sábado, 30 de abril de 2011

CAPITULO 61: SPARTACUS - ESPARTACO (1960)








Tras “Patrulla Infernal” de 1957, cuyo estreno estuvo prohibido en muchos países durante años, Stanley Kubrick no tenía demasiadas oportunidades para dirigir otra película. Fue precisamente el protagonista principal de esta última, Kirk Douglas, quien pensó en el director neoyorquino para hacerse cargo de una monumental superproducción — en la línea de las que solían hacer en aquella época dentro del cine histórico. Films como “Quo Vadis” de 1951, “La Caída del Imperio Romano” de 1964, “Rey de Reyes” de 1961), “55 días en Pekín” de 1963 o la multipremiada “Ben-Hur” de 1959 están en la memoria de cualquier cinéfilo.
“Espartaco” es, junto a “Ben-Hur”, la mejor de todo este grupo de cintas. Un emocionante, entretenidísimo y extenso largometraje sobre la vida del esclavo tracio que fue uno de los líderes de la más importante rebelión contra la Antigua república romana. 190 minutos extraordinarios de puro cine en la cinta menos personal de Kubrick y curiosamente la más defendida de su filmografía, aquella que pone de acuerdo a admiradores y detractores de Kubrick. ¿No es una gran ironía?
Lo cierto es que Kubrick no estuvo en el proyecto desde el principio. La primera semana de rodaje era Anthony Mann el que sentaba en la silla del director, pero tenía continuas diferencias creativas con el productor del film, Kirk Douglas, quien quería un film menos clásico de lo que Mann pretendía. Lo gracioso del asunto es que Anthony Mann fue un especialista con mucho éxito en este tipo de superproducciones —aunque realmente debe ser recordado por sus maravillosos westerns con James Stewart—, pero esta vez chocó de frente contra un productor que tenía las cosas muy claras sobre lo que quería hacer con la cinta y que le despidió para sustituirle por Stanley Kubrick. La secuencia inicial en las canteras es la única que llegó a filmar Mann.
Pero el gran Stanley Kubrick no las tenía todas consigo. Douglas quería a un director al que pudiese controlar y eligió a Kubrick por lo bien que había dirigido “Patrulla Infernal” y por lo bien que se llevaron durante aquel rodaje. Sin embargo esa buena relación se vio truncada durante la filmación de Espartaco”. El director, por primera y única vez en su carrera, no tenía poder sobre el guión el cual consideraba bastante malo y absurdo, afirmación que no deja de sorprender por venir de quien viene pues estamos ante uno de esos minuciosos trabajos de Dalton Trumbo, en el que no faltan fuertes y sutiles referencias políticas. De hecho, podríamos decir que “Espartaco” es probablemente la más grande cinta política de la historia del cine. Su historia y mensaje son tan antiguos como lo es el hombre. El eterno enfrentamiento entre el pueblo sometido y las injusticias de la poderosa tiranía.
1960 fue un año muy importante para Dalton Trumbo. Perseguido durante la famosa caza de brujas del senador McCarthy —y que le llevó a protagonizar una de las anécdotas más famosas de la historia de los Premios Oscar cuando lo ganó por “El Niño y el Toro” de  1956 bajo el seudónimo de Robert Rich y nadie se levantó a recogerlo, recibiéndolo casi 20 años después, en 1975, poco antes de su muerte— por fin pudo poner su nombre en los créditos no sólo de una cinta sino de dos, la presente y la magnífica “Éxodo” también de 1960. En el film de Kubrick puso toda la carne en el asador aunque el guión no fuera del agrado del director; no se cortó ni lo más mínimo e hizo una dura crítica al poder establecido, a la tiranía y reflejó la incomodidad general del país en el personaje central, Espartaco, un hombre sencillo y valiente que descubrió que un sólo individuo puede marcar la diferencia.





“Espartaco” como tal se podría dividir perfectamente en tres partes completamente diferentes pero complementarias:  En la primera, se nos presenta a Espartaco como un esclavo a punto de morir después de morder la pierna de un romano tras salvar a un compañero herido (empieza a mostrarse el héroe que lleva dentro ya desde el tercer plano de la cinta) y su posterior traslado a la escuela de gladiadores donde se le entrenará como tal y se forjará -aún más- su carácter de héroe-liberador de los esclavos. Es precisamente esta parte la más interesante de la cinta y donde ésta se destaca y diferencia de las otras producciones hollywoodienses de la época y seguramente donde Kubrick pudo meter más mano y donde se hallan los mejores aciertos de dirección tales como la presentación de Varinia (Jean Simmons) una más entre todas las chicas que les son ofrecidas a los gladiadores, finalizando el plano con un ligero travelling separándola del resto, o su relación de amor con Espartaco.
Primero durante su primer encentro sexual frustrado donde Espartaco le ve como una semejante y no como una bestia y que el jefe de los gladiadores, Marcelo acaba llevándosela y que a partir de allí se forjará una relación en secreto, bonita como en la cocina cuando Varinia sirve el agua y casi en susurros Espartaco le pregunta si la han castigado, el segundo encuentro sexual de la pareja, frustrado también por Marcelo que se la lleva a los diez segundos de haber ella entrado en la habitación de él. Así mismo como el segundo encuentro del agua en la cocina rodado en planos más cerrados, más íntimos y donde ya hay un roce de manos signo del cariño que se profesan. Será precisamente ella la razón por la cual Espartaco empiece la revolución puesto que desde la cocina (un gran juego de espacio de Kubrick) observa cómo se llevan a Varinia, vendida a Roma y será Marcelo quien provoque a Espartaco lo que hará que estalle y lo mate comenzando así el alzamiento de los gladiadores.
En ésta primera parte, asistimos también al entrenamiento al que será sometido el protagonista con tal que llegue a ser un gladiador, donde se muestra la brutalidad que forjará su carácter a través de un entrenamiento exhaustivo (Con grandes joyas como los contrapicados que muestran a Espartaco saltando y esquivando las aspas de metal que giran sin cesar) y se intenta mostrar la parte sensible del héroe al querer hacerse amigo del gladiador negro (Impresionante Woody Strode), cosa que él rechaza al principio y que luego en la arena le perdonará la vida a Espartaco siendo asesinado por Craso (Una gran introducción a la crueldad del personaje encarnado de forma magistral por Lawrence Olivier), coronada por la que es sin duda la mejor secuencia de la cinta que muestra a las dos parejas de gladiadores esperando su turno dentro de la carreta mostrando sus caras de tensión sin mediar palabra mientras desde fuera oyen las tonterías y banalidades sobre las que hablan los patricios. Una vez la primera pareja está luchando, Kubrick mantiene el silencio entre Espartaco y el gladiador negro introduciendo sólo el sonido de la pelea que se está llevando a cabo en la arena lo que acentúa la tensión que se hace tangible y mirándose los dos contrincantes sabiendo que uno de ellos morirá.



La segunda parte de la cinta estaría dividida entre las pesquisas políticas llevadas a cabo dentro del senado de Roma y los enfrentamientos entre Craso y Graco (Un Charles Laughton alucinante….¿Y cuando no lo está?), sus rencillas que hacen ver como nombran a Julio César como jefe del ejército de Roma que acabará traicionando a Graco y el posterior nombramiento de Craso como primer tribuno de Roma para la captura de Espartaco y la posterior dictadura que empleará al acabar con él. La otra parte vendría dada por la formación de los esclavos como ejército, como pasan de saqueadores y vulgares bandidos a estar coronados como ejército liberando gente a medida que intentan llegar al mar siendo aclamados como héroes por cada población a la que llegan y siendo dirigidos por Espartaco, el superhéroe que inflará de orgullo sus corazones para intentar ser libres del poder opresor de Roma.
En esta parte resulta interesante ciertos detalles de Kubrick como por ejemplo la secuencia en que Espartaco vuelve a la escuela de gladiadores saqueada y casi desierta o la marcha de los esclavos mostrando las dos caras del héroe, en algunos planos mostrándolo a caballo como el líder que es y en otros caminando bajo la lluvia como uno más entre ellos, el entrenamiento de los esclavos como en la escuela pero con métodos naturales extraídos de los campamentos que hacen en el camino frente a la fastuosidad del ejército romano todo muy bien organizado e impoluto, la incorporación de Antonino (Un normal Tony Curtis) al ejército de Espartaco después de abandonar a Craso (después hablaré sobre esto) y su relación paterno-filial, el recital de Antonino a los esclavos mientras Kubrick inserta planos de gente reales no rodados en estudio mientras se oyen las palabras de Antonino mostrando el futuro incierto de éstos, o el tétrico y fantasmal plano de una pareja enterrando a su bebé muerto en el camino mientras toda la marabunta de gente va desfilando detrás en silencio bajo la lluvia como espectros fantasmales que realmente es lo que son. Es en ésta parte cuando acontece la comentadísima y polémica secuencia cortada de la bañera entre Craso y el esclavo que toma a su servicio, Antonino (Que luego lo abandonará para unirse al ejército de los gladiadores) donde mediante su conversación queda clara la bisexualidad de Craso y su seducción al joven Antonino.
Sin duda lo mejor de esta parte es el montaje paralelo que Kubrick establece entre el discurso de Espartaco a sus tropas diciéndoles que se han de enfrentar al ejército romano, haciendo sobretodo planos de mujeres y ancianos frente al discurso de Craso en Roma ante sus tropas perfectas al ser elegido 1er cónsul de Roma, y diferenciándolos mediante la utilización de diferente tipo de planos para Espartaco y su gente con la solemnidad del gran plano general y el plano corto respectivo de Craso en Roma. Ésta secuencia culminará con la gran batalla entre los ejércitos con los famosísimos rodillos de fuego entrando en escena y acabando con la victoria del ejército romano. La resolución de la batalla y la duración de los planos durante los prolegómenos de la pelea dilatando al máximo la tensión (Cosa muy bien empleada también por Mel Gibson en “Corazón Valiente” de 1995.
La última parte de la cinta encontraremos la resolución con Craso caminando entre los cadáveres en busca de su enemigo seguida de la mítica secuencia donde todos los esclavos que han sobrevivido clamarán al unísono “Yo soy Espartaco” para proteger a su líder, secuencia rodada por cierto entre grandes contrapicados y mostrando al héroe derrotado como uno más, seguida de la decisión irracional tomada por Craso de ir crucificando a cada uno de los supervivientes de camino a Roma excepto a Antonino y a Espartaco siendo ésta una imagen muy siniestra impropia de un largometraje de éstas características ejerciendo de contraste al final de la cinta. Al llegar a Roma Varinia será liberada de las garras de Craso y Espartaco y Antonino serán obligados a luchar a muerte en privado ante Craso y un par de guardias condenado el vencedor a morir en la cruz mostrado sin ningún tipo de épica o heroicidad haciendo Antonino el sacrificio de plantar cara a su amigo para no él quien muera en la cruz pues es demasiado sufrimiento, terminando la relación entre ellos de manera en que han ocurrido la mayoría de actos importantes en la vida de Espartaco, de forma violenta (Gracias a la violencia es salvado de la esclavitud, entrenado, amotina a los gladiadores, se rebela contra los romanos….). Al final Espartaco morirá en paz en la cruz viendo como su mujer y su hijo recién nacidos caminan hacia la libertad o con lo cual todo por lo que él ha luchado ha merecido la pena, muriendo así el héroe y naciendo de ese modo la leyenda.
De ésta parte hay que destacar la dureza del final con la mujer pidiendo a Espartaco que se muera, literalmente de ese modo se lo pide para que no sufra más, o la sutileza que emplea al sugerir el suicidio de Graco aunque hay ciertos aspectos que a Kubrick se le escapan como por ejemplo el recurso simple de cómo Espartaco se pasea la noche antes de la batalla viendo dormir a los suyos y ve a una niña preguntar a su madre cuando volverán a casa.






De todo el cúmulo de maravillosa secuencias que contiene “Espartaco” hay una esencial, única y que tiene lugar en el que probablemente sea el mejor tramo del film, aquel que transcurre en la escuela de gladiadores en la que Espartaco es entrenado como máquina de matar mientras se enamora de una bella esclava de nombre Varinia (Jean Simmons). Para entretener la visita del importante Marco Craso, al que da vida un impresionante Laurence Olivier, el encargado de la escuela, Batiatus —inmenso Peter Ustinov que ganaría un Oscar por su labor— accede a que cuatro gladiadores se enfrenten a muerte en la arena. El primer combate tiene lugar fuera de campo mientras Kubrick coloca la cámara dentro del habitáculo en el que esperan los otros dos gladiadores, Espartaco y Draba, para enfrentarse. La tensión aumenta pues ambos saben que uno de los dos no volverá con vida. El primer combate termina y los dos gladiadores salen a la arena, luchan encarnizadamente y cuando Draba tiene la vida de Espartaco en sus manos, sucede algo emocionante.  Espartaco ha sido vencido por un adversario —un compañero— claramente superior. El combate es a muerte por el capricho de los que tienen el poder y observan sólo por mera diversión. Al fin y al cabo una de las ventajas del poder, de la posesión de grandes riquezas es que también se dispone de la vida de otras personas. Exactamente igual que en la vida real.
Draba, interpretado por un entregado Woody Strode que venía de protagonizar una de las obras maestras de John Ford, la muy personal “Sargento Rutledge”, mira hacia arriba esperando una respuesta. Él sabe lo que tiene que hacer pero aún así mira. La respuesta no se hace esperar. La mujer de Craso lo indica claramente, Espartaco debe morir. Atención a la expresión de Craso que prácticamente se sorprende de la decisión de su mujer. Más tarde comprobaremos que Craso es mucho peor que su esposa, un tirano en toda regla, sin remordimientos ni límites para sus maldades. Espartaco cierra los ojos esperando que el frío metal del tridente le atraviese el cuello. Sabe que su hora ha llegado. Pero Draba duda. Algo en su fuero interno le dice que aquello no debería ser así. Draba se rebela contra el poder lanzando su tridente. Acto seguido decide ir a por Craso en lo que prácticamente es un suicidio. La vida de Draba es sesgada por la lanza de un guardia y por la estocada final de un cobarde Craso que le acuchilla cuando el esclavo está herido.
Espartaco entiende entonces que un sólo hombre puede marcar la diferencia, y que para ello se tiene que estar dispuesto incluso a dar la vida. El líder de la rebelión romana vive desde la decisión de Draba un tiempo prestado y lo va a aprovechar. Es por eso que realmente dicha rebelión no es en realidad la de Espartaco, sino la de Draba. Primer punto de inflexión en la vida de Espartaco. El segundo ocurre cuando el amor de su vida es llevado de su lado, y Espartaco se rebela contra sus guardianes ayudado por sus compañeros gladiadores. La fuga de la escuela es todo un prodigio de montaje y ritmo. Atención a la cámara de Kubrick, colocada en los adecuados ángulos que infieren grandeza y emoción a otro momento culmen —y muy esperado por el espectador— del relato.
“Espartaco” es como decíamos la cinta menos personal de Kubrick, pero un film poco personal no es necesariamente malo y éste es la prueba de ello. Douglas controló en todo momento al genio —Caviaro lo llama Dios, Massanet sobrevalorado, yo lo llamo genio que es lo que era y siempre será— no dejándole tomar parte en la historia y logran de que acatase las decisiones del actor. Kubrick salió airoso de todo y demostró ser capaz de manejar una superproducción de gran presupuesto. Para dirigir a actores de la talla de Charles Laughton contó con la inestimable ayuda de Peter Ustinov quien reescribió todas los diálogos de Laughton, quien interrumpía cada dos por tres el rodaje tachando de absurda la historia —curioso, lo mismo que pensaba Kubrick—; aún con todo podemos comprobar que Laughton está soberbio como Graco teniendo en su haber algunas de las frases más ingeniosas de la historia como todo lo referente a las divinidades. Su suicidio fuera de campo, vencido por la ascensión de la tiranía, es uno de los momentos más bellos del film.
Como bellas son las escenas que Kubrick mete cuando se trata de retratar al pueblo que huye buscando la libertad. Además de demostrar un gran manejo del formato scope y de las masas, Kubrick apuesta por lo íntimo cuando enfoca a ancianos y niños, o la emotiva escena de una pareja enterrando a su bebé muerto el cual no ha resistido la dureza del viaje. No hay maniqueo en una película que rehúye el panfleto político aún lanzando dardos envenenados al poder, y sobre todo el mensaje religioso. La libertad o el destino nada tienen que ver con la creencia en un Dios absurdo. El hombre es el que decide, el que actúa y el que debe asumir las consecuencias.
En el momento de su estreno se eliminó una escena absolutamente vital. La famosa secuencia del baño donde Craso le habla a Antonino (Tony Curtis) sobre caracoles y ostras de claras connotaciones homosexuales. Y digo vital porque es precisamente esa charla la que convence a Antonino para abandonar a Craso y unirse a la causa de Espartaco por quien sentirá una gran admiración —no necesito nombrar el final de ambos personajes—. En 1991, cuando se decidió restaurar la cinta, se descubrió que la mencionada secuencia carecía de sonido. Tony Curtis volvió a doblar a su personaje, pero Olivier había fallecido por lo que se recurrió a Anthony Hopkins para doblar a Craso.
“Espartaco” es una cinta que puede verse las veces que sean, seguirá emocionando tal y como lo hizo en su momento, y su fuerza sigue viva 50 años después de su estreno, muy por encima de films posteriores que juegan a ser lo mismo. En un film reciente basada en cierta obra de Alan Moore podemos ver un intento de transmitir el mismo mensaje, de la misma forma que en el “Corazón Valiente” de Mel Gibson podemos apreciar como la batalla final del film de Kubrick influyó de forma poderosa en el trabajo de Gibson. Sus influencias llegan hasta el cine de James Cameron, quien ni corto ni perezoso hizo un calco de cierto momento del film en su laureada “Titanic”.
Y es que ¿a quién no le gusta “Espartaco”? ¿Quién no desearía ser Espartaco? Magistral de principio a fin. Su éxito permitiría a Kubrick abarcar proyectos más personales y convertirse en el autor que todos conocemos. En realidad, “Espartaco” es una película histórica, bastante fiel en su recreación del mundo romano, que constituye un auténtico canto a la libertad del ser humano y un tirón de orejas a cualquier tipo de opresor.






Hay que decir a pesar de todo que aparte de ser un joya del cine con todo el sentido de la palabra, sigue resultando extraño como Kubrick se embarcó en un proyecto de éstas características, cinemascope del bueno (Formato que sólo utilizó en “2001: Odisea del Espacio” de 1968, música ostentosa y de gran orquestación (Y sabemos la importancia de la música en las cintas de Kubrick), un reparto sencillamente casi tan espectacular como la cinta misma (Kirk douglas, Jean Simmons, Charles Laughton, Lawrence Olivier, Peter Ustinov, Tony Curtis).
La cinta reúne todos los requisitos que se le pueden pedir a una gran obra. Primero, un reparto de auténtico lujo para personificar unos personajes grandes, profundos, que crecen y se expanden a lo largo de la historia, y que están perfectamente interpretados hasta hacerlos totalmente creíbles, reales y humanos. Luego, un excelente guión con algunas inexactitudes históricas perfectamente perdonables como mejora de la historia cinematográfica, que presenta un lenguaje vistoso y florido para unos diálogos inteligentes, cuando no directamente brillantes.
También se nos ofrece una recreación de escenarios y lugares históricos que busca la autenticidad y el realismo pocas veces visto hasta ese momento. Las maquetas son tan buenas que parecen edificios reales. Una fotografía en color espléndida, con la que podemos contemplar unas bellísimas escenas del mar o algún que otro atardecer precioso. Y es que “Espartaco” es uno de los clásicos con el color más espectacular que puede uno encontrar en una cinta.
Además, cuenta con un vestuario que reproduce fielmente el de la época y un maquillaje cuidado con auténtico esmero. Y tiene una muy cuidada planificación de escenas, sobre todo las tumultuosas, que no hay palabras para describirla. La batalla entre los esclavos y el ejército romano es una de las mejores que existen en la historia del cine. Resulta absolutamente apabullante y, cuando se nos muestran los cadáveres, al final de la batalla, es que parece un gran lienzo de los que podemos ver en los museos. En definitiva una auténtica obra de arte. “Espartaco” ganó 4 premios Oscar de la Academia (Mejor Actor de Reparto (Peter Ustinov), Mejor Dirección Artística, Mejor Fotografía y Mejor Diseño de Vestuario) y fue nominada para otros 2 (Mejor Montaje y Mejor Banda Sonora), también gano 1 Globo de Oro como Mejor Película Drama y nominada para otros 5 (Mejor Director, Mejor Actor Drama, Mejor Actor de Reparto (2) y Mejor Banda Sonora Original).

viernes, 29 de abril de 2011

CAPITULO 60: BARRY LYNDON (1975)





Siglo XVIII. Redmon Barry (Ryan O’Neal) es un irlandés enamorado de su prima Nora (Gay Hamilton), la cual, le abandona por el poderoso capitán Quinn (Leonard Rossiter) a raíz de los celos del primero. Barry se bate con Quinn y éste queda muerto, por lo cual, tiene que huir dejando a su madre y sus raíces. En su camino de huída, Redmon Barry pasará por formar parte del ejército inglés, por enamorarse con una holandesa, por formar parte de ejército prusiano y por ser ayudante de un buen austríaco y tramposo jugador de cartas. Todo esto antes de casarse con la condesa de Lyndon (Marisa Berenson), cuyo hijo llega a odiar profundamente a Barry (que pasará a llamarse Barry Lyndon), lo cual creará, junto con su codicia, inimaginables y serios problemas en la vida de Barry y de su familia.
Ya antes de realizar “La Naranja Mecánica” de 1971—para el que suscribe la cinta más sobrevalorada de la filmografía de su director— Stanley Kubrick tenía intención de hacer un film sobre la figura de Napoleón, uno de sus proyectos más ansiados y que finalmente nunca pudo llevar a buen puerto. En su investigación y preparación sobre ese rodaje que nunca tuvo lugar, Kubrick se encontró con la novela de William Makepeace Thackeray, en el que se narraban las aventuras y desventuras de un personaje llamado Barry Lyndon, por lo que empleó parte de esa investigación sumada a la pasión por el tema, en preparar la que sería su primer film de época, en el sentido estricto de la expresión. Jamás veríamos la visión de Krubick sobre el mítico emperador francés, pero a cambio nos regalaría uno de sus trabajos más personales.







Nos encontramos ante una de las mejores cintas del indiscutible genio Stanley Kubrick: una obra maestra cuya definición completa al cien por cien podría ser "magnífica". Una cinta que fue merecedora de 4 Premios Óscar de la Academia (Mejor Fotografía, Mejor Dirección Artística, Mejor Banda Sonora y Mejor Diseño de Vestuario), nominada para otros 3 (Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guion Adaptado) y que no se merecía menos, pues podemos ver en “Barry Lyndon” un film perfecto, con unos diálogos, una imagen, y un todo que le convierte en una verdadera joya, en cine puro.
Extraordinario reparto que abarca todas las épocas y momentos del film. El protagonista, Barry Lyndon, interpretado por Ryan O'Neal, su actuación es bastante correcta, quizás en momentos muy puntuales lleve su personaje a un extremo opuesto de lo ya creado anteriormente para volverlo a llevar a su original, definición de oportunismo en su globalidad interpretativa, eso es quizás un punto a favor, complejidad de un personaje que evoluciona junto al espectador dentro del film, lleno de matices tiernos y amargos, un personaje Kubriquiano sin lugar a dudas. Ryan O´Neal fue de los pocos actores que quedaron encantados con el perfeccionismo que obsesionaba a Kubrick —de ahí que muchos de los que trabajaron con el director, quedaban hartos de sus arduas y extenuantes jornadas de trabajo, en las que Kubrick era capaz de hacer repetir hasta 90 veces una misma toma—, y declaró que había sacado de él lo mejor que podía dar como actor. La aparente inexpresividad de O´Neal es aprovechada por Kubrick para enfrentarla al mundo cruel y decadente de la nobleza retratado en el film. Además, el actor consigue cierta dualidad en su personaje que lo enriquece aún más. Por un lado el aspecto angelical del actor nos hace ver a un Barry inocente, capaz de sentir amor, pero también posee un lado oscuro que le hace ser despreciable hasta límites insospechados. Sirva como ejemplo de esto último la secuencia en la que Barry echa el humo en la cara a su nueva esposa, como señal de desprecio. Y qué decir de Lady Lyndon, Marisa Berenson interpretando, uno de los mejores personajes del film. Su continencia verbal y su ingenua personalidad además del dolor contenido reservado solo para el estallido en algunas secuencias, es sublime, un personaje increíble que sufre y aparece en toda la segunda mitad del film, destacable. Destacar también a los magníficos secundarios (muchos de ellos aparecen en otros films de Kubrick), mención aparte para Leon Vitalli como Lord Bullingdon, y su gran relevancia y paralelismo con Barry Lyndon volviendo el argumento del revés al final de la cinta, un personaje realmente atractivo. También genial el papel de Patrick Magee, como el Chevalier. En general, un reparto excelente, que ayudan a aportar grandes dosis cinéfilas a la cinta de una carga dramática ejemplares, volviéndose infinitamente atractivas al final del nudo y todo el desenlace del film.







Las interpretaciones junto con los diálogos, han creado escenas memorables, por ejemplo la escena en la que Barry y Lady Lyndon están dentro de su coche, él está fumando, ella le pide que deje de fumar y él se lanza suavemente humo a la cara y continúa o sin ir más lejos, la famosa secuencia del fallecimiento del hijo de los Lyndon, una especie de broma macabra del destino hacia Barry y sus fútiles ambiciones. El instante en el que el niño ya moribundo pide a sus padres que nunca más se peleen para así poder verles en el cielo, es una de las secuencias más dramáticas de toda la filmografía de Kubrick; importante también citar la muerte de uno de los mejores amigos de Lyndon en la guerra. Y es que Kubrick se guarda los momentos emotivos para los instantes íntimos de sus personajes, y en contra de lo que suele decirse sobre el cine del director neoyorquino, “Barry Lyndon” es una muestra patente de la gran emotividad que desprendían las cintas de Kubrick.
La historia de “Barry Lyndon” está dividida en dos actos, y cuenta básicamente las aventuras de un hombre de origen humilde, que desea por todos los medios huir de ese origen y conseguir un título nobiliario de importancia. Tras huir debido a un duelo en el que Barry cree muerto a su oponente, aquél termina participando en la guerra de los siete años. Tras desertar por segunda vez, al lado de un compatriota irlandés con el que conocerá todo tipo de excesos, decidirá cortejar a Lady Lyndon única y exclusivamente por su dinero. Una vez casado, seguirá en su mundo de vicios y diversión, gastando una fortuna en intentar ser un noble. A partir de ahí, la desgracia. A diferencia del libro, narrado en primera persona, Kubrick decide utilizar una voz en off omnisciente, que aleja al espectador de la historia, algo totalmente intencionado. Nosotros somos meros espectadores que miramos con prudente distancia, mientras admiramos la puesta en escena de Kubrick, un trabajo colosal cuyo resultado no puede ser más perfecto.

El guión de “Barry Lyndon”, escrito por Stanley Kubrick, representa tantas cosas que su evolución argumental resulta perfecta tanto para la historia en sí, como para sus personajes, todos ellos perfilados de una manera sublime en subtramas mas o menos destacables. Kubrick juega con las cartas a su favor, el planteamiento es sencillo, no tiene complicación, la trama se sigue estupendamente contando la subida a lo más alto del personaje, los momentos históricos, el amor, y ciertas escenas destacables que volverán a repetirse al final de la historia con cierta reminiscencia, pero su profundización es tan sublime, que jamás sabremos el rumbo que va a llevar el film en ciertos momentos, cosa que la hace sumamente destacable el maestro Kubrick. Quizás la introducción sea algo más lenta, y ciertas partes del nudo sobren argumentalmente, pero el film está cargado de buenos momentos con cierto simbolismo, sin dejar nunca de lado sus secundarios, enormes personajes llenos de dolor, ira, ego, ternura y porque no decirlo, carisma. Lo más interesante del film, es que cuenta dos historias sobre un mismo personaje. Un final quizás poco convencional, con una resolución rápida quizás, pero tan real que gusta y es totalmente tajante. Un guion sin duda, lleno de detalles y puntos morales de la época, paralelismos también por otro lado, en estos tiempos revueltos.





Cada uno de los planos que forman “Barry Lyndon” parecen un cuadro que observar, todo está en su sitio, perfectamente calculado y pensado. La cinta fue filmada en escenarios naturales, algunos de ellos castillos de verdad en los que Kubrick dio un paso más a la hora de iluminar las secuencias. Suele decirse sobre esta cinta que no se usó ningún tipo de luz artificial, algo parcialmente falso. John Alcott —que también aparece como extra en la escena de la orgía—, ganador de un merecido Oscar por su labor, se encontró con enormes dificultades debido al rodaje en escenarios naturales. Casi todas las secuencias son una mezcla de luz natural con artificial, salvo una, la muy famosa de las velas, en la que simplemente se utilizó la luz desprendida por dichas velas y unos reflectores. Para conseguir captar algo con la cámara, Kubrick utilizó varias lentes de una cámara Zeiss que tomó prestada de la NASA. Ésta permitía una abertura de diafragma muy grande, pero había un problema, la profundidad de campo prácticamente desaparecía. Kubrick se las ingenió para convertir ese problema en algo satisfactorio. La limitación de movimiento de los actores en la secuencia sirve como retrato de una sociedad aburrida y cansada, algo constantemente subrayado por el director, ya sea en sus escenas/cuadros o mediante la composición de sus actores.

Con “Barry Lyndon” Kubrick no sólo quiso contar las aventuras de su personaje abocado al poder invisible de la nobleza, sino que también quedan patentes en la cintas los temas predilectos del autor, como el asqueo por la violencia o la pequeñez del ser humano ante la grandeza del universo. Para enfatizar esto, Kubrick optó por empezar la mayor parte de las secuencias con un primer plano que va abriendo mediante zoom hasta enmarcar a los personajes en un enorme mundo que les queda demasiado grande. Con su impecable vestuario, hecho a partir de auténticas vestimentas del siglo XVIII. Un tono burlón por parte de Kubrick, que además de hablar sobre la pequeñez de los hombres y sus actos, se ríe de ello, mostrando así la patética vanidad del ser humano.
Un film que logra llevarse la calificación de Obra Maestra en todos los sentidos. Kubrick hizo su cinta de época (¿Qué género no ha hecho este hombre?) de la manera más impecable posible, más exigente y más adecuada, donde films posteriores beberían de su recalcada huella cinematográfica. “Barry Lyndon” no es más que una joya fílmica y visual, lo que la convierten en una gran obra maestra.

jueves, 28 de abril de 2011

CAPITULO 59: STAR WARS: EPISODE VI: RETURN OF THE JEDI - STAR WARS: EPISODIO VI: EL REGRESO DEL JEDI (1983)



La trilogía galáctica de Lucas llegaba a su fin. Ya sólo quedaba una entrega, pero para realizarla tuvo que volver a enfrentarse a varias adversidades. En el primer film le dejaron pasar el no utilizar créditos al principio, pero cuando vieron que en el segundo ocurría exactamente lo mismo el sindicato de directores le impuso una multa. Lucas, enfadado con ellos, decidió abandonarlo. Eso hizo que no pudiera contar con su primera opción para dirigir la última película de la Trilogía, Steven Spielberg. Desde un inicio se barajó otros nombres, incluido el de David Lynch, hasta que el director Richard Marquand fue el escogido, por George Lucas -que continuó ejerciendo de guionista y productor- para dirigir esta tercera entrega de “Star Wars” y de poner en imágenes la visión personal del universo de George Lucas y las hazañas de los tres personajes principales, encarnados por Mark Hamill (Luke Skywalker), Carrie Fisher (Leia Organa) y Harrison Ford (Han Solo), que resolverán de manera definitiva su triángulo amoroso.

Entre Marquand y Lucas existió cierta tensión, al contrario de lo que sucedió en la anterior que Kershner dirigió, aquí Lucas se encontraba en el rodaje casi todos los días guiando a Marquand, incluso se rumoreó que fue él quien dirigió la cinta en realidad. El rodaje finalizó y pasó por la postproducción de efectos especiales para estrenarla en la fecha prevista. Se realizó un montaje con final alternativo en que Lando Calrissian moría a bordo del Halcón Milenario, cosa que no gustó y fue sustituido por el final conocido. La historia fue escrita por George Lucas y el guión fue escrito por él mismo y por Lawrence Kasdan con contribuciones no acreditadas de David Webb Peoples y Marquand. Howard Kazanjian sirvió como productor.

Con la tercera entrega de la saga de Star Wars, George Lucas puso fin a la primera trilogía filmada de lo que él concibió como una serie de nueve episodios. “El Regreso del Jedi”  vuelve a separar la trama en dos direcciones distintas: por un lado la batalla de la Alianza Rebelde en la luna de Endor y, por otro, la batalla personal de Luke Skywalker para lograr la maestría Jedi, su lucha con Darth Vader por intentar hacerlo volver del lado oscuro y su intento de destruir al Emperador Palpatine.

