viernes, 4 de marzo de 2011

CAPITULO 4: GRAND HOTEL (1932)




En un hotel lujoso de Berlín confluyen diferentes personajes en torno al mundo del espectáculo y los negocios. El arribismo, el latrocinio, el romance, la opulencia y la enfermedad se dan cita en las estancias del lugar. Las idas y venidas de los huéspedes - “La gente va y viene. Nunca pasa nada”. He aquí la premisa de “Grand Hotel”, Oscar al mejor film de 1932. Curiosamente, era la única categoría en que estaba nominada. Su origen radica en la novela 'Menschen im Hotel', de la autora austriaca Vicky Baum, tomando la idea de su experiencia como camarera en un hotel. De la novela nació una exitosa obra de teatro de Broadway, de la que derivó el film.
Son muchas cosas las que se pueden celebrar en “Gran Hotel” y otras más que son plenamente reprensibles. Quizá conocida por las grandes expectativas que surgieron en torno a la unión de estrellas de tal calibre como lo son Greta Garbo, Joan Crawford, John Barrymore, Lionel Barrymore y Wallace Berry, así como toda la gama de rumores que surgieron gracias a la supuesta lucha de egos que se dio entre las estrellas Hollywoodenses.



La película es una puesta en escena un poco arriesgada por su naturaleza plenamente coral, donde los personajes se encuentran, desencuentran y tienen algún contacto,  que coinciden dos días en el hotel. Está la bailarina rusa Grusinskaya (papel a la medida de Greta Garbo), prototipo de diva con altibajos, que lleva de cabeza a su doncella, y que se plantea el suicidio. Bajo la capa del elegante barón Felix von Gaigern (John Barrymore), se esconde un ladrón de guante blanco que se enamora de ella. Preysing (Wallace Beery, con fuerte acento alemán), es un empresario sin escrúpulos, que desprecia a un empleado, el entrañable Otto Kringelein (Lionel Barrymore), que padece una grave enfermedad. Y la hermosa taquigrafista Flaemmchen (Joan Crawford) trabaja para Preysing, quien desea aprovecharse de ella. El punto de vista del Dr. Otternschlag (Lewis Stone), que observa a los personajes que cruzan la puerta giratoria del hotel sin sospechar sus dramáticas historias, viene a identificarse con el del espectador antes de adentrarse en el film. La sentencia con que se concluye Gran Hotel es siempre lo mismo, La gente viene, la gente se va. Nunca pasa nada; era su perfecto resumen. En un hotel, aparentemente no ocurre nada extraordinario. Pero en realidad, lo hemos visto, cada uno que pasa por ahí tiene su propia e irrepetible historia. Para el año de 1932 es una propuesta atrevida para un público que agradece lo lineal y conciso, y que también se encuentra sufriendo la Gran Depresión.
“GRAND HOTEL” es uno de los primeros films con esta dinámica narrativa de contar varias historias a la vez, y aunque la dinámica al pasar los años ha tenido sus grandes logros y muchas fallas, aquí tenemos no solo un puñado de personajes interesantes, sino también  estrellas de cine de gran capacidad. La dirección corre a cargo del británico Edmund Goulding, quien aporta una visión elegante y contenida, quizá su mayor logro es que el reparto no terminara por destruirse mutuamente.



Las actuaciones son memorables pero también cuestionables, sin duda la mejor es Joan Crawford quien coquetea con la libertad de su personaje, se ríe, llora, fluye con naturalidad, termina por comerse a la inexpresiva y algo acartonada Greta Garbo, que con la frase “Quiero estar sola”, esta frase de la que se hizo mítica ya que coincidía con el habitual estado de ánimo de la estrella, conocida por cómo eludía a la prensa y las reuniones sociales; en definitiva se presiente un poco sosa en su papel de bailarina rusa, y es ligeramente imposible entender aquello que acongoja al personaje ¿tiene una crisis existencial o solo está un poco triste?, la comparación entre amabas actrices es inevitable, no obstante se puede decir que Crawford tiene la delantera por la naturaleza de su personaje: una mujer dispuesta a luchar por una mejor situación económica, sin dudad es un alegato que se mueve entre la mujer trabajadora y la oportunista; mientras tanto Greta Garbo nos habla de una burguesía que se permite la depresión porque no tiene otra cosa en la cual pensar.
También esta John Barrymore como un miembro de la aristocracia arruinada, elegante y con gran talento para conquistar al público, no se puede más que enunciar como una correcta aparición de su parte y el cual encontramos los aleccionamientos más poderosos de la trama; su hermano Lionel Barrymore se encuentra más que a la altura como el trabajador que empieza a pensar en la vida cuando sabe que va a morir, y para finalizar el reparto esta Wallace Beery con cierto toque antagónico, es precisamente entre los personajes donde se habla de una dicotomía entre la clase acomodada y el proletariado, quizá un mensaje panfletario poco acertado donde los villanos reciben su merecido sin importar que tan carismáticos sean.
Con una gran fotografía por parte de William Daniels que sabe retratar la majestuosidad de las locaciones, un blanco y negro muy bien aprovechado y sus ocasionales claroscuros que terminan por delimitar las intenciones de sus personajes.


El altibajo que se nota en un film como “Grand Hotel” nace de su misma ironía que enmarca la ida y venida de las personas sin que nada suceda. Entre los personajes pasan varias cosas que nunca terminan por aterrizar en algo realmente impresionante, y aunque la trama no sea predecible, es un poco intranscendente lo que pase o deje de pasar, el trato de sus protagonistas es un meramente liminal y prácticamente unidimensional, a pesar de estar gratamente interpretados en pantalla con actores de gran talento no se llega más que un leve embelesamiento provocado por tanto nombre lucrativo, así como la identificación que queda surgir con los personajes.
Se trata de un film que guarda un par de anécdotas y más de un mensaje sobre la moral, que si bien son loables las intenciones del director en plena depresión económica, también suena un poco falso el discurso. El acierto del film fue no dar el protagonismo absoluto a ningún actor. Todos tenían peso, pero ninguno borraba a los otros. El magnífico decorado del hotel fue obra de Cedric Gibbons, ganador del Oscar de este apartado en 11 ocasiones.

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