miércoles, 30 de marzo de 2011

CAPITULO 30: TAXI DRIVER (1976)





Travis Bickle (Robert De Niro) es un excombatiente de Vietnam, residente en Nueva York, que sufre de depresión y ansiedad al sentirse progresivamente rechazado por la sociedad. Adicionalmente sufre de insomnio, lo que le lleva, tras pasar las noches en “salas X” y demás, a apuntarse como taxista nocturno para aprovechar el tiempo muerto y ganar dinero. Sin embargo, mientras conduce su taxi, es testigo silencioso de todas las maldades existentes en la gran ciudad: los prejuicios, la delincuencia, la violencia, las locuras, los barrios bajos… A medida que pasan los dí­as Travis va enfureciendo y llega a la paranoia. Anota todo en un cuaderno, decidido a pasar un dí­a a la acción, respondiendo a la violencia con violencia. Entretanto conoce a una jovencita llamada Iris (Jodie Foster), con la que ya habí­a tenido algún que otro encuentro con su taxi e intenta convencerla que abandone la vida que está llevando como prostituta.
Si unos pocos años antes, el (re)encuentro de Martin Scorsese con Robert De Niro había significado un evento crucial en la vida de ambos artistas, no significó menos que en 1974, y de nuevo gracias a Brian De Palma, el realizador conociera al guionista Paul Schrader. La historia de Schrader, que con el tiempo se convertiría también en un importante director, es de sobra conocida: educado en estricto calvinismo, le fue imposible ver un film hasta los diecisiete años de edad. Pero una vez que se enamoró del medio, recuperó con creces el tiempo perdido, llegando a convertirse en un cinéfilo empedernido y en un escritor de y sobre cine de gran prestigio. Entre él y Scorsese surgió pronto una amistad derivada del respeto mutuo, de ciertos caracteres comunes, de una pasión fervorosa por el cine, que se traduciría en cuatro cintas escritas por el primero y dirigidas por el segundo, la última de las cuales ha sido “Vidas al Límite” en 1999.



Escritor de historias de redención y violencia extremas, Schrader cuenta a menudo cómo concibió “Taxi Driver”. En un estado maníaco depresivo, provocado por sus problemas sentimentales con su ex-mujer y con otra relación reciente, Schrader se había lanzado a un vagabundeo casi suicida por las calles de Los Ángeles. Durante semanas no hizo otra cosa que beber, conducir y caminar, transitando por los barrios más sórdidos de la capital californiana y comiendo nada o casi nada. Finalmente hubo de ser hospitalizado, pues una úlcera le dejó fuera de combate. Fue la abrupta conclusión de una carrera hacia la muerte, que expiaría de su interior escribiendo la historia de Travis Bickle un año después. Según sus propias palabras, quería expresar “el síndrome absoluto de la soledad urbana”. Y escribió el guión con gran rapidez (como, por cierto, es habitual en él) porque sentía la imperiosa necesidad de hacerlo.
Se iniciaba así la creación de uno de los films más míticos de los años setenta, que en un principio iba a ser interpretado por Jeff Bridges, pero que una vez cayó en manos de Scorsese parecía inevitable que Robert De Niro, que acababa de alzarse con el Oscar al mejor actor de reparto por “El padrino, parte 2” (1974) encarnara al perturbado taxista neoyorquino. El rodaje tuvo lugar durante una brutal ola de calor en Nueva York, rodaje al que llegó De Niro dos semanas después de terminar “Novecento” (Bernardo Bertolucci, 1976). El taxi que tantas secuencias conduce Travis fue casi desguazado para obtener algunas impresionantes tomas desde su interior. Cualquier cosa era posible para lograr hacer un film que, Scorsese estaba seguro, iba a ser un hito en su carrera, como finalmente fue. Aunque también sabía que no tendría tanto éxito comercial como esperaban sus inversores.



Con “Memorias del subsuelo”, la obra maestra escrita por Fiódor Dostoyevski en 1864, y “El hombre equivocado” (Hitchcock, 1956) como referentes máximos literarios y fílmicos (aunque Scorsese y Schrader a menudo citan otras fuentes de inspiración diversas) este film podría ser, fácilmente, uno de los retratos de sonambulismo más espeluznantes de la entera historia del cine, que ha conocido muchos títulos célebres sobre la eterna ciudad nocturna, pero muy pocos que alcancen a esta en oscurantismo, desesperanza y existencialismo. Un existencialismo feroz que envuelve la trágica y siniestra figura de Travis Bickle como un halo de malditismo, convirtiéndole en uno de los personajes scorsesianos más proverbiales, porque encarna como ningún otro la obsesión y la violencia tan propias del cineasta. Porque sabemos que todo acabará muy mal, pero no podemos despegar los ojos de la pantalla.
Scorsese filma con una puesta en escena alucinatoria, serena pero muy tensa, compasiva pero salvaje. Ayudado en labores de cámara por el operador Michael Chapman, que no en vano firmaría aquí, junto a la venidera “Toro salvaje” de 1980) su mejor trabajo, Scorsese alcanza la perfección técnica absoluta en la planificación y el montaje, y la maestría total en el ritmo, el tono y el punto de vista de la historia. Nueva York como una ciudad inhóspita, gélida y llena de peligros, que a través del punto de vista (cada vez más demente) de Travis, se convierte en un infierno que él, ángel exterminador, debe purgar. Y aunque Scorsese comprende en parte a su protagonista, bajo ningún concepto comparte su visión del mundo. Es decir, nos invita a seguir a este taxista, pero nos deja bien claro que no se identifica con él, al contrario de lo que han querido ver algunos críticos. En ningún momento, salvo en los planos fantasmagóricos de las luces de la ciudad, obtenemos planos subjetivos, que imiten la mirada del personaje central. Terminamos sospechando que su extrema alteridad es la razón fundamental por la que el curioso impenitente de Scorsese nos narra esta historia.



Al igual que una irrupción fantasmagórica entre una espesa nube de humo, el taxi que conduce Travis, un hombre solitario y veterano de la guerra del Vietnam, se abre paso en la secuencia inicial de “Taxi Driver” como una sombra amenazadora que se cierne sobre las calles de Nueva York. Las primeras imágenes se centran en los ojos del personaje, cuya mirada guiará la de los espectadores a lo largo de toda la narración, y muestran la visión algo distorsionada de la realidad que éste percibe a través de su recorrido. Haciendo que el espectador no pueda apartarse apenas un segundo del punto de vista de Travis, el film consigue que aquel comparta la visión alienada del protagonista y, de algún modo, sugiere que él también puede ser generador de este tipo de violencia en el momento en que su mirada se distorsione de idéntico modo. Para ello sólo hace falta que la vida se vea constantemente a través de un retrovisor, como hace Travis, sintiendo que los acontecimientos suceden siempre a sus espaldas y con su participación como mero espectador de los sucesos, asistiendo a su representación del mismo modo que el público de la sala a la proyección del film.
Que la liberación de Iris convierta al protagonista en un héroe para los padres de la joven, a pesar de los tres asesinatos cometidos por el taxista psicópata, no significa que Travis haya cambiado su visión de la vida ni que Iris sea esa lluvia a la que invoca el protagonista en su diario para limpiar la escoria humana de la ciudad. Al menos, así­ parece sugerirlo la secuencia final del film, con Travis contemplando a Betsy a través del retrovisor y con la misma mirada que al principio, mientras la joven utiliza sus servicios como taxista.
Travis Bickle, el actor, fiel a su célebre estilo perfeccionista, pasó dos semanas conduciendo un taxi, e incluso entró en contacto con algunos veteranos de Vietnam para desarrollar algunos acentos y expresiones típicas de estos soldados. Para el film, llevaría a cabo una de sus más recordadas transformaciones físicas. Primero adelgazó diez kilos y luego los ganó en músculos. Finalmente, se rapó el pelo al estilo tomahawk. Era fundamental que De Niro se entregase de esta forma a su personaje, pues Travis considera su cuerpo como un arma de combate y como expresión de su propio cambio y sacrificio interior, al mismo tiempo.
A muchos sorprendió que no se llevase el Oscar, que fue a parar, póstumamente, a Peter Finch por “Poder que Mata” (Sidney Lumet, 1976). De Niro es, simplemente, Travis Bickle. Y lo que es más, se convierte en él sin esfuerzo aparente (aunque se adivina un trabajo y un talento detrás inmenso). Con su mismo cuerpo, con sus silencios y con sus inconexas frases de diálogo, percibimos de manera increíble cómo la demencia va apoderándose poco a poco de Travis, hasta empujarle a cometer actos de violencia extrema. El hecho de que sus víctimas sean pederastas o mafiosos apenas parece relevante. Con determinación suicida, el taxista se transforma en una máquina de matar, porque cree que es el único modo de preservar la inocencia que ve en Iris (una perfecta Jodie Foster de trece años de edad), una prostituta a la que decide salvar una vez se da cuenta de que su máximo anhelo sexual, la sensual y elegante Betsy (Cybill Sheperd), ha quedado fuera de su alcance.
Una persona con poca relación social puede llegar a obsesionarse con otra persona, y eso le pasa a Travis con Betsy. Vive tan al margen de los demás que puede no estar muy al tanto de las costumbres del resto, así­ que para impresionarla la lleva al cine, a ver un film pornográfico, seguro que es lo mejor para iniciar una relación. Lo más gracioso no es que ella le deje, sino que a él le parece increí­ble que lo haga. En este punto su vida se viene abajo. Travis, que no tiene ninguna ilusión y enseguida pasa a tener las máximas, se derrumba al perder lo que en ese momento era toda su vida. En el momento en el que ella le deja desví­a todo su odio a la persona para la que ella trabaja, no le puede hacer daño a ella, pero a él sí­. En este punto la cinta cambia radicalmente y pasa de contarnos una historia de monotoní­a para pasar a contarnos una historia de ira y venganza. La parte más interesante tiene lugar cuando aparece Iris, una chica menor de edad dedicada a la prostitución, en la que él hace recaer todo lo bueno que le queda dentro y transforma el odio que siente hacia el resto del mundo en aprecio.



