viernes, 25 de marzo de 2011

CAPITULO 25: THE LORD OF THE RINGS: THE TWO TOWERS - EL SEÑOR DE LOS ANILLOS: LAS DOS TORRES (2002)




Si Peter Jackson, sorprendió con “El señor de los anillos: la comunidad del anillo” presentando un mundo imaginario repleto de lugares y personajes que parecían imposible reflejar en la gran pantalla, en ésta que nos ocupa no es menos y consigue entretener al público con más y mejor en sus tres horas de proyección. Si en la primera todos nos asombramos por la apasionante aventura de Tolkien, en “El señor de los anillos: las dos torres” se nos ofrece un espectáculo visual donde la acción y las situaciones peligrosas se apoderan del film aportando a la cinta un mayor belicismo, una auténtica épica en la que hay mayores luchas armadas que en la primera, siendo el plato fuerte el combate del Abismo de Helm, con secuencias impresionantes y vibrantes de gran despliegue humano y técnico. Se trata de una entrega difícil de realizar porque no tiene ni principio ni fin, es una continuidad de la anterior que llevará a su desenlace final en la tercera secuela, por ello el film, que tiene entidad propia, no puede funcionar sin que se haya visto la primera entrega, y es la resistencia con el que juega Jackson y que puede ser un obstáculo para el espectador neófito que no haya visionado la anterior. Así que el film hay que situarlo en su contexto global, el director supone que el público tiene la lección aprendida evitando así un resumen de lo acontecido en la precedente y siguiendo directamente el hilo narrativo con el que finalizó la primera.
Tras la separación de los integrantes de la Comunidad, en “El señor de los anillos: las dos torres” se alternan acciones y lugares a través de tres líneas argumentales conectadas entre sí, tres historias de búsquedas y huidas en las que, por una parte, Frodo y Sam se dirigen en compañía de Gollum a las Puertas de Mordor para destruir el anillo; el trío formado por Legolas, Aragorn y Gimli, apoyados por el místico Gandalf, se verán sometidos a numerosos peligros en su camino a Rohan y; por último, los dos hobbits capturados, Merry y Pippin, una vez liberados emprenderán un tenebroso viaje junto a los Ents. Nuevas situaciones y personajes que se agregan a la lista de los ya conocidos: Faramir, Eówyn, Théoden, Eomer, Grima y, sobre todo, Gollum, el gran hallazgo del film. Un personaje esencial en esta entrega creado digitalmente e interpretado extraordinariamente por el actor que pone su voz y su rostro a un ser podrido poseído por la codicia que representa el lado oscuro. Su ambigüedad, con movimientos y diálogos consigo mismo, hacen de él un personaje muy interesante llegando a ensombrecer en la mayoría de las escenas a sus compañeros de viaje, Frodo y Sam.



Peter Jackson sigue fiel a la obra de Tolkien como en “El señor de los anillos: la comunidad del anillo”, aunque en ésta que nos ocupa se permite alguna que otra pequeña concesión, pero siempre respetando la filosofía y el significado de la obra del escritor británico. Ejemplo de esas menudas licencias es el personaje de Aragorn, al que remarca más su heroicidad inventando una "falsa muerte" que no aparece en la obra; la bondad que Faramir desprende en el libro se ve en el film algo trastocado convirtiéndole en un ser más malévolo; y el enano Gimli tiene en esta ocasión un sarcástico humor que hace de él un personaje más torpe y caricaturesco de lo que aparece en la trilogía de Tolkien; aún así son pequeños detalles que no entorpecen ni transforman la narración de la obra original. “El señor de los anillos: las dos torres” discurre con entusiasmo manteniendo el ritmo durante sus tres horas de metraje, aunque existe una pequeña bajada de ritmo correspondiente a algunas de las secuencias del Reino de Théoden (Rohan), pero este bache se ve recompensado por la espectacularidad, que supera a su predecesora, de la mayoría de las imágenes que ocupan la proyección sobre todo las referentes al Abismo de Helm, con una de las batallas más impactantes de la historia del cine. Al igual que en la primera, en ésta destaca la excelente dirección de Peter Jackson, el extraordinario elenco interpretativo que está a la altura del film y el uso al servicio de la cinta, y no al revés, de los efectos especiales. Si  la primera entrega era un largometraje más colorista y alegre, en ésta hay una maravillosa fotografía que logra plasmar ese ambiente de tempestad, oscuro y tenebroso que caracteriza el clima desolador resaltando los paisajes en plena derrota. El esplendor ha dado lugar al derrotismo, la luz a la oscuridad y la unión a la separación, a pesar de ello se siguen conservando los lazos de amistad entre los protagonistas, la esperanza, el amor y el poder devastador que les va haciendo más enérgicos para llegar a cumplir su cometido.
Consumado el aplastante éxito comercial de “La comunidad del anillo”, el equipo creador de la trilogía se enfrentó al montaje y afinamiento del segundo film con mucha mayor confianza. Pese a ello, o quizá precisamente por ello, Peter Jackson encomendó la hazaña de montar este film, a su viejo amigo Michael Horton, a quien el director considera el mejor montador que conoce. Tanto es así, que se puede otorgar gran parte del equilibrio de este film inmenso, a las manos de Horton, que arman con talento infinito un film muy superior a la primera parte en todos los sentidos.
El primer film era una historia muchísimo más lineal y, estructural y narrativamente, menos compleja y difícil de organizar que la segunda, en la que se abren varias líneas argumentales. Y no deja de ser curioso que mientras en la primera, Jackson se las ve y se las desea para mantener un ritmo, en esta segunda, que es muchísimo más ambiciosa, lo arma sin esfuerzo aparente, y consigue uno de los films de fantasía más hermosos, poderosos y emocionantes que se recuerdan. “Las dos torres” es casi una obra maestra.
Lo bíblico y lo shakesperiano, así, tal cual, se engarza en el impresionante arranque de esta aventura, que se erige en un prodigio narrativo de construcción visual, y sin lugar a dudas en lo más hermoso que ha filmado jamás Peter Jackson. No resulta fácil analizar este laberinto de líneas narrativas perfectamente entrelazadas. Comenzamos con una secuencia inolvidable de la primera parte, la caída de Gandalf. Por supuesto, el mago no muere, sino que cayendo con el Balrog, lucha con él. La secuencia es impresionante en intensidad y en espectacularidad, con una creación de sonido extraordinaria. Pero, al estrellarse contra un lago subterráneo, un corte brusco nos lleva con Frodo y con Sam, en su viaje hacia Mordor.
Todo aquello de lo que adolecía el viaje del grupo en la primera parte, la sensación de itinerario físico, con sus rigores, su tensión emocional, está en este bloque memorable en el que la pareja busca la salida de las Emyn Muil, un interminable camino de rocas afiladas, por las que no es fácil guiarse. De gran meticulosidad y precisión extremas, y que quizá Elijah Wood haga el mejor trabajo de los tres films, la aparición de Gollum, por su parte, con la luna llena de fondo, tiene el sabor y la textura de los grandes relatos trágicos de fantasía.
Más líneas narrativas: Aragorn, Legolas y Gimli persiguiendo a los orcos secuestradores de Merry y Pippin. Es un bloque bastante mejor montado que la persecución de los Orcos a la comunidad, en el final de la primera parte. Hay emoción e intensidad, y los cortes y los planos parecen música. Pasamos a Saruman, que está preparando un ejército enorme, y que comienza a talar el bosque de Fangorn. Así mismo, comienza a atacar algunos pueblos de Rohan. Dos niños son los únicos supervivientes de uno de los pueblos, y parten hacia el castillo de oro.
Por uno de esos ataques, algunas tropas de jinetes de Rohan son masacradas, y entre ellas el hijo del rey. Eomer, interpretado por Karl Urban, descubre cadáveres con la marca blanca de Saruman. De vuelta al castillo (una soberbia creación arquitectónica, parte maqueta, parte real), Eomer le cuenta todo al decrépito rey Theoden (Bernard Hill), el único actor que ha participado en dos films ganadoras de 11 Oscar), pero la mente del rey está hechizada por Saruman, y su siervo Grima (al que encarna un magnífico Brad Dourif) controla su voluntad. De tal modo que en lugar de plantar cara a Saruman, Eomer se ve desterrado.
Continúa la persecución a los orcos, pero lo interesante es que se detienen a la sombra de Fangorn, y allí son cazados, precisamente, por los jinetes desterrados a cargo de Eomer. Y parece que los hobbits van a morir también en el ataque, pero de modo muy inteligente, Jackson corta la secuencia sin que conozcamos, aún, el desenlace. Así, el trío perseguidor se encuentra al amanecer con los mismos jinetes que masacraron a los orcos. Eomer les habla del mago blanco, esto es importante. Creen, eso sí, que los hobbits han muerto.
Lo interesante de esto, es que Aragorn descubre unas huellas que indican lo contrario, y así tendremos una suerte de reconstrucción del pasado, siguiendo las palabras del montaraz (es maravilloso como está montado esto, y cómo la esperanza resurge en el corazón de los tres compañeros). Y viajaremos a la noche anterior con los hobbits encontrándose con Bárbol en el bosque de Fangorn, quien les llevará ante el “mago blanco” (¿Saruman?). Pero regresamos con Frodo y Sam.



Está muy bien que el montaje paralelo se detenga con Frodo y Sam, y sus segmentos se dilaten en el tiempo. También, con los saltos entre líneas narrativas, percibimos mucha mayor homogeneidad plástica entre los diversos escenarios, que la que existía en “La comunidad del anillo”. Los escenarios siempre deben ser una representación anímica del estado de los personajes y de la historia, y entre la Ciénaga de los muertos y las planicies de Rohan hay similitudes de colorimetría y de luz, consecuencia de un soberbio trabajo de fotografía (el único de los tres que no fue premiado con un Oscar). Pero todo este bloque está ya presidido por un contenido sentido del horror y un gran sentido de la atmósfera.
Aragorn y los otros se encuentran por fin con Gandalf, que ahora lleva el sobrenombre de El Blanco, y en su narración de cómo vence al Balrog hay una aureola mística irresistible. Su narración continúa el sueño que tuvo Frodo al principio del film. Todo se va conectando. Viajan al castillo de oro, y allí el diálogo entre Grima y Eowyn (una bella Miranda Otto) tiene aires shakesperianos. En conjunto, todo el ambiente del castillo de Edoras destila un gusto medieval y ancestral maravilloso. Y la soledad y frustración de Eowyn está muy bien mostrada. Cuando sale y ve a los recién llegados, un jirón de tela, de una bandera de palacio, sale volando hacia Aragorn. Es una imagen muy poderosa y muy bella.
Y la secuencia de la liberación mental de Theoden es magistral. Esto es cine fantástico de altura. El grupo se introduce en el palacio, y con argucias logran llegar al rey. Gandalf, mucho más poderoso que antes, pugna con Saruman por la mente del anciano. El maquillaje es alucinante. Y más alucinante es el efecto visual con el que le regresa la juventud y la vida al rostro. El momento en que saca a Saruman de su interior es un efecto de montaje muy ingenioso, con Christopher Lee apareciendo tras el rostro del rey, pero en su propia torre, y cayendo derrotado.
Concluye así este apasionante comienzo, con los acontecimientos de Rohan atravesando, siendo una línea narrativa, que confluye con otra, la de Aragorn y sus amigos, que a su vez se funde con Gandalf, que a su vez empezó siendo un sueño de Frodo. A partir de aquí, la historia comienza a avanzar hacia la definitiva batalla del abismo de Helm. Se observa un pulso narrativo, al menos hasta aquí, llevado con mano de hierro, sin perder jamás el control, y una homogeneidad visual admirable, que a grandes rasgos se mantendrá el resto del film.
Con el rey Theoden exiliando a su pueblo de Edoras, y conduciéndoles al abismo de Helm, donde en teoría estarán seguros, comienza una parte del film que, si bien no es tan impresionante como sus primeros 40 minutos, no palidece en comparación, y sigue subiendo en la escalada hacia convertirse en una memorable cinta de aventuras. Lo hace estableciendo nuevas líneas narrativas: por un lado, la relación entre Eowyn y Aragorn, por otro, la conexión entre Frodo y Gollum. Y hay mucho talento en ambos niveles.


De esta forma el viaje de Frodo, Sam y Smeagol, además de una hazaña física, se revela una aventura psicológica de gran magnitud, cuando Sam comience a sentirse celoso de que Frodo defienda continuamente a la grimosa criatura, y cuando Smeagol comience a luchar contra su demonio interior para no traicionarles definitivamente. Pero, y esto es tremendamente interesante, Frodo tiene que seguir creyendo que hay alguna manera de que Smeagol vuelva a ser el que fue. A fin de cuentas, está recorriendo el mismo camino que él.
Es del todo fascinante, y muy sencilla en su realización, la secuencia en la que Smeagol y Gollum discuten en el interior de la criatura. Primero, sin cortes, la cámara se mueve a un lado y a otro, a medida que cambia de personalidad. Luego, el director recurre al corte, y aunque sabemos que sigue hablando consigo mismo, también percibimos de forma mucho más nítida la lucha interior. Y pocas veces hemos sentido hasta entonces tanta compasión por una criatura generada por ordenador. Su dolorosa dualidad respira una verdad y una veracidad sorprendentes. Esta grandiosa secuencia, además, nos habla de la capacidad de la mente para crear demonios internos, y también para expulsarlos.
Pero, como no podía ser de otra manera, el destino se interpone en los buenos deseos de Smeagol. Es uno de los aspectos más importantes de la literatura tolkiana: el destino como un elemento inevitable y muchas veces despiadado. El trío se cruza con Faramir, y los acontecimientos serán cruciales para que Gollum regrese. Y aquí, además, hay una de las variaciones respecto del libro más inteligentes por parte de Jackson y sus guionistas: hacer más creíble el precioso personaje de Faramir (un estupendo David Wenham), que en la novela se limitaba a dejar marchar a Frodo, sin sentirse tentado por el anillo.
Y ese sentido shakesperiano de Smeagol se extiende a toda la trama, incluso a la relación fraternal, y quizá al deseo romántico, entre Eowyn y Aragorn. Miranda Otto está realmente bella, y la cámara parece enamorada de ella. Lo cierto es que el cariño que Eowyn demuestra por él, a él le hace recordar con más viveza a Arwen, y tenemos una secuencia onírica muy hermosa entre ambos, al parecer inducido por los poderes de la elfa. Luego habrá un momento aún más hermoso, pero antes, y es que estamos en una cinta soberbia, entre ambos nos regalan una secuencia de aventuras y acción brutales.


La emboscada de los orcos de Saruman, montados sobre lobos gigantescos, es una secuencia antológica, que por una vez, y sin que sirva de precedente, convierte a Jackson en un grandioso director de aventuras, con una fuerza épica que se ha visto en cine muy pocas veces. Es una escena de violencia salvaje, de intensidad indescriptible, que está contada con una fuerza narrativa, una limpieza visual, y un crescendo admirables. Nada que ver con tantas paupérrimas películas de aventuras.
Un explorador ataca por sorpresa, y termina con Háma (John Leigh), pero es abatido por Legolas, quien le grita a Aragorn, que se ha adelantado, que les atacan. Aragorn corre a avisar a la columna, en la que hay mujeres y niños. El montaje es muy bueno: los jinetes se preparan, Legolas sube al pie de un risco y divisa al fondo a muchos jinetes de lobos acercarse en tromba, primer plano de Legolas, plano más cercano de lo que observa, plano de mujeres horrorizadas, plano del rey Theoden que habla con Eowyn, plano de Eowyn.
Hay un plano que impresiona siempre y es ese en el que los jinetes suben la ladera a galope, tan deprisa que la cámara no los capta bien, y a Aragorn en primer término mirando a Eowyn. Luego el plano continúa a cámara lenta. Y luego un plano sin Aragorn con los jinetes subiendo. Más épica no se le puede pedir a una cinta.
Esperándoles arriba, Légolas dispara su arco con mortífera precisión. Cuando le alcanza, se sube a un caballo con la agilidad de los de su raza. Cuando por fin los jinetes de caballos y los jinetes de lobos se encuentran en la explanada, el sonido y la imagen duelen físicamente, de la tremenda violencia y energía que desprende ese momento. Pero también cabe el humor, con la rivalidad entre Legolas y Gimli para ver quién aniquila más lobos. El combate es breve y bestial, y las muertes numerosas y siniestras. Esto no es cine para niños, es cine de aventuras de altura.
La probable muerte de Aragorn, que tanto hace sufrir a Eowyn, hace posible una de las secuencias más bellas, y sin duda la más lírica, de toda la trilogía. Antes, observamos hasta qué punto Saruman ha desplegado su poder y su crueldad, creando un ejército formidable, con el objetivo de borrar del mapa el reino de Rohan. Nada menos que 40.000 orcos bien armados, y con un invento formidable (algo similar a la pólvora), para poder traspasar los muros de Helm. Es impagable la cara de Grima al ver las huestes de Isengard.
El tono está tan bien establecido, que hasta la conexión mental de Arwen con Aragorn, que en otro contexto parecería forzada, aquí es creíble. Aragorn despierta en la orilla del río, y parte hacia Helm, mientras que Arwen vuelve a enfrentarse al dilema moral de quedarse con él, o marcharse a Valinor. La escena con su padre (Hugo Weaving), con una luz nocturna especialmente afortunada, tiene el sabor de un drama místico. Elrond no cree que haya esperanza, pero ella se lo niega.
Por supuesto, Elrond no puede ni imaginar que ella sea capaz de renunciar a su inmortalidad, y le explica cuál será su posible futuro. Y las imágenes que acompañan esa explicación son de una belleza, un lirismo, una melancolía, sencillamente inenarrables. Arwen ve lo que será su probable futuro, en el caso improbable de que sobrevivan: que Aragorn fallezca de viejo, en el mejor de los casos, y se pase la eternidad vagando en pena. Imágenes como esta son las que responden afirmativamente a aquellos agoreros que esperaban que Jackson fuera un referente futuro del cine fantástico.
Colores ocres, púrpuras y grises, con infinitas variaciones, para este episodio tan especial. Y son colores que, de alguna otra forma, están presentes en toda la cinta. También hay gran sentido de la atmósfera, y excelente dirección de actores en la crucial escena del Estanque Vedado. Está muy cuidado el estado anímico de Faramir, uno de los personajes más dolientes de la saga. Y no hacía falta esa bonita escena que sólo podemos ver en la edición extendida, en la que presenciamos la reconquista de Osgiliath por parte de su hermano Boromir. Por sí solo se basta para mostrarnos su tensión interior, su frustración con su padre, su pesimismo respecto a la guerra futura. Guerra cuya primera batalla, la de Helm, comentaremos en la última parte de este film maravilloso.
Con la llegada de Aragorn, a quien todos creían muerto, al Abismo de Helm, comienza la última parte del film. Ya apenas queda nada para que la gran batalla comience, una batalla que es, a todas luces, mucho más interesante, está mejor montada y organizada, es más emocionante y mejor medida que la de la tercera parte. Y Aragorn es sin duda el corazón de este segmento, si Frodo es el corazón del segmento en el que aparece. Viggo Mortensen está muy creíble, y hay una épica sincera y muy humana cuando se reencuentra con sus amigos.
Mientras tanto, el tercer segmento, o línea narrativa, menos interesante desde un punto de vista visual, pero muy importante para la historia, porque muestra de qué modo los Ent primero se reúnen para decidir qué hacer, luego deciden que no van a la guerra, y finalmente son clave para derrotar a Saruman. Pocas veces hemos asistido a un preámbulo tan tenso de una cruenta batalla. La espera es casi peor que la lucha. Y con una atmósfera excelente, podemos sentir en nuestras carnes esa espera. Todo en esta formidable cinta funciona con una fuerza inusitada.
En la desesperanza de Aragorn, aparece una compañía de arqueros elfos, comandados por Haldir, que es como un rayo de luz en una noche terrible. Jackson y sus guionistas habían previsto que Arwen participara en esta batalla, y llegó a rodarse su participación, pero finalmente fue descartado. Da lo mismo. Lo más importante es ese hálito de cuento de aventuras centroeuropeo, de reminiscencias medievales, que se regodea en los aspectos más puros y nítidos de una aventura sin límites, y que es capaz, además, de introducir elementos cómicos (los diálogos entre Legolas y Gimli) que amenizan muchísimo el desarrollo.



Desde su comienzo, la fluidez narrativa, la inventiva visual, la tensión sostenida, son las virtudes de una batalla inmensa, que llevó muchas semanas de rodaje, y dejó al equipo exhausto. El CGI, pues muchos movimientos de masas de orcos son enteramente generados por ordenador, apenas se nota, y está perfectamente integrado (gracias, también, a la luz nocturna y los colores azules y negros). Impresiona cuando suben las escalas y los guerreros pasan a las espadas. He aquí un narrador de aventuras superlativo. Hay violencia salvaje, pero también contenida. Y el montaje es fabuloso.
Hasta el momento en que Legolas coge un escudo y se desliza por unas escaleras sobre él, funciona a la perfección, y el corte al segmento de los ents, cuando la batalla está en su máximo apogeo, no molesta, sino que concede un descanso. Y qué bien está filmada la muerte de Haldir, cuando regresamos a ella. Realmente sentimos su pérdida en la salvaje batalla. Se repliegan al fortín y tiene lugar la divertida e intensa secuencia en la que Gimli y Aragorn saltan al puente a limpiarlo de orcos.
Finalmente, la resistencia no dura más de esa noche, y se ven obligados a tocar retirada, pero la sensación es que Jackson no se ha regodeado en una batalla por motivos bajos o comerciales, sino que ha contado un evento terrible y trágico, una lucha feroz y sin esperanza, y lo ha hecho con dignidad y humildad, sin recargarla excesivamente. Y la transición a la decisión de Bárbol de atacar finalmente Isengard, es increíblemente emocionante. También tiene que ver la inspirada música, casi sacra, de Howard Shore. Pero ver a los Ents reunirse para atacar tiene un hálito mitológico irresistible.
Pasamos a Frodo y Sam, y su larga secuencia en Osgiliath, que es una de las mejores. El sitio que sufren los soldados de Gondor en esa ciudad en ruinas tiene la tensión de una batalla que parece real. Y es totalmente creíble cómo Frodo se encuentra ya al límite de sus fuerzas. La llegada de los Nazgul, en un plano sensacional con una vista aérea invadida por la bestia alada en la que montan, impresiona a lo maximo. Aragorn recuerda que al amanecer del quinto día desde su marcha, Gandalf volverá con Eomer y las tropas. Hay algo decididamente bíblico, celestial, en la llegada de Gandalf, en el momento más aciago.
Es muy hermoso el plano en el que Aragorn ve a Gandalf a lo alto del abismo, todo blanco y con una luz prístina detrás de él, seguido por los jinetes. Esta épica aventurera la hemos visto pocas veces en un cine. Jackson utiliza los elementos naturales con sabiduría, como la luz que ciega a los orcos, o el agua que limpia Isengard. El ataque de los Ent, muy bien planificado, es como el orgasmo final. Y el colofón es la narración de Sam, que ante un derrotado Frodo, habla sobre los cuentos con finales felices. El amor que siente Sam por Frodo, es lo que salva a su amigo de caer en la desesperación total.
Sam habla y, sobre sus palabras, vemos las victorias en Isengard y Helm, porque Sam, a fin de cuentas, habla sobre la propia cinta. Dicen que las palabras son la verdadera magia del mundo real, y en el caso de Sam, sus palabras le devuelven la fe a Frodo, y son las máximas responsables de que Faramir cambie de idea, y les deje libres, en un precioso momento de redención. Todas las líneas narrativas se cierran con precisión, pero la más importante, la de Frodo y Sam, se cierra con una belleza indescriptible, que es el plano final en el que Gollum, que vuelve a ser la criatura traicionera que era, después de haber sido maltratado, les guía hacia Mordor, y el plano sube y sube, hasta que vemos más allá de las fronteras de esa región, y observamos la montaña del destino, y la torre de Sauron, con rayos y truenos, y Nazgul volando.
El plano final, de indudable sensibilidad por el fantástico más apasionante, rubrica una obra en las cercanías de la perfección. Un relato colosal, de esfuerzo titánico, que supera ampliamente la primera parte, y nos devuelve al Jackson más inspirado y más enamorado de su profesión de narrador. Tragedia, aventura, comedia, fantasía, mitología, se dan la mano en un título inolvidable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario