sábado, 5 de marzo de 2011

CAPITULO 5: OUT OF AFRICA - AFRICA MIA (1985)




“Yo tenía una granja en África…”. A partir de una frase tan sencilla, Karen Bilxen, escritora de origen danés que durante años se oculto tras el pseudónimo de Isak Dinesen, comienza a evocar los casi veinte años que paso en el continente negro como parte de esa elite europea que al tiempo que amasaba y perdía grandes fortunas pretendía reproducir en tierras africanas el esquema social del viejo continente, aunque prescindiendo, quizás de forma inconsciente, de algunos de los convencionalismos y las normas morales que condicionaban sobre todo la vida de las mujeres.
En realidad, ese condicionamiento y el resultado de un matrimonio por interés que, obviamente, no tarda en revelarse como un gran fracaso a nivel sentimental son las razones que impulsan a la baronesa Blixen a establecerse en Kenia en 1913. Allí invierte parte de la fortuna de su marido infiel en la compra de una inmensa hacienda rodeada de grandes plantaciones de café. Sin embargo, Karen no es sino un producto de su clase social: nunca ha desarrollado ningún tipo de trabajo manual, apenas ha salido de los confines físicos de su entorno y jamás se ha visto obligada a asumir las consecuencias que se derivan de las grandes decisiones. Perpleja, cautivada como casi todos los europeos de su época ante la primera visión de África que se extiende ante sus ojos, Karen conoce casi el mismo día de su llegada a Denys, un caballero ingles que por otras razones que permanecerán siempre ocultas también ha abandonado su cómoda y aburrida existencia en Londres para dedicarse a la organizar safaris. No puede hablarse amor a primera vista, como mucho de fascinación, pero se trata de una fascinación aplazada ante la urgencia de tomar las riendas de sus nuevas responsabilidades. De hecho, aunque este a miles de kilómetros de su hogar, todo parece indicar que entre la colonia de hacendados europeos la mujer sigue ocupando un papel secundario que nadie en su sano juicio sería capaz de cuestionar. Sin embargo, Karen esta sola, y como tal debe tomar sus propias decisiones, aunque eso signifique desafiar esas normas no escritas que abarcan todos los ámbitos, desde el simple negocio de la explotación agrícola hasta el trato cotidiano con los indígenas, a quienes con toda naturalidad se considera seres inferiores.



Poco a poco, Karen Blixen va rompiendo con viejos tabúes. Sin proponérselo, y pese a la dureza cotidiana de un entorno que aun no conoce bien, su adaptación encarna también la lucha de las mujeres en pos de sus derechos y en pos de los derechos de los empleados negros, a quienes comienza tratando con paternalismo para terminar en una relación de igual a igual. El inicio de la Primera Guerra Mundial y sus repercusiones en esa zona de África, donde las potencias europeas mantienen distintas áreas de influencia como parte del imperio colonial, supondrá su ocasión de mostrar una determinación  y una valentía poco comunes que le servirán para ganarse, si no el cariño, al menos si el respeto de quienes la rodean. Parece que, a pesar de las dificultades, Karen está logrando su objetivo de rehacer una vida anodina y sin sentido, pero en el fondo sigue enfrentándose a la soledad, un enemigo al que solo será capaz de vencer en compañía del enigmático y esquivo Denys, un hombre que, igual que ella, parece un producto emblemático de su época: decepcionado de los grandes principios que han llevado al mundo al borde del desastre, individualista y solitario,  sofisticado y amante de la buena vida, pero demasiado proclive a sucumbir al encanto de los grandes y agrestes espacios abiertos.



Hay que reconocer que, al menos para el publico hispanohablante, Isak Dinesen/Karen Blixen era una completa desconocida por más que dos de las tres novelas en que está basado el guion de “África Mía”: Shadows on the grass, Out of Africa y Letters from Africa, hubieran sido objeto, en 1983, de una de las ediciones más completas y primorosas del momento. Ese desconocimiento no fue óbice para que un film de estas características se convirtiera en un éxito inmediato y de tal proporción que incluso llego a superar en términos de taquilla al de otros países no hispanohablantes. Protagonizada en sus principales papeles por Meryl Streep  y Robert Redford, que dan vida a los dos extremos de esa relación de amor y complicidad en la que no caben los reproches ni los conflictos, “África Mía” llego a las pantallas un 18 de diciembre de 1985 por lo cual se consagro todo un éxito en la entrega de los Oscar, donde logro llevarse siente de las 11 estatuillas a las que estaba nominada. Nada menos que por mejor película, mejor director, mejor banda sonora original –sin duda, uno de los trabajos más recordados del prolífico John Barry-, mejor dirección artística, mejor fotografía y mejor guion adaptado, un gran merito para un film en la que acción, lo que se dice acción a raudales, no hay. Nada que ver con la ensoñación africana de las entrañables películas de Tarzan ni con las aventuras de tipo colonial que dieron lugar a obras maestras como The Queen of África o Mogambo. Muy al contrario, “África Mía” es un melodrama romántico pausado y complejo en que las cosas que ocurren lo hacen a un ritmo pausado, y ahí es donde reside su realismo y parte de su gran encanto, que impone un entorno natural y social muy alejado de aquello que todos conocemos. Como si se tratara de un rio que fluye con mayor o menor intensidad según la época del año, la vida de la protagonista experimenta pequeños y grandes cambios que acaban por formar ese recuerdo evocado en las primeras líneas de su narración.



A lo largo de dos horas y cuarenta minutos, comprobamos que nada le falta a este relato de iniciación y madurez: ni la sensación de inmensidad que le produce su primer contacto con África, ni el empeño, en realidad pueril y hasta inútil, fruto de una educación bienintencionada pero inoperante, de redimir a los trabajadores negros que forman parte de su granja, ni el enfrentamiento discreto pero tenaz contra las normas establecidas, ni ese romance que de una forma u otra se percibe imposible y llamado a fracasar por más que lo haga con discreción y sin estridencias. Con muchas más virtudes que defectos, en especial la calma con que va encajando sus propios altibajos, el personaje interpretado por Meryl Streep se adueña de toda la narración, agigantándose por momentos hasta tal punto que el resto de cuanto sucede, y aquí hay que incluir a ese Robert Redford de aspecto y maneras impecables y lánguidas que pasa por la vida de la protagonista y por el metraje del film mas como elemento ornamental que como sujeto dramático, no es más que un inmenso y cautivador decorado. Si alguien preguntara si “África Mía” es un film con aspiraciones feministas, la respuesta seria probablemente un rotundo no. Pero lo que no se le puede negar es que, partiendo de un referente literario casi por minorías, Hollywood supo producir uno de sus últimos films verdaderamente grandes, que, precisamente por poner a una mujer en el papel absoluta protagonista, cuenta con el añadido de ser por completa atípica. Atípica y magistral.

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