miércoles, 9 de marzo de 2011

CAPITULO 9: THE AVIATOR - EL AVIADOR (2004)





Martin Scorsese contiene su megalomaní­a fí­lmica para abordar de forma solemne una historia sobre los infiernos personales de una seductora figura tan importante en el Hollywood clásico como lo fue Howard Hughes.
Magnate, productor, cineasta, pionero de la ingenierí­a aeronáutica, coleccionista de amantes, Howard Hughes pertenece a esa estirpe de personalidades del Hollywood Clásico que se han ganado (para bien o para mal) un puesto de honor en la Historia, mucho más allá del Séptimo Arte. Sobrino del escritor y cineasta Rupert Hughes, Howard fue de los hombres jóvenes más ricos del mundo al heredar la Hughes Tool Company, que administraba la mayor parte del petróleo de Texas. Apasionado por la aviación, llegó a plantarle cara al monopolio aéreo de la Panam al adquirir la TWA, siendo fue uno de los grandes de la RKO antes de llevarla a la quiebra. Descubrió “starlettes” como Jean Harlow, Jane Creer, Jane Russell o Terry Moore, Hughes fue un vividor, un mecenas extravagante y uno de los modelos que no apareció en los tí­tulos de crédito de “Ciudadano Kane”, de Orson Welles. Precisamente con esta figura, el film de Scorsese evidencia tener algún ví­nculo desde su prólogo, cuando en la infancia de Hughes se observa un elemento que le perseguirá a lo largo de su vida. Pero ahí­ se acaba cualquier comparación entre ambos films, a pesar de narrar la odisea de dos hombres tan parecidos como Charles F. Kane y Howard Hughes, dos complejas personalidades; megalomanos, excéntricos, ambiciosos, soñadores y visionarios.
“El Aviador” es el vehí­culo idóneo para que Martin Scorsese haya podido componer eso que tanto tiempo llevaba buscando: una entusiasta oda de amor al cine clásico, al viejo Hollywood de la Época Dorada, con una cuidada reconstrucción estética y argumental. Rebelde y kamikaze no sólo en el aire, sino también en el cine, en la vida y en el amor, la figura de Hughes es englobada en este film en un próspero lapso de tiempo para el rico heredero, ubicándose tan sólo en sus dos décadas más gloriosas, ya que si bien podrí­a haber recogido numerosos capí­tulos de su abrumadora biografí­a, Scorsese prefirió destinar el metraje a sus logros, parte de su enajenación creciente y al taxativo viaje al tormento de un personaje problemático, de esos que tanto fascinan al director. No estamos, por tanto, ante un “biopic”, ni mucho menos ante una hagiografí­a, ni siquiera se ocupa “El Aviador” en desglosar los episodios más importantes de su vida como poderoso magnate, amante o aviador, sino que Scorsese y su guionista John Logan sitúan este periodo fraccionándolo a lo largo de un viaje interno, de la lucha de un hombre contra sus infiernos. Un viaje a la cima del mundo que tiene como regreso un amargo tránsito a una habitación solitaria y mugrienta. Como su propia vida, inmersa en un concepto enfermizo, a modo de virus que coartaba su colérica propensión al aislamiento, Hughes se enfrentó a todo aquello que pudiese romper sus ambiciones y deseos, con un apego a la trasgresión de los cánones de su época, de un modo obsesivo, como todo en Hughes.


En ese sentido, el film muestra un personaje atormentado e inadaptado por su forma de ser, aislado debido a una sociedad que no le comprende, por lo que Hughes no está muy lejos de los representados en Travis Blickle, Henry Hill, Rupert Pupkin, Jake La Motta o Jack Pierce, pues todos ellos “outsiders” que unen sus caminos en un sendero de perdición, entre la paranoia y la desalentada lucidez de una confusión gradual. Posiblemente si Howard Hughes hubiera muerto en uno de sus aparatosos accidentes de avión, habrí­a sido recordado como un mito, como aquellos que viven intensamente y dejan un bonito cadáver. Al no ser así­, Scorsese disecciona un recorrido que transcurre del mito a la caricatura, del héroe mediático a un personaje grotesco ví­ctima de sí­ mismo, recluido en un apartamento, torturado por sus propios delirios de grandeza. No muy lejos de los terrenos explorados por el cineasta italoamericano, donde la vida acaba como una pesadilla que es necesaria vivir para expiar los errores e imprudencias y redimirlos con una (aunque sea pasajera) ascensión al equilibrio, a la armoní­a perdida.
“El Aviador” se presenta como una lección de cine que resulta posible, en definitiva, porque a su director le interesa mucho más el declive “paranoico-compulsivo” de Hughes y su lucha contra los ataques de la gran industria que por la reconstrucción del Hollywood vivido por el personaje, su vertiente de mujeriego o su esencia aventurera y suicida. Una estructura que no abandona Scorsese con esa insurrección de Hughes en el juicio final, mostrando su mayor brillantez y saliendo airoso de sus acusaciones cuando parecí­a que su locura y maní­as habí­an acabado por devorarle. Y lo hace centrado en una historia de dobles sentidos y perspectivas, bajo las que subyace la enérgica imaginerí­a de uno de los grandes clásicos, tal vez el último, de la Historia del cine.
Scorsese contiene para ello su megalomaní­a fí­lmica, pero no su propensión a cierta mitomaní­a que llega a someter a la historia hasta un cierto punto de convencionalismo, justificando, a pesar de ello, su pericia narrativa, llena de épica en esta maravillosa crónica simultánea de una victoria ocasional y de un fracaso personal. Por eso, tras observar la caí­da en los infiernos de la locura, Hughes encara al Comité Judicial que lo acusa de quedarse dinero del ejército con una conquista momentánea, consiguiendo pilotar el ‘Hércules’ en su primer y único vuelo, para dejarlo sumido nuevamente en los lóbregos pozos de su perturbación, delante de un espejo, repitiendo una frase (“el camino hacia el futuro”), como fatal letaní­a que le llevarí­a a acabar sus dí­as recluido y totalmente desequilibrado. Desde un punto de vista biográfico, tal vez se haya dado demasiada importancia a la parte romántica de la vida de Hughes, ya que no fueron los triunfos en cualquiera de los campos en los que probó suerte donde reside su leyenda, sino en su final, en la paradójica locura de un hombre que pudo reinar.


Sin embargo, aunque se contenga y el film sea menos turbulento y amargo de lo que cabí­a esperarse, no deja de estar presente ese punto caracterí­stico de corrupción y decadencia fatalista que tan bien despliega Scorsese. No obstante, se echa de menos su relación con Al Capone, su desastrosa gestión al frente de la RKO y su colaboracionismo anticomunista (aunque se manifieste en la breve secuencia protagonizada por Willem Dafoe).
Virtuosa reconstrucción de un hombre y su época, “El Aviador” va trazando ese poema de ampulosidad operí­stica de esplendor aventurero a través de la mirada de un personaje caótico y revolucionario, próvido amante con agitada vida sentimental. Pero, ante todo, deteniéndose en sus litigios personales contra un periodo de absolutismo polí­tico, social y en el mundo del cine. Tres apartados que sirven a Scorsese para exponer su dominio de la narrativa en secuencias que tienen como protagonistas a un L.B. Mayer que menosprecia a un ambicioso Hughes, cuando éste pide dos cámaras más para incorporarlas a las 24 que ya tiene para ‘Ángeles del Infierno’, el enfrentamiento en los despachos de la MPAA contra Breen, que dirigió el sistema de censura de Hollywood y, en su final, el brillante planteamiento del juicio en el Owen Brewster pretende hundir al magnate en beneficio de Juan Trippe, dueño de la todopoderosa PanAm. Todo ello evidencia una personalidad inabarcable, movida de forma desbordante por la pasión de la ambición y el talento.
Scorsese tampoco obvia su ardua y excesiva vida sentimental que ilustra multitud de romances; a veces manifiestos (como con Jean Harlow, Ava Gardner o Faith Domergue) o insinuados (el caso de Jean Russell o Bette Davis). Pero el cineasta y su guionista han preferido concentrar este aspecto en la relación más importante de la vida de Hughes; la que estuvo a punto de acabar en boda con Katharine Hepburn, ilustrado en uno de los momentos más románticos del cine de Scorsese, mientras Hughes observa pilotar a Hepburn y, consciente de su escrupulosidad, mira la botella de leche de la que acaba de beber la genial actriz para, sin miedo, sorber con la seguridad de haber encontrado un alma gemela, una inconformista como él que comprende sus paranoicas maní­as, aunque, como reconoce el personaje de Hepburn poco después, “Howard Hughes es demasiado Howard Hughes”.



Martin Scorsese ejerce en “El Aviador” de exegeta fí­lmico, de metódico estudioso del cine de la Época Dorada, donde no falta cierta dosis de manierismo y virtuosa reconstrucción de la época, explí­cita y deliberadamente enfática y grandilocuente, a veces excesiva, pero siempre delimitada a una lí­nea narrativa de perfecta sutileza, de puro cine clásico. Este laborioso trabajo visual es ejemplar debido al conjunto de exquisiteces que componen la cinta. Así­, Robert Richardson propone un juego cromático intencional, ya que en la primera hora no existen los verdes y todo es aséptico e higienizado (con gamas de azulados diáfanos), para avanzar con un progresivo aumento del colorido ocre y terrosos y acabar el film en un escabroso verde intenso, afectado ya por toda la sociedad y el mundo que rodea a Hughes. Sólo hay color en el cielo (metáfora de la libertad del magnate) o en el ramo de flores que invoca sus mejores recuerdos.
El Aviador es un filme de intensidad creciente, argumentalmente eficaz y de un ritmo lúcido e intachable (hay que recordar los 166 minutos de duración), una consecución procedente, como en toda obra de Scorsese, de la edición de la gran maestra montadora Thelma Schoonmaker. Si a esto, añadimos el trabajo que Ferretti, LoSchiavo y Powell en el diseño de producción, los decorados y el vestuario, respectivamente, en conjunto, el film sólo admite adjetivos superlativos.
Para Leonardo DiCaprio el reto de interpretar a Hughes le podrí­a, a priori, haber quedado muy grande, debido, en gran parte, a la invitación al histrionismo que conlleva dar vida a un personaje en constante declive que cae en las redes de la locura. Pero el resultado es un espléndido trabajo de contención encomiable. Tanto en la interpretación de los arrogantes éxitos de Hughes, como en su degeneración psí­quica, su sordera y los problemas de identidad del ambicioso millonario. DiCaprio deja emerger el lento intimismo de un hombre enfermo, atrapado por sus fobias, sus malsanas obsesiones y ese miedo que le conduce de forma inevitable a locura y la soledad. Del resto del reparto sobresale la exactitud y el riesgo con la que la gran y luminosa Cate Blanchett aborda un papel tan difí­cil como es el de dar vida en una interpretación conmovedora, con los amaneramientos y sofisticación de la gran impulsiva e indócil Katharine Hepburn. John C Reilly, el sobresaliente Alan Alda y un cada vez mejor Alec Baldwin componen minuciosamente los apoyos del gran DiCaprio. No se puede decir lo mismo de la pobre Kate Beckinsale, que sale un tanto desafortunada en su recreación de Ava Gardner. Mejor suerte corren Gwen Stefani, Jude Law y Kelli Garner al realizar prácticamente un cameo.


Scorsese, al que se ha intentado equiparar en minuciosidad y arrojo al mismí­simo Howard Hughes, observa a lo largo del film a su personaje con la perspicacia, la compasión y, hasta cierto punto, la admiración necesaria para concebir un film que, más allá de su grado de “encargo”, es una cinta donde cada rasgo, cada plano y la disposición narrativa con la que lo aborda se identifica con la obra de uno de los clásicos modernos más imprescindibles de la historia del cine. Estamos, por tanto, ante la primera gran pelí­cula del 2004.
Scorsese filma con solvencia y hasta con su habitual virtuosismo la trayectoria de Hughes, centrando la misma en su conocida vinculación con la aviación, sin obviar facetas reduccionistas propias del “Reader’s Digest” -el guión de John Logan es de lo más convencional que he visto en mucho tiempo, y que ya tienen su comienzo con la escena inicial en la que el protagonista niño es bañado amorosamente por su madre y le inocula el miedo a las infecciones.
A partir de ahí­, la acción se enmarca inicialmente en el larguí­simo proceso de rodaje de la pelí­cula Hell’s Angels (1930, Howard Hughes) -centrada en el mundo de la lucha en aviación durante la I Guerra Mundial-, la pasión del magnate por el proceso de creación de nuevos modelos volantes, las luchas de la competencia, sus conquistas femeninas, los problemas con la censura americana al dirigir El forajido (1943, Howard Hughes), las presiones gubernamentales a la hora de impedir que pueda implantar una nueva lí­nea aérea internacional o la exacerbación de sus neurosis, son fundamentalmente los temas sobre los que se sostiene una pelí­cula indudablemente bien filmada.


"El Aviador" repasa, así­, la faceta pública, profesional y personal de Hughes, sus triunfos y fracasos, deteniéndose con especial atención en su carrera como director -tras dilapidar tiempo y dinero con la ya mencionada Ángeles del infierno, lanzó a Jane Russell en El forajido, enfrentándose a la censura, y produjo Scarface de Howard Hawks-, en sus logros en el terreno de la aeronáutica -piloto e ingeniero, diseñó revolucionarios prototipos, batió records de velocidad, y se hizo cargo de la TWA-, marcados por las rivalidades con la competencia a causa del monopolio de la PanAm en las aerolí­neas comerciales y las oscuras trabas gubernamentales, y en sus relaciones amorosas con las mujeres -frustradas o insatisfactorias; en cualquier caso, difí­ciles como su propio carácter-, subrayando los “affaires” que mantuvo con Katharine Hepburn, quien le dejó por Spencer Tracy, pero por quien guardaba un gran respeto dada la complicidad que los habí­a unido, y con una Ava Gardner comprensiva, pero con reparos -no obstante, no se menciona a Jean Peters, con la que sí­ estuvo casado-. Siempre sin dejar de lado la perspectiva de una enfermedad que mermaba la vida de este controvertido genio loco, apasionado y vulnerable, rodeado de gente y sumido en su trabajo, pero en el fondo solo, imponiéndose constantes retos para no perder el rumbo. En definitiva, una de esas historias que nos recuerdan al común de los mortales, haciendo las veces de trillado consuelo para la mayorí­a, que los ricos también lloran y que el dinero no compra la felicidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario