miércoles, 2 de marzo de 2011

CAPITULO 2: BRAVEHEART - CORAZON VALIENTE (1995)




El actor Mel Gibson había llegado a lo más alto de su fama como estrella cinematográfica a principios de los años noventa, y había debutado como realizador en la estimable y razonablemente interesante ‘El hombre sin rostro’, un drama muy alejado de lo que cabría esperar de un individuo que tanto gusta por hacerse el macho en los vehículos de lucimiento personal que tantas veces le han brindado.

Tiene, por tanto, mérito (y no escaso) que esta estrella se jugase el todo por el todo en un ambicioso drama histórico que, igual que le encumbró como director, podría haberle hundido en la ciénaga de los fracasos rotundos. Apuesta casi suicida en la que, de manera implacable, convive lo formidable con el lugar fácil, el cliché con el arquetipo bien armado, lo bello con lo tosco. Gibson no conoce término medio.

William Wallace fue un líder escocés, que luchó por la independencia de Escocia a finales del siglo XIII. Hay poca información sobre sus primeros años y su juventud, pero sea como fuere es todo un héroe nacional, y su lucha contra los ingleses es algo así como un nacionalismo frente a otro nacionalismo. Tomando este personaje como punto de partida, y reservándose el papel principal, Gibson emprende un drama histórico y épico con reminiscencias al gran ‘Espartaco’ de Stanley Kubrick (sin duda, la mejor y más hermosa de todas las filmadas por el director neoyorquino), y con una recreación de época de primer orden.






El guionista Randall Wallace, responsable de los malos guiones de ‘Pearl Harbor’ y ‘Cuando eramos Soldados’, firma aquí un guión bastante potable, quizá el mejor de su carrera, en el que ya el personaje histórico de William Wallace es tratado con una aureola de romanticismo totalmente ficticio, aureola reforzada más todavía en la puesta en escena de Gibson, que no tiene reparo en convertir a Wallace en un héroe mártir, y casi intachable.
Wallace, aparte de culto (algo que sí parece que era cierto), es encantador, valiente, honesto y con un alto sentido de la familia. Se enamora de Murron (una estupenda Catherine McCormack) y ambos viven una historia de amor casi mística, con cruel asesinato incluido. A partir de ahí, Wallace se comprometerá en la lucha contra la opresión inglesa, y en favor de un estado escocés libre. Y en ese compromiso será un hábil estratega, un tipo leal, un guerrero feroz. Un personaje de una pieza, vaya. En contraposición, el cruel rey inglés Eduardo I (un epidérmico Patrick McGoohan) y su homosexual hijo, son lo peor de lo peor.


No es de extrañar, por tanto, que en Gran Bretaña la película fuese acogida con virulencia, así como por parte de todos aquellos que ven con malos ojos que se altere la historia y se juegue al folletín. Sin embargo, y a pesar de que los personajes son ciertamente limitados, precisamente la mayor virtud de la película reside en ese romanticismo exacerbado, que convierte todo lo celta y los ambientes escoceses, en un festín sensorial, y casi en una narración mitológica. Pocas veces hemos visto pueblos celtas y la vida escocesa del siglo XIII con tanto encanto y tanto realismo como aquí. Contribuye también a eso la espléndida fotografía de John Toll (segundo Oscar consecutivo para él, y muy merecido) o la bella partitura de un James Horner en plena forma.

De modo que Gibson sabe rodearse de gente de primer nivel, y se levanta un proyecto de buen empaque. Pero no sólo eso, pues él mismo también hace las cosas bien. Sabe enamorarse, como narrador, de la historia que cuenta, y aún con sus limitaciones, sabe electrizar bien la historia, además de filmar muy bien la acción y de poseer una vena épica incontestable. Puede tener aspectos cuestionables, pero la previa de la batalla de Stirling, cuando llegan sus jinetes y se dispone a animar a las tropas con su discurso, desprende una emoción épica como pocas veces se ha visto en una pantalla de cine. Y la batalla, en sí misma, es un esfuerzo visual enorme, a la que se le puede achacar un regusto por el gore que rompe el tono, o una cámara demasiado estilizada, pero que deja, en su mayor parte, con la boca abierta por la potencia y dinamismo de sus imágenes.


La batalla de Stirling, la boda secreta en el bosque nocturno, el secuestro nupcial de la recién casada, el funeral celta, el ajusticiamiento final… secuencias y momentos antológicos, pero que hacen palidecer, en comparación, otros que están muy por debajo. Y me refiero a la segunda batalla (filmada con premura y ni la mitad de la energía de la primera), al asesinato torpe del posible amante del príncipe, a la noche de amor de William con la princesa Isabel de Francia (una Sophie Marceau muy guapa), a las artimañas de los nobles de Escocia (que parecen de patio de colegio). Todo ello filmado con dinamismo, pero con una tosquedad que evidencia la irregularidad, lo lejos que está Gibson de la excelencia.



El bloque final, con Wallace hecho todo un mártir, mezcla también lo formidable con lo muy discutible, como ese grito final de ¡Libertad!. Fiel a sí mismo, Gibson convierte a Wiliam en un Jesús que se entrega por una causa mayor, mientras es escupido y apaleado. Es muy hermoso cuando ve a Murron entre la multitud, y todo un descanso no tener que ver su cabeza decapitada. Lo que podría haber dado esta película de sí con otro director es una quimera pensarlo, pero qué duda cabe de que a Gibson le sobran ínfulas de artista, aunque también va sobrado de herramientas para la aventura más salvaje, que es lo que potenció al máximo en la estupenda ‘Apocalypto’, quizá su filme más redondo.

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