sábado, 26 de marzo de 2011

CAPITULO 26: THE SILENCE OF THE LAMBS - EL SILENCIO DE LOS INOCENTES (1991)




Pocas cintas tan inquietantes han quedado en la memoria fílmica de las últimas décadas como El silencio de los Inocentes”, realizada por el prometedor director Jonathan Demme. Revitalizante proyecto de film policial y de suspenso salido de una novela de Thomas Harris. El film habría de quedar como uno de los más precisos y a la vez atípicos acercamientos al género. Clarice Starling (Jodie Foster), la protagonista de esta pesquisa, habrá de enfrentarse y revelarnos a la vez a la entidad más compleja y lograda de la maldad en los últimos años: el doctor Hannibal Lecter. Un psicópata sin escrúpulos pero educado, brutal pero culto, caníbal pero inteligente. Quizás estas sean algunas de las principales características de uno de los mejores personajes que el cine nos ha dejado. Un malvado que causó pánico, terror pero también fascinación, e incluso admiración. Un Anthony Hopkins inconmensurable que se puso en la piel del doctor Lecter, un personaje que creó el novelista Thomas Harris, y que perdurará inolvidable gracias al trabajo del actor británico.
El acierto de este thriller fue retratar a un villano de una forma cruda, dándole más protagonismo y atrapando al espectador con su fascinante personalidad, la expresión más lograda del mal que se haya visto en mucho tiempo;  gracias a una acertada realización y al trabajo soberbio de Hopkins que hace de Lecter. Un personaje confinado en una celda de máxima seguridad pero que se las ingenia para generar verdaderas pesadillas sin apenas pestañear o moverse. Capaz de introducirse en el alma de Clarice, (la agente del FBI), y removerle su conciencia. Con todo impulso, acomete este duelo de inteligencia con Clarice. En este intercambio es en donde radica lo más interesante de la cinta, toda una discusión por indagar la fuente misma de esta retorcida comunión que cobra cada vez más víctimas.



Así el film se desarrolla entre este enfrentamiento intelectual y el enfrentamiento aún vano con el asesino que va dejando las huellas (capullos) a cada paso de su proyecto (transformación a flor de piel) solo para dejar escandalizados y sin poder de respuesta a las fuerzas del orden al más alto nivel. La tensión creciente se debe a esta talentosa y comprometida introducción dentro de lo intangible, el horror y la vileza absoluta que apenas se manifiesta por imágenes escamoteadas de lo que alguna vez fue un ser humano, o su autopsia en la que las sensaciones de indignación o repulsión se manifiestan más en los rostros de sus testigos que en la contemplación de la corrupción total del ser.
Rápidamente, ante el desborde de la situación, no tardará el doctor Lecter en colocarse como vedette hasta regocijado de la transmisión a larga distancia del horror a quienes han sido sus generadores, y surgirá con la horrenda apariencia de un personaje de pesadilla (para escándalo de sus congéneres). Será acaso que colocado al nivel de estrella la bella Clarice no tendrá otra cosa que ofrecer que su absoluta intimidad en la mejor secuencia del film. Los primeros planos utilizados a lo largo de la cinta se hacen más intensos y profundos en este instante introspectivo, regresión hasta la zona oscura en la que la heroína conducida por este inocuo maestro reconocerá el móvil de su obsesiva persecución. El temor a la destrucción cercana, como abriendo la puerta de un matadero. El llanto de los inocentes a los que se refiere es toda la Norteamérica ante el contraste brutal de la convivencia de lo establecido, la moral y la ética y su versión pervertida. La siniestra competencia y mutua voracidad entre una y otra. Voracidad que será liberada por Lecter (estupenda la espectacular secuencia de la fuga) para dejar a su alumna preparada a asumir el reto por sí sola.



Así se desatará el clímax de esta investigación, el rincón infernal estará ahí donde nadie lo hubiera imaginado, en una casita de suburbio rodeada de acogedora armonía, pero bajo la cual reside el mismo infierno. Los inocentes son quienes están al borde de la muerte en el subterráneo acechados por un demente obsesionado por las mariposas Búfalo Bill (Louis Tolam); los culpables, se supone, son los que crean estos ruines planes. Idea equivocada. La atmósfera mostrada en cada toma del film demuestra que, en ese espacio temporal, todos, de alguna manera, caen en el atributo de la inocencia. Los rostros aquejados por la tristeza, la ira, el rencor, la preocupación de la senadora que desea saber sobre el secuestro de su hija, recuerdan, con una fotografía y una cámara en movimiento brillantes, el motivo por el cual se está en esta tierra; es decir, perseguir un interés propio o ajeno. Clarice desciende a él como catacumbas de una prolongación moderna de la inquisición. Revestida por las imágenes emblemáticas de la nación (mapas y banderas) y bienvenida por las polillas mensajeras del averno. El enfrentamiento asumirá el reto absoluto a lo desconocido (la oscuridad total), quiebre total ante la amenaza del abandono, el desamparo, el dolor. Trance inimaginable para la feliz y opulenta mayoría, fácil condenadora de estos engendros autoconcebidos por sus propias normas y tradiciones. La misión concluida como debe ser, según las reglas del género, ha sido fructífera a pesar del encargo. El silencio de los inocentes que obtendrá Clarice, a pesar de los premios, puede ser sólo breve. De ello se encarga en recordarle el irrepetible doctor Lecter para dejarla pensando que una victoria en esta inconmensurable lucha, no es nada.
Hannibal Lecter con su ritmo pausado, su mirada profunda, sus gestos inquietantes, son sus principales armas con lo que lo hace un psicópata que causa verdadero pánico. También resulta especialmente llamativo los contrastes de su personalidad. Un tipo que es un eminente psiquiatra, a la vez que un genio y amante del arte (y también de la gastronomía “exquisita”), pero capaz de acometer las atrocidades humanas más horribles. Comerse a sus víctimas. Un canibalismo despreciable que él convierte en una desviación humana justificada. Cínico y manipulador, el doctor Lecter no aparenta ser un malvado a primera vista. Su carácter de villano se encuentra escondido en lo más profundo de su interior, aunque cuando necesita urdir su fuga, no duda en sacar a luz toda su brutalidad y despiadado comportamiento. Su erudición no justifica su sociopatía, y Lecter se convierte en uno de los asesinos mejor retratados en la historia del cine (si obviamos el resto de títulos de la saga que no llegan a la altura de “El silencio de los Inocentes”).


Resulta fascinante cómo consigue desentrañar a otro asesino, motivo por el que Clarice Starling se entrevista con él, y con la facilidad con la que lo hace. Una nueva muestra de su doble vertiente: gran psicólogo pero con un lado asesino especialmente desarrollado. Un villano de culto al que dio vida Anthony Hopkins y que, a pesar de tratarse de un personaje repulsivo, la mirada del realizador encierra una clara atracción que se transmite en esos cuidados primeros planos del actor. Esa misma atracción que nace en Clarice, y que se transmite al espectador. Es por eso que el retrato de Lecter resulta tan inquietante. Un gran trabajo que supuso un giro a la hora de mostrar a un asesino en serie en el cine y que se ha convertido en un clásico, con un malvado inolvidable.
Jonathan Demme canaliza las sensaciones con el conocimiento de que la trama, para ser entendida y procesada, necesita de “respiros”; es decir, se eleva en los momentos importantes, y disminuye la carga temática en los tiempos adecuados. El trabajo realizado demuestra que la acción, la rapidez, también pueden llevar consigo diálogos de profundidad, lentitud en la realización de un crimen, típicas persecuciones policíacas. Con ello, Clarice, el hilo conductor de la historia, muestra, de la mano del realizador, el entorno afectivo de Lecter. La oportunidad de escapar que ésta le ofrece es una ventana al intimismo que había dejado de lado, el encuentro con la retribución que permite incumplir con los acuerdos de quedarse encerrado al tiempo que entrega ayuda a las autoridades, a la chica en cuestión. Es por eso que ambos reconocen, en la llamada telefónica final, lo que les aguarda si el pacto rompe lo fundamental de la historia: el silencio. Junto con “Philadelphia”, la cumbre máxima de Jonathan Demme, quien siguió demostrando que la saga sigue teniendo vigencia en “Hannibal” y “Dragon Rojo”.

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