martes, 29 de marzo de 2011

CAPITULO 29: E.T.: THE EXTRATERRESTRIAL - E.T.: EL EXTRARRESTRE (1982)





Un pequeño visitante de otro planeta se queda en la Tierra cuando su nave se marcha olvidándose de él. Tiene miedo. Está completamente solo. Está a 3.000.000 de años luz de su casa. Aquí­ se hará amigo de un niño, que lo esconde y lo protege en su casa. Juntos intentarán encontrar la forma de que el pequeño extraterrestre regrese a su planeta… antes de que los cientí­ficos y la policí­a de la Tierra lo encuentren.
Esta es la historia de una amistad muy especial que se desarrolla entre Elliott, un chico joven y solitario que reside en un barrio a las afueras de una ciudad californiana, y un visitante sabio y de gran corazón procedente de otro planeta que se pierde en la Tierra. Mientras Elliott intenta ayudar a su compañero extraterrestre a contactar con su planeta natal para que le rescaten, deben escapar de cientí­ficos y agentes del gobierno que desean apresar al aliení­gena. El resultado es una aventura mucho mayor de lo que ninguno de los dos podrí­a haber imaginado.
La peculiar historia de amistad entre un pequeño ser extraterrestre abandonado y un simpático niño sigue siendo, dos décadas después, una de las pelí­culas más tiernas y conmovedoras del cine americano “moderno”. “E.T.: El Extraterrestre” es un film sumamente entretenido que arrasó en las taquillas de todo el mundo, y que supuso la coronación de Steven Spielberg -un joven director con alma de niño y un talento suficiente para conquistar a los adultos. En definitiva marcó a toda una generación, y por ello, sin ser perfecta, se trata de una obra absolutamente imprescindible de ver.
Dicen que un film es independiente cuando su principal instigador logra imponer su forma de pensar frente a las presiones de un gran estudio. Si esto es así­, no hay duda de que “E.T.: el Extraterrestre” es una obra personal, un reflejo de una infancia solitaria que sólo se ve colmada por la aparición de un suceso extraordinario. De hecho, Universal no creí­a en esta historia (incluso fue rechazada por otras “majors”, que preferí­an que los aliení­genas fueran belicosos), y ni siquiera sus creadores sospechaban que les iba a reportar tan altos beneficios.




Nos encontramos ante el film más personal de Steven Spielberg y es también uno de los más grandes hitos de la historia del cine, lo que corrobora el carácter universal de la sensibilidad de este artista. Pero también es un film a la que se puede aportar algo desde un prisma más puramente analítico y teórico, pues es riquísima en lecturas y niveles narrativos. Le costó mucho trabajo armar el reparto perfecto, pues quería actores muy jóvenes que él sabía iban a ser el corazón de la cinta. También fue muy laborioso elaborar a la criatura extraterrestre. Finalmente dio con ella y con los jovenes, la pequeña Drew Barrymore, el niño Henry Thomas y el adolescente Robert MacNaughton. En cuanto a E.T., su diseño fue encargado a Carlo Rambaldi, que se inspiró en los rostros de Albert Einstein, Carl Sandburg y Ernest Hemingway. Costó un millón y medio de dólares, y cuando por fin estuvo terminado, algunas compañías tenían miedo de poner sus marcas en el film, ya que era tan feo, y decían, que asustaría a los niños.
Spielberg decidió rodar todo el film de forma cronológica, incluidos los planos internos de cada secuencia, prescindiendo por tanto de story-boards y debiendo improvisar mucho, logrando una naturalidad y una verosimilitud pocas veces vista en su cine, en ocasiones tan mecánico y cerebral. Pese a ello, logró terminar la cinta con varios días de antelación respecto al plan de producción. El director cuidó cada detalle al máximo para lograr dar privacidad, intimidad y espontaneidad a sus niños-actores. No sólo el título y la trama de la cinta fueron secretos durante el rodaje, sino que los interiores de la casa, rodados en estudio, fueron escrupulosamente respetados para que los intérpretes lo sintieran como su hogar.



Interesante observar que es la única cinta, desde que comenzó su colaboración en “Encuentros”, en la que Michael Kahn no ejerce de montador de Spielberg, sino la excelente montadora  Carol Littleton. Su director de fotografía, en ésta ocasión, fue Allen Daviau, con el que repetiría dos veces más (en “El color púrpura” y “El imperio del sol”, curiosamente, las dos cintas más ambiciosas, estilísticamente, de su director en esa década) haciendo un trabajo impecable, con un trabajo de luz sobrio pero muy imaginativo. Lo cierto es que aunque ahora pueda parecer lo contrario, aquello fue una apuesta muy arriesgada, y sólo un gran talento como Spielberg pudo convertir ese guión en la inolvidable cinta que hoy todos conocemos.
El comienzo de “E.T.: El Extraterrestre”, donde Spielberg narra la aflicción de un ser de otro mundo que es olvidado por sus compañeros en un planeta desconocido. La complicidad que se origina entre el visitante extraterrestre y el niño que lo recoge es expuesta con una elegancia inusitada, un ejemplo incuestionable de lo que debiera ser la verdadera amistad. No hay, pues, lloriqueos banales, sino un cúmulo de escenas brillantes que describen profusamente la relación de amistad que se va generando entre el niño y E.T.
Los créditos púrpura dan comienzo al film, con un fondo musical ominoso, opresivo, que desea inquietar al espectador. El primer plano es un fondo de estrellas en movimiento, que con una suave panorámica desciende hasta un bosque nocturno. Corte: una nave espacial con forma esférica está posada en medio del bosque. Cerca de ella podemos observar, sin nitidez pero inequívocamente, a varias criaturas extraterrestres. La música de Williams es desapacible, pero parecen inofensivos, pues incluso un conejo no huye en su presencia. Spielberg es magistramente inteligente no mostrando sus rostros, sino ofreciéndolos siempre en sombra. Parecen comunicarse telepáticamente, o por una señal lumínica común y rojiza que sale de sus pechos. Uno de ellos, un curioso temerario, se aleja demasiado.


Este es el bellísimo comienzo de este relato. Los primeros compases de la partitura que es “E.T.: El Extraterrestre” pertenecen sin duda al género del suspenso, y en ellos se muestra lo que se debe y nunca lo que el espectador espera. Por ejemplo, nunca se ven los rostros de los adultos, salvo en el caso, lógico, de la madre del protagonista. Una bruma lo cubre todo, incluso la casa de la familia que va a acoger a la criatura. En ella tenemos a una familia disfuncional: una madre (Dee Wallace), a la que sus hijos no le hacen ni caso, cuyo marido la ha dejado por otra, y que está claramente desbordada y triste; una gritona niña pequeña, un hermano mayor despreocupado, y un hermano pequeño, Elliot, solitario y amargado.
En cuanto el extraterrestre se refugia en el cobertizo dejamos el suspenso e ingresamos en el terror, prácticamente, subrayado por la inquietante atmósfera y la música de Williams. No sabemos a qué atenernos. Pero Elliot es muy valiente. O tiene una fe extraordinaria. O está desesperado por encontrar un amigo, aunque venga de otro planeta. Puede que se pegue un par de buenos sustos, pero de inmediato prosigue en su búsqueda y le deja señales al misterioso visitante para que acuda a su casa. No hay que olvidar, sin embargo, que “E.T. el Extraterrestre” también habla de los adultos, de cómo la realidad nos hace olvidar lo que fuimos: niños inocentes eternamente sumergidos en inagotables fantasí­as. Al respecto, ver la tierna escena en la que Mary lee a Gertie el cuento de Peter Pan, o el revelador final, justo cuando E.T., tocándole la frente, le dice a Elliot: “Estaré aquí­ mismo”. Ése es el verdadero sentido de la cinta, la frase que resume con exactitud el mensaje que se haya oculto en algunas bellas y poderosas imágenes. Es una magistral combinación de humor (Gertie viendo a E.T. por primera vez; la aparición de Yoda), drama (el encuentro de Mary con su hijo y E.T., ambos agonizando) y amistad (el hermoso momento final en el que el extraterrestre dice “ven” y el niño “quédate”).
Indudablemente, el director da muestras de su genio, algo que demuestra especialmente en los minutos iniciales, ya que oculta al público la figura de E.T., buscando con ello nuestra expectación ante la inminente revelación. Además, se aleja del infantilismo más fácil en los soberbios pasajes en los que aparecen los agentes gubernamentales y los cientí­ficos que buscan a E.T., otorgándole así­ una apreciada seriedad al film. Su entrada en el hogar de Mary y de sus hijos es sobrecogedora, al igual que su posterior visión, acercándose amenazadoramente desde la carretera. Por último, y por muy trivial que parezca, destacar su imaginación a la hora de hacer volar a los niños en bicicletas, en especial cuando Elliot lo hace con la luna de fondo. Una hermosa estampa que permanecerá en el recuerdo de incontables generaciones. Por otra parte, notoria es su magní­fica dirección de actores, y en particular lo naturales que resultan los niños que se someten a sus órdenes. Henry Thomas está muy bien, tanto en los momentos cómicos (los divertidos acontecimientos de la escuela) como en los dramáticos (Elliot y E.T. mostrando sus dedos y gritando “au” para manifestar el dolor que les produce su separación). Incluso la pequeña Drew Barrymore está espléndida, tal y como se puede comprobar en los momentos en los que el extraterrestre se está muriendo.
Precisamente la banda sonora de John Williams es un ejemplo de cómo una partitura ha de integrarse en unas determinadas imágenes; toda ella merece ser resaltada, sin excepción. Atención, por ejemplo, a la llegada de los extraterrestres, con esa tenue música descriptiva que introduce de lleno al espectador en la historia. Inenarrable es el trabajo de Williams cuando da alientos a los niños mientras pedalean en sus bicicletas, y trágicas sus notas cuando desarrolla con ellas la enfermedad de Elliot y E.T., Spielberg tení­a razón cuando decí­a que no era otro sino el compositor el que mantení­a a los protagonistas en el aire cuando iban montados en sus bicicletas. Definitivamente la estrategia narrativa de Spielberg es la de la sencillez expositiva y la de un ritmo netamente musical. No en vano, las mejores y más elaboradas secuencias (la de la conexión mental, la de la persecución, la del vuelo de la bicicleta), las montó después de haber terminado Williams su música y basando los cortes y los momentos álgidos en ella. Williams, además, echó el resto y creo uno de sus más hermosos y recordados trabajos, de una calidez y emotividad indescriptibles.


La mirada de la infancia sublimada, como vehículo de redención de una existencia gris (impuesta por los agobios y mentiras de los adultos), y como vía de escape a la soledad y el dolor del mundo. El mundo de las hadas es posible con solo aplaudir, y aplaudimos el coraje y el arrojo de Spielberg, que aquí demuestra tener el alma grande, porque tiene la mirada limpia y esperanzada. El amigo al final se va, pero a pesar de las lágrimas, surge un arco-iris de la estela de la nave espacial. “E.T.: El Extraterrestre” es una joya porque es un canto a la amistad y al amor universal, a la posibilidad de que el oscuro universo también nos regale calidez.
En una ocasión el cineasta Steven Spielberg dijo que él hacía las cintas que le hubiera gustado ver cuando era niño. La frase en cuestión siempre parece brillante y muy definitoria de lo que es el cine. El cine es, ante todo, una fábrica de sueños que nos permite trasladarnos desde la butaca a mundos que jamás conocimos ni conoceremos, un medio que nos despierta la imaginación y que nos devuelve, en definitiva, a la infancia de la que venimos.
El film es una mezcla de varios elementos pero ante todo es la historia de una amistad entre un niño de padres separados, Elliott (Henry Thomas), y un entrañable ser proveniente de otro planeta, E.T. Es una de las más queridas por Steven Spielberg, que en alguna ocasión ha comentado que para superar el divorcio de sus padres le gustaba inventar que tenía un amigo extraterrestre. Esta idea sería el germen de uno de sus proyectos más personales.
“E.T.”, además, es uno de los mayores homenajes que se le han hecho a la infancia. Un cuento para aquellos que se niegan a envejecer y para los que habiéndolo hecho retornen hacia sí mismos, a su hogar más íntimo, a su patria. “La verdadera patria del hombre es su infancia” decía el poeta Rainer Maria Rilke. Este tema también le serviría para realizar en 1991“Hook: el capitán Garfio”. Los cuentos infantiles han sido usados por Spielberg de forma inteligente en más ocasiones. Así, “Inteligencia artificial” del 2001 puede interpretarse como una revisión moderna de Pinocho.
La infancia está presente de un modo u otro a lo largo de toda la cinta. La historia está contada a través de los ojos del niño, Elliott, y por esta razón Spielberg sitúa la cámara siempre desde este punto de vista. Por ejemplo, los científicos que buscan al extraterrestre para investigarlo nunca muestran el rostro, como mucho a través de las escafandras. Spielberg siempre los presenta de forma amenazadora, son monstruos ante los ojos del niño, seres capaces de separarle de su más preciado amigo. Este es uno de los muchos aciertos de la cinta. Por otro lado, la inverosimilitud que encontramos en la cinta (como que el extraterrestre pueda comunicarse con los suyos construyendo un teléfono con un juguete) hay que entenderla desde la óptica infantil, por eso está justificada.
“E.T.” también es un gran film sobre la amistad. Hay muchas definiciones del término amistad, y aquí es entendida como la unión entre dos seres semejantes. Los dos amigos, el niño y el extraterrestre, llegan a ser la misma persona. Esta idea está reforzada por el hecho de que el extraterrestre se comunique con Elliott telepáticamente, y así éste siente los sentimientos de E.T., como se dice en un momento de la cinta.
Spielberg dio la vuelta al género de ciencia ficción sobre el contacto con extraterrestres. En los años cincuenta los films de este tipo se hicieron muy populares y los extraterrestres eran mostrados como seres monstruosos que se quieren adueñar de la Tierra (la novela de H.G. WellsLa guerra de los mundos”, que Spielberg también adaptó en el año 2005 influyó mucho en este sentido). E.T. es un extraterrestre que llega a la Tierra pero de forma pacífica, es un ser entrañable y carente de maldad. No es la primera incursión que hace de este tema en su filmografía ya que “Encuentros cercanos del tercer tipo” de 1977 también habla del contacto con extraterrestres benévolos.
Desde el punto de vista cinematográfico la cinta es un prodigio: La narración es limpia sin artificios de ningún tipo, la fotografía logra crear ambientes misteriosos y fascinantes (como el del comienzo en el bosque), y la excelente interpretación de los niños consigue la ternura que su director quiere transmitir. No sería justo acabar sin mencionar la maravillosa música de John Williams que sirve para orquestar cada plano, cada secuencia. La puesta en escena está construida en base a la música. El cine de Spielberg no sería lo mismo sin este magnífico compositor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario