domingo, 3 de abril de 2011

CAPITULO 34: THE ENGLISH PATIENT - EL PACIENTE INGLES (1996)




Finales de la II Guerra Mundial. Un hombre herido viaja en una caravana por una carretera de Italia, pero su estado es tan grave que se tiene que quedar en un semidestruido monasterio deshabitado, atendido únicamente por Hana, una enfermera canadiense. Su cuerpo está totalmente quemado a consecuencia de un accidente sufrido en África, pero todaví­a tiene tiempo para contarle la trágica historia de su vida, cuando trabajó como espí­a alemán…
Anthony Minghella, que había alcanzado un prestigio bastante notable en el teatro, la radio y la televisión británicas, sólo había dirigido dos largometrajes antes de presentarse con esta maravilla, y con ninguno de ellos había destacado especialmente. Una vez más se demuestra que para convertirse en un artista lo más importante es una pasión arrolladora, como la que Minghella experimentó cuando leyó la novela de Michael Ondaatje.
Al ver este film uno pude explicarse qué extraña tensión psíquica produce, hasta el punto de olvidarse completamente de su historia y de quedarse atrapado en sus imágenes y sonidos. Al volver a verla (por segunda y tercera vez consecutivas) emociona profundamente quedándote atrapado en gestos, miradas, planos, cortes y movimientos. “El paciente inglés” convierte una suerte de tragedia o melodrama en verdadera música. No incluyendo grandes temas orquestales en su partitura para manipular los sentimientos del espectador y para sonsacarle las lágrimas, sino convirtiendo los elementos sonoros y visuales más básicos en una partitura, en un todo armónico que se percibe como tal desde el subconsciente, y que se enrosca en el ánimo, elevándolo en un adagio que no deseas que termine nunca.




La novela original de Michael Ondaatje (nacido en Sri-Lanka en 1942) cautivó hasta tal punto a Minghella, que no pudo evitar, según sus propias palabras, hacer un film con esa historia. Una historia fascinante, por otro lado. Durante la II Guerra Mundial, en un abandonado monasterio italiano, cuatro personas se encuentran en un momento especialmente delicado de sus vidas. Un misterioso hombre calcinado al que le restan pocos días de existencia, su no menos misteriosa (y bella) enfermera, un desactivador de bombas sij y un vagabundo al que le han amputado los pulgares. Tirando del hilo de sus respectivas vidas, y de los motivos y circunstancias (eso que llaman destino) que les han llevado a ese lugar y no a otro en todo el mundo, descubren que conocerse no ha sido ningún azar, y nosotros descubrimos una historia de amor, deseo y celos, cuyo epicentro desencadena un terremoto emocional que toca y desestabiliza varias vidas, hasta el punto de destruirlas, y es que el amor en este film no es una fuerza positiva, en ningún modo, más bien un agente destructivo, tóxico, que a cambio de unos fugaces momentos de felicidad y pasión entrega odio, desesperación, dolor y oscuridad…hasta que otro amor, el de la fraternidad, el perdón y la amistad acude a restañar las heridas y a redimir el tormento de los recuerdos. La historia de un amor que desborda las barreras de los lí­mites morales, el engaño y la infidelidad, la tragedia y el sinsabor, las fobias propias del marco contextual de la II Guerra Mundial y todo lo que ello determina en las vidas de los protagonistas, el í­mpetu y la valoración de la vida. Anthony Minghella nos cuenta una historia de amor prohibido y juega para ello con el montaje.
Puede ser “El paciente inglés” el film con más flashbacks en la historia del cine. En ella hay no menos de cuarenta viajes al pasado, al interior de la memoria de un moribundo, un ser que en otra época fue un hombre mezquino y altivo, pero también noble y apasionado, el conde Laszlo de Almásy. El recuento de los hechos que le convirtieron en un pedazo de carne chamuscada es el eje del relato. Y en esos hechos se yergue como una sombra al mismo tiempo frágil y tempestuosa la figura de Katharine Clifton. El conde está interpretado por uno de los mejores y más versátiles actores de su generación, el británico Ralph Fiennes, que es uno de los pocos que podía otorgar a ese rol la necesaria ambigüedad moral y el imprescindible magnetismo de un sujeto tan imperfecto. Ella, por otra parte, es la genial intérprete Kristin Scott Thomas, que nunca estuvo más bella y más elegante que aquí, y que sabe inocular una veracidad admirable a su personaje.




“El paciente inglés” se presenta envuelta por unos elementos impecables: una espectacular fotografía, un guión bien hilado que conjuga una historia pasada a medio camino entre la pasión amorosa y la traición política, y una historia vital presente entre la necesidad de vivir y el irrefrenable deseo de olvidar y morir, y especialmente una banda sonora magistral, mezcla de cuatro estilos aparente irreconciliables, que son los vértices sobre los que gira la historia. A saber, la canción húngara "Szerelem, Szerelem" que habla de los orígenes húngaros del paciente, el aria de las "Variaciones Goldberg" de Bach que toca la enfermera en el piano del monasterio porque es la “pieza que más le conmueve en el mundo”, la música de jazz propia de la época de la Guerra representada por "Cheek to cheek", "One o'clock jump" o "Where or when" y finalmente el leit motiv creado por Gabriel Yared, que confiere además unidad al conjunto combinando un estilo oriental, propio del norte de África, y un estilo más napolitano, característico de Italia. Lo dicho, una maravilla.
Cuando se habla de cine-música uno se refiere a una secuencia que dependa de la música para existir, o para darle sentido. Tampoco de una imagen que parezca creada a partir de la música. Estamos hablando de imágenes que provocan en el espectador las mismas emociones que una melodía o una sinfonía. Aunque lo ideal sería ver este film sin la maravillosa banda sonora de Gabriel Yared, pero sí con sus sonidos, si uno la ve casi entera en silencio, sin audio, queda maravillado de ver el modo asombroso en que Minghella mueve a sus actores y a su cámara, y a todos los elementos que habitan en el encuadre, y la manera en que con el montaje pasa a otro encuadre, en el cual los ritmos y la intensidad siguen provocando, como en una nota sostenida, las mismas emociones. Esta puesta en escena, en sí misma extraordinaria, convierte al tristemente fallecido Minghella (a la corta edad de cincuenta y cuatro años) en un coloso de su oficio, en un director con un inmenso sentido visual y rítmico.



El legendario Walter Murch (montador de las más importantes películas de Francis Ford Coppola), ha explicado en diversas ocasiones la enorme complejidad de las mezclas y el montaje de sonido, que le llevó muchos meses de trabajo y muchos cortes desechados. Porque aquí hasta el mínimo detalle sonoro es de una importancia capital, y existe por un motivo estético o emocional antes que narrativo. Los recuerdos son evocados por la abstracción absoluta que nuestra mente hace de las imágenes y de los sonidos, que como tesoros semienterrados vuelven a la luz, y cuyo andamiaje fundamental son esas imágenes y esos sonidos idealizados y perfeccionados en nuestro interior. Sólo así los recuerdos perdidos, el pasado terrible del conde, puede afectarnos tanto como le afecta a él, y de pronto nos convertimos en personas chamuscadas por esos recuerdos, enfebrecidas, y por ello más vivas que antes. Porque en este relato se dan la mano, una y otra vez, las tres únicas cosas que verdaderamente existen: los recuerdos, el dolor y el placer.
Este film bello, tanto en lo visual, como en la historia que narra, que cuenta con un buen reparto encabezado por Ralph Fiennes, Kristin Scott Thomas y Juliette Binoche (que ganó un merecido Oscar como actriz secundaria) y con destacables secundarios como Willem Dafoe, Naveen Andrews o Colin Firth, puede ser tachada por algunos como demasiado sentimental, o englobada en esa lamentable categoría de “cine para mujeres”, pero más bien es una obra dirigida a los que no tienen miedo a sentir, a padecer a través de la torturada existencia de los personajes, a agitarse con una caricia en el cuello, a asombrarse por la belleza artística, a alterarse por un encuentro demasiado tardío, a sobrecogerse por la necesidad de olvidar para siempre.
La enfermera está interpretada por la hermosa actriz Juliette Binoche, una compasiva mujer que a su vez encontrará una pasión en la figura del zapador sij llamado Kip, interpretado por Naveen Andrews. Y el vagabundo está encarnado por el estupendo actor Willem Dafoe, que está fabuloso en su rol vengativo y posteriormente redentor de David Caravaggio. Ellos conforman el presente del paciente inglés, y su peripecia vital, en lugar de entorpecer sus viajes al pasado, los enriquecen todavía más, como un tema musical de apoyo, sin el cual el tema principal no alcanzaría tanta verdad y belleza. Tanto el presente como el pasado está inundado de una inasible melancolía, de un sentimiento de pérdida inminente casi angustioso, pues ante todo es un film sobre la soledad, y sobre la dignidad y la fortaleza de esa soledad, asaltada por unos recuerdos que no se eligen, pero que son lo único que queda.



Anthony Minghella rubrica este film conmovedor, escrito en un lenguaje clásico y perdurable, que habla de los grandes temas de la existencia, como el amor, la política, el rencor y la venganza, la muerte, la identidad, la pertenencia a la nación, o la voluntad. Un film épico, grandioso, a la manera de las antiguas superproducciones, que no puede circunscribirse exactamente en la narrativa cinematográfica de los años 90. Nominada a 7 Globos de Oro, ganando en las categorías de Mejor Película Drama y Mejor Banda Sonora Original; Ganadora de 6 premios BAFTA incluyendo Mejor Película y Nominada a 12 Oscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor Protagonista, Mejor Actriz Protagonista, Mejor Actriz de Reparto, Mejor Guion Adaptado, Mejor Montaje, Mejor Fotografía, Mejor Dirección Artística, Mejor Sonido, Mejor Diseño de Vestuario, Mejor Banda Sonora Original), ganando 9 Oscar incluyendo a Mejor Película.
“El paciente inglés” nos recuerda al David Lean de “Lawrence de Arabia”, o al Sidney Pollack de “África Mía” (cómo olvidar el vuelo sobre las dunas del desierto, trasunto del vuelo de Karen Blixen y Denys Finch Hatton sobre la sabana africana), definitivamente es una digna sucesora de ese cine entre lo exótico, lo bélico o lo amoroso, que te hipnotiza y te transporta a otra época en que la lucha, la resistencia, la pasión, se escribían con letras mayúsculas. Este film nos invita a soñar que en el amor no hay fronteras, ni físicas, ni temporales, y que lo importante son las personas, por encima de cualquier idea política o nacionalidad. Por todo ello este film está dirigido a los que deseen retirar la seca arena del desierto de sus ojos y sustituirla por tibias lágrimas de compasión.

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