martes, 1 de marzo de 2011

CAPITULO 1: AVATAR (2009)





Había mucha expectación ante el estreno de la nueva superproducción de James Cameron, sobre todo por ver hasta dónde la tecnología informática y el 3D pueden suponer la salvación del cine en las salas, frente al home cinema, al DVD y a Internet. Presupuesto y trabajo de promoción no le han faltado, y tampoco espectacularidad y fantasía en unas imágenes hechas para ponerse las gafas de la tridimensionalidad… y correr, volar y soñar con unos indígenas primitivos y unos humanos sofisticados. Porque en el fondo, “Avatar” es un alegato ecologista y antimilitarista que quiere hablar de diálogo y convivencia entre culturas, de investigación genética y de su mercantilismo en una obsesión por el enriquecimiento sin límites ni ética alguna. Mucha acción y mucha lucha épica entre bandos enfrentados por la conquista y defensa del territorio, por la preservación o aniquilación de la propia tradición y Naturaleza, por la lealtad a una misión y a unos dirigentes que se traicionan en su orgullo o que desconfían de lo foráneo.
Una historia de amor en la línea de “Apocalypto” y de “The New World”, donde las criaturas materiales se ven las caras con las máquinas y entablan una guerra sin cuartel, donde los humanos se presentan como alienígenas venidos del cielo para destruir una Madre Naturaleza virgen, donde volvemos a contemplar los resortes del hombre para obrar milagros con la unidad, lealtad, compasión o espiritualidad como signos de identidad. Es la crónica grabada por un marine enamorado, que decidió ser más humano y abandonar su desolado mundo para vincularse con un pueblo que aún creía en los dioses y en el poder del amor, en los milagros y en la armonía con la Naturaleza, en la confianza y en las relaciones entre las personas.






«¿Quién soy?», se pregunta un Jake Sully de personalidad escindida tras repetidas traslaciones de cuerpo (imposible no acordarse de “Matrix”), pues la confusión entre sueño y realidad le ha nublado el horizonte… lo mismo que el amor, para comenzar a dudar entre la obediencia al coronel o a su corazón y conciencia. Una vez más, es la búsqueda de uno mismo y de la felicidad, el retorno a la naturaleza física y humana que se ha ido pervirtiendo con el afán desmedido de poder, y donde quedan en entredicho el progreso deshumanizado. Frente a ellos, Cameron apunta un naturalismo imbuido de filosofía New Age, donde las criaturas se funden con la Naturaleza buscando un equilibrio de energías, pero donde también se trasciende con una religiosidad inherente en el hombre y presente en todas las culturas, aunque sea en su modalidad telúrica (aquí vemos una divinidad simbolizada con el árbol de las almas, en unas de las escenas visualmente más bellas). No falta tampoco la vertiente histórico-política para hacer una encendida defensa del indigenismo precolombino y un ataque al colonialismo norteamericano contemporáneo, siempre dentro de una lectura políticamente correcta.







Todos estos planteamientos están expuestos de manera un tanto tópica y sin matices, con personajes de rasgos simples y poco desarrollados, con historias previsibles —desde el enamoramiento hasta el duelo final. Lo que no hemos visto nunca antes es el grado de perfección técnica alcanzada, con bellísimos parajes naturales digitalizados —el colorido del bosque o de esas islas flotantes que recuerdan a Miyazaki son únicos—, con unos movimientos de cámara (quizá haya que decir infográficos) espectaculares y con la posibilidad de meterse en la escena porque los personajes adquieren fisicidad y se salen de la pantalla (en un efecto más conseguido que el de profundidad de campo por perspectiva): es el asombro de unos primeros planos que se escapan… y que rompen la cuarta pared para sorprender y cautivar, como lo hizo el tren que llegaba a la estación hace más de un siglo.




Mucha maestría en los efectos visuales y en el diseño de producción para una película que entretiene y que en algunos momentos deja absorto al espectador, quien sin embargo echa en falta más emoción y ternura en la historia de amor —aunque supera la frialdad de los personajes, pues acaba algo cansado con tanta acción y trepidación a lo largo de más de dos horas y media. Pero, sin duda, quien ve “Avatar” sale convencido de que el futuro del cine industrial —que no del cine— está en el 3D.

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