La producción requirió el uso de los nueve sets de los Estudios Elstree. Aparte de los estudios también se rodó en distintas localizaciones, como Yuma, Arizona, para las escenas del desierto de Tatooine, Crescent City y Smith river en California junto con el parque estatal de Jedediah Smith Redwoods en el condado de Humboldt para las escenas de Endor.
Con un presupuesto que triplicaba el de la primera cinta y que demuestra el creciente éxito de la trilogía inicial, “El Regreso del Jedi” continúa con los elementos que han convertido a la serie en ejemplar para la historia del cine y un clásico y referencia dentro del género de fantasía. La aventura, la fantasía, el humor y el romanticismo se unen, una vez más, arropados por espectaculares efectos especiales, con la incorporación destacada de nuevos y extravagantes personajes y continuando con el legado familiar de los protagonistas. La cinta llegó a los cines seis años después del primer film, el 25 de Mayo de 1983.






Darth Vader llega en su lanzadera a la nueva estación imperial exigiendo más rapidez en su finalización. Su presión hacia sus hombres se acrecienta con la sorpresa de que el Emperador en persona la visitará en breve para poner a prueba su potencial.
C3PO y R2-D2 se dirigen al Palacio de Jabba, el Hutt, para entregarle un mensaje de Luke Skywalker mediante el cual solicita la liberación del capitán del Halcón Milenario. El repugnante y orondo gánster se ríe de la propuesta de Luke pero acepta el regalo que le ha mandado, a los propios androides. 3PO pasará a ser el nuevo intérprete de Jabba, mientras R2 servirá en la carroza real. Poco después aparece un cazarrecompensas con Chewie capturado y solicitando su premio. Mientras todos duermen por la noche el cazarrecompensas librará a Han descubriendo ser Leia. Jabba los sorprende encerrando a Han en las mazmorras y tomando a la Princesa como su nueva concubina. Luke aparece en los aposentos de Jabba presentándose como caballero Jedi y reclamando la liberación de sus amigos. El malvado Jabba echa a Luke a la guarida del Rancor, una peligrosa criatura a la que el joven Jedi derrota para pasar a ser capturado y condenado a muerte junto a Han y Chewie.

Luego los tres amigos son conducidos por el desierto de Tatooine al lugar en donde se encuentra Sarlacc, una bestia que devora todo cuanto entra en sus dientes digiriéndolo durante mil años. Luke pide calma a Han, que sigue ciego debido a los efectos de la hibernación, comunicándole que todo está bajo control. Lando se encuentra infiltrado entre los cazarrecompensas de Jabba y R2 está preparado para cuando Luke dé su señal. Luke es llevado a la plataforma desde la cual se cae a la boca de Sarlacc para dar la señal al pequeño droide para que le dé su sable láser, momento en el cual se desatará el caos. Luke derrota a los hombres de Jabba que se encuentran en el transporte en donde se encuentran, mientras Han vence accidentalmente a Boba Fett e intenta salvar a Lando, que ha caído a las fauces de Sarlacc. Leia ahoga a Jabba y escapa junto a sus amigos, que ponen rumbo donde se encuentran los rebeldes. Solo Luke hará un pequeño alto en el camino para cumplir una promesa.

Palpatine es recibido por todas las tropas imperiales a su llegada a la Estrella de la Muerte. Vader le comunica que todo está saliendo según lo planeado y que la estación estará lista para la fecha prevista. El Emperador demuestra estar más que complacido con la noticia pero sigue pensando en el joven Skywalker, a quien quiere atraer al Lado Oscuro. Vader declara estar impaciente por volver a encontrarse con Luke, pero el Emperador le recomienda tener paciencia, mientras tanto le ordena marcharse a la nave comandante y ordenar a sus tropas en Endor que se establezcan al otro extremo de donde se encuentra el escudo reflector.

Luke visita a Yoda por última vez. El maestro Jedi se encuentra muy debilitado, anunciando que ha llegado la hora de marcharse. Luke recibe la noticia de que ya no necesita más adiestramiento, con lo que piensa haber alcanzado definitivamente el rango de Caballero Jedi, cosa que Yoda no tarda en negarle, pues aún le falta una última tarea, Vader. Debe enfrentarse a Vader, solo así demostrará ser un Jedi. La incertidumbre sigue presente en Luke y le hace preguntar a Yoda si efectivamente Darth Vader es su padre, a lo que el viejo maestro responde afirmativamente y le dice que hay otro más. Yoda fallece y aparece el espíritu de Obi-Wan que narra a Luke cómo su padre, Anakin Skywalker, dejó de ser una buena persona para convertirse en lo que ahora era. El otro al que se refería Yoda en sus últimas palabras es la hermana melliza de Luke, quien no tarda en adivinar que se trata de Leia. Obi-Wan le dice que por su seguridad tuvieron que separarlos al nacer.

Los rebeldes han conseguido hacerse con los planos de la nueva Estrella de la Muerte y la forma de desactivar su escudo protector. Una pequeña avanzadilla deberá introducirse en la Luna de Endor y desactivar el escudo. Han se ha ofrecido voluntario para dirigir al grupo. Junto a él irán Chewie, Leia, Luke y los droides. En el bosque se encontrarán con un grupo de soldados imperiales que los descubrirán. Leia y Luke subirán a un Jet Speeder y lograrán detener a los soldados separándose. La Princesa caerá de su Jet y se encontrará con una pequeña criatura peluda llamada Wicket y perteneciente a la tribu de los Ewoks. Los demás miembros del equipo también conocerán a los Ewoks al caer en una de sus trampas. Guiados a su campamento las pequeñas criaturas rendirán pleitesía a 3PO al creerlo un Dios y se convertirán en aliados. Luke siente la presencia de Vader y decide abandonar al grupo para llegar ante él, no sin antes confesar a Leia que son hermanos.

La flota rebelde se pone en posición de ataque convenida de que Han desactivará con su equipo el escudo protector, sin embargo se encuentran con la sorpresa de que el Emperador había planeado todo y de que la estación imperial se encuentra en funcionamiento. Las naves rebeldes, con Lando en el Halcón Milenario a la cabeza, combatirán a los destructores imperiales para así escapar del rayo destructor de la Estrella de la Muerte. Mientras tanto, en tierra, el grupo liderado por Han y Leia ha sido apresado, pero los pequeños Ewoks intervienen en el combate y los ayudan a derrotar a las tropas imperiales consiguiendo desactivar el campo de fuerza que protege a la estación imperial y otorgando a Lando la oportunidad de destruirla.






Luke es llevado ante el Emperador por su padre, Darth Vader, sobre el que tiene esperanza de que siga existiendo el Bien. Mientras la batalla trascurre en Endor, Palpatine tentará a Luke de utilizar su poder y destruirlo para así salvar a sus amigos. Aunque lucha contra sus emociones Luke finalmente empuña su sable láser y combate contra Vader, quien, siguiendo las órdenes del Emperador intenta seducirlo al Lado Oscuro mientras combaten. En un ataque de furia motivado por el conocimiento que tiene Vader sobre su hermana, Luke ataca sin compasión al señor del Sith hasta cortarle la misma mano que él le cortó en su combate en Bespin. Luke se detiene y observa a su padre derrotado a sus pies. Él no es un asesino, eso lo llevaría al Lado Oscuro. Es un Jedi, como lo fue su padre, y por ello se niega a matar a Vader. Ante esa reacción el Emperador utiliza los poderes del Lado Oscuro y somete a Luke a una dolorosa tortura. Vader observa como su hijo sufre, lo cual le hace matar al Emperador lanzándolo por el eje del reactor.

La Estrella de la Muerte ha sido destruida. Los Rebeldes han ganado. Han, preocupado porque Leia se sienta atraído hacia Luke le dice que si es así él no se inmiscuirá, pero la Princesa le dice que Luke es su hermano y le besa dejándole claro el amor que siente por él. Luke quema el cuerpo de su padre en el bosque. La alegría se apodera de toda la Galaxia. El joven Jedi se reúne con Leia y los demás en el campamento Ewok teniendo la bella visión de Obi-Wan, Yoda y, por fin, su padre cómo espíritus de la Fuerza. El equilibrio ha llegado al Universo. Es el momento de una nueva etapa para la Galaxia.

La Saga ideada por George Lucas llegaba a su fin, temporalmente como años después se vería. La cinta tenía como aliciente el dar respuesta a las cuestiones planteadas en el anterior film, como la relación entre Luke y Leia o la incertidumbre de saber si, efectivamente, Vader es padre de Luke.

Darth Vader vuelve a ser el amo de la función, y es en esta cinta donde adquiere definitivamente la categoría de personaje trágico que ya apuntaba en el anterior film. La mayor sorpresa de esta tercera entrega (sexta a nivel cronológico) no es el saber que Luke y Leia son hermanos (que también aporta riqueza a la historia y otorga a la Saga el calificativo de Historia Familiar) sino que Vader acaba siendo el héroe y el Jedi al que el título se refiere, pues vuelve a los caminos de la Fuerza.

Richard Marquand intenta llevar a cabo la cinta de la manera más eficiente posible, y lo cierto es que al principio consigue enganchar, con toda la secuencia en el Palacio de Jabba y la batalla sobre Sarlaac, pero una vez sucede eso todo produce una sensación predecible, recordándonos hechos de otras cintas. Ya en la secuencia de Jabba hay un claro guiño a la primera cinta cuando Luke vuelve a escapar con Leia saltando de la carroza real al transporte en donde se encuentran sus compañeros antes de que explote. Parece que la primera cinta sirve de inspiración a esta, demostrando una ligera falta de ideas, ya que recuperan a la Estrella de la Muerte y vuelve a haber una reunión rebelde en donde se explica cómo destruir la estación estelar. El Duelo entre Luke y Vader es más emocional que el de “El Imperio Contraataca” debido a que ambos saben ahora que son padre e hijo, pero no llega a poseer la fuerza que tenía el de la cinta dirigida por Kershner.

A pesar de eso la cinta vuelve a ser una gran aventura espectacular y tiene secuencias memorables como la persecución por los bosques de Endor en los Jet Speeder o la enorme secuencia final de la batalla. El momento en que Vader se debate entre seguir a su Señor o salvar a su hijo es de lo mejor de la Saga, con ese instante en que el caballero oscuro eleva al Emperador, subrayado mediante los acordes de Williams, como el momento más emocionante del film.






John Williams vuelve a mostrarse como una pieza clave para que la cinta adquiera fuerza, en especial en el tramo final, en donde utiliza coros para acentuar la emoción del combate entre Vader y Luke. Si en la anterior cinta se narraban en paralelo dos hechos (el duelo entre Vader y Luke con la huida de Leia y compañía de Bespin) en esta ocasión se llegan a narrar tres, como ya se dijo antes. El gran duelo entre padre e hijo se monta junto con la batalla en la luna de Endor, tanto con la espacial como con la terrenal.

La cinta volvió a barrer en taquilla y recibió 4 Nominaciones a los Premios Oscar de la Academia (Mejor Banda Sonora, Mejor Sonido, Mejor Montaje de Sonido y Mejor Dirección Artística), ganando uno especial por los Efectos Especiales. “El Retorno del Jedi” es una buena cinta de aventuras jamás vistas y que pone fin a la Space Opera de George Lucas de manera correcta. Parecía que no volveríamos a disfrutar de más “Star Wars”, pero en 1999 la Fuerza regresó.

miércoles, 27 de abril de 2011

CAPITULO 58: UNFORGIVEN - LOS IMPERDONABLES (1992)





Los territorios fronterizos son proclives a la tragedia, a los encuentros violentos entre distintos modos de concebir la vida, a situaciones extremas resueltas por indómitos, y en ocasiones, secretos compartimentos del alma. Lares donde la única ley respetada es el darwiniano precepto de que sólo el más fuerte sobrevive. Todo ello les convierte en idílico enclave para el desarrollo de una historia impactante; y en pésimo emplazamiento para criar a tus hijos. Y esa es una cuestión que no entiende de épocas, ni de biombos que separen ficción de realidad.
El mundo del cine fue capaz de intuir dicho potencial narrativo casi desde sus albores, y dedicó buena parte de sus esfuerzos económicos a reproducir la vida en el fronterizo oeste norteamericano de mediados del XIX. A dichos insignes pioneros, forjados en el western, debemos gran parte de los recursos narrativos y visuales que acabaron encumbrando al cine como el más fascinante método para contar historias. Pero como pasa en todas las lides artísticas, el género cayó en desuso, quizá agotado tras el aluvión de aventuras empapadas en polvo, asquerosidad y sangre desgranadas a lo largo de los años; quizá porque el público que mayoritariamente poblaba las salas cambió de perfil, y con ello de intereses, sueños y miedos.
“Los Imperdonables” fue la cinta que abrió los ojos a mucha gente que no veía en Clint Eastwood ni un buen director ni un buen actor. A partir de ese instante, sobre todo por los cuatro premios Oscar que recibió el film, los fans del actor director se multiplicaron, algo que siguió en aumento con su posterior éxito con “Golpes del Destino” del 2004. A pesar de la adoración que todo el mundo parece sentir por un genio indiscutible, siempre nos parecerá un poco injusto que ese reconocimiento popular llegase tarde. Aunque “Los Imperdonables” ya data de hace casi 20 años y la trayectoria posterior del director haya sido inmejorable, lo cierto es que antes de su western más famoso como director, hay otros 20 años en los que Eastwood dirigió algunas de sus mejores cintas.




A mediados de los años 70 un guionista poco conocido por aquel entonces, David Webb Peoples —años más tarde conocido por el guión de “Blade Runner” de 1982, escribió el guión de “Los Imperdonables” influenciado sobre todo por el visionado de una de las obras maestras de Martin Scorsese, “Taxi Driver” de 1976 y por la lectura de la novela “The Shootist”, obra de Glendon Swarthout, que conocería una adaptación de la mano de Don Siegel protagonizada por John Wayne, “El Ultimo Pistolero” de 1976. Hay que apuntar que dicho film guarda no pocos parecidos con el que nos ocupa, por cuanto también narra las últimas andanzas de un viejo pistolero que sólo busca acabar sus días con algo de dignidad. El primero en interesarse por el libreto fue Francis Ford Coppola, que pensó en Gene Hackman para interpretarlo, pero por una razón u otra fue retrasándolo hasta que expiró su opción de compra.
Eso ocurrió en 1983, tras el rodaje de “Impacto Fulminante” del mismo Clint Eastwood, cuando el famoso actor, aconsejado por Sonia Chernus —guionista del mejor western de Eastwood, “El Fugitivo Josey Wales” de 1976—, se fijó en el mismo y enseguida se dio cuenta de que era lo que siempre había estado buscando. Pero en lugar de ponerse rápidamente a filmarlo, hizo algo que muy pocos se atreven a hacer por voluntad propia: esperar durante casi diez años a tener la edad adecuada para interpretar a William Munny. De esta forma el proyecto maduró en la cabeza de Eastwood, e incluso dirigió otro western en el proceso de espera, “El Jinete pálido” de 1985.
La historia nos presenta a William Munny, un antiguo pistolero que ahora vive con sus dos hijos pequeños alejado de todo mal, aunque en condiciones precarias. La relación con su mujer Claudia, fallecida a la temprana edad de 29 años, hizo que Munny se apartase del mal camino que llevaba convirtiéndose en un hombre de bien. Pero la leyenda hace que alguien siempre esté interesado en rescatarla del olvido. Munny recibe la visita de un joven atrevido, Schofield Kid, que quiere pedirle ayuda para matar a dos hombres que rajaron la cara a una prostituta y no recibieron castigo por ello. La recompensa de 1.000 dólares que convence a Munny de volver a las andadas, aunque las cosas ya no son tan fáciles como entonces. Con Schofield y un antiguo socio, Ned Logan, partirán a implantar ¿justicia?



Uno de los últimos rótulos de “Los Imperdonables” es un conciso “dedicado a Sergio y Don”. Evidentemente se refiere a Sergio Leone, con quien hizo la mítica trilogía del dólar, y Don Siegel, con quien hizo cinco cintas —si contamos la ópera prima de Eastwood, seis—, y de quien aprendió prácticamente todo lo que sabe de dirección. Estos dos autores navegan por las imágenes del film, pero menos de lo esperado. Nombres como John Ford —la contenida lírica del relato—, Sam Peckinpah—el héroe crepuscular condenado a un fatal destino—, John Huston —el perdedor—, o William A. Wellman —una vez más “Incidente en Ox-Bow” de 1943 se vislumbra en su obra— están más presentes que los dos antes mencionados, pero dichas influencias están asimiladas como debe ser. Insertadas inteligentemente en la historia no ahogan ni por un instante el estilo de Clint Eastwood, fusión de clasicismo y modernidad que ningún otro director posee en la actualidad.
“Los Imperdonables” parece una continuación de los temas planteados por el propio Eastwood dentro del género del western, de Ford que en los años 60 nos ofreció su visión crepuscular del género con la imprescindible “Un Tiro en la Noche” de 1962, y de Peckinpah, que con su mirada violenta descompuso la épica de un mundo en extinción, el de los viejos pistoleros que deben adaptarse a los nuevos tiempos. William Munny, a quien Eastwood arrastra literalmente por el suelo infinidad de veces, o le hace caer de su caballo, bien podría ser una extensión de Josey Wales, con quien termina de emparejarlo tras el enfrentamiento final en el bar. El biógrafo le pregunta cómo eligió el orden para matar a los cinco hombres que se enfrentaban a él. La respuesta de Munny es una evolución lógica a la respuesta que da Wales en “El Fugitivo Josey Wales” en una situación parecida.
La figura del biógrafo remite directamente al citado film de John Ford, en el que la leyenda quedaba más bonita que la realidad. W.W. Beauchamp (Saul Rubinek) también busca la leyenda en la historias, por lo que éstas son recordadas, pero su periplo le llevará hasta el mismísimo centro de la realidad, comprobando que ésta es mucho más cruel y triste que todo lo ya no escrito, sino imaginado. Será testigo directo del último acto horrendo de William Munny, el asesino de mujeres y niños, cuya transformación en el relato sigue una lógica interna. Tras once años apartado del alcohol, el principal motivo de su pasado violento, las armas o los caballos —en el film monta una yegua—, volverá a ser el que era antaño cuando le comuniquen la muerte de su amigo Ned Logan y coja una botella de whisky de la que se pondrá a beber.



“Los Imperdonables” tiene un estructura casi circular, adornada con la historia paralela de Bob el inglés —sensacional y divertido Richard Harris—, un pistolero que ha acudido al pueblo atraído por la recompensa. Su enfrentamiento con Little Bill Daggett, el sheriff del pueblo, no sólo es un anticipo de lo que le espera a Munny y sus amigos, sino que sirve para vestir el personaje de Daggett, uno de los antagonistas más fascinantes que haya dado el cine en los últimos años. Gene Hackman, que se llevó un merecido Oscar por su interpretación, logra crear un personaje con múltiples aristas que va más allá de ser el típico villano de la función. Daggett es un hombre con un peculiar sentido de la justicia, y puede resultar tan temible —la paliza delante de todo el pueblo a Bob el inglés— como encantador por torpe —la penosa construcción de su casa—. Un rival a la altura de la leyenda de William Munny.
También nos habla de Ned Logan, quizá el único personaje positivo en un relato donde los buenos no son tan buenos ni los malos tan malos. Morgan Freeman, en su primera colaboración con Eastwood, transmite esa humanidad típica en muchos de sus personajes. Un hombre que ayuda a su amigo, pero llegado el momento de la verdad no puede disparar contra un hombre porque realmente él ya se ha reformado, ha dejado atrás de verdad su pasado violento. Schofiled Kid —un convincente Jaimz Woolvett— refleja la juventud, el ímpetu, la fanfarronería, tal vez lo que Logan y Munny fueron en sus tiempos jóvenes. El chico ayudará a Munny hasta que descubre por sí mismo que matar a un hombre puede ser algo fácil de hacer, pero muy duro de asimilar.
Hasta el clímax final, Eastwood alterna paisajes abiertos con escenas de una oscuridad casi extrema, en la que apenas pueden verse los rostros de los personajes. Poco a poco, las tinieblas van ganando a la luz en una historia cuyo clímax parece desarrollarse en el mismísimo infierno, fotografiado por un Jack N. Green en plena forma. En la famosa escena del bar, Munny aparecerá cual figura fantasmal, para llevar a cabo su venganza personal y demostrará la eficacia de la historia que instantes antes Daggett ha contado al biógrafo: un hombre tranquilo es el más peligroso en un tiroteo. La fotografía es más tenebrista que nunca, y Munny, que sabe que se verá con Daggett en el infierno, desaparece en medio de la lluvia no sin antes lanzar una advertencia de muerte y destrucción.




“Los Imperdonables” está delimitada por dos planos al más puro estilo John Ford —como si, a modo de homenaje, todo lo narrado por Eastwood no sobrepasase al más grande director de western que ha habido—. Un texto nos indica el pasado de Munny, y cómo una mujer le cambió la vida. Dicha mujer se llamaba Claudia, y su madre, que viajará hasta el último lugar de descanso de su hija, jamás llegará a entender por qué su única hija se casó con un hombre tan violento. Nadie conoce la verdadera cara de William Munny, sólo Claudia —pocas veces un personaje que no aparece físicamente en una cinta tuvo tanta presencia en una historia—, y el espectador.
“Los Imperdonables” ganó 4 Premios Oscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor de Reparto (Gene Hackman) y Mejor Montaje) y fue nominada para otros 6 (Mejor Actor Protagonista (Clint Eastwood), Mejor Guion Original, Mejor Fotografía, Mejor Dirección Artística, Mejor Sonido y Mejor Montaje de Sonido). Una obra maestra ya no sólo del western, sino del Cine en general. Un Clint Eastwood introspectivo que hizo las delicias de los críticos europeos, mientras que en Estados Unidos tenía un gran éxito de público y se alzaba como la vencedora en los Oscar entregados en la edición de 1993, siendo el tercer western en toda la historia que conseguía el premio a la Mejor Película, tras “Cimarrón” de 1931 y “Danza con Lobos” de 1990.

martes, 26 de abril de 2011

CAPITULO 57: NO COUNTRY FOR OLD MEN - SIN LUGAR PARA LOS DEBILES (2007)





Justo cuando parecía que Joel y Ethan Coen vagaban por otros derroteros artísticos alejados de sus primeras producciones, frenaron en seco retornando a sus raíces con la inestimable ayuda de Cormac McCarthy, disidente literario que con tan sólo diez novelas escritas puso patas arriba la literatura norteamericana reciente. Los hermanos Coen volvieron con fuerza en una de sus mejores producciones, y de paso colocando a la industria yanqui a los pies de Javier Bardem, rendida ante una interpretación tan inquietante como estimulante.
Llewelyn Moss (Josh Brolin) se topa en medio del desierto tejano con las consecuencias de un fallido trato entre narcotraficantes de la frontera: un buen puñado de cadáveres, kilos de heroína y dos millones de dólares. La tentación es demasiado grande como para desperdiciar este billete a una vida mejor —máximo teniendo en cuenta que vive con su esposa, Carla Jean (Kelly Macdonald) en una vetusta autocaravana—; así, coge el dinero y planifica su huida, iniciando con ello un torbellino de violencia que tiene su epicentro en el letal y diabólico Anton Chigurh (Javier Bardem), su principal perseguidor. Tras la pista de ambos, el desilusionado, frustrado y serenamente desangelado sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), incapaz de seguirles los pasos y turbado antes los cambios del mundo en el que vive, para él cada vez más alejado del que conoció en su juventud.




A causa de esta obligada marcha hacia delante, impulsada por el miedo a volver la cabeza a tiempos pretéritos y no ver ni aprender nada de ellos, la evolución del film puede parecer estática, anti-climática, incluso predecible. Sin embargo, ésa ha venido a erigirse en tónica de un nuevo cine lúcido que no se lame las heridas y que prefiere continuar andando hacia algún sentido común —Llewelyn y Anton coinciden en esa precisa actitud al huir de la misma forma cuando una grave lesión les obligaría a detenerse y reconocer que ya no son como los Eastwood de antes—. El suspense adquiere fuerza en pequeñas dosis de escenas cotidianas, cuyo costumbrismo en manos de los Coen se trastoca en magia visual, mientras deja de tener importancia quién persigue a quién o quién posee menos motivos para quedarse el dinero, esa dádiva surgida del desierto y que vuelve a apropiarse con sádica ironía, como si se tratase de un círculo dantesco donde todos los personajes deben deambular sin conseguir consuelo en la vida o la muerte.
El paisaje tejano se convierte en el elemento integrador de una narración eminentemente visual, sofocantemente física, en la que a diferencia de otros largometrajes “contados”, el diálogo —se mantiene el justo— es reemplazado en este estilizado film por un extraordinario ejercicio de reconstrucción que encaja las persecuciones paralelas de los tres protagonistas, donde cada plano es elocuente y el montaje logra un verdadero diálogo de las imágenes. Hay quienes señalan que el cine actual sigue de forma constante e infatigable a los personajes, que la cámara no descansa en este acoso, y que se ha perdido el gusto —y la pericia— por las elipsis. Aquí están los Coen para hacer uso de este recurso de manera formidable, para hacer avanzar lo narrado y dejar fuera algunos fragmentos que habrían sido difícilmente soportables.
De esta forma consiguen un relato estructurado, vigoroso, capaz de una tensión creciente abocada a la tragedia, en el que la huida de estos personajes adquiere el sentido de lo inevitable, donde la violencia se convierte en una ceremonia. Y este uso primario del lenguaje fílmico, la simple imagen en la pantalla, se apoya en buena medida en la labor de los intérpretes, unos rostros capaces de sustituir líneas y líneas de diálogo. Tommy Lee Jones encarna el temperamento circunspecto de esas tierras en un papel que se añade a la galería de sus memorables trabajos, al igual que un muy ajustado Josh Brolin. Y por supuesto, poco hay que añadir sobre la intervención de altura de Javier Bardem que no se haya escrito reiteradamente este tiempo, un personaje que superará al actor y se convertirá en un referente del género. Es necesario señalar también un sólido plantel de secundarios —muchas veces, éstos son la verdadera grandeza de un film— que tienen la virtud de parecer salidos de lo más recóndito de Texas que seamos capaces de imaginar.




“Sin Lugar para Los Débiles” es tan deliberadamente profunda, compleja, pausada y átona como cabría esperar. Se trata de la mejor cinta de los Coen en mucho tiempo, puede incluso que la más madura, dotada de ese ritmo peculiar que se ha convertido en marca de la casa gracias a sus títulos más recordados, desde su inicial “Simplemente Sangre” de 1984 a “De Paseo a La Muerte” de 1990, “Fargo” de 1996 o “El Gran Lebowski” de 1998 a la más reciente “Temple de Acero” del 2010; además, es su propuesta más violenta y visceral, al tiempo que la única que podría englobarse netamente en el género de cine de acción, siempre filtrado por la visión de estos inclasificables guionistas y realizadores. Todo contribuye a la redondez de la propuesta, desde los paisajes áridos, desasosegantes y aplastados por el eterno sol del Oeste tejano hasta la ausencia de banda sonora, un metraje rendido tan sólo al sonido de un ambiente tan parco y deshumanizado como los sucesos que enmarca. En este contexto frío y apático, el trío central puede conformar una sola figura, cada uno de ellos aportando sentimientos que van desde la exasperante parsimonia de Chigurh a la rudeza y emoción encubierta de Moss, pasando por la desidia de Bell, derrotado desde el momento en el que su voz en off arranca la narración abriendo un círculo que él mismo cierra con un relato final que provoca un pasmo en el espectador del que cuesta recuperarse. La dirección de actores, una de las virtudes definitorias del cine made in Coen, es soberbia, extendiendo su saber hacer más allá del tridente central y logrando extraer lo mejor de cada participante de la tragedia, por escasa que sea su participación en la obra.
La arrítmica pero sorprendentemente fluida narración demuestra una soberana capacidad para saltar de un personaje a otro regalándole nuestra total atención, beneficiándose de la inexistencia de una presentación previa de los mismos. Porque este es uno de esos extraños casos en los que el espectador se ve inmerso en la trama desde el primer instante, sin que su interés decrezca en ningún momento, fascinado por un reparto coral alucinado y alucinante; como remate de esta pirueta artística y formal, los responsables del proyecto son capaces de disfrazarlo todo de tal forma que ni siquiera nos percatamos de que Bell es el protagonista absoluto, el viejo del título que ve pasar la vida con la etérea sombra del fantasma de su padre, pretérito cowboy de Río Grande, planeando sobre su existencia. Porque, en efecto, estamos ante lo que no es otra cosa sino un western moderno y que desmitifica definitivamente la dorada grandeza del Oeste americano, un momento en que el Bueno y el Malo —con mayúsculas— luchaban conforme a valores más o menos válidos pero que defendían con convicción desde uno y otro lado de la Ley. Aquí no hay nada consistentemente hermoso, en un momento —la historia está ambientada en 1980— en el que Estados Unidos comenzaba a perder sus libertades en beneficio de un caos que aún sigue apoderándose de una sociedad tendente al temor de manera peligrosamente natural.



Cierto e indudable es aceptar que el film puede resultar pesado en algunos momentos a lo largo de sus dos horas de metraje, y que determinados personajes aportan poco o nada a la trama y su desarrollo —Woody Harrelson es el mejor ejemplo—, pero lo que es de un valor innegable, a la postre la gran oportunidad y aportación de la cinta, es la creación de un ambiente tan pasmado que retrotrae inevitablemente nuestra percepción, incluso, a los mejores momentos de aquella maravilla de la pequeña pantalla que es “Twin Peaks”. Y eso, en los tiempos creativamente áridos que corren, no tiene precio. “Sin Lugar para Los Débiles”, desde luego; de hecho, este microuniverso fronterizo no es lugar para nadie. Pero desde el otro lado de la pantalla se está muy a gusto, si aceptamos la invitación de los Coen a conocerlo sin reservas.
Pocos y lacónicos diálogos para una acción violenta y seca, con una narrativa depurada que busca crear atmósferas siniestras en las que recortar unas figuras al borde del abismo: un mezquino e ingenuo veterano que cava su propia tumba al dejarse arrastrar por la codicia, un psicópata que encarna el mal en estado puro y que carece de sentimientos, y un sheriff que añora unos valores del pasado ahora desaparecidos en un mundo de droga y violencia. Muerte entre flores marchitas, entre desolados parajes del desierto texano-mexicano, un territorio inhóspito que viene a conformarse como el cuarto personaje del film, en la misma línea áspera y sombría que los humanos. Conseguida ambientación de western decadente, donde la droga sustituye al whisky y el arma de aire comprimido al revólver, pero donde el sheriff sigue estando solo ante el peligro, a merced de los pistoleros de turno. Los hermanos Coen nos trasladan a un universo negro de miedos e inquietudes, y por eso se apoyan en el sonido como elemento fundamental para generar sensaciones en el imaginario del espectador, cuando no se sirven de una cuidada planificación que prima los picados y contrapicados, los planos selectivos de unos pies que avanzan o de una cerradura que de nuevo salta por los aires, para lograr así un expresionismo visual. Con una fotografía llena de tantas sombras y misterios como sus personajes, de los que no se sabe —ni se pretende saber— el pasado ni las motivaciones. Sólo interesa el presente de un país que se tiene que olvidar de otra época y que no conoce su devenir, por lo que su cierre antes de los títulos de crédito debía ser un “final-cut” y plano en negro, que sin aviso ni sentimiento saca al espectador de un universo brutal, como si le hubieran noqueado de un disparo seco con aire comprimido.



De ritmo pausado, casi contemplativo, el largometraje se revela como un prodigio de elegancia expositiva y trabajo de cámara, sirviéndose de un montaje impecable y llena de crudeza, con mucha sangre y violencia interior por el vacío que trasmite, por el pesimismo y tristeza de sus protagonistas, por los aires viciados y plomizos que respira, cada conversación en torno a la cara y cruz de una moneda— y algún toque de humor negro en el que resuena lo mejor de “Fargo”. Paradigma del nuevo cine americano que ahonda en los fantasmas que amenazan la paz y la libertad, que llegan sin avisar y que se van sin dejar rastro, como el silencioso Chigurh de mirada torva o el desgastado Bell de voz cansina. Un cine muy personal, no apto para todos los gustos ni sensibilidades, al que sin embargo hay que reconocer su cuidada factura visual, su certera caracterización de ambientes y personajes, su depurada narrativa.
“Sin Lugar para Los Débiles” consiguió 8 Nominaciones a los Premios Oscar de la Academia (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor de Reparto, Mejor Guion Adaptado, Mejor Fotografía, Mejor Montaje, Mejor Sonido y Mejor Montaje de Sonido), llevándose 4 estatuillas (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor de Reparto (Javier Bardem - primer actor español que obtuvo tan distinguido galardón) y Mejor Guion Adaptado); también ganó 2 Globos de Oro (Mejor Actor de Reparto y Mejor Guión); obtuvo 9 Nominaciones a los Premios BAFTA de las que solo venció en 3 de ellas (Mejor Director, Mejor Actor de Reparto y Mejor Fotografía).