sábado, 19 de marzo de 2011

CAPITULO 19: THE BEST YEARS OF OUR LIVES - LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA (1946)




Recién terminada la Segunda Guerra Mundial, 3 veteranos se conocen en el avión que los lleva de vuelta a sus casas, en Boone City, una pequeña ciudad del Medio Oeste de EEUU. Durante el viaje de regreso los tres hombres traban amistad y comparten sus inquietudes de cara a la reincorporación a la vida civil. Aunque los tres son muy bien recibidos a su llegada por sus respectivas familias, pronto cada uno se enfrentará a sus propias dificultades. Al Stephenson (Frederich March), un sargento de infantería, de posición acomodada y directivo de banca se ve superado por como la sociedad que conocía ha cambiado durante su ausencia. Homer Parrish (Harold Russell), es un marinero que ha perdido sus dos manos, sustituidas por prótesis metálicas, que se enfrenta a retomar su vida como lisiado de guerra y a su miedo al rechazo. Por último, Fred Derry (Dana Andrews), es un héroe de guerra y antiguo piloto de bombarderos, que sufre de estrés postraumático y que, tras verse imposibilitado para conseguir un nuevo empleo, ha de volver a su antiguo puesto como dependiente en unos almacenes.



En agosto de 1944, un reportaje gráfico aparecido en la revista Time, describiendo las dificultades para la readaptación a la vida civil de los veteranos de guerra llamó la atención del productor Samuel Goldwin. Ese mismo artículo serviría de inspiración para la novela titulada “Glory for me”, escrita por MacKinlay Kantor, cuyos derechos fueron adquiridos inmediatamente por Samuel Goldwin, de cara a su adaptación para la gran pantalla. El elegido por el productor para dirigir el proyecto fue William Wyler, quien durante la contienda había filmado varios documentales bélicos, destacando entre ellos el titulado “Memphis Belle”, a la vez que encargaba al prestigioso guionista Robert E. Sherwood la adaptación del texto de MacKinlay Kantor para el guión del film.
Ya desde su mismo título (el cual sugiere con ironía que Los mejores años de nuestra vida fueron los de la guerra) el film apunta todo lo que desarrolla con posterioridad. Porque, lejos de cualquier atisbo de triunfalismo inducido por la victoria obtenida por EEUU en la II GM, (y de la que salía, además, convertida en superpotencia), el film se ocupa de mostrar los dramas humanos particulares que se esconden detrás de las victorias en los frentes de batalla. Porque el triunfo de una nación no se logra sin los sacrificios individuales de miles de hombres, cuyas vidas se ven indefectiblemente alteradas por la guerra. Una realidad que se plasmaría en otros films del periodo inmediatamente posterior al fin de la contienda (por ejemplo, “Objetivo: Birmania” de 1945 y “Almas en la hoguera” de 1949) hasta que, a comienzos de la década de los 50, el inicio de la Guerra Fría y el McArtismo se encargaran de borrar este impulso autocrítico, dándole un nuevo giro patriotero al cine bélico; el cual volvería a centrarse en gran medida en loar la épica de las hazañas militares y la exaltación de las virtudes castrenses de las Fuerzas Armadas de EEUU.



Los mejores años de nuestra vida” es un fiel relato del destino que les espera a los vencedores de la guerra. William Wyler se recrea con la cámara para contarnos ese destino que depara a tres militares que vuelven del frente, y que claro está, esto les supondrá enfrentarse a una serie de grandes problemas. El mayor mérito de este film consiste en mostrar no ya solo con realismo, sino con absoluta naturalidad, la realidad cotidiana de la vuelta a la vida civil de los veteranos de guerra. Así, a través de la historia, asistimos junto a los personajes a las dificultades de la reinserción laboral, sus labores domésticas, el desarraigo producido por la larga ausencia del hogar, y los problemas familiares derivados de ésta. Todo ello apoyado en un sólido guión que es desarrollado con pulso, haciendo muy llevaderas las casi tres horas de duración del film.



Otro punto fuerte del film radica en el trabajo de sus actores, dentro de un reparto en el que no se encontraba ninguna gran estrella de Hollywood, pero pese a lo cual –o quizás precisamente por ello- todos los actores brillan a gran altura con unas interpretaciones que resumen naturalidad. Se da la circunstancia de que Harold Russell, el actor que interpreta al marinero de las manos amputadas, era realmente un lisiado de guerra, descubierto durante el rodaje de un documental sobre la rehabilitación de soldados mutilados. Pese a no aparecer siquiera en los principales créditos del film la actuación de Russell marcó un hito, al ser el único actor que ha ganado dos Oscar por un mismo papel: uno por su actuación, y otro honorífico, que la Academia le concedió por servir ejemplo de coraje y superación para los veteranos. El film ganó siete Oscar, a la mejor película, al mejor director, al mejor actor principal (Frederic March), al mejor actor de reparto (Harold Russell), al mejor guión, a la mejor música, y al mejor montaje, y obtuvo una nominación al mejor sonido. Convirtiendo al film además en gran éxito comercial, uno de los mayores de su época.



La mejor secuencia del film, y una de esas secuencias memorables de la historia del Cine; es cuando nos muestran el paseo del ex capitán de las Fuerzas Aéreas Fred Derry por el desolado cementerio de aviones listos para deshacer; una poderosa metáfora visual que resume a la perfección el contenido de toda la cinta.
“Los mejores años de nuestra vida” es una historia que sorprende y seduce a la vez por su tremenda sinceridad y realismo, sobre todo teniendo en cuenta que se estrenó en plena década de los 40. Ciertamente es un título que aun hoy en día no ha perdido un ápice de su vigencia, lo cual es la mejor muestra de su calidad y que sirve para comprender que estamos ante un clásico atemporal cuyo mensaje no pasa de moda. Imprescindible.

No hay comentarios:

Publicar un comentario