencillamente descomunal, difícilmente igualable cuanto menos. Curiosamente, el productor, Philip D’Antoni, ya había ofrecido una de las escenas de persecuciones al volante más impresionante de todos los tiempos en Bullit en 1968 de Peter Yates.

Trepidante al máximo pero al mismo tiempo pausado, las situaciones, diálogos o reacciones de los personajes que tienen lugar en la cinta merecen toda credibilidad. Y es precisamente esa verosimilitud la que permite que se origine una sensación de acercamiento, de inmediatez, de proximidad a lo contado, lo que supone que el espectador se vea involucrado de manera inevitable en una historia basada en el best-seller de Robin Moore de título homónimo.



“Contacto en Francia” es, por encima de todo, una cinta de detectives y espionaje, una radiografía minuciosa y fidedigna de las técnicas de actuación de dos policías que existieron en la realidad (Eddie Egan y Sonny Grosso, que realizaron un cameo y asesoraron en el rodaje) y de su auténtico enfrentamiento contra las mafias de las drogas hasta llegar a protagonizar una de las operaciones antidroga más importantes de la historia. Pero, también, es una definición de un personaje central desquiciado por la frustración que lo embarga al no poder dar su merecido a los delincuentes, ya sea como consecuencia de los trapicheos legales o de los sobornos. "Popeye" Doyle está basado en el policía Eddie Egan, un héroe atípico de personalidad excéntrica, desafiante y problemática que se lanzaba a realizar múltiples detenciones y a desbaratar el crimen organizado por medio de una filosofía desconcertante. Este apasionante personaje representaba el papel, durante su trabajo, de un bravucón ultra violento e imprevisible capaz de cometer las mayores atrocidades en un combate sin cuartel por los barrios bajos neoyorquinos.

Un hombre temido por los delincuentes, un ser excesivo siempre al filo de la navaja cuya famosa frase “¿Alguna vez te has hurgado los pies en Poughkeepsie?” no era más que una incongruencia sin sentido que utilizaba para confundir a los detenidos en los virulentos interrogatorios. Con este innovador método, obtenía las confesiones deseadas.

El desenlace del film es tan ambiguo como significativo, con esas ridículas condenas y la escapada de Charnier, hombre al parecer inmune a la acción de la justicia. El pesimismo que queda suspendido en el ambiente provoca un regusto final desencantado, al presenciar una investigación y posterior intervención cuyos resultados acaban siendo ineficaces. "Popeye" Doyle, próximo a la locura, no es capaz de detener a su codiciada presa.

El reconocimiento a la calidad del producto quedó patente mediante los Oscar a mejor película, mejor director y mejor guión adaptado (Ernest Tidyman, a pesar de lo improvisado de gran parte de lo filmado, en especial los diálogos). Hollywood rindió admiración a un film rodado con estilo de documental y ajena a los cánones académicos, una obra creada al alimón por la conjunción de las enormes personalidades del inteligente, enérgico y oscuro director, el esforzado protagonista y el desmesurado detective real sobre el que se basan los hechos narrados.
 
Este film representa uno de los mejores films policíacos de la historia del Cine y de los años 70. A esta conclusión se llega observando las geniales interpretaciones del elenco protagonista, sobre todo el genial Gene Hackman, interpretando al brusco Popeye Doyle, además de una magnífica dirección en plan documental para dar aun más realismo a la cinta, un guión genial y un montaje de infarto. Además quedarán para la historia épicas escenas como la de la increíble persecución coche/metro en las calles de Nueva York. La escena de la persecución es simplemente fantástica.

También la historia tiene su punto de elegancia con la presencia de Fernando Rey que, acompañado de la enemistad que tiene hacia Popeye Doyle, hace que el cruce de ambos sea de los más sugerente e incluso graciosa (la escena de la persecución en el metro). Por ello este film merece estar donde está por méritos propios ya que, a día de hoy, se echa de menos esta clase de cintas con estilo y suciedad a la vez que tanto caracterizaba al género en los años 70.




“Contacto en Francia” no solo es un film importante para el séptimo arte, también lo fue para la carrera de quienes estuvieron involucrados en su realización. Antes de asumir este proyecto, William Friedkin (un director profundamente influenciado por el cine de Fritz Lang) no había llamado la atención con sus cintas. No era un cineasta novato, pero sus trabajos iniciales carecían de esa fuerza radioactiva que adopta su filmografía en la década de los setenta. Tras la consagración de este film en los premios de la Academia del 72, la carrera de Friedkin se vio iluminada con obras maestras tales como “El Exorcista” en 1973 y “Carga Maldita” en 1977.
Sin embargo, sus mayores logros los obtuvo con este film de acción policial, un ejercicio vivificante, gradual y frenético de un sutil y perspicaz suspenso, que además se convirtió en un eficaz producto comercial que funcionaba bien tanto con la crítica como con el público. Para Gene Hackman y Roy Scheider, sus protagonistas, las consecuencias también fueron provechosas. Definitivamente este film se destaca tanto por sus valores cinematográficos como por su significado en la evolución de la historia del cine.

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