sábado, 2 de abril de 2011

CAPITULO 33: THE LORD OF THE RINGS: THE RETURN OF THE KING - EL SEÑOR DE LOS ANILLOS: EL RETORNO DEL REY (2003)




La historia ha terminado. El Anillo ha sido destruido, el Bien ha triunfado sobre el Mal, y la Luz ha disipado las Tinieblas. La Paz ha vuelto a la Tierra Media, Frodo y Gandalf han cumplido su misión, y los Elfos dejan paso a los Hombres. Después de sangrientas guerras, de ambiciones sin cuartel y de odios intestinos entre los distintos reinos, la lealtad y la generosidad, junto con el sacrificio y el amor, han llevado a buen puerto una aventura que nació sin esperanza alguna.
Han sido siete años de la vida del director, que ha contado con un gran equipo técnico y artístico –los títulos de crédito de esta tercera parte ocupan hasta diez minutos  y un presupuesto considerable. El riesgo de rodar las tres partes a un mismo tiempo resulto un acierto, y nadie puede criticar a la productora que se sirviese de un primer éxito de taquilla para moldear las entregas posteriores a conveniencia. Peter Jackson tiene ya su obra maestra y el mérito de haber logrado reflejar en el celuloide él espíritu que Tolkien imprimió a su libro, algo que es de agradecer y que habla de su honestidad. No era nada fácil esta tarea, y ha sido necesario prescindir de algunos episodios, sin que por ello se perdiera el hilo y el núcleo de la historia, e introducir algunos toques emotivos y cómicos en favor de la audiencia. Pero, con todo, conserva su carácter épico, los personajes quedan bien definidos  cada uno con las virtudes y defectos propios de su raza, y los parajes ofrecidos deslumbran por su belleza.
Los efectos especiales están ahí y resultan admirables, pero no son lo más importante. Por encima de ellos está la recreación de todo un mundo –nuestro mundo–, con sus luchas interiores –no sólo Sméagol las tiene–, sus ambiciones desmedidas, su crueldad y también con sus momentos de felicidad, de amistad, de lucha. El mundo de Tolkien y el de Jackson es ficticio, pero es real; es el de la Tierra Media, pero también el de cada uno de los que se sientan en la butaca para contemplar las gestas de unos personajes con quienes se identifican. Y sucede esto porque en el interior de cada uno están esos deseos por hacer algo bueno en la vida, de servir para algo, de no fallar al amigo, de tener alguien que a uno le quiera. Por eso aparte lógicamente de la perfección técnica– ha triunfado cada una de las partes de “El Señor de los Anillos”. La razón radica en que cada uno de los que en ella han trabajado, desde el director hasta el último encargado de las miniaturas o de la música fantástica, aunque esto no es ya una novedad, han sabido contar una historia sin quedarse en narrar unos hechos heroicos: han llegado al espíritu de los personajes y lo han reflejado a través de sus acciones, con los matices que hablan de héroes frágiles como Frodo o Boromir, o de seres patéticos como Gollum y el senescal.
Visionar un film, al igual que leer un libro o incluso observar un cuadro, un monumento o una fotografía, también puede convertirse en una irrepetible travesía. Eso es lo que precisamente nos ha sucedido a muchos con la excelente traslación cinematográfica que ha hecho Peter Jackson del vasto universo de gentes, criaturas, localizaciones y culturas que un día brotaron de la imaginación de J. R. R. Tolkien, verdadero hacedor de la mitología de “El Señor de los Anillos”.
Pocos films habrán podido avivar en el espectador un cúmulo de emociones tan variadas como esta magna historia en la que un tenebroso mal amenaza con extenderse sobre los dominios y las tierras de unas personas que, antaño, ya habían conocido el significado de la palabra «sufrimiento». En “El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo” asistimos a una espléndida presentación de personajes en la que el reinado de la paz se iba derrumbando a cada paso que daban los protagonistas. Más que sus hazañas y heroicidades, lo verdadera mente importante era su mundo interior, aquello que en realidad conformaba su ser. Gandalf, un guía sabio y poderoso capaz de sacrificar su vida para salvar una misión que, en principio, parece condenada al fracaso; Aragorn, un montaraz que ha de afrontar un destino que lo une a los hombres como rey; Frodo, un pequeño e insignificante hobbit que se convertirá en la última esperanza de la Tierra Media; Sam, Merry y Pippin, indiscutibles representantes de la sincera y generosa amistad; Gimli y Legolas, o un evidente ejemplo de cómo individuos pertenecientes a distintas razas pueden respetarse mutuamente una vez han dejado a un lado los prejuicios para centrarse únicamente en aquello que los une; o Boromir, hijo de una tentación que luego se convertirá en una desdicha para, finalmente, transformarse en una necesaria redención.
“El Señor de los Anillos: Las Dos Torres” continuaba profundizando en el intimismo de sus personajes, presentando además como novedad la incorporación de uno nuevo, Gollum, la encarnación viviente de la feroz lucha que aún habrá de afrontar la disuelta comunidad. Un día, un simple hobbit dejó que la codicia le hiciera olvidar su añeja alma, presentándose en su mente una doble y esquizofrénica personalidad que a muchos nos abatió por la tragedia que escondía. Y además, padres que pierden a sus hijos y lloran ante su tumba, mujeres recias e idealistas que desean ayudar a su pueblo, necios de palabras sibilinas pero astutamente dirigidos por una inteligencia superior y hermanos que redimen los pecados de su propia sangre se mezclaban con la épica de unas colosales batallas, gestas de gloria que cantan el triunfo de la esperanza sobre la villanía. Todo ello conformaba el tramo central de un inmenso relato en el que la luz aún intentaba hacerse paso con desespero entre las tinieblas.
Ahora, la valentía y los esfuerzos de los hombres de bien se dirimen en “El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey”, el culmen de una trilogía y, sin duda, su pieza más esperada. Peter Jackson fue muy astuto al otorgarle a la anterior entrega de la saga el final que todos conocemos: un triunfante Gollum consigue derrotar a Sméagol, convenciéndole de que Ella se encargará de liquidar a los hobbits para que él pueda así recuperar por fin su tesoro. El espectador que no haya leído el libro de Tolkien se habrá quedado intrigado por semejante revelación, y sentirá irrefrenables deseos de conocer cómo termina tan agitado periplo. Por supuesto, entre aquellos que sí hemos disfrutado de sus palabras surgirán voces encrespadas a causa de los supuestos atropellos que Jackson y sus colaboradores hayan podido cometer contra la obra de tan idolatrado literato. Más, ¿acaso no se respeta nuevamente el espíritu de “El Señor de los Anillos” en este film? Obviamente, sí. El lenguaje literario y el cinematográfico pueden caminar parejos, cierto, pero a veces ello es imposible, pues sus formas narrativas son en ocasiones muy diferentes. Sin embargo, lo que ante todo se percibe en esta brillante culminación de tan admirable saga es la veneración y la admiración de un artista hacia otro artista. Ciegos están los que no lo vean, y sordos los que no escuchen la vibrante declamación que el director de “Criaturas Celestiales” ha hecho de esta inmemorial historia.



Esta tercera parte “El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey” es la más épica de todas, con tensión creciente en los campos de batalla de Pelennor, en Minas Tirith, en presencia de Ella-la-Araña o en el mismo reino de Mordor; en todo momento se consigue mantener la atención del espectador, aun conociendo éste el desenlace. Y es cierto que éste se prolonga durante casi tres cuartos de hora, pero lo es tanto como resulta necesario cerrar cada una de las historias y despedirse de cada personaje, y es seguro que a esas alturas el público está ya entregado, con lo que, lejos de cansar, lo que se consigue es prolongar el disfrute. Las batallas ocupan buena parte del metraje, y aunque en algunos momentos parecen repetirse en el modo de haber sido rodadas, siempre se introduce algún nuevo aliciente, y no deja de sorprender, por ejemplo, ver a los olifantes o a los espíritus de los muertos entrar en acción. Especial cuidado ha tenido Jackson en filmar el momento culminante en que el Anillo es destruido en la Montaña del Destino y el posterior derrumbe de la Torre de Sauron, quizá lo más espectacular de esta tercera entrega. Y entre las interpretaciones, justo es destacar la de Sean Astin, pletórico en el papel de Sam, personaje con el que el espectador se identifica de principio a fin.
Se trata de una obra maestra bajo muchos aspectos, pletórica de humanidad –quizá hubiese que decir de humanismo y que enseña a mirar al futuro con la esperanza puesta en los hombres, en cuyas manos queda la felicidad de esta nueva Tierra Media. No importan tanto algunas de las interpretaciones hechas acerca del sentido bíblico que puede aletear en el mundo de Tolkien –aunque el flashback en torno al origen y degradación de Gollum con que se inicia esta entrega nos lleva directamente a Caín, porque estamos tanto ante un escritor como a un cineasta que nos han dado toda una lección de ética y antropología, y eso enriquece aún más el film que ya era redonda teniendo en cuenta sólo sus aspectos formales.
“El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey” es una obra que no puede decirse que sea mejor o peor que sus antecedentes, siendo en realidad un coherente broche de oro de una trilogía que ahora podemos valorar en su conjunto y no como admirables piezas de cine que han de separarse una de la otra. Al igual que en los anteriores films, sus responsables no han querido crear únicamente un deslumbrante espectáculo de acción, sino que han cuidado el guión con esmero, preocupándose de que los personajes tengan entidad y profundizando en los lazos que los atan o los separan. Así, durante la primera mitad del metraje Peter Jackson opta por tomarse su tiempo antes de que dé comienzo la batalla de los Campos de Pelennor, mostrándonos escenas tan portentosas como su breve introducción, aquella en la que se nos narra cómo Sméagol se fue transformando poco a poco en el repulsivo Gollum a causa del maléfico influjo del Anillo Único. Aparte, se resuelven de forma encomiable pasajes tan peliagudos como la decisión de Arwen de no partir con los elfos hacia los mares o el caballeroso rechazo de Aragorn hacia Éowyn, que ni siquiera puede declarar su amor a un hombre por el que siente un hondo aprecio.
En medio, los paisajes de Nueva Zelanda vuelven a transformarse en entusiastas actores del film, algo que se puede comprobar, por ejemplo, cuando se enciende la llama de Minas Tirith que marca el comienzo de una serie de hogueras que llegan incluso hasta las tierras de Rohan, señal inequívoca de que Gondor desea la ayuda de sus antiguos aliados. Antes, Gandalf y Pippin cabalgan por tan hermosa ciudadela, mostrándosela al espectador en todo su esplendor y conformando una de las muchas delicias visuales que se reparten a lo largo del film. El drama prosigue con el encuentro de Gandalf con un abatido y solitario Denethor (atención a su morada, una espaciosa estancia en la que sólo lo hayamos a él sentado en su aciago trono), quedando su carácter perfectamente definido cuando observamos su compulsivo yantar al tiempo que escucha con indiferencia la triste canción de Pippin mientras su hijo Faramir parte con sus hombres hacia Osgiliath para complacer los designios de su padre: recuperar la ciudad que ha sucumbido ante el poder de los orcos.
Mientras tanto, Frodo y Sam, acompañados por el traicionero Gollum, prosiguen su peligrosa misión. Éste, que ya ha derrotado plenamente a Sméagol, usa todo tipo de artimañas para que Frodo desconfíe de su buen amigo. Atentos a la secuencia en la que el portador del anillo reniega de su fiel compañero de aventuras, viéndose Sam repudiado y humillado por sus palabras (es precisamente en este momento cuando se produce una sublime interpretación de Sean Astin, arañando sus sinceras lágrimas el ánimo del público, que presencia con un nudo en la garganta su terrible dolor).
Una vez llega la acción, ésta sobrepasa todo lo imaginado por el espectador, que contempla extasiado el asedio al que se ve sometida Minas Tirith. En medio aún hay tiempo para el intimismo –Gandalf explicándole a Pippin que, aunque hallen la muerte en ese lugar, hay algo que les reconfortará más allá de este mundo terrenal, llenando así de júbilo el corazón del mediano– o la tragedia –el comportamiento de un enloquecido Denethor–, mas el ataque de los orcos a la ciudadela es asombroso, al igual que la posterior llegada de los Eorlingas y su acometida contra las tropas de Sauron, incluidos los gigantescos olifantes.
¿Qué se puede decir del tenebroso escenario que ha de atravesar Frodo para alcanzar las tierras de Mordor? La aparición de Ella nos causa una indeseada congoja, un pánico y un terror indescriptibles que nos sumen en la angustia. Peter Jackson le da aquí más de una lección a aquellos que no cesan de pergeñar supuestas películas de terror que sólo producen indiferencia y no perturbación. La oscuridad es la mayor aliada de tan repugnante criatura, siendo sus movimientos ágiles y sus acometidas rápidas e inesperadas.
La llegada de Aragorn, Gimli y Legolas con inesperados refuerzos se visualiza con tal fervor que uno en verdad cree estar presenciando el regreso del auténtico soberano de Gondor. Mas Sauron posee un temible Ojo que no cesa de observarlo todo, impidiendo a los verdaderos protagonistas de la historia acceder al Monte del Destino. Confianza y desesperanza se entrecruzan durante estos minutos, sabedores todos de que su destino depende de un par de pequeños hobbits que tal vez tengan que sacrificar sus vidas por el bien de la Tierra Media. Es un nuevo clímax y un acto de fe de acertada resolución, pues en él nuevamente se intercala los instantes minimalistas –Sam alentando a Frodo e intentando que no se olvide de La Comarca– con el fragor de la batalla (la apertura de la Puerta Negra).




Nuevamente nos adentramos en un mundo de ensueños y fantasía en el que lo imposible se introduce en nuestros ojos como si en verdad estuviera sucediendo, haciéndonos partícipes de una épica lucha entre el Bien y el Mal que habrá de dirimirse no sólo en su vertiente más colosal, sino también en la que a priori bien pudiera parecer la más ínfima de todas. Frodo arrastra una carga pesada y letal que consume toda su esencia, transformándole en un ser distinto a quien era cuando partió de su hogar hacia Rivendel. Sin embargo, en sus manos se encuentra la única posibilidad de que la paz llegue a los distintos lugares que conforman la Tierra Media, evidenciando así la importancia del devenir de su conflicto interno.
Resulta tarea complicada describir la enorme mezcla de sentimientos que provoca “El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey”, pues detrás de la abrumadora capacidad de sorprender y entusiasmar del film de Peter Jackson siempre se esconde ese poso de amargura y melancolía del que sabe que está asistiendo al brillante cierre de una era. Brillante porque “El Retorno del Rey” consigue colmar gran parte de las muchas expectativas depositadas en ella, algo previsible desde la misma concepción de la trilogía concebida como una obra por entregas, pero en la que Jackson consigue manejar aun con mayor precisión y sutileza narrativa los recursos de los que dispone, probablemente gracias a la experiencia previa de años anteriores.
Tras un dramático prólogo que permite relacionar de forma brillante y concisa al personaje de Gollum con su patológica dependencia del Anillo y su situación actual conduciendo a Frodo y Sam a Mordor, asistimos a los preparativos del enfrentamiento definitivo entre las tropas de Mordor y los hombres. Jackson maneja con habilidad los mecanismos de la tensión dramática y el recurso constante a la épica y consigue que el ritmo del film fluya en un crescendo que apenas concede respiro: ya sea admirando la llegada de Gandalf a Minas Tirith y su posterior enfrentamiento con Denethor, el senescal de la ciudad, asistiendo a las maniobras de Gollum para socavar la confianza entre Frodo y Sam, o siguiendo a Aragorn en su periplo personal que le lleva a superar sus dudas y asumir su destino, Jackson crea una tensión continua, un ambiente de calma tensa antes de la batalla que sirve excepcionalmente bien a sus objetivos.
Toda la batalla de los campos de Pelennor es una de las mejores muestras de cine bélico puro y duro que se han hecho en la Historia del Cine, donde el dramatismo, el heroísmo y, sobre todo, un inconmensurable sentido de la épica se dan la mano con un despliegue técnico nunca antes alcanzado por el cine, un inteligente uso de los efectos visuales que permite verdaderamente creer en la enormidad de una lucha que parece cambiar de signo con cada nueva introducción de un elemento nuevo en ella, ya sea por un bando u otro. Durante más de una hora se asiste boquiabierto a una experiencia brutal que sobrecarga los sentidos y que no da tregua alguna. La música de Howard Shore ayuda no poco al sentimiento de intensidad con el que se vive este sorprendente alarde que ofrece mucho al espectador ávido de emociones fuertes.
Pero Jackson no se queda en el envoltorio: más allá de los inevitables planos aéreos marca de la casa (qué hermosa secuencia la del incendio de las almenaras y las posteriores hogueras entre Minas Tirith y Rohan), los efectos visuales capaces de recrear de tal forma las más diversas criaturas (uno siente en “El Retorno del Rey” el poder de los Nazgûl y sus cabalgaduras o el terror que provoca Shelob, sin olvidar el perfeccionamiento del ya conocido Gollum) o el aprovechamiento de las maquetas en miniatura (la recreación de Minas Tirith es tan minuciosa como brillante), lo mejor de “El Retorno del Rey” reside en su capacidad de síntesis de todas las constantes demostradas en las anteriores entregas y que aquí alcanzan su máxima expresión, una faceta que Jackson cuida especialmente, por lo que bien puede presumir de haber sabido captar la esencia misma de la obra de Tolkien: valores como la amistad o el heroísmo, la tragedia y la compasión última que inspiran personajes como Gollum, el sentido del deber, el honor y el sacrificio que impregnan los comportamientos de Aragorn o Théoden, la determinación con la que afrontan sus objetivos, incluso la figura trágica del héroe en última instancia fracasado. Todo ello está presente en esta obra monumental a la que no resulta fácil hacer justicia en pocas líneas des-de la perspectiva de ver satisfechas más que notablemente las expectativas depositadas por todos los aficionados.




El final, ese largo epílogo que a muchos les parecerá excesivo, es sin embargo un hermoso cántico de alabanza a las proezas de todos los protagonistas de esta historia. La emoción vuelve a salpicar nuestros ojos cuando contemplamos con entusiasmo escenas que nos hacen recordar algunos de los buenos momentos vividos en “El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo”, sucediéndose entonces un cúmulo de necesarios homenajes a aquellos que han participado en una gesta que será contada de generación en generación. Observar las cómplices miradas de los hobbits, de nuevo en la taberna de La Comarca, es una delicia para quienes hemos estado a su lado, pues pocos conocen a su alrededor cuán apasionante y a la vez crudo ha sido su periplo. Define, además, los cambios que se han producido en los personajes tras su odisea y cómo será el futuro de aquellos que han sobrevivido a la misma. Qué adecuada conclusión para tan venusto relato, a pesar de la añoranza que nos deja, pues sabemos que ya no volveremos a ver a tan estimados amigos. Ojalá pronto "El Hobbit" se haga algún día realidad en una pantalla de cine.
Si bien los efectos visuales de “El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo” no supusieron ningún adelanto con respecto a otros films estrenados en las mismas fechas, no se puede decir lo mismo de sus continuaciones. En “El Señor de los Anillos: Las Dos Torres” se logró crear a un personaje virtual, Gollum, que parecía de carne y hueso, utilizándose además las maquetas y las masas generadas por ordenador con una pericia admirable. Sobre todo ello se profundizo en la tercera entrega de la trilogía, con la dificultad de que las más vastas contiendas se realizan con la luz del día, mitigada, eso sí, por una fotografía que nos permite percibir las sombras que sobre los cielos genera la tierra de Mordor. El ataque con las catapultas, la aparición de los olifantes o la embestida de los jinetes de Rohan son impresionantes, al igual que los excelsos decorados, como el interior de la morada de Denethor.
La realización de Peter Jackson sigue siendo, como era de esperar, excesivamente brusca en las batallas que observamos de cerca, pero éstas se mezclan con amplias panorámicas que nos deslumbran por su inmensidad. Ahora bien, la importancia de los actores sigue siendo crucial para él, volviendo a retomar Ian McKellen un protagonismo que perdió en la segunda entrega. Tanto en las refriegas como en las declamaciones su rostro y sus ademanes no es que sean adecuados, sino perfectos. Andy Serkis, a quien esta vez sí vemos con su apariencia real, vuelve a estar encomiable en su papel de Gollum, al igual que Vigo Mortensen (impecable cuando decide lanzarse el primero contra los siervos de Sauron que atraviesan la Puerta Negra), Orlando Bloom (nuevamente demostrando su distinción a la hora de combatir), John Rhys-Davies (consiguiendo que su comicidad, más sutil que la de “El Señor de los Anillos: Las Dos Torres”, no se vuelva demasiado histriónica), Miranda Otto (creíble en su armoniosa composición de belleza y arrojo), Bernard Hill (espléndido cuando tiene que dar ánimos a sus tropas o a Éowyn), Liv Tyler –maravillosa en el momento en el que elige su destino– y David Wenham (atención al instante en el que escucha las hirientes palabras de su padre, aceptándolas y conteniendo su amargura en el camuflado brillo de sus ojos). Cabe alabar también la interpretación de John Noble como Denethor, pues no siempre es fácil exteriorizar la locura que produce la pérdida de un ser amado en un personaje de tan irascible carácter.
El propio Jackson parece en cierto modo contagiarse de ese sentimiento de pérdida del que hablaba al principio y, contrariamente a lo que suele suceder en todo film de aventuras, no culmina el film poco después del punto álgido de la misma (donde cobra mucha fuerza la maravillosa interpretación que hace Sean Astin del personaje de Sam, muy por encima de su pareja Elijah Wood) sino que se resiste a abandonar del todo a sus criaturas durante un epílogo que se prolonga más de veinte minutos y en el que, por muy justificado que esté en la novela, se detiene mucho más de lo que sería aconsejable, diluyendo en cierta forma la fuerte impresión que ha conseguido extraer del espectador gracias a su inteligente uso del tiempo dramático antes de que todas las historias concluyan de forma tan brillante. Pero esto no deja de ser un detalle menor en una obra magnífica y maravillosa que nos ha hizo soñar de tal forma durante tres hermosos años. Definitivamente habrá de pasar mucho tiempo hasta que alguien sea capaz de alcanzar, en el género de fantasía y aventuras, el listón que ha dejado Peter Jackson con esta obra maestra absoluta.


La estructura del guión recuerda bastante a la del segundo capítulo de la trilogía, con un comienzo expositivo y más tranquilo (precedido por un prólogo que hiso las delicias de todos los espectadores) que va a desembocar en una escalada continua de los acontecimientos, como si de una gran sinfonía se tratara, la cual oprime al espectador y estira la conclusión hasta límites increíbles, consiguiendo trasmitir a la perfección la grandeza de lo que nos está narrando y su relevancia. Las tres horas y media del film consiguen así comprimir todo el tercer libro de Tolkien, más la parte del segundo que se había reservado para aquí, sin que se resienta demasiado el resultado para los que conocen los originales literarios, y eso ya de por sí es toda una proeza. Acompañándolo todo de un trabajo artístico insuperable por parte de todo el equipo del film (la música, los tonos cada vez más apagados de la fotografía, el impresionante diseño de producción y los colosales efectos alcanzan aquí su máxima expresión) y de unas interpretaciones memorables y conmovedoras, el resultado conseguido debería contentar a todos los paladares.
La banda sonora de Howard Shore, quien retoma todos los temas con los que ya nos había deleitado en anteriores entregas, arreglándolos de forma magistral para que se adapten con armonía a las imágenes de Peter Jackson y su equipo. Citar, por ejemplo, la llegada de Gandalf a Minas Tirith o la agónica ascensión de Frodo y Sam al Monte del Destino mientras sus amigos intentan distraer a Sauron, sonando entonces la música de la Comunidad del Anillo en forma de coros. Seguramente muchos dirán que el compacto no es tan novedoso como el de “El Señor de los Anillos: Las Dos Torres”, pero una partitura para cine hay que valorarla según lo que aporta a lo que sucede ante nuestras retinas y no por cómo la escuchemos en los equipos de alta fidelidad de nuestras casas. Por otra parte, si bien es cierto que no se emplean las notas que sirvieron de base para la triste canción que escuchábamos en los títulos de crédito finales de la segunda entrega de la trilogía y que hacían referencia a Gollum, sí aparece al menos un nuevo y poderoso motivo, «Into the West», que Shore dosifica con destreza y que se convierte en uno de los inolvidables referentes musicales de esta inmortal saga.
La obra de Tolkien es de la magnitud que engloba lo infinito desde lo más insignificante. Peter Jackson ha alcanzado el límite de los grandes siendo un pequeño autor tras la tarea de una superproducción que, guarda toda la emoción posible, para hacerla brotar como el más grande sueño vivido, en el último tramo de la historia (o mejor dicho, en el último tramo de esta última entrega). Si ello hubiera fallado, si tan sólo dejara indiferente a uno de los espectadores, todo se iría al fracaso. Pero esto no sucedió, pues tanto leyendo el original como devorando la imaginería propia de Jackson (hay planos que incluso recuerdan sus viscerales inicios) uno palpa el milagro de acontecer a algo que se va de las manos, y no por el marketing o éxito mundial sino de esos actos y obras que superan y trascienden la insignificancia de quien los realiza.


En “El Retorno del Rey”, esos descubrimientos vitales posteriores a la heroicidad eterna, lograda por ser tan vulnerables como usted o como yo, son los que captan toda la idiosincrasia más atractiva. Ya en “La Guerra de los Mundos” la inminente aniquilación del ser humano y el planeta Tierra se ve salvada en el último instante por esos irrisorios seres llamados bacterias; ya en una de las últimas obras de culto titulada “El Club de la Pelea” se nos adentra en la mente esquizofrénica de un ser mediocre que logra crear de la nada todo un arsenal de psiques terroristas y destructivas; demostrando al igual que todo el universo tolkiano lo devastador y lo determinante de la miseria humana. Tanto los que hayan leído la trilogía como los que la visionen sabrán reconocer al final que la grandeza de toda la gesta radica en el poder subterráneo que llevamos todos dentro, la dualidad del bien y el mal con infinidad de matices, y esa vanagloria al alcanzar una heroicidad más grande que el mundo. Cuando todo mal parece irreversible aparece el ser más débil y cobarde llenándose de esplendor con un golpetazo de espada.
Es este reflejo de latido de humanidad sencilla del lector/espectador en cualquier personaje de la saga del anillo lo que hace que vibremos todos en nuestra butaca para que los héroes logren sus objetivos (si ellos pierden o ganan entonces perdemos o ganamos todos los demás). Y en “El Retorno del Rey” esto es el anclaje principal, todo el último suspiro de esta odisea es captado por Jackson y su equipo, en un clímax ascendente que hará vitorear, aplaudir, reír y llorar a toda la platea de manera tanto implícita como explícita, lo que nos demuestra que todo su apabullante y bello acabado formal sirve en efecto para emocionarnos. Además, la sugestión y las elipsis están tan bien construidas que sentimos a través de una estructura diferente a la del libro una subida tan puramente cinematográfica que arrastra la razón de sus autores al interior de nuestros corazones.
“El Retorno del Rey” es un gran compendio de los dos capítulos anteriores que desemboca en una catarsis de emoción como sólo las grandes obras saben producir. Desde las mismas fronteras de Mordor hasta lo más profundo de sus entrañas y más allá, el film nos transporta por la definitiva eclosión de todos los personajes en sus respectivos destinos en la historia, no sin antes padecer hasta límites que ninguno habría sospechado para alcanzar un final que, sin importar cuál pueda ser, saben que no podrá sino pasarles factura. Y así, este canto a la amistad, desde la traicionada (como marca el espléndido comienzo del film), hasta la más sincera y absoluta, ha de alcanzar su cénit en un último tercio que tras mostrarnos las mayores batallas (físicas y mentales) jamás filmadas (superando todo lo que parecía insuperable) y llegar hasta las puertas de su destino final, atisba el comienzo de una nueva era en la que, como algunos personajes, el espectador ya no participará.


“El Señor de los Anillos” –puede hablarse sencillamente de una única cinta dividida en tres– es una obra cumbre de la Historia del Cine, una de esas experiencias cinematográficas que nadie querrá olvidar. Existe un alma en su interior, una credibilidad y una conexión con el espectador. Muchos años han de pasar antes de que nuestros corazones se aferren con tal fuerza a las penurias de unos personajes que nos han colmado con lo mejor y lo peor que puede brotar de un ser humano. Es un reflejo, a través de la fantasía, de lo que es este mundo.
El crítico Miguel Marías dijo en una ocasión, al respecto de la obra de Tolkien, que dejó de leer el libro del aburrimiento que le ocasionaba (muy lícito ello) y que prefería aprender leyendo obras sobre la Historia del Siglo XX (ya que creía que Tolkien había escrito una fábula sobre ésta –en su primera mitad, se entiende). Una anécdota que nos recuerda que podrá gustar o no, pero la trilogía y en este caso “El Retorno del Rey” demuestra: por un lado, la mente sobrehumana de su creador para emocionarnos a través de fijarse desde una nueva perspectiva en nuestra propia y vergonzosa Historia (en la cual tropezamos cíclicamente); y por otro lado, la virtuosidad de un realizador minoritario que ha logrado, envolviéndose con profesionales de gran clase, una burbuja donde cabe toda la emoción que llena la obra original. Con ello salimos del cine siendo mejores personas, creyendo más firmemente en los sueños y en una utópica vida feliz.
Pros encontrarán muchos, contras pueden poner los que quieran –fases y personajes del libro que no aparecen, estructura diferente, mucha batalla y efecto digital, etc., pero lo que nadie quitará a quien suscribe es el haber sentido la misma emoción creciente a lo largo del visionado de la cinta. Todo perfecto por una vez en la Historia del Cine que “El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey” un film firmemente fantástico y de aventuras se llevara 11 premios Oscar® a los que fue nominado (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Adaptado, Mejor Montaje, Mejor Dirección Artística, Mejor Diseño de Vestuario, Mejor Maquillaje, Mejor Banda Sonora Original, Mejor Canción Original, Mejor Sonido y Mejor Efectos Visuales), convirtiéndose en uno de los tres films en obtener todos los premios a los que optaba (los otros dos son “Gigi” y “El último Emperador”), y convirtiéndose también en una de los films más premiados de la historia, igualando en número de premios a “Titanic” y “Ben-Hur”. También pasó a convertirse en el tercer film más taquillero de todos los tiempos: 1.200 millones de dólares, convirtiéndose en uno de las cinco films en recaudar más de mil millones de dólares (“Avatar”: más de 2.000 millones de dólares, “Titanic”: 1.800 millones de dólares, “El Señor de los Anillos: El retorno del Rey: 1.200 millones de dólares, “Piratas del Caribe: El cofre del hombre muerto”: 1.100 millones de dólares y Batman: El Caballero de la Noche – The Dark Knight: 1000 millones de dólares). Esa conquista, totalmente merecida, salvo el honor de otros clásicos modernos como “La Guerra de las Galaxias” o “Los Cazadores del Arca Perdida”.

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