El final es sin duda la parte más impresionante del film. Su dureza y el estado final de enloquecimiento de Travis están perfectamente plasmados, la parte de la violencia se vale en buena medida de la sangre y de la utilización en momentos muy puntuales pero efectivos de la cámara lenta. Y la parte de locura la plasma a la perfección con un solo plano en donde utiliza sus ensangrentados dedos de la mano para disparase ficticiamente en la cabeza ante la mirada de la policí­a.
Es preocupante la manera en la que una persona tras soltar todo lo que lleva dentro y armar una carnicerí­a, puede llegar a ser un héroe. Pero más curioso es que el destinatario de esa carnicerí­a iba a ser un candidato a la presidencia de los EE.UU., y sólo por haber sido vigilado de cerca y estar bastante controlado por los servicios de seguridad, se convierte de un villano en un héroe. De hecho su intención era la de matar, le daba lo mismo a quién fuera dentro de las dos personas a las que más odiaba, así­ que la suerte le convirtió en un héroe. Lo más curioso es que después de todo recuperó su cordura y la tranquilidad interna que habí­a perdido.
Sin ninguna duda, el mejor film de Scorsese hasta ese momento, que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1976 con todos los merecimientos y por aclamación. En una escalada profesional y creativa que hacía olvidar sus complicados inicios, Scorsese se convertía, en ese año, en un director estrella, a la altura de sus más famosos compañeros de generación, prestigio que no le ha abandonado hasta el día de hoy. “Taxi Driver” es una excepcional obra maestra por su extremo riesgo y coherencia estética, porque no busca soluciones fáciles a la violencia ni pretende engatusar al espectador con un salvajismo preciosista, y porque en su negrísimo cinismo se adivina una compasiva percepción del dolor de la soledad.
“Taxi Driver” con 4 nominaciones al Oscar (Mejor Película, Mejor Actor Protagonista, Mejor Actriz Secundaria y Mejor Banda Sonora Original), 3 nominaciones a los premios BAFTA y 2 nominaciones a los Globo de Oro; definitivamente es uno de los tí­tulos emblemáticos de la filmografí­a de Scorsese, en donde la violencia explí­cita y el intento de cambiar las reglas de lo que era el cine de Hollywood tradicional haciendo pelí­culas mucho más directas y a la vez mucho más inquietantes se traduce en un cine en donde todo es posible. Una cinta sumamente curiosa, inquietante, arriesgada y fascinante, sincrética, irisada, un reptil al acecho, cambiando de color como un camaleón, elevada a lo mí­tico y malgama sincrética de las más contradictorias influencias, tendencias y pretensiones metafí­sicas: rara, nerviosa, histérica.